¿AMPAY ME SALVO?


luckyluke08

Parece que estuviéramos jugando.

Las voces de alarma se confunden con las risas, pero resulta que el asunto no es nada risible.

Cada uno busca su propia justificación o excusa y señala al siguiente. Y este a otro y este otro a otro a su vez. Los dedos señalando parecen un alambre de púas.

Todos se salvan. Nadie tiene la culpa y hay una santa indignación cuando alguien duda. Pero los que pagamos el pato, somos los que no estamos jugando. Quienes sin hacerlo, están perdiendo.

Mientras tanto el juego sigue y nadie dice nada. Los culpables sombrean su culpabilidad, responden acusando y todo pasa como en una película donde el malo sonríe y el bueno, ojalá que en la escena final, cabalgue hacia el poniente después de haber vencido.

Ilustración: LUCKY LUKE.Com

HONORABLE PELUQUERO


MÁQUINA CORTAR PELO

Cuando era chico, para que me durara el corte de pelo, me lo cortaban “estilo alemán”; es decir, prácticamente nada de pelo salvo algo en la parte de arriba y un poquito al frente. Sé que tengo alguna foto que lo testifique, pero debe estar guardada en alguna caja…

El pelo me lo cortaban en la peluquería que quedaba frente al Parque de Barranco, que era propiedad de Jorge Kishimoto, de origen japonés, impecable, con bigote y una enorme sonrisa.

Jorge tenía una paciencia única y para que la máquina que usaba no me produjera frío en la cabeza, antes de proceder la entibiaba, exponiéndola a un mechero de alcohol que encendía ex profeso; operación que siempre me fascinó. Como el sillón de la peluquería no era adecuado para mi tamaño, sobre los brazos ponía una tabla pintada de blanco, en la que me sentaba muy ufano, con el protector inmaculado sobre la ropa, anudado en el cuello.

Al frente estaba el gran espejo donde podía ver como Jorge me rapaba y también las sillas “estilo vienés” en fila, contra la pared, para la espera de los clientes. Si mal no recuerdo había un peluquero más, al que le decíamos “el borrao”, y tenía en la cara marcas de lo que ahora supongo, eran rastros de una viruela. Pero mi peluquero era Jorge Kishimoto, y lo fue siempre, hasta que un día no lo vi más. Pasaron muchos, muchos, muchos años y mi amigo Carlos, que también había sido cliente de Jorge, me contó que se lo había encontrado en el Cuzco, como guía turístico. Carlos era entonces Ministro de Justicia.

Podrán pasar los años, pero el recuerdo de Jorge Kishimoto no se me va a ir nunca. No se me va a borrar porque fue el amigo peluquero que supo hacer de algo tan sencillo como el corte de pelo un rito; un agradable rito que incluía la lectura de “chistes”, conversaciones breves y un poquito de talco en la nuca al terminar.

¡PAU!


manos10

Es lo que suelen decir los niños chicos cuando algo desaparece. “¡Pau!, ¡Se fue! ¡Desapareció!”.

Martín Belaunde Lossio se hizo pau. Hizo lo que se intuía que iba a hacer. No hay que ser muy zahorí para predecir que el personaje desaparecería convenientemente. Lo que es tremendo es la tranquilidad del gobierno para traerlo al Perú de vuelta de Bolivia y la impresión que quería dar de una urgencia que sonaba ficticia.

De pronto los policías bolivianos que lo custodiaban se quedaron convenientemente dormidos. De pronto nadie se percató que el señor salía a las 4 de la mañana (es la hora que se calcula) por la ventana de su cuarto y ganaba la calle. Total, a esa hora está oscuro y hace mucho frío en La Paz, o sea que bien abrigaditos y sin posibilidades de ver algo, o en brazos de Morfeo, “nadies vio nada”. Ahora la pelota bota y rebota, pero lo sucedido es puntual: el individuo “buscado intensamente” y con una cobertura mediática bi-nacional inmensa, se hizo humo, para ser otra vez “buscado intensamente”. Todos echan la culpa a todos y todos se disculpan; tal vez el Gran Bonetón sea el culpable.

Esta sería una trillada comedia de equivocaciones si no estuviera en juego lo que está. “¡Exijo una explicación!” diría Condorito y hasta ahora las explicaciones son de historieta, solo que en lugar de ser cómicas, son una historia trágica. Su familia boliviana está pagando unas consecuencias que no tendría por qué pagar. Mientras tanto, por las redes sociales él “reaparece” y dice que huye de la injusticia.

