PIERCE HA VUELTO.


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Lo más probable es que a casi nadie le interese esto, pero sucede que Pierce, la gata, regresó a casa de su excursión afuerina de 6 días de duración.

Anteanoche, a éso de las 2.00, un maullido inquisitivo me despertó. Era Pierce, que desde la puerta de la habitación preguntaba si nos acordábamos de ella y si podía entrar.

De inmediato dije: “Pierce!” y Alicia se despertó. La escena de bienvenida fue indescriptible.  Entonces  entendí de golpe lo que dice la Biblia en la parábola del hijo pródigo (que debería ser, supongo, la del hijo prófugo).

Pierce tenía hambre, tenía sed y estaba de un color gris con rayas negras, que sugería su cooperación en un taller de mecánica, escrutando los autos por debajo.

Por supuesto, enterrada y todo, terminó de comer y tomar agua y subió a la cama para acomodarse y sentir que había vuelto a casa.

Supongo que lo normal hubiera sido cargarla y ponerla en un sillón (por las posibles pulgas y la mugre contaminante); sin embargo solamente de pensar lo que podía haber pasado una gata casera en patios y techos extraños, tratando de esconderse de quienes la botaban a escobazos, maldurmiendo junto a bolsas llenas de basura, asediada por gatos y olfateada por alguna que otra rata, fue imposible hacerlo.

Entonces durmió estirada sabiéndose a cubierto;  sin necesidad de enroscarse para protegerse de los enemigos. Alicia no durmió enviando correos que anunciaban la buena nueva; y claro, yo no pude pegar pestaña, a pesar que ésa mañana tenía que dictar clase temprano en la universidad.

Pierce está en casa, de regreso.  Supongo que un poco asustada. Insisto en que no creo que esté arrepentida. No conozco a ningún aventurero o explorador que reniegue de sus correrías.

Me gustaría sí,  que algún día pudiera contar sobre ésos seis días de paréntesis techero.  Me ayudaría a conocer el barrio desde otra perspectiva. Y a sus habitantes también.

Prometo una foto de Pierce recién llegada, pronto; cuando baje a mi computadora las que tomé ésa madrugada.

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PIERCE ES UNA GATA


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De tamaño gato, sin mayores señas exteriores que no poder maullar fuerte porque según el veterinario, donde la tuvieron al principio, no se preocuparon de ella y la “vacuna” que le pusieron, al parecer fue…agua.

Desde entonces no maúlla sino que suena. A veces parece que gorjeara, pero se comunica.

Pierce es blanca, pero también según el veterinario, es una gata albina y su color real es el negro; muestra de lo cual son unos pelitos negros que tenía en la cabeza y ya desaparecieron.

Está en casa desde hace cinco años, si no me equivoco y llegó como un obsequio orejón y escuálido para Paloma, mi segunda hija. Con paciencia fue desarrollándose y aquí, el veterinario (nuevamente) tuvo mucho que ver, porque fue guiándonos en lo que había que ir haciendo. Cuando fue el tiempo, se la operó para que no tuviera gatitos, lo que la convirtió en mucho más casera y remolona. Engordó, claro, pero por la grasa.

Es la primera que sale cuando llego de calle y se frota en mis zapatos y bajos del pantalón esparciendo sus señales de propiedad. En realidad, como sucede siempre, es ella quien nos ha adoptado como familia. Echada en el sillón de la sala, mira por la ventana y parece cuidar el patio. En realidad, se hace la dormida y espera que alguna paloma desprevenida se detenga por más tiempo del necesario, para saltarle encima –generalmente sin suerte- y satisfacer así su instinto felino.

Alguna vez cazó al vuelo a un velocísimo y distraído colibrí, solamente para llevarlo como trofeo a quien consideraba su dueña.

Curiosamente pues, mi hija es la única Paloma que conozco dueña de una gata. Debe haber miles en el mundo; pero en este caso, si se mira bien, animalmente es un contrasentido.

Pierce se puso muy triste cuando Paloma viajó a la Argentina para quedarse.

La esperaba por las noches mirando por la ventana y dormía por las noches en la sala esperando que ella llegara de madrugada. Con el tiempo se convenció y con la ayuda de mi nieta Daniela y Alicia María, la mayor de mis hijas, fue volviendo a su normalidad ociosa y despreocupada. Cambió de dueña y la vida siguió para ella.

Hasta que, claro, Alicia María y Daniela tomaron un departamento para vivir allí y se fueron de casa también. Nuevamente Pierce cayó en depresión y ni los mimos de Alicia mamá ni los míos lograron atravesar la espesa cortina de tristeza que se instaló entre ella y quienes la querían y ella había adoptado e insistían en irse.

Finalmente, con el tiempo, decidió subir a la cama y dormir allí. Pero sólo de prueba. Sabiendo que no era igual que antes. Comida enlatada, cariño y consentimientos fueron logrando restañar heridas. Finalmente se sentaba a maullar bajito, en su media voz, y a esperar su comida, que tomaba en un platito en el suelo del comedor mientras nosotros almorzábamos.

Pero es evidente que algo se había roto en su mundo.

Volvió Paloma por vacaciones y con ella la alegría de Pierce. Las visitas de Daniela y Alicia María también le recordaban viejos y felices tiempos.

Pero Paloma volvió a viajar después de un par de meses y mi nieta e hija son sólo visitantes; además no duermen en casa.

Volvió a las esperas en la ventana y a la tristeza.

Ha pasado el tiempo y otra vez su espíritu práctico de gata ha hecho que acepte mimos y cariño. Pero pasa el día en el patio, bajo los geranios o echada cerca de un arbolito pequeño de hojas brillantes. Duerme, acecha a las palomas y a los pajaritos; de vez en cuando en la noche caza alguna cucarachita para jugar. Pero hay que bregar para que entre a casa cuando ya es tarde. Porque estoy seguro que en realidad todavía espera que Paloma, Alicia María o Daniela aparezcan imprevistamente trayendo una bolsa amarilla del supermercado con algo especial para ella.

Finalmente Pierce es una gata. Pero a veces parece que quisiera escribir poesía.