CUMPLEAÑOS


 

Hoy empiezo a escribir tarde: es que leer y contestar los saludos toma tiempo, sobre todo si uno deja un poquito de espacio en medio. Pero de verdad, me he sentido tan bien y tan acompañado en este cumpleaños como para disfrutar de ese calorcito que se llama amistad y cariño, de un modo excepcional.

Estoy seguro que esto que escribo, no lo leerán muchos de quienes me han felicitado y deseado lo mejor, pero sin embargo quisiera que cada una de estas palabras llegara a sus múltiples destinos, envolviendo un inmenso abrazo para todos: para los que me escribieron, los que llamaron por teléfono, los que vinieron…, los que se acordaron.

Ayer temprano hablé por teléfono con mi hermana Teté, como lo hago todos los domingos: así Arequipa queda a la distancia de un marcado de teléfono y podemos estar juntos aunque nos separe la distancia. Mi hermana, que tiene ochenta, riéndose me decía que nunca se podría olvidar, que casi nazco en el ascensor de la clínica y que todos los preparativos de bautismo no existieron, porque se presentó de improviso a la clínica Monseñor Juan Gualberto Guevara, el primer Cardenal que tuvo el Perú, que era muy amigo de mi padre, a bautizarme y la ropa con que se bautizaron mi hermana y mis hermanos y que preparaban para mi, estaba en casa y tuvo que ser sustituida de emergencia por una “mañanita” de mi madre.

Le dije a Teté que ese fue el inicio de mi informalidad: casi nazco en movimiento, me bautizaron corriendo y de seguro la llegada del Cardenal causó un desmadre en la organizada rutina de las monjas que estaban entonces en La Maison de Santé. Hoy, sesenta y cinco años y un día de vida me encuentran feliz porque compruebo que tengo (lo digo siempre) tantos amigos.

He sabido de personas a quienes había perdido el rastro hace tanto que sus mensajes o llamadas han hecho que la película de mi vida se rebobinara de tal manera a instantes tan hermosos, que estoy seguro de algo: ha sido el día en que más he sonreído y en el que también he derramado muchas lágrimas de alegría.

Sabemos que estamos vivos, porque somos queridos. Yo confieso sentirme inmensamente vivo porque es tal el cariño, que me pongo rojo de pensarlo.