Martín Belaunde Lossio ha desaparecido. Se fue una madrugada fría por la ventana. Ojalá que haya estado bien abrigado. Sería el colmo que después de un tiempo lo encuentren por ahí, muerto de frío, con un balazo en la cabeza.

QUITADA LA JUSTICIA…


 JUSTICIA

 “Quitada la justicia, ¿qué otra cosa son los reinos, sino inmensos latrocinios? Los latrocinios ¿qué son sino unos reinos pequeños? Porque también estos son una gavilla de hombres que se rigen por el mando de un príncipe, unidos por pacto de asociación, en la que la presa se divide en las proporciones convenidas. Este mal, si crece con la agregación de tanta gente perdida, y llega al grado de tener lugares y constituir sedes y ocupar ciudades y someter pueblos toma el nombre de reino que manifiestamente le otorga no la codicia dejada sino la impunidad añadida.

Mi acertado amigo Eduardo, en un correo, hizo llegar esta cita textual y estremecedora. Aquí está escrita entre el año 412 y el 426, una descripción, que desgraciadamente no parece tener tiempo, de lo que pasa en el mundo y en nuestro país. Se trata de “La Ciudad de Dios” de San Agustín.

El tema no es nuevo y lo vemos repetirse a lo largo de la Historia. Se viene advirtiendo sobre esto, casi desde que el ser humano piensa y forma sociedades. Sin embargo las palabras caen en saco roto y se pierden porque nadie hace caso o no conviene hacerlo.

¿Hasta cuándo?

DE CABEZA


DE CABEZA

No debería sorprendernos el que veamos todo patas arriba, al revés de como debiera estar.

A una chica le rompen el vidrio de su auto para robarle la cartera. Los “bujieros” huyen en moto y ella los persigue; los choca: uno de los delincuentes huye y el otro es atrapado. La moto del asalto tiene la placa falsificada y el que es atrapado, antecedentes policiales por robo. El malhechor reclama por “sus derechos” y no quiere que lo filme la televisión, amenazando. Un campeón mundial de boxeo descubre a unos ladrones robando en su automóvil; los coge y luego la familia de uno de los ladrones lo denuncia por “agredir” a un menor. Waldo Ríos, el que recibió dinero de manos de Montesinos para cambiar de partido y apoyar a Fujimori, es “rehabilitado” por la Sala Penal Especial de la Corte de Justicia y puede ser Gobernador de Áncash.

Si vemos someramente las noticias tendremos un panorama de lo que está pasando. Jueces liberan a delincuentes; los delincuentes amenazan y agreden a la ciudadanía; un cajero de banco les roba a los más pobres; un congresista más hace que el Congreso les pague a “asesores” que trabajan… ¡en su universidad particular!

El mundo está al revés en nuestro país: de cabeza, patas arriba, equivocado; mala, dolosamente equivocado. Todo está trastocado.

Dicen que estamos camino a ser país del primer mundo ¿no será que caminamos hacia el último? ¡Esquina bajan…!

TRISTE RIMA: ¿PARA PROTESTAR HAY QUE MATAR?


CHARCO DE SANGRE

Las protestas en el Perú están tomando un cariz sanguinario que se traduce en los gritos de “¡Mátenlo, mátenlo…!” de la turba vociferante que estaba destrozando el cráneo de un policía acorralado, pateado, golpeado con piedras y que finalmente falleció.

Hay un manifestante muerto y dos pasajeros, que, sitiados por los que protestaban, no pudieron recibir el auxilio médico que sus enfermedades requerían y dejaron de existir. Los asesinos fueron todos y no fue nadie el asesino…

Protestar y matar. De pronto, las palabras que riman se convierten en una macabra realidad sinónima.

Entonces se busca a los culpables de las muertes y no hay ni un solo responsable.

Se dirá que fueron delincuentes, que hay agitadores, que las huaracas son para la defensa y que el derecho a protestar es constitucional. Se dirán muchas cosas, pero a los que están muertos nada de eso les devuelve la vida. Muertos por protestar, por restaurar el orden, por no ser atendidos.

Están muertos y junto con los heridos son las “casualidades”. Son número, estadística. Antes eran personas y ahora solo son resultados.

Sí, hay derecho a protesta pero no hay derecho a matar.

No se entiende; no se quiere entender que el agua y la tierra no valen lo que un hombre. No sirven sin el hombre. Y cuando el hombre mata a otros hombres, la sangre envenena la tierra.