MI AMIGO ALFONSO SE FUE DE VIAJE.


Alfonso y Manolo Pucallpa

Con Alfonso Maldonado en Pucallpa.

Chau Alfonso.

Hoy que has partido de viaje, sólo quiero decirte que voy a extrañar mucho a mi amigo.

Saluda a Julio y a los conocidos que veas por allí.

Con el afecto que nunca cumple años porque da vergüenza contarlos,

Manolo.

EL ALFONSO.


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Sé que cuando lea ésto, no le va a gustar.

Pero sabiéndolo no puedo dejar de escribir, porque ayer conversamos por SKYPE y la electrónica nos comunicó salvando el tiempo y el espacio que quitan las reuniones, el tránsito y esta vida agitada que va creando vacíos cada vez más grandes entre los amigos.

Reencontrarme con “El Alfonso” (arequipeñismo cariñoso y cotidiano para llamar a mi amigo de más de cuarenta años Alfonso Maldonado) resultó anoche maravilloso para mi, porque hacía tiempo que no podíamos charlar un poco y aunque de por medio estuvieran los “gadgets” que tanto nos gustan a los dos, como de costumbre retomamos el hilo y las bromas se cruzaron de inmediato.

Para quienes no lo conozcan, el Alfonso es el ejemplo perfecto para describir a ésa rara especie de personas dedicadas a una actividad compleja, altamente creativa, que requiere además de conocimientos técnicos vastos y de una inacabable reserva de verdadera magia. Me refiero al personaje que conocemos como director de cine. Porque éso es lo que el Alfonso es desde que lo conozco. Título que en su caso es totalmente reduccionista, porque es muchísimo más.

Tal vez quienes están en publicidad sólo desde hace unos diez años, no logren hacerse una idea clara de lo que el Alfonso es; porque “hacer comerciales” significaba entonces ser un mago todista. Por lo menos así lo veía yo allá por el año 1967 cuando lo conocí y Cine70, su empresa, estaba aún a tres años de nacer.

Recuerdo que nos ofrecían ser “modelos” para actuar en comerciales de televisión por ser miembros del Teatro de la Universidad Católica. Estoy seguro que el pensamiento detrás de tal convocatoria era que como “actores” haríamos el trabajo más rápido que una persona que no tuviera entrenamiento en actuación; razón básicamente económica en una industria que requería y requiere velocidad y costos manejables.

En realidad yo estaba en el TUC por amistades, ya que no estudiaba en la universidad. Hice sonido primero, luego trabajé en la parte gráfica (afiches, programas) y cuando Marco Leclére viajó a Europa, Ricardo Blume me dio la oportunidad para encargarme de la escenografía y el diseño de vestuario, sin dejar el asunto gráfico. Finalmente mi insistencia, la “buena onda” de Ricardo y la necesidad de gente, hicieron que actuara. Mirando en las clases y metiéndome donde no me llamaban, aprendí algo. Entonces me sentía actor, sin darme cuenta de las leguas que me separaban de serlo en realidad. Pero a los 21 años, y más aún en ése tiempo, uno es dueño del mundo.

Así conocí al Alfonso. En Telecine y como ése señor que detrás de una cámara cargada con película en blanco y negro hacía la magia de convertir en comerciales unas ideas que venían en papeles desde las agencias de publicidad.

Él te decía qué hacer, te explicaba, hacía chistes, te gritaba, y adulaba pidiéndote repetir una y mil veces las escenas.

A mi me tuvo dando vueltas en una silla voladora, disparó con balas de verdad para destruir las botellas de “Manzana Oh, Lá, Lá!” en un anaquel de bar simulado delante del cual me escondía tras el mostrador caracterizando a un cantinero de los años veinte, que en un momento dado sacaba la cabeza y decía “Oh lá, lá” poniendo cara de susto. Juro que nunca me demoré tanto en sacar la cabeza ni tuve mejor rostro de terror que entonces.

Ése fue mi encuentro directo con la publicidad y el inicio de una amistad con el Alfonso que siempre ha crecido. Muchísimos comerciales actuados después y como fruto de mi terquedad logré entrar a trabajar en publicidad, porque me había enamorado de la magia y quería ser parte de ella. Quien la descubrió para mi fue él y ha seguido asombrándome a lo largo de los años, no sólo con sus increíbles recursos para lograr cosas inventando inexistentes tecnologías sino con su divertida habilidad como mago, ilusionista.

Lo dicho, que no busca nada sino tratar de explicar lo que le debo a este amigo entrañable y especial; es sólo una fracción mínima de las anécdotas que hemos compartido y de los innumerables trabajos hechos en conjunto durante años.

Por éso al conversar con el Alfonso anoche me dije que en algún momento tenía que escribir la historia de una amistad: la nuestra. Y esta reflexión me ha llevado a postear hoy día porque si no lo hago de inmediato, el tema quedará en el cajón de los futuribles que suelen acumularse allí por falta de tiempo o flojera sin llegar a ser una realidad.

Titulemos pues esta historia como “El Alfonso” y que empiece la fabulosa historia del mago y un aprendiz. Amigo Alfonso no te enojes, por favor.