OTRA VISIÓN


RÍO

De jóvenes empujábamos para estar en los primeros lugares, para ocupar el sitio “donde se veía mejor” (y por supuesto, donde nos vieran). El tiempo ha ido pasando y los jóvenes de hoy siguen haciéndolo. De pronto menos “amablemente” que lo que hacíamos entonces.

Y es cuando nos damos cuenta que ese “mejor lugar” no existe y es preferible dejar espacio para los demás.

Poco a poco la vida nos ha ido llevando a las filas de arriba y resulta que de allí se ve mejor. Sí, claro, estamos un poco lejos, pero eso hace que miremos más el panorama.

Pienso que es mejor mirar como discurre, maravilloso, el río, a la distancia, que tener que quitarse los zapatos mojados y esperar que sequen. Ya lo hicimos antes.

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SEGUIR ES MÁS DIFÍCIL QUE EMPEZAR


Barack Obama ganó las elecciones en USA y continuará en la presidencia. Tratará de conseguir lo que no pudo o no lo dejaron y emprenderá nuevos caminos. Su segundo mandato es más difícil que el primero, cuando todo era nuevo y el impulso enorme.  Continuar siempre es más complicado que empezar porque requiere persistencia y una voluntad mucho más fuerte que la del inicio, porque ya se conocen las trabas, su tamaño y resistencia.

Su “expertisse”, carisma y ganas de hacer las cosas, ayudan. Ayuda en su popularidad el ser miembro de una minoría que lucha desde siempre por su reconocimiento. Todo suma, es cierto, pero la tarea que se le presenta como presidente de una nación tan poderosa y polémica, es inmensa. Solamente en seguir sus líneas trazadas con anterioridad tendrá que batallar y no digamos para dibujar nuevas. En todas partes se está celebrando su triunfo, yo creo que como la oportunidad de seguir: muchas cosas quedaron en el tintero.

Cuatro años más es mucho y poco tiempo. Debe ser rápido para actuar y cauto para hacerlo. Tiene que satisfacer a muchos, cumplir esperanzas y pisar los callos necesarios.

Barack Obama sigue siendo presidente porque un pueblo cree en él. Le toca la parte más difícil y menos glamorosa, que no supone novedades pero demuestra que lucha por lo que cree. Y eso, en este mundo, es para celebrar.

 

TÍTULO HABEMUS


 

Ayer ha sido un día especial. Pocas veces pongo en un post tantas fotos, pero es que la alegría de recibirlas y el hecho sucedido me garantizan por lo menos las disculpas de mis lectores. Compartir lo bueno es disfrutar mucho más. Por eso muestro las imágenes que gentilmente tomaron ayer en la Universidad Católica, cuando fui ayer a recoger el título de Bachiller en Ciencias de la Comunicación que la Universidad me concedió. La alegría viene por lo ocurrido y porque es un título profesional otorgado gracias a la insistencia de mis amigos para lograrlo y a su esfuerzo para concedérmelo. Este título, que es el primero que tengo y el único, me llena de orgullo porque proviene de la Universidad que quiero, en la que a pesar de no contar con título, me tuvieron como profesor a solo un año de fundarse la Facultad de Ciencias y Artes de la Comunicación hasta hace dos. El mérito para nada es mío sino de todos aquellos que de una u otra manera colaboraron día a día en hacer de ese joven al que le gustaba la publicidad, un hombre que ha vivido casi cuarenta y cuatro años actuando en el mundo de la comunicación. Al mirar atrás me doy cuenta de cómo habría avanzado más si hubiese seguido estudios regulares de la especialidad. Al principio no había donde aprender y luego la vida y el trabajo me llevaron por caminos donde detenerse era imposible. Y así seguí tratando de suplir por mi cuenta lo que no podía absorber en las aulas. Los libros fueron mi escuela y el diario vivir lo fue. Pero siempre eché a faltar esa experiencia profunda que da la vida universitaria y que yo veo en cada uno de los muchachos y chicas que por suerte me tocaron como alumnos. Aprendí por el viejo método de acierto y error y apliqué las consecuencias de mis acciones. Desde ayer tengo la alegría de contar con un título profesional, lo que les hubiera gustado ver a mis padres y a mi hermano. Estoy seguro que se alegran conmigo y por mí desde su sitio en la eternidad.

