ARSÉNICO Y ENCAJE ANTIGUO


ARSÉNICO Y ENCAJE ANTIGUO

Cuando estábamos en el colegio, los jesuitas, nuestros profesores, además de impartirnos conocimientos (me gusta decir – en broma por supuesto- que el profesor de inglés, un año, fue el P. Alegría y que seguramente, como buen español, decía “zenquiu”) nos daban eso que se llama educación y que hoy se confunde con “saber”; agradezco que nos educaran, aunque muchos digan que la instrucción no era todo lo óptima que podría haber sido.

 

Llevábamos cursos como Educación Cívica” y había una famosa “academia” opcional (sin costo adicional alguno) de Geografía e Historia del Perú” donde el célebre Hno. Santos García S.J. hacía que amáramos más a nuestro país y lo conociéramos no solo teóricamente, sino en viajes especiales, donde los “académicos” podían ver in situ un Perú diferente; también se promocionaba el teatro, fomentando entre los alumnos la participación en puestas de escena, inopinadamente, a veces por el día del P. Rector, otras por 21 de junio (día de San Luis Gonzaga) o en las “actuaciones” –que solían incluir la “proclamación de dignidades y entrega de premios”.

 

En el “paraninfo” o salón de actos del colegio que tenía hasta localidad de “cazuela”, el escenario albergaba obras clásicas,  “juguetes cómicos”, “cuadros patrióticos”, sesiones de “teatro leído” u otras manifestaciones artísticas;  escenario, con foso para el apuntador, la tramoya correspondiente, el infaltable telón y un subsuelo donde se almacenaba de todo, desde decorados antiguos (telas pintadas) y utilería…

 

Recuerdo, por ejemplo, “Arsénico y Encaje Antiguo” la comedia de humor negro, escrita por el norteamericano Joseph Kesselring  o “El Divino Impaciente” de José María Pemán, totalmente en verso; tal vez sea porque en la primera actuaba haciendo el papel absolutamente memorable y gracioso de una tía vieja y asesina, Dante (que después fue nuestro profesor), hermano mayor de mi amigo Lucho o que en la otra, fuera actor mi hermano Pancho.

A mí me tocó también participar y tengo en la memoria una pieza cómica que se titulaba “Los Dos Jorobados” donde actuábamos Carlos, Quique, Percy, Tito, Alfredo y yo; igualmente tomé parte de un “teatro leído” con la obra de Ugo Betti “Corrupción en el Palacio de Justicia” en la que participaba también Pepe, mi compañero de clase que hoy es notable abogado, profesor universitario, cineasta, crítico de cine y autor literario….

 

Tal vez era diferente entonces y no nos dábamos cuenta entonces de cómo esa educación influiría para bien en nuestras vidas; creo que aún quienes renieguen un poco con el recuerdo de los años escolares no dejarán de reconocer que fueron decisivos para nuestra formación y para ese futuro que entonces se nos antojaba lejano y hoy estamos navegando.

 

Imagen: http://www.istockphoto.com

 

 

INVENCIONES.


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La solución siempre fue inventarse las cosas si el asunto se presentaba difícil; cuando era muy chico inventaba los resultados de las divisiones que hacía como deberes en la casa: pulcras y ordenadas, a simple vista, estéticamente lógicas, eran producto de su imaginación.

 

La madre cayó en ello porque la profesora, intrigada y ante el silencio del niño, le preguntó si sabía cómo llegaba él a esos resultados…

 

Es una historia que conozco bien, porque yo era el niño y me pregunto ahora ¿qué será de esa profesora…?

 

 

Ilustración: http://www.freepik.es

EL SUEÑO DEL ABUELO.


ABUELO MANUEL ECHEGARAY

Cuando yo era chico, recuerdo que mi padre me contaba que su padre soñaba con tener una mina de talco; por ese entonces lo único que yo sabía del talco era que tenía marca “Jhonson´s” o “Mennen”  y que venía en unos envases con la tapa que tenía huequitos y que si uno la giraba, moviendo el envase, escapaban nubes de un polvo blanco, etéreo, que echaban a los bebes y mi mamá en la parte de adentro de los guantes de jebe que usaba para lavar.

 

El talco para mí no tenía misterio porque siempre hubo en casa y resultaba parte integrante del botiquín del baño; era un envase más que estaba guardado junto con los polvos “Takazima” (¡igualitos al talco!) que mi padre tomaba, bien deshechos en agua, para la digestión; la pasta para dientes “Kolynos” en su tubo amarillo con letras verdes, los cepillos, el frasco de mercuro-cromo, un pote de algodón, esparadrapo,  el agua oxigenada, un frasquito de alcohol, el “Jarabe Calmante de la Señora Winslow”, una botella de “Maravilla Curativa de Humprey’s”, las gotas de “Mistol” para los resfriados, el potecito de “Arrid”, crema desodorante; alguna que otra venda, la taza de vidrio del jabón de afeitar, la brocha y la máquina con su hojita “Gillette” de doble filo que usaba mi papá…

 

Vuelvo a decir que el talco era en casa, parte del botiquín con espejo que estaba sobre el lavatorio del baño en el segundo piso de la casa de la calle Ayacucho donde vivimos en Barranco; esa casa de terrazas soleadas en verano y vistas tras las ventanas en los inviernos grises con garúa finita, como brisa gruesa del mar…

 

Nunca entendí entonces el sueño de mi abuelo y pensaba que hubiera sido mejor soñar con una mina de oro, total, pensaba, en el Cusco, donde vivían ellos antes de que mis padres se casaran y apareciera yo como el último hijo, podía suceder cualquier cosa: allí estaban la hacienda, los primos, los tíos y el misterio de algo adivinado.

 

El sueño de mi abuelo, según supe después, porque yo no conocí a ningunos de mis abuelos paternos ni maternos, no se realizó nunca, pero fue una de las historias que al contar no me creía nadie, porque era impensable para un chico de entonces, que existiera una mina de talco.

 

 

 

Imagen: Fotografía circa 1900 del abuelo Manuel Echegaray Pareja, por C. Gismondi.