«YO LLAMO A DIOS»


Cuando éramos chicos y nos peleábamos con alguien en el colegio, las amenazas verbales iban subiendo de tono y en la escala de la importancia: “¡Yo llamo a mi hermano mayor, para que te pegue!” y la respuesta solía ser: “¡Y yo llamo a mi papá para que les pegue a los dos!”. Así, hasta que a uno se le ocurría: “¡Yo llamo a Dios!”. Zanjado el asunto.

Uno de los dos manifestaba tener de su parte al más fuerte y poderoso, aquél con el que nadie podía meterse.

Esto suele suceder de alguna manera en la sociedad: siempre se tiende a buscar el apoyo del más poderoso o decir de alguna manera que se lo tiene, para ganar en algo.

Estar cerca de la presidencia, por ejemplo, ya seaDios por amistad o ubicación, es para algunos una ventaja competitiva y si no se puede “llegar” la escala ofrece cantidad de posibilidades en las que “recostarse” e invocar en caso necesario. Como un conjuro mágico, se cree que mencionar cargos o personas con algún poder, puede ayudar a resolver las cosas. La costumbre hace que no se busque en uno mismo las fortalezas, sino que estas sean “prestadas” por alguien que “puede” y cuya sola mención tendría que hacer dudar a alguien.

La costumbre implica confiar no en lo propio sino en lo hipotéticamente prestado para demostrar una capacidad que realmente no se tiene.

Como los chicos de primaria de hace muchos años, decimos confiar en el “más” y creemos (porque a veces la experiencia lo dice) que el asunto funciona. Existen los “cucos” de uso personal, para “emergencias” y no nos damos cuenta que son eso y que, salvo excepciones, no son realidad.

El problema se genera cuando la verdad no deja lugar a dudas.

 

 

 

 

HOY TENGO QUE ESCRIBIR


 

Hoy tres de marzo cumpliría años mi hermano Panchín.

Por eso publico un sábado, día en que por lo general no lo hago, lo mismo que  el domingo. Sin embargo creo que Francisco Ignacio merece mucho más que una excepción y las pocas palabras que pueda yo poner aquí.

Recordarlo, como lo hago siempre, es mi modo de mantenerlo vivo, a mi lado, sabiendo que mi hermano mayor vela siempre por mí, que nací cuando él aún  estaba en el colegio.

Pienso que sus ideales los llevó al tope siempre: Tengo presente una fotografía en la que está con su uniforme de “boy scout”, frente a una cruz en alguna cima agreste, que publicó la revista del colegio. Fue siempre fiel al riesgo físico y mantuvo inalterables sus creencias.

Hace muchos años estábamos de paseo en la ventosa playa “El Silencio”, al norte de Lima y uno de sus amigos perdió pie por internarse demasiado en el mar. De pronto desapareció y yo vi a mi hermano  nadar buscándolo y luego de pelear contra una desesperación que hacía irracional a su amigo que se ahogaba, rescatarlo trayéndolo a las arenas de la playa y salvándole la vida. Para él, un ser humano lo necesitaba y lo normal es que fuera a socorrerlo sin vacilar, aunque hubiese peligro.

De Panchín aprendí la poca valentía que tengo y me siento orgulloso de guardar entre mis cosas importantes, su medalla de Congregante Mariano, asociación religiosa del colegio De la Inmaculada, a la que también pertenecí muchos años después que él.

Sin ser cucufato era religioso y vivía su vida a pesar de los vaivenes propios de quien ha viajado mucho y visto de pronto mucho  también, de un modo correcto, siguiendo una línea que se había trazado y era recta.

Muchas veces dicen que los hermanos tienen “celos” entre sí. Nunca sucedió entre nosotros, antes al contrario él fue mi modelo y me enseñó con las palabras y el ejemplo los caminos y recodos de este andar. Es tan rica en historias y anécdotas lo que liga nuestras vidas que cada día que pasa siento que me hace falta con quien conversar, entrada la noche tomándonos un whisky, de todas esas cosas que no por cotidianas son menos importantes. Recuerdo, que cuando Panchín era muy joven y trabajaba en el entonces Ministerio de Gobierno y Policía como Secretario del Director de Gobierno, le tocó uno de los muchos golpes militares, que destituía al Presidente electo. Tiempo después atisbé el título y algo de lo que estaba escribiendo: Se llamaba “Historia de una traición”. No sé si lo terminó y desconozco el paradero de lo escrito. Me impresionó el título y estoy seguro que la traición era para él algo abyecto que le había tocado vivir de cerca.

No conoció a dos de sus cuatro nietos, pero María Lucía y Alejandra, cada una por su lado, tienen el carácter que tuvo.

¡Feliz cumpleaños hermano!