EL HOMBRE DE LA MÁQUINA


El hombre tenía una máquina de escribir.

Usada, sin duda, “pero recién pintada”, como él decía.

Portátil, desconchada en una esquina, había soportado trajines periodísticos, solicitudes para el Ministerio de Educación, y alguna que otra declaración jurada de renta.

El hombre quería venderla.

La máquina de escribir, hacía días que no pagaba ni un café con leche.

Ni las redacciones, ni las solicitudes eran propicias. El hombre no encontraba nada qué hacer.

Su vida había transcurrido como un saltar continuo, de un lado a otro. Nunca nada fijo. Nunca nada importante. Cositas. Notas de “Usted me debe doscientos soles” y algún vals, de compromiso, para los amigos de la peña.

El hombre tenía ahora una edad indefinida, con canas y algunas arrugas en el cuello. Una edad en que todo se hace cuesta arriba. Cada día, la cinta de la máquina pintaba menos y eso hacía menguar el negocio. Cada día eran más raros los clientes y menos amistosos los pocos amigos conservados.

Definitivamente, había que vender la máquina.

“Se la ofrezco por lo que tenga en el bolsillo”.

No es que quisiera desprenderse de ella a propósito. Simplemente necesitaba comer. Comprarse algún cigarrillo y poder dormir en una cama de hotelito, en vez de soportar a los policías que andaban botándolo de la plaza San Martín.

El no era hippy, decía. ¿Por qué lo botaban entonces? Su labor había sido importante. Hasta en el Congreso estuvo, decía.

Claro, él sabía que se engañaba, porque nunca había llegado a entrar. No se había atrevido a pasar por esa gran puerta. Como no se atrevía a hacer nada importante en la vida. Pero los policías no entendían. Un día quisieron quitarle la máquina. “¡Te la tiraste…!” “¡No!” Él tenía, arrugada y descolorida, una copia celeste (“Para el cliente”) de la factura. Hasta su nombre estaba allí.

“Bueno, ándate y no estés durmiendo en los bancos…” “No señor, yo pasaba nomás”.

Había que vender la máquina de todos modos. “Está casi nueva…”

Me decidí a comprársela. Total, lo que tenía era poco. Pero era más que la esperanza del hombre. Más que el café con leche, los cigarrillos y la noche en el hotelito.

Le dì cincuenta libras. Las miró, me dio la máquina y sin decir palabra, desapareció por la esquina.

Al cruzar el puente, vi un grupo de gente. Raro, porque era tarde. Abajo, el río arrastraba su agua marrón, espumeante de basuras y gallinazos, entre las piedras.

Abajo, el hombre de la máquina, abrazaba a las piedras, en una postura dislocada.

Imagen referencial: https://es.123rf.com

Nota: Este cuento se publicó hace años en el blog. Publicado originalmente en el diario “Correo”, el 20 de setiembre de 1972.

La imagen no es la ilustración del original.