DON ENRIQUE


Como siempre que necesito desplazarme, llamé al teléfono de don Enrique y me contestó una voz joven, que no era la de él. De inmediato me dijo que era su hijo y que su padre no podría prestarme el servicio de traslado, porque estaba delicado a raíz de un infarto cerebral que le había dado.

Me quedé helado, tanto que mi interlocutor creyó que ya no estaba allí. Cuando pude articular le deseé lo mejor para su padre, le envié mis más calurosos saludos y los deseos de una pronta mejoría.

Tardé en asimilar bien la noticia y se la comenté a Alicia.

Don Enrique es un hombre al que conozco del servicio de taxi que me presta (prestaba, ahora) desde hace mucho tiempo. Empezó a movilizarme en una base bastante regular hace por lo menos cuatro años. Su puntualidad, exactitud y perfecto conocimiento de las calles de Lima han sido siempre para mí una bendición.

Nuestras largas conversaciones abarcaban los temas más disímiles y su gusto por conocer siempre más ha sido un acicate que me ha impelido a buscar, encontrar y leer.

Cada viaje con él siempre ha sido no solo placentero, sino aleccionador. De origen chino, don Enrique me enseñó un buen lugar para tomar el mejor café y alguna vez compartimos allí una taza. Conocí historias que estoy seguro no hubiera sabido de otro modo y Lima parecía no tener secretos para él. Ayudaba a un albergue infantil en la selva y trabajaba todo el día. Me parece raro usar el presente y el pasado a la vez en este post, pero es que verdaderamente estoy conmocionado. Es que sé o intuyo lo que es sufrir un infarto cerebral: yo he tenido tres y gracias a personas como don Enrique, que me ayudaron y ayudan tanto, es que supero poco a poco las secuelas que me dejó hace dos años el último.

Mejórese pronto, amigo mío, porque necesitamos de su sabiduría, su pericia al manejar, su amabilidad y la sonrisa con que empezaba cada servicio de taxi.

 

 

 

VEO PÉSIMO.


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Fuente imagen: http://www.ceciliapenades.com/

A veces el asunto me vence y supongo que hablar o escribir sobre él hace que ver muy mal deje de tener la importancia que  tiene.

No los voy a aburrir con la historia, pero cuando por un derrame cerebral se murieron las neuronas de la visión y quedé ciego, pensé que para mi el fin había llegado. Gracias a Dios, el plástico cerebro fue adaptándose y organizó a algunas neuronas que andaban por ahí y  reenfocó su tarea. Así, casi dos meses después del hecho, empecé a ver luces y sombras; luego pude definir un poco las imágenes vistas de cerca y ahora, unos años después, veo un 30% de lo que antes era la vista de un miope con anteojos, bastante buena gracias a las lentes multifocales. Tengo además visión de túnel; es decir que arriba, abajo y a los costados, con los ojos fijos mirando al frente, no hay imágenes para mi.

Si hay mucha luz, esta me deslumbra y si está muy oscuro, no distingo nada. Un desastre mi vista.

Sin embargo, haciendo un esfuerzo trato de vivir una vida normal y salvo manejar automóvil y no ir a reuniones con mucha gente donde saludo a quien no debo y no lo hago con quienes conozco y debería, no hay variaciones mayores.

Porque las menores son muchas: adiós whisky y otros alcoholes ocasionales; chau a salidas nocturnas y cine. Lectura restringida de cuatro a un par de libros por semana (las pobres neuronas sustitutas deben ser pocas y se cansan). Menos tiempo en la computadora y desorientaciones momentáneas cuando las cosas o las personas se mueven rápido.

En realidad debe haber más, pero van saliendo con cada cosa que uno hace. Se trata de no dar importancia a lo que ahora se manifiesta superfluo y las cosas van bien. Además,  si puedo, por lo general aviso. Siempre es más fácil disculpar a alguien que no ve bien que a un torpe que se tropieza y bota cosas al suelo.

El segundo infarto cerbral me vino en noviembre pasado. Un hormigueo en la parte izquierda del cuerpo me despertó en la madrugada. Poco control sobre la pierna de ése lado y una especie de torpor en la mano me anunciaron que tenía el tiempo justo para ir a la clínica y que trataran de controlar el asunto y estabilizarme.

Así, tres días después salía hacia mi casa, con la parte inferior izquierda de la cara como anestesiada, hormigueo permanente en la mano del mismo lado y necesidad de un poquito de control consciente sobre  la pierna. Menos visión, por supuesto.

Y aquí estamos. Hay otras personas que quedan parapléjicas, que pierden el habla o la memoria; que dejan de escribir y leer. Hay otros que mueren.  Yo sigo, gracias a Dios, dando vueltas por esta vida. Tratando de hacerlo a menos revoluciones por minuto, pero sin mucho éxito. Sigo con mis clases en Universidad e Institutos, que suman 24 horas por semana. Trabajo temas de publicidad dando apoyo a la empresa que mi hija y su socia tienen. Escribo este blog y lentamente avanzo un texto sobre comunicación de gobierno. Trato de darme tiempo para cumplir con otros encargos como charlas y formar parte de un par de Directorios (lo que suena muy importante, pero en realidad no es otra cosa que dar opinión cuando me la solicitan).

No escribo esto para vanagloriarme ni para que alguien diga cosas. Lo hago para espantar mis propios fantasmas y ahora por ejemplo, cuando me entran ganas de  que todo fuera como antes, cuando veía bien (con anteojos, claro). Hay muchos otros que sin manos, pintan con la boca o que tocan guitarra con los pies.

En mi caso sólo veo pésimo habiendo millones que NO VEN. Soy un afortunado.