NOS REUNIMOS CINCO


Ayer he pasado todo el día con amigos de mi infancia y las conversaciones han ido de los recuerdos de instantes y personas, a temas de actualidad: la política y la “real”.

Es curioso cómo los años borran las diferencias, acentúan las opiniones y nos regalan un mirar que cuenta con la acumulación de las experiencias que cada uno ha tenido.

Hemos sido cinco visiones que en la mayoría de los casos coincidió a pesar de que no las compartimos entre nosotros seguidamente. Debe ser que la formación inicial ha sido tan resistente que han pasado los años y nos encontramos con unas opiniones coincidentes. Cada uno ha caminado su camino, ha hecho lo que la vida le permitió y ahora, cuando ya el tiempo ha pasado, pensamos igual, no por monotonía o por la flojera de disentir y las ganas de no discutir, sino porque en lo fundamental estamos de acuerdo.

Hemos estado lejos del ruido de la ciudad y las risas han sido las mismas de nuestra infancia. Las bromas que las han producido tenían un no sé qué de nostalgia y el calor de un  cariño fraterno hizo que pudiéramos viajar juntos al pasado común de nuestra años primeros y juventud.

Es bueno este imprevisto ejercicio de memoria y afecto que nos renovó a todos: los cinco sonreíamos al irnos despidiendo uno por uno, sabiendo que la esperanza se mantiene.

¡FELIZ CUMPLEAÑOS, HERMANA!


Mi hermana Teté cumple años hoy. Este es mi modo de felicitarla y agradecer a ella por ser como es. El tiempo pasa pero el amor crece y saber que ella está allí me llena de orgullo y felicidad.

El texto a continuación encabeza mi librito “El pasado se avecina” y pido disculpas a quien ya lo haya leído, pero Teté seguirá siendo la niña rosada de la casa azul siempre.

 

LA NIÑA ROSADA DE LA CASA AZUL

Ayacucho 263, nuestra casa en Barranco, donde viví desde  1947 hasta 1963, fue alquilada por mi padre a la señora Renée Pazos de Letona un poco antes de nacer yo.

Esta casa existe aún  pero por lo que sé ha sido reformada y por supuesto ha cambiado de color. Solo queda el azul añil original en una pared de madera que está dividiendo la propiedad con una casa de al lado y que se puede ver desde la zona de la Ermita.

Si uno se para de espaldas a la iglesia, mirando hacie el Puente de los Suspiros, se verá la casa, con sus dos terrazas, el mirador y el alto pozo de agua, refugio de gallinazos invernales y allí una solitaria pared azul añil que está a la derecha.

En esa casa, sobre unas letras que la nombran como “Villa En esa casa, sobre unas letras que la nombran como “Villa Teresa”, hay dos ventanas que eran las del cuarto de mi hermana… Teresa.

Allí se asomaba ella y a decir de un amigo, el doctor Carlos Bambarén, hasta la calle Ayacucho venían desde Miraflores para ver a “la niña rosada de la casa azul”, los amigos de mi hermana. Cuando Carlos me narró esto y me habló de la famosa Teté Echegaray, muchos años después de los sucesos, yo no tenía idea que la hubiera conocido, ni tampoco que ella hubiera sido de esas bellezas que a cierta edad uno se dedica a contemplar.

Hoy mi hermana que vive en Arequipa desde que se casó en 1952 y que ya tiene dos biznietos, sigue  igual de activa y bonita.

Los años no han hecho mayor mella en su carácter divertido y contestatario. Es cierto que las enfermedades no han sido ajenas a su realidad-una encefalitis milagrosamente curada por ejemplo- pero todo lo sobrelleva con ese aire que hace que uno se pregunte cuál será su secreto.

Teté ha sido siempre una especie de mamá para mí Cuando nací, ella estaba en cuarto o quinto año de media y yo resultaba ser una especie de juguete animado. Me llevaba a la playa, me mostraba a sus amigos y era el engreído, hasta que se casó y heredé su cuarto en la casa; ella se fue a vivir a Arequipa, con Jorge Ballón, mi cuñado, hombre maravilloso cuya muerte hace unos años la dejó prácticamente sola en su casa de “El Bosque” en la subida a Cayma.

Hablamos por teléfono semanalmente porque yo ya no puedo volver a Arequipa  después del último infarto que me dio precisamente allí, cuando la visitaba en octubre del 2008. Reconozco su estado de ánimo por el tono de la voz y a veces quisiera estar sentado en su sala para conversar largo y escuchar las historias que a veces sé y otras oigo por primera vez. El tiempo pasa, Panchín nuestro hermano intermedio ha muerto y poco a poco vamos cerrando el libro de la vida. Tal vez por eso escribo estas historias antes que lo recuerdos se borren y queden las fotografías sin leyenda.

