EL FABRICANTE DE COLORES


Trabajaba en una fábrica de colores; el edificio era grande y gris, pero dentro se producían cientos de miles de lápices de todos los colores, que iban después a convertirse en paisajes, garabatos, letras y cuanta cosa puede un chico imaginar cuando tiene a su disposición, papeles en blanco y una caja con lápices de colores…

Cada noche, al terminar una jornada de trabajo más, regresaba a su casa caminando despacio, para detenerse a mirar el cielo oscuro e imaginar que las estrellas eran de colores y guiñaban para él sus cómplices ojos brillantes; le gustaba porque sabía que los lápices que metía en cajas, algún día tendrían –no sabía cómo- los colores que él inventaría. Colores nuevos, siempre alegres, luminosos, nunca vistos por nadie y que él había soñado en esas noches en las que el cansancio lo vencía y dejaba abierta la ventana desde donde había seguido mirando el cielo y el titilar de las estrellas.

Nunca pudo describir los colores que veía en el oscuro cielo y soñaba por las noches; le faltaban palabras y no sabía cómo llamar a sus nuevas creaciones sin usar los nombres que los colores ya tenían. Sabía que los suyos eran nuevos y que debían tener nuevos nombres. Lo sabía y rumiaba de día las posibilidades que el cielo de la noche y sus sueños le mostraban.

Una noche, la ventana quedó abierta y él vencido por el sueño, se sumergió en brillos extraños que hicieron una línea de colores sin nombre, maravillosamente diferentes, que cambiaban y cambiaban uniendo a las estrellas, en un diseño hermoso que tenía la forma de una caja llena de esos colores solo vistos en sueños y en las noches oscuras de un camino a su casa que ya no haría más.

Imagen: samuelyanez.wordpress.com