Y este agradecimiento alegre no es solo para mis amigos y para lo que me sufrieron como alumnos, sino para mi familia que supo darme fuerzas y esperanza siempre.

Hoy sé lo que sienten los muchachos que obtienen su título de bachiller, con una pequeña diferencia: ellos son jóvenes y lo tienen todo por hacer y yo cumplí ya 65 años y tengo bastante que mostrar.

Baste decir que soy muy feliz, que este es un hermoso e inmerecido obsequio y gracias a quienes hicieron que sucediera.

CANSANCIO


Ayer me dije que sería el último día de esta semana que escribiera, pero algo me dice que debo hacerlo hoy. Tal vez fuera que después de soñar con mi padre y con mi madre, me puse a pensar que nunca (salvo en ese sueño) le había escuchado decir a él que estaba cansado. De pronto, en mi sueño, mi padre se echaba en la cama y decía:” ¡Qué cansado estoy!” y se recostaba  sin importarle que hubiera algo así como una caja allí, que le estorbaba. Mi madre y yo nos miramos y ella sacó el objeto para que mi padre se acomodara y descansara. Curioso sueño tantos años después que ellos duermen para siempre.

No con esto quiero decir que yo esté cansado de escribir de lunes a viernes y necesite parar. Repito lo dicho alguna vez: escribir resulta para mí como respirar. Lo necesito porque si no me ahogo. Se trata de otra cosa y vuelvo a mi padre y al hecho que nunca lo vi manifestar cansancio. Era un hombre que empezaba su día a las seis de la mañana y terminaba durmiendo a las once de la noche. Todos los días desde que tengo memoria lo hizo salvo cuando una vez al año enfermaba de gripe por cuatro días y supongo que también alteró su ritmo cuando lo operaron para extirparle un lunar canceroso de una de las aletas de la nariz, que seguro se lo había ganado con sus largas exposiciones al sol cuando recorría las sierras y los desiertos del Perú construyendo caminos.

El ritmo de vida que llevaba era duro, pero ordenado. Comía a sus horas, tenía un tiempo para leer y uno casi podía poner el reloj en hora siguiendo sus actividades diarias.

Para él no existía ni antes ni después de la hora, sino la hora exacta. Llegaba puntual y esperaba que los demás lo fueran. No resultaba ser intolerante con esto, sino otra vez exacto. Si le decían a las seis, por ejemplo, solía esperar un cuarto de hora, al cabo del cual, amablemente se despedía: era una buena forma suya la de entender la cortesía.

Cuando era chico y lo acompañaba como ayudante para sostener la mira mientras él utilizaba el telémetro y subíamos y bajábamos cerros, él cargando la famosa mira que era una vara rígida larga y marcada con milímetros, sus instrumentos de medición y alguna provisión,  nunca lo escuché hesitar del cansancio o manifestarlo. Trato y por más que busco situaciones en que Manuel Enrique fuera vencido por el cansancio, no las encuentro. Y lo curioso es que no fingía: simplemente el estar cansado podía sucederle, pero no era óbice para cumplir con lo que tenía que hacer.

Ahora, es este momento, pienso que era uno de los muchos ejemplos que me dio sin decir nada. Él era así: predicar con el ejemplo, le dicen. Era su manera de ser y actuar.

Cuando pienso en la anécdota de este post, sé que fue un sueño. En la realidad mi padre nunca se cansaba, o por lo menos no lo hacía saber, para que los demás le acompañáramos siempre más allá,  adelante.

Vuelvo a decir: si no escribo me ahogo. Uno siempre escribe por y para alguien: gracias por los lectores.