RELOJ


RELOJ

Era el reloj que usó mi padre y que ahora tengo y uso yo; curioso, pero es como él: sobrio y sencillo, práctico.

 

Tiene la esfera de color azul metálico (un color serio), los números indicados por líneas blancas, igual que el centro de las manecillas, con otra manecilla pequeña plateada y que gira incansable indicando los segundos, la caja es de acero mate, la correa  negra y es de los de darles cuerda.

 

Es de marca Longines, modelo Admiral, que solamente se puede abrir por detrás para ver su interior usando una herramienta especial; no se me ha ocurrido hacerlo nunca porque ni tengo la herramienta ni la curiosidad por ver sus interiores.

 

En la esfera, debajo, en letra pequeñita dice SWISS MADE, como recordándonos que es un original helvético y no un japonés vistoso o un utilitario de moda que suma, resta, multiplica, divide, que saca porcentaje y raíces cuadradas, se conecta a  internet, mide la frecuencia cardíaca, viene con calendario “eterno”, tiene luz, montones de botones, zumba para avisar cuando se programa la alarma, permite ver la fecha y la temperatura y también da la hora, pero es de plástico con una luna del mismo material, la que que nunca se raya y una correa, de plástico también, que hace sudar muñecas.

 

Este reloj Longines que mi padre usó siempre y que yo recogí de su mesa de noche al día siguiente de su muerte, lo tuve guardado en un cajón mientras usaba otros relojes que aún tengo, porque los he coleccionado, llegando a combinar el color de la correa con el de mis zapatos y claro, con el de la correa que uso en el pantalón; dorados o plateados, alguno negro, pero ninguno de ese innombrable material (que ya nombré) y que se llama plástico.

 

Ahora todos los relojes (y son muchos, bastantes) duermen el sueño de los justos y han callado los que hacían tic-tac porque solo uso ese que es sencillo y sin complicaciones ni prestaciones raras como era el ingeniero al que confieso, extraño y recuerdo “puntual como un reloj”, cada vez que miro mi muñeca izquierda para ver qué hora es.

 

Nota: La foto la tomé yo y a diferencia de mi padre, como fotógrafo soy un verdadero desastre.

¡ANTONIA O ANTONIETA?


 

ENRIQUE FIDEL, MERCEDES Y MARÍA ANTONIETA DEL SOLAR GARMENDIA.

En la parte de atrás de esta antigua fotografía en la que está mi abuela y mis bisabuelos por parte de padre, reparo que el nombre de ella está como María Antonieta y no Antonia (como yo creí que se llamaba) y ayer puse en mi post “La Cajita”; sin embargo estoy casi seguro que le decían Antonia y así lo supe siempre, tal vez para diferenciarla de mi madre que se llamaba también María Antonieta, pero a la que siempre le dijeron “Tony”.

 

 

La información está escrita con la letra de mi padre y  se nota que está hecha cuando siendo él ya mayor, porque ha usado un “plumón” o marcador fino para ello y esos instrumentos de escritura aparecieron cuando yo tenía varios años ya; quizá parezca rara la mención y poco relevantes los detalles, pero es que los recuerdos son así: el uno trae al otro y de pronto nos encontramos hurgando entre los tesoros del pasado.

 

 

Por ejemplo, veo a mi padre con su camisa blanca, se ha quitado la corbata y está en el sillón verde reclinable, descansando de un día de dictado de clases en la UNI (Universidad Nacional de Ingeniería), poco antes de cenar; tiene el diario sobre las piernas, el televisor en blanco y negro sintoniza el noticiero de la noche y Raúl Ferro Colton pasa revista a los sucesos recientes; en el bolsillo de la camisa de mi padre está asomando ese “plumón” azul que junto con su pequeña regla de cálculo alemana, “K & E” enfundada en cuero, lleva a todas partes.

 

 

Esa, como todas las noches, cenaremos los tres y al café, que mi madre no toma, sustituyéndolo por una infusión de manzanilla sin azúcar, contaremos historias, tal vez emerja un álbum de fotografías y el tiempo pasará recordando y mi padre mirará a los ojos de mi madre y en ese encuentro mudo se dirán muchas cosas bonitas, que no está bien que escuche porque no tengo edad y seguro no las voy a entender…

 

 

Sin embargo, la foto, motivo de este post, que provoca a la mente recordar, soñar, perderse en tiempos idos, es testimonio gráfico de una época y fue tomada en el Cusco: allí posan para la eternidad mis  bisabuelos, Enrique Fidel del Solar y Mercedes Garmendia junto con mi abuela,  María Antonieta del Solar y Garmendia (lo escribió mi padre en el reverso de la foto) y debe ser a fines de 1890, porque mi abuela no está todavía casada (mi padre nació en 1903) y tal vez sea una fotografía que retrate a los tres juntos algo antes del matrimonio de su única hija…

 

 

 

Fotografía: Circa 1890. Fidel Enrique, Mercedes y María Antonieta (Antonia) del Solar – Garmendia.  Cusco, Perú.