Y EL PERÚ… ¿CUÁNDO?


Sucede que los medios nos trae muchísimas noticias que yo llamaría “distractoras”. Nos desvían la mirada del verdadero país en el que vivimos y estoy seguro que la mayoría quiere seguir construyendo.

Cuando hay temas verdaderamente importantes que afectan lo medular de la nación, se resaltan hechos banales y hasta ridículos en un afán, aparentemente organizado, de ubicarlos como cruciales. No digo que todo deba ser tremendamente solemne y serio, pero me parece que una cosa es una cosa y otra, otra.

Asistimos a un carnaval de fuegos artificiales que intentan llamar la atención y desviarla de lo verdaderamente importante. ¿Es que somos un país de farándula y oropeles? ¿Es que no nos damos cuenta de que “van ganando” los malos, escudados en la alharaca cómplice de algunos medios? Es la sinrazón contra la razón. Es esa bulla insoportable que trata de tapar el buen sonido, para que destaque el que grita mejor. Mientras tanto, nuestro Perú real sigue invisible, para festejo de los que delinquen, porque creen que sobre esa invisibilidad podrán reinar.

Como peruano estoy harto de las payasadas y maromas que un grupo de funámbulos usa para distraer y llevar agua a su molino, que producirá la harina con que se amasa la vergüenza.

Espero que sea una pesadilla, un mal sueño, del que podamos despertar.

EL SUICIDIO DE LOS PEATONES


Dicen que los “lemmings” caminan hacia el mar, suicidándose y lo hacen en masa. No sé si será cierto, pero otra especie, la “peruvianus peatonem” parece que sí busca el morir por “pie propio” atropellada por un vehículo. Cada año, son tantos los que mueren así que casi son masa.

¿Qué pasa por la cabeza de un “ventajista” que evita cruzar por un puente peatonal y expone lo más preciado que tiene que es su vida? ¿Por qué se dice que el cruce “está a tres cuadras” y en vez de caminar hasta un sitio de cruce seguro se aduce “flojera”, “apuro” o cualquier otra excusa que no sirve a los muertos?

Máximo San Román iba con toda su familia por la Panamericana (que es una carretera), cuando una señora cruzó intempestivamente la pista. Según declaraciones del chofer, no pudo hacer nada para evitar el impacto y la arrolló. Resultado: una persona muerta, un hombre al que la tontería humana convierte en involuntario victimario con prisión e “investigaciones” posteriores para él y dos menores en la orfandad. Y eso que Máximo San Román acepta lo ocurrido y se compromete a sufragar los gastos que ocasione el triste incidente y a continuar viabilizando la educación de los ahora huérfanos. Además dice que aunque eso no repare la pérdida de una vida humana, pone a disposición de los deudos una cantidad, como resarcimiento. Otro, como pasa muchas veces, hubiera desaparecido del lugar y si te atropellé no me acuerdo.

Definitivamente este tipo de “cultura” que yo llamaría piadosamente costumbre, que hace que los peatones se crean invulnerables ante el embate de un vehículo de por lo menos media tonelada de peso, lanzado a velocidad, produce lo que se llora y comenta: muerte.

Se dice en todos los tonos, pero los oídos son sordos: a “otros” les puede pasar pero a uno no, hasta que se convierte en la penosa cifra de una estadística.

Otra vuelta a la tuerca: educación nos falta. Sentido común escasea, tontería abunda. Los “superhéroes y superheroínas” peruanos que arriesgan estúpidamente sus vidas y quizá las de otros dribleando vehículos y desafiando elementales normas de seguridad, por desgracia se merecen lo que les sucede.

Es triste que una mujer haya muerto atropellada, pero su irresponsabilidad ya no tiene remedio y esto debería llamar a reflexión y a respetar reglas que pueden ser “incómodas” pero están dictadas para nuestra propia protección.

LA RUPTURA


El señor confirma (por los medios) la ruptura con su hijo. Como las estrellas de cine y los faranduleros, airea lo que se supone es familiar, o sea íntimo.

¿Qué puede pasar por la cabeza de alguien para actuar así?

¿Es que se siente tan importante que el tema debería interesar a todos o se trata más bien de un intento por volver al “candelero” porque se no se lo mencionaba?

Triste papel el de alguien al que parece gustarle el apelativo de “patriarca” y gritar a los cuatro vientos un desacuerdo que puede ser muy importante para él, pero bastante menos para muchos.

