EL QUE TE «SOPLA»


Aeolus – wind god vector illustration

Cuando uno está en el colegio dando un examen, por ejemplo, y no sabe algo, pide en secreto o por señas, que un compañero le “sople”, o sea que le ayude con la respuesta; estoy seguro que, salvo algunas raras excepciones, casi todos nos hemos visto fuera de más de un apuro, gracias a un “soplo” …

En la vida diaria, el “soplido” proviene –por lo menos en mi caso- de “algo” o “alguien” a quien no conozco, pero sé que está ahí, aguardando para ayudarme a superar un escollo dado …

Repito que no sé quién o qué es, pero siempre que lo necesito viene en mi ayuda, aunque a veces se ha demorado un poco, es verdad, pero ha acudido siempre; llamémosle “ángel guardián”, “inspiración”, “numen” o “mecanismo físico-químico del cerebro”, el asunto es que nunca me ha dejado solo y es gracias a él, creo –estoy seguro- que he podido y puedo salir adelante …

No me imagino su forma, aunque tal vez sea un intrincado cúmulo de circunvoluciones que se llama “cerebro” y habita allí en la parte superior de mi cuerpo –en la cabeza- dentro del cráneo … Blando, poco pesado y “palpitante”, hace que todo ocurra –por lo menos, lo que “se me ocurra a mi”- y anda siempre en actividad, porque aquello que dije de “estar esperando” para venir a “soplarme”, no hace que descuide ninguna de las múltiples cosas que ocurren en mi cuerpo y que se llaman “vida”.

El cerebro es mi ángel guardián, mi amigo, compañero, mi inspirador, el numen que me guía y “me sopla” … A mi juicio, es casi un insulto, lo que yo he dicho muchas veces y la comparación que se hace de él con una avanzadísima computadora, porque creo que es como comparar al universo con un átomo. El cerebro es así de inmenso al lado de la microscopía de un átomo …

Por eso doy gracias siempre de tenerlo de mi lado, de que “me sople”, de que sea parte de mí, porque la verdad, no sé cómo sería la vida si él no estuviera. Tal vez sería una piedra y eso, ni siquiera una piedra en el zapato de alguien …

Imagen: https://www.gettyimages.es

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EL TERROR


Hace muchos años, un libro me aterrorizaba…

Estaba en el colegio y recuerdo bien cuando me dijeron que, para el siguiente año, habría que comprarlo, porque era fundamental …

No lo tenía y por lo tanto no lo había abierto siquiera, pero los comentarios alrededor de él, no eran muy prometedores y más bien resultaban de miedo. Su grosor prometía una cantidad de contenido, que estaba seguro iba a superar cualquier suposición porque al comparar el mastodonte con los demás “libros de texto”, estos resultaban ser una especie de libretitas inocuas, delgaditas y simplonas…

Llegó el día nefasto (porque todo llega en esta vida) en que tuve en mis manos el susodicho y no me atreví a mirar lo que había dentro, abriéndolo: tanto había escuchado, que ni la natural curiosidad de un chico pudo vencer al miedo. Era como tener cerca a una cucaracha grandota y amenazante, o a un dragón exhalador de fuego, de dientes afilados y baba venenosa. Estaba allí, sobre la mesa de mi cuarto, como al acecho, como esperando que lo abriera, para vomitar maleficios extraños en un idioma incomprensible…

No por nada tenía en la carátula, la imagen de un árabe, con turbante, barba y bigote, uno de esos, seguramente, que pelearon contra los caballeros cruzados, para que la media luna aplastara a la cruz… Yo había oído las historias de batallas sangrientas y en mi mente, dentro de ese libro, el horror se condensaba…

Finalmente, tuve que vencer al miedo y cuidadosamente lo metí en mi maletín, dándome cuenta que entraba con las justas, dejando un espacio pequeñito para la cartuchera, que tenía dos lapiceros, para llevarlo al colegio, porque tendríamos la primera clase en la que habría que usarlo. Me sentía raro, porque sería la primera vez que la magia negra abría sus puertas para enseñar su vientre hinchado de maldades y yo… ¡yo!, lo vería.

El profesor, desde la mesa, se dirigió a la clase y dijo las palabras fatales: “¡Saquen el BALDOR!”

NOTA: Con el debido respeto, para César Milcíades Olea (QEPD), profesor.

Imagen: http://www.chilango.com