EL TIEMPO PASA


El tiempo se nos va de las manos como si fuera agua. Parece hace unos instantes que escribí mi anterior post “Receso”, en el que avisaba a quienes hacen el favor de leerme que me ausentaría de la red. Hoy, al regresar parece que nada y todo hubiese cambiado. No han cambiado las ganas de decir cosas, el asombro ante lo aparentemente cotidiano, la alegría de poner letra tras letra y formar palabras, frases, textos en fin. No ha cambiado el mundo pero sí sus circunstancias. En este tiempo que es largo y parece corto unos nombres sustituyeron a otros y las antiguas malas noticias fueron remplazadas por nuevas, que tampoco parecen tan buenas. El hecho es que sin darme cuenta (o haciéndome el zonzo) los días han corrido y si tuviera un calendario de escritorio, de esos que dedican una hojita a cada día, tendría muchas de ellas casi en blanco o con pequeñas anotaciones prácticas: tendría muchas hojitas para escribir. El tiempo, lo decía al principio se ha ido como el agua entre las manos y ahora me siento contento de volver. Este post no es sino un pequeño puente entre la anterior taza de café que implicaba un receso, una pausa y las cosas acumuladas en este tiempo de silencio.

Espero encontrarme aquí, de lunes a viernes, diciendo cosas que tal vez no sean importantes, pero que mantienen un hilo tendido entre mis amigos y yo. 

MAWI


Otra vez localizando el post en Arequipa y de nuevo temas muy personales. El título corresponde al nombre que mis primos Echegaray Dávila, pusieron a un negocio de confección y venta de helados. Manolo y Willy (de allí el nombre) estuvieron muy cerca de la antigua fábrica de helados “Mercedes” que su padre, mi tío Domingo administraba y hacía funcionar. En el esfuerzo estaban mis tías Luisa y Juana, con un número muy pequeño de trabajadores. Luisa, la menor de los hermanos de mi padre tenía el conocimiento de la formulación de los diferentes tipos de helado y los preparaba. Finalmente la fábrica desapareció y mis primos, tiempo después decidieron abrir su pequeño negocio, con las “recetas” de Luisa para los sabores y el know how aprendido durante el tiempo en que estaban en la fábrica.

Tuvieron un verdadero éxito. Recuerdo haber ido a su local, cerca a Mercaderes y tenido que hacer cola para comprar un barquillo de helado. Tengo todavía en la memoria el sabor insuperable y mi desconcierto ante, en ese entonces, gran variedad de ellos.

Sé que crecieron y les fue muy bien. Hoy que mis dos primos partieron al más allá a reunirse con su padre, sus tíos, tías y algún primo,  me viene a la mente el nombre de su heladería y montones de recuerdos.

Por ejemplo, cuando me dio el primer infarto al corazón y llamó primero y vino a visitarme después una conocida locutora de TV y radio, que se desconcertó mucho cuando me vio, porque ella pensaba que yo era “el otro” Manolo Echegaray, es decir, mi primo, que había sido compañero de ella en un grupo parroquial en Barranco (en una época en que Manolo vivió en casa de nuestro tío Pancho). Su sorpresa fue grande, porque mi primo era un poco más moreno que yo y me llevaba fácilmente unos buenos centímetros de estatura y era “agarrado”, es decir bastante fuerte. Conversé con ella, aclaramos el incidente, yo conté una nueva amiga y ella sumó un nuevo Manolo Echegaray a su lista de amistades. Varias veces nos confundieron, porque los nombres lo hacían, pero al ver a cualquiera de los dos, las dudas se despejaban. A Willy lo vi mucho menos, pero recuerdo que a diferencia de su hermano, era rubio, como lo sería si viviese ahora mi hermano Lucho.

Manolo y Willy rondaban mi edad y por eso compartimos algunas cosas a pesar de la distancia que significaba vivir ellos en Arequipa y yo en Lima. De más chicos nos veíamos cada vez que yo iba en mis vacaciones a esa ciudad (es decir, por lo menos casi tres meses cada año), pero ya crecidos y tomados los caminos que la vida nos señalaba, el encuentro fue esporádico, pero no sus noticias y así, en la primera oportunidad que tuve fui a MAWI. Ahora sé que en Arequipa no encontraría ni los helados “Mercedes” ni la heladería “Mawi”, pero me sigue dando vueltas el buen sabor de la juventud.