LA ALEGRÍA DE LOS DÍAS…


La vida puede ser un rosario de tristezas o un manojo de alegrías. Digo esto porque a veces me suceden cosas que no solo me dan ganas de compartir (lo que hago ahora), sino que pintan una sonrisa en la cara y demuestran que no todo es malo, al suceder.

Hoy, por ejemplo, hablé con mi amigo Jaime y me confirmó su visita de mañana. Bromeamos por el Nextel y me dijo que le gustaba mi modo de ver las cosas. Yo salía de la terapia médica cuando lo llamé. La terapia es otra buena noticia porque significa que puedo moverme un poquito más y así avanzar en esta ya larga recuperación. Ayer fuimos al Jockey Plaza, a verme nuevos lentes con Alicia, Alicia María, Christian y Daniela. Ellos tres últimos, almorzaron en casa y luego enrumbamos al centro comercial. Allí, en una silla de ruedas, para que no me cansara con la caminata (y creo que para no hacer tan largo todo), fuimos a una óptica, escogí unos anteojos y entregamos mi receta de lunas bifocales; sacamos los anteojos nuevos de Alicia, que estaban listos y luego les midieron la vista a los tres “visitantes”. Daniela eligió unos anteojos que los entregarán esta semana, junto con los míos. De allí fuimos a una librería, para ver si conseguía algo para leer, porque hace mucho tiempo que solo releo libros y es hora de refrescarse. Ahí me di cuenta que mis días de visitante de librerías, en los que recorría bien los títulos, se acabaron: ¡no veo los títulos! En fin, haciendo esfuerzos y con la ayuda de Alicia María, elegí uno sobre la vida y muerte de Goebbels y otro acerca del relato o la vista de un día en Roma. La Roma de Trajano, hace como mil años. La profusión de libros y el recuerdo de un tiempo en el que veía bastante bien, hicieron que quisiera terminar cuanto antes. El hecho es que salí con dos nuevos libros. Mucho antes, hace más de un año y medio, podía moverme solo, leía un promedio de cuatro libros por semana y era “caserito” de algunas librerías. Pero no estaba mal. Una salida larga y dos libros para disfrutar, más un par de anteojos nuevos en progreso y la alegría de compartir un buen rato con Alicia, Alicia María, Christian y Daniela. Es cierto que al regreso hacía frío, pero el calorcito interno de la felicidad, no me lo quitaba nadie.

Hoy recibí un correo del padre de un ex alumno mío, que había leído mi blog. Respondí agradeciéndole y para decirle cuanto estimo a Luis y el gusto que me da que combine la magia y la publicidad. ¡Qué alegría saber que me leen! No conocía a Jorge, pero siento que tengo un nuevo amigo.

Recibí un correo de Carlos, mi amigo de colegio, que vive en USA desde hacen muchos años. En él me dice que está leyendo mi libro y que le gusta. Hilaba una serie de recuerdos propios y creo que no hay mejor premio para alguien que escribe, que un lector empiece a rememorar a raíz de algunos párrafos.

Además recibí una llamada inesperada: Augusto, a quien no veía hace por lo menos treinta años, me telefoneaba porque decía, había conseguido mi número, a través de un compañero de su clase, Hugo (ambos un par de años mayores que yo), que había también leído el libro y me habló haciendo memoria de Chilca… Yo no reaccioné de inmediato (y hasta ahora no lo hago) porque no me parecía conocer la información tan vívida que me daba. Hablamos de su hermana Martha y su cuñado Mario, que ahora están en Chile, mis amigos de cuando era adolescente y “Runaway” sonaba en las reuniones. Augusto vive, me dijo, hacen como 20 años en Montreal.

¡Cuánto nombre y qué pequeño es este mundo…! ¡Qué bendición que sucedan cosas que siento hermosas y que alegran los  días! Esta es una apretada síntesis de ocurrencias, de un par de ellos. Estoy convencido que si las reunimos, forman mucho más que el manojo que mencioné al principio. Forman un inmenso jardín lleno de colores, aromas y maravillosas sorpresas.

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EL HOMBRE QUE EMPEZÓ A RECORRER LA ETERNIDAD, VIVO.


Ha muerto Steve Jobs,  el  hombre que creo empezó a vivir la eternidad aún antes de fallecer.

Su partida, no por esperada, menos triste, deja al mundo sin un cerebro brillante que pensaba distinto, que hacía que los demás siguieran su corriente ofreciendo ideas impensadas, hechas realidad. Yo diría que fue una especie de Julio Verne que avizoró un futuro fantástico, pero a diferencia del novelista, su “Nautilus” está en millones de escritorios del mundo. Creó un “AA” y un “DA” (Antes de Apple y Después de Apple), consiguiendo un cambio que afectó la vida planetaria en una escala difícil de imaginar.

Era, evidentemente un líder. El hombre por el cual su gente daba la vida y que comprendió que el cerebro humano requiere tan solo de pequeñas cosas para expresarse.

Un fuera de serie, cuyo solo nombre ya era noticia. Un ser humano que empezó a vivir la eternidad por adelantado al ingresar, respirando hondo, a ese corredor maravilloso que es el futuro y que el decir “Steve Jobs” siempre evocará.

No soy nadie, ni siquiera un usuario de sus productos, pero sé que las generaciones por venir lo reconocerán como un visionario que hacía materiales lo que para muchos eran herramientas de trabajo o juguetes que cumplían alocadas fantasías. Steve Jobs es una verdadera leyenda y debe haber sido difícil vivir siéndolo. Dar en el clavo, trabajar mucho, rodearse de la gente adecuada, no perder el norte, retirarse a tiempo, saber volver y saber que la gloria verdadera estaba siempre  un poco más allá. Saber que cada paso que daba, era seguido por otro, en el camino del hacer.

Le envió como obsequio una I-PAD antes  que saliera al mercado, a ser prácticamente arrebatada, al Presidente de los EEUU. Y Obama, mostrando el nuevo artefacto, dijo algo como que se lo había hecho llegar el mismo Steve Jobs, significando con ello, que era objeto de una especial deferencia. Un regalo de quien ya disfrutaba del reconocimiento, que estoy seguro Jobs disfrutó, pero nunca le impidió ir más allá, en el territorio que otros solo sueñan o leen en las páginas de la ciencia-ficción.

Hace muy poquito, leí a Milton Vela, mi amigo, alumno, compañero de trabajo, comunicador, bloguero insigne y experto en redes sociales, en el Facebook que “el mundo cayó y calló“, con la muerte de Steve Jobs. Creo que sí. El mundo, tal como nos lo mostró, se vino abajo y el silencio de asombro e incredulidad se podía escuchar en las noticias que daban la vuelta a este mundo que Jobs contribuyó a hacer más pequeño, más entretenido, más amigable y estoy seguro que bastante más humano.

DE HOY EN OCHO


El jueves pasado, tratando de organizar el desorden de lo que ahora es el escritorio, que luego de la mudanza se ha reducido y en vez de seis estantes de techo a piso tiene solo dos, más un par de libreros con ruedas y una mesa de trabajo, adosada a la pared, y ante la falta de unos cajones que siempre sirven para guardar las cosas pequeñas, evitar que rueden por ahí y se pierdan, decidimos conseguir un mueblecito, con tres cajones y ruedas, para poder moverlo en caso necesario y hacer espacio.

Alicia salió a comprarlo, si estaba hecho, pero tras mucho andar y no encontrar nada adecuado, decidió  mandarlo a hacer. En un lugar le ofrecieron prepararlo por un precio y al ver uno ya terminado en la misma tienda, que cumplía con las especificaciones básicas, preguntó si podía llevarlo, pero el precio que le dieron era bastante mayor que el que tenía el que construirían. Luego de un instante consultaron y le dijeron que no podían vendérselo, porque lo tenían que usar para completar un pedido de provincias. Finalmente, en otro lugar accedieron fabricar el mueblecito, dio un adelanto y le prometieron entregarlo para el martes siguiente. Ayer, que se cumplia la fecha de entrega, llamó por teléfono para inquirir por el tema, pagar el saldo y recogerlo. Le dijeron que estaría hoy, a las cinco y luego de la argumentación reclamando por la fecha, le dijeron que pasase a la una de la tarde.

El resultado es que las pequeñas cosas siguen desperdigadas y no hay todavía mueble. Esto me lleva a cavilar sobre el incumplimiento.

Dicen que es tradicional entre los sastres y los zapateros (en Arequipa se tenía por corriente, hasta hace tiempo, el “lunes de zapatero” que suponía que los artesanos del gremio, empezaba a trabajar recién ese día por la tarde….). Yo  creo que es un desastre connatural a muchas más personas.

En el Perú, nuestro país, hay una especie de cultura que vive el “más tarde” hasta sus últimas consecuencias, aplazando fechas, estirando tiempos y haciendo que todo se retrase.

Recuerdo como me impresionó en una visita que hice hacen muchos años  a San José, Costa Rica, el que  mi amigo a quien acompañaba a recoger un par de zapatos dejados para arreglar, me contara  que el zapatero le había dicho que regresara “en ocho” por ellos y me comentaba que “en ocho” podía significar cualquier cosa, que no sabía si eran ocho días, ocho meses u ¡ocho años!. Era un modo de decir más tarde, dentro de un tiempo0, sin especificar bien cuánto. Por supuesto, los zapatos no estaban listos y oí que se los prometían entregar…¡en ocho!

De eso, repito, han pasado muchos años, poero me impresionó grandemente el hecho. Tal vez por eso me resulta tan chocante el “dejar hacer, dejar pasar” que eso supone, la actitud que implica y los trastornos que causa.

“Dejar para mañana lo que se puede hacer hoy” es lo común. Darle largas a cualquier tema, la norma. Es muy usual que el funcionario “se haga esperar” porque así cree que proyecta más importancia.

Lo único que conseguimos actuando así es el retraso y que nos consideren lo que efectivamente somos y demostramos:  ¡ ser unos incumplidos!

Este es una mal que hay que combatir, no porque uno sea esclavo del reloj y el calendario, sino porque todo está encadenado en este mundo: unos dependemos de otros y nuestras fallas arrastran rápidamente en los demás.

¡Quien no ha maldecido por la demora de una cita médica, la tardanza en el inicio de un espectáculo o “espérate un ratito” que puede tornarse eterno…! Si todos cumpliéramos con lo que debemos hacer a tiempo, otro sería el mundo en que a tropezones nos movemos. Tal vez todos seríamos suizos, que tienen fama de ser puntuales y según Mafalda inventores de la sopa en cubitos (“¡Bien hecho!”, para ella, detestadora insigne de la sopa). Llamarán hoy, después de la una por supuesto, para dar margen a la impuntualidad (y de paso ser impuntuales) con el fin de averiguar sobre el mueblecito. Ojalá que no digan “de hoy en ocho”...

CLUB ES UNA PALABRA ANCHA


Ayer escuché la noticia y hoy, al ver el periódico, la confirmé: los asesinos disfrazados de hinchas futboleros, han vuelto a actuar nuevamente, victimando a un joven,  porque era del equipo contrario por el que ellos ” hinchaban” . Definitivamente “club” resulta ser una palabra muy ancha cuando se trata de clubes futbolísticos, por ejemplo. Muy ancha porque cobija de todo: desde los verdaderos integrantes, amantes del deporte, hasta dirigentes buenos y los corruptos, desde barristas exaltados, jugadores y técnicos, hasta asesinos no tan encubiertos. El club, una institución de la que dice Wikipedia: “Club es una sociedad compuesta por un número variable de personas, libremente asociadas, que se reúne como grupo en función de su coincidencia en gustos, aficiones u opiniones de todo tipo: artísticos, literarios, políticos, filantrópicos, deportivos, etc., o simplemente en sus deseos de relación social.”  Es una sociedad, pues, conformada por personas y como toda sociedad, además de sus reglas, usos y costumbres, tiene sus delincuentes. Unos roban, trampean y otros, matan. Todo en nombre del club, escudándose en su logotipo y haciendo creer que son una mayoría y que la constante es lo que ellos hacen. Nunca me gustó demasiado el fútbol, pero el devenir del tiempo, con los tristemente famosos “hooligans” ingleses y las no menos tristes “barras bravas”, han agregado razones para mi personal disgusto. No puede ser que la catarsis de un triunfo deportivo, o el demostrar estar a favor de un equipo, se convierta en una “Fuenteovejuna” donde nadie asume la responsabilidad, porque están todos involucrados. Cobardemente involucrados, diría.

Muere una persona a manos de delincuentes ocultos bajo el emblema de un club deportivo y por supuesto, se alzan voces y los medios encuentran en la noticia oportunidad para hacer negocios que implican aumento de ventas. Se escucha la palabra “indignación” por todas partes,  pero salvo declaraciones y alguna acción de identificación y búsqueda de los autores materiales, nadie parece hacer nada. El club y sus dirigentes, deslindan de inmediato resposabilidades. El hincha común y corriente niega ser así. Pero sin embargo, “alguien” permitió que esos tipos tuvieran cabida en un estadio, probablemente gratis, porque “formaban parte de la barra”. Y cuando las cosas suceden, con un saldo trágico, hay un bobo juego del gran bonetón, donde la culpa rebota sin tener un lugar donde detenerse.

Los vecinos del estadio Monumental se quejan de los destrozos que en sus casas causan las barras bravas, la policía destina cientos de efectivos a cuidar el evento y organiza la llegada separada de las bandas de desadaptados de ambos clubes, que “alientan” en lo que debería ser una competencia deportiva, y que fungen de hinchas. El saldo: un magro cotejo deportivo y un desorden mayúsculo con golpeados, heridos y en este caso un victimado, amén de lunas rotas, paredes pintadas y el amedrentamiento de ciudadanos. A esto se le llama fútbol.

Estoy seguro que mi post no será del agrado de la mayoría de quienes lo lean y seguramente pensarán que soy retrógado, tremendista o predicador de catástrofes. Sin embargo digo: ¿y si les mataran a un ser querido “en aras del deporte”?  Como sociedad total, los cambios van a venir (no soy pesimista), si vienen, muy lentamente. Pero hay que empezar ya. No es una excusa el decir que “siempre fue así”. Me niego a ello. Club, definitivamente, es una palabra muy ancha.

POLLO


Escribo porque es lo único que puedo hacer. Estoy solo en casa y me siento muy perdido. Acabo de leer en el correo la noticia de la muerte del Pollo. Óscar, mi amigo, mi hermano, se ha ido, víctima al parecer de un infarto. Activo como siempre, creo que estaba en Chimbote viendo su negocio.

La noticia, digo, me ha dejado helado, más perdido que nunca y estoy llorando. Escribo porque es un modo de acompañarme y es lo único que atino a hacer. Lo hago aquí porque quiero que quien lea, sepa cuanto quería al Pollo. Tuco se fue hace poquito y ahoraÓscar: dos amigos entrañables que ya partieron.

Con el Pollo nos encontramos en el viejo pequeño colegio, de la avenida Petit Thouars cuando el mundo era otro. Desde 1952, hicimos el colegio juntos, hasta que me jalaron de año en tercero de media y terminé un promoción después. Tengo mil historias que contar de él. Mil historias que abarcan una parte importante de nuestras vidas.

Él ya no leerá estas palabras, pero sé que sabe cuanto lo he querido siempre.

Su risa franca, su modo de ser sencillo desde que nos conocimos, sus bromas y todo lo que el Pollo fue y significó, me van a acompañar hasta que me reuna con él y comentemos las incidencias, como lo hacíamos a menudo.

Trato de seguir, pero no puedo. Siento una pena muy grande en mi pecho y a la vez la alegría de saber que mi amigo está más allá de todo. Que vive ahora donde los buenos tienen su casa. Que estará encontrándose con amigos, parientes y profesores que nos antecedieron y que lo reciben con alborozo, porque estaban esperándolo, aunque su llegada fuera sorpresiva. Dios nos dio al Polllo y +El se lo llevó a descansar de veras y porque quería, seguramente oír en directo sus bromas. Pollito, amigo: vives siempre en nuestros corazones.

¿DE QUÉ COLOR ES EL ÉXITO?


Hace ya un buen tiempo, por cosas que el trabajo de publicista tiene, conocí a Alberto -Beto- Levy. Al principio hice “free lance” como redactor para una agencia que manejaba su cuenta y allí aprendí un lenguaje, el del “retail” que sería muy valioso para mí. La vida me llevó a trabajar muchas veces para Beto y poco a poco fui apreciando al hombre bueno, casi un niño, que había detrás de la fachada de quien creó y comandaba “Hogar”, la más exitosa empresa de decoración integral para lo que era la palabra que la nombraba y distiguía. Me tocó también ser su agencia, cuando tuve ARE publicidad en sociedad con Manuel Rivera -el dueño de Bebidas “La Concordia”- casi al fin de sus días, tiempo en el que “Carsa” obtuvo la marca y el negocio, quedando él como asesor. Un amigo querido que tenía grandes responsabilidades en la compañía “Carsa”  y supervisaba el funcionamiento de lo recién adquirido, me propuso hacer la publicidad . Sin pensarlo dos veces, acepté. Ya “Hogar” no era la de antes ni Beto tenía el empuje que le conocí al principio (solo después sabría que un cáncer lo estaba minando y que seguramente complicaba su desempeño), sin embargo “Hogar” y Beto valían cualquier esfuerzo. Así lo ví bastante en sus últimos tiempos y ambos, el negocio y su creador desaparecieron juntos. “Hogar” sin ser ya para nada muy especial, no resistió la muerte de Beto.

En alguna visita de trabajo, un domingo, en su casa, conversábamos de varias cosas, cuando se me ocurrió comentarle algo a lo que le daba vueltas hacía rato: un proyecto de libro, del cual tenía la idea general y el título. “¿De qué color es el éxito?” era el nombre que se me había ocurrido y el libro relataría la vida y andanzas de Beto, el hombre polifacético que jugaba cada semana al fútbol en el club “Hebraica”, bancaba al “Sport Boys”, gerenciaba la marca de mayor renombre en tiendas por departamentos de Lima – de creación cuya -, sostenía económicamente a innumerables familias de futbolistas a los que daba trabajo fuera