Entiendo que si un padre está en desacuerdo con su hijo se lo diga, pero me suena a presuntuoso el que lo haga en público, a no ser que esté buscando otra cosa. ¿De pronto son celos? Tal vez sienta que el “otro” tiene cobertura mediática  y él no… No lo sé, pero ciertas actitudes parecen una pataleta, de esas que dan a cierta edad.

EEPA


Hoy es tu santo y sé que te gusta que te feliciten. ¿A quién no…? Por eso, lo primero que hago es hacerlo: ¡Feliz día Alicia!

En realidad, a quien debería felicitar es a mí mismo, por tenerte. No cabe en palabras mi alegría, no esa alegría saltarina sino la tranquila: la alegría profunda que produce el diario maravillarse ante las cosas que haces que sucedan. Esos miles de pequeñas cosas que a veces, en el momento, no se toman en cuenta, hasta que la sorpresa nos hace notar su existencia.

Cada día que pasa aprendo más y lo hago, porque calladamente me enseñas que la vida merece vivirse y es un hermoso regalo que nunca agradecemos bastante. Cada instante es nuevo, tiene brillo propio e ilumina lo que podría ser el desgranar rutinario de las horas, dándole un sentido distinto y valioso. Valioso, porque los dos decidimos un día enfrentar juntos las mañanas, las tardes y las noches: desde entonces hemos caminado por caminos de todo tipo, pero sabiendo hacia dónde vamos.

Hoy, que es tu santo, sólo puedo darte como regalo, mi cariño, renovado, pero sé que tú sabes que es lo mejor que tengo.

 

EL SONIDO DEL TRIUNFO


 

Gian Marco Javier ha ganado su tercer Grammy.

Veo también que hay una avalancha de felicitaciones y otra dedicada a denostar al cantautor peruano. Es lógico que haya gente a la que no le gusten sus canciones, como canta, su aspecto o lo que sea. Lo que no se puede negar es que el tipo, a pulso, ha ido ganando lo que ha ganado.

Conocí mucho a su padre y a él hace tiempo. Siempre fue alguien inteligente, que supo seguir el camino que le parecía bueno y donde lo que hacía, lo hacía bien.

Eso no es corriente en nuestro país donde los ingenieros hacen taxi y los médicos a veces trabajan como “propagandistas” de algún laboratorio. Lo digo porque oigo decir: “… Me gustaría… ”, “… Si yo hubiese…” y dar una serie de excusas para explicar por qué no se hace lo que se quiere.

Entonces cuando alguien va logrando poco a poco conseguir una meta que se trazó y tiene cierto éxito, de inmediato se le “baja la llanta” con los argumentos más dispares y disparatados. Es cierto que el “me gusta” o “no me gusta” es potestativo de cada uno, pero de allí a generalizar y tratar de que la opinión propia prevalezca, hay distancia.

Vuelvo a decirlo: a muchos puede no gustarles, pero es innegable que si recibe un premio, por algo será. No creo que el gusto de quienes opinen en esto esté absolutamente estragado.

Estoy seguro que me van a llover críticas de quienes no estén de acuerdo con mi opinión: sigo manteniéndola. El hijo de Javier Zignago está logrando lo que su padre soñó y él mismo ha querido. Esto vale mucho más que todos los “LIKE” de las redes sociales.

MÁSCARAS


 

 

Van cayendo las máscaras, como cuando acaba el carnaval.

Los rostros diferentes, agestados, feroces, se muestran detrás de sonrisas de cartón con las que se ha tratado de convencer a muchos.

Somos un país donde se ha aparentado lo que no era, hasta que en el momento crucial aparecen las verdaderas intenciones.

Y es entonces cuando las “sosegadas e imparciales opiniones” se convierten en tomadas de parte que a algunos cogen por sorpresa. Es toda una institución peruana y yo diría limeña, el pensar una cosa y decir lo que se supone que “al otro” le gustaría oír. Esto tiene un nombre que no gusta mucho. Seguramente, para evitar un rictus de mal humor, se trata de “agradar”.

Pero hay un momento en que lo que está debajo de la máscara es tan grande y yo diría notorio, que ella no puede ocultarlo. Dicen que “caras vemos, corazones no sabemos”.

Y esta parece ser la hora de la verdad no la de las máscaras.