LEER MENOS


 

Viendo las estadísticas de mi blog, me doy cuenta que en estos días de fiesta la visita ha caído yblancolo primero que se me ocurrió es que los temas que ofrecía no eran interesantes, con títulos poco atractivos; pero pensándolo bien y mirando otros sitios y las frecuencias de visita, me doy cuenta que el “bajón” es bastante general, y aunque “mal de muchos consuelo de tontos”, creo que es un fenómeno propio de esta época, en la que parece no haber tiempo para nada y en la cual, lo que menos hacemos es leer.

Digamos que “me alivia” una cosa así y no siento que sea mi única y exclusiva culpa el tener pocos visitantes…

Facebook muestra poca actividad y lo mismo pasa con Twitter. Supongo que en general esta actividad de la red baja por estas fechas y quiero creer que es porque estamos ocupados en relacionarnos unos con otros en forma personal. Parece pues que el abrazo físico prima sobre los temas virtuales.

Hoy, seguramente, se volverá a los niveles “normales” y este será un indicador de que todo vuelve a su nivel. En el fondo lo lamento, porque siempre es preferible el calor de un abrazo a la frialdad de oprimir teclas; sin embargo, también pienso que nunca abrazaríamos a todos a quienes electrónicamente podemos. Son cosas que me hacen pensar que muchas veces la eficiencia resta calidad y que es algo que no debemos permitir que suceda, sino poner un poco de nuestra parte para lograr en vivo, lo que se ve bonito en una pantalla de computadora.

P.D.: Hoy es cumpleaños de mi padre, que si estuviera vivo, tendría 108 años. De él y de mi madre, aprendí el valor de los abrazos.

 

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SALTO EN EL TIEMPO


Ayer vino Jaime y me llevó para reunirnos con Pepe. Los tres somos compañeros de colegio y hace sesenta años que nos conocemos: la amistad es una de las pocas cosas que dura en esta vida. Dura hasta que uno de los amigos decide mudarse al barrio eterno.

Pero ayer, con guiños de sol y ánimo dispuesto, enrumbamos hacia Pachacamac, donde nuestro amigo vive.

Salir a la carretera y meternos entre un tránsito que me pareció no haber cambiado pues los camiones, microbuses y ómnibus siguen siendo los reyes de la ruta con las actitudes de “a mí-que me-importa-paro-donde-quiero-y- los-demás-friéguense”, esquivando algunos huecos, oyendo un poco de música y charlando fue para mí-que salgo muy poco- toda una aventura.

Demás está decir sobre los abrazos, las risas y los comentarios que nos brotaban. Estuvimos en un café, de una argentina muy simpática, llegó un hijo de Pepe, como de 40 y la conversación saltaba de uno a otro tema, como cuando se tienen muchas cosas por decir y poco tiempo para hacerlo. Muy bueno el café y deliciosos los trocitos de brownie que venían de cortesía y de allí enrumbamos, otra vez los tres (yo con ayuda, por supuesto) para sentarnos al aire libre, en la plaza, rodeando una mesa donde seguir conversando.

Es que para eso nos habíamos reunido: para charlar, recordar y planear alguna cosa en conjunto.

Demás estaría decir que pasamos rápida revista a las anécdotas e íbamos hilando una cosa con otra: un nombre traía el recuerdo de otro, este una fecha y aquél un recuerdo. Así nuestro viajar como rápidas lanzaderas en un ir y venir por el tiempo, hizo que el presente volara y se acercara peligrosamente la hora de partir, porque Jaime tenía una cita impostergable en Lima: con los médicos no se juega.

Finalmente, sin que ninguno de los tres se animara a terminar, fuimos caminando (yo, con ayuda, otra vez) hasta el carro para decirle ¡chau!” a Pepe, dejarlo de pie en la placita de “suPachacamac y prometernos una pronta re-reunión para seguir tejiendo con ese hilo maravilloso que empezó allá por el año 1952.

Haremos algo juntos, porque es imperativo hacerlo y coincidimos en eso cuando comentamos los tres que no podíamos estar “sin meter las manos” en algo. ¿Y qué mejor que, como los Tres Mosqueteros: “Uno para todos y todos para uno”? Fue un hermoso “salto en el tiempo”, que nos llevó a muchos lugares, devolviéndolos junto con las personas, para hacer ese hermoso tapiz que empezamos a tejer cuando éramos chicos.

Volvimos al tránsito carretero, a la “hora punta” de la llegada al mediodía y a Lima, que para ser franco, se veía distinta aunque el sol se ocultaba tímidamente entre las nubes y el cielo mostraba su clásico color “panza de burro”.