LOBIZÓN


LOBO

Era el sétimo hijo de un matrimonio que había perdido dos.

Su vida transcurrió sin ningún contratiempo hasta que le llegó la adolescencia; un martes, después de su cumpleaños, lo cogió el anochecer en el camino de vuelta a su casa. De pronto sintió algo extraño; era una fuerza rara que se apoderaba de él. En su cerebro todo se dio vuelta y de pronto, lo que era un muchacho de regreso al hogar se convirtió en un animal: un lobo, para ser exactos.

Miró a todas partes y vislumbró unos matorrales espesos; asustado, decidió esconderse detrás para que no lo vieran y porque no podía, pensó, siendo lobo volver a la casa donde nadie lo iba a reconocer.

Se acurrucó para esperar, no sabía bien qué y se quedó dormido. Despertó con el amanecer y creyó que había sido un sueño, pero estaba desnudo y tiritando. Se levantó entre curioso y desconcertado.

Contaría un asalto de ladrones en el bosque para justificar su desnudez. Encontró su camisa hecha jirones y se cubrió como pudo. Lo que no había notado es que sus ojos, que le ardían, estaban brillantes y despedían luz. No sabía tampoco que el viernes volvería a pasarle y se convertiría en lobo otra vez, repitiendo el ciclo que ninguna bala acabaría. Solamente un cuchillo terminaría con la maldición, matándolo, por supuesto.

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A LA HORA SEÑALADA


EXPLOSIÓN 1

Le parecía que la “Hora del Planeta” era una tontería y él no apagaría las luces ni dejaría de usar su computadora.

Ese día, a la hora indicada, estaba viendo un programa de noticias en la televisión, cuando una explosión estruendosa lo remeció todo; las luces parpadearon, la pantalla cambió de inmediato a una especie de lluvia gris y las palabras se convirtieron en siseo.  Desconcertado, trató de levantarse.

Hubo una segunda explosión y luego se hizo el silencio.

En el espacio, los restos de la Tierra se dispersaron en todas direcciones.

EL HUECO


HUECO

 En la pista el hueco fue creciendo y los vehículos lo esquivaban o pasaban por encima, golpeando; algunos irremediablemente inutilizaban sus amortiguadores o caían en él doblando aros y destrozando llantas. Se había iniciado como una fisura; luego fue una rajadura grande para volverse ese hueco maldito que estorbaba al tránsito, provocaba accidentes y era indiferente para los que se suponía debían arreglarlo.

Lo que nadie sabía es que era la ventana por donde observaban unos ojos curiosos desde abajo. Cuando por fin se decidieron a reparar la pista, rompieron y encontraron que el hueco era profundo. Rellenaron con piedras, taparon con cemento y pusieron un parche a la carpeta asfáltica.

Abajo se hizo noche y los ojos curiosos perdieron su ventana.

PASTO


GRASS

El aire estaba impregnado por el olor a hierba, intenso y vegetal. Sonaba la máquina cortadora de pasto y por la ventana entraba el sol. Él miraba distraído las idas y venidas del jardinero por el jardín extenso.

Su hijo que jugaba con un carrito azul se detuvo un momento y le dijo: “¿Le dolerá?. Salió de su ensimismamiento y preguntó: “¿A quién?.Al pasto” dijo el niño y lo dejó pensando

RATAS


RATA GIGANTE DE 1.20 m HALLADA EN LONDRES EN DESAGUE MARZO 2016

 Es la fotografía de una rata encontrada en Londres, mientras limpiaban una alcantarilla.

Supongo que esta foto que dio la vuelta al mundo es verdadera, no trucada; el animal medía un metro veinte (incluyendo la cola).

Aquí en el Perú, en este tiempo de elecciones, hay ratas gigantescas que caminan fuera de los desagües y postulan a cargos oficiales.

La rata londinense está muerta, pero nada elimina a las ratas peruanas.

“SON TUS PERJÚMENES MUJER…”


nariz1

Toda mujer le atraía. No importaba que fuera jovencita o mayor, gordita o flaca. No podía impedirlo. El olor a mujer llegaba a su cerebro aunque tuviera que abrirse paso entre otros. En el ómnibus era un suplicio ponerse cerca de cualquiera de ellas; al principio trataba de resistir y era invariable: la miraba, abría las aletas de la nariz y dejaba que el olor lo inundara hasta que su insistencia en mirar y su cara, provocaban que la mujer se cambiara de sitio o protestara; así se ganó algunos golpes y una vez terminó en la comisaría. Se computaba un “oledor sexual”.

A su chica, porque tenía chica, le hizo gracia al principio y luego se enojó. Él trató de explicarle y procuró fingir cuando salían juntos, pero algunas veces la nariz le jugaba pasadas y volteaba a mirar. Ella siempre argüía que la tenía a ella y no necesitaba a nadie más. Así lo tildó de mirón e infiel encubierto, pero se fue habituando, como otros se acostumbran a los tics.

Se casaron y él procuraba no mirar cuando sentía que la puerta de su olfato se abría, porque aunque Sonia no dijera nada, sabía que en fondo se resentía.

Un día el ómnibus en que regresaba a casa chocó violentamente y él se golpeó la cara contra el asiento de adelante. Al llegar le contó a su mujer y por si acaso, se tomó un analgésico.

Desde entonces no volvió a sentir el olor a mujer; en realidad, no volvió a oler nada.

 

CONDENADO A LA VIDA


soga

 El árbol daba una sombra escuálida y en ella, sobre el suelo de tierra se acurrucaba, casi pegado al tronco, el niño. Estaba desnudo salvo por un pantaloncito corto que alguna vez fue rojo. Una soga, amarrada a su cintura, lo aseguraba al árbol  y frente a él un plato con restos secos de comida y una lata casi vacía que contenía agua atraían a las moscas que zumbaban ociosas.

El niño dormitaba; era el bobo del pueblo y no sabía hablar. Su padre estaba por las chacras y su madre vendía en el mercado; la soga era el cordón umbilical que lo condenaba a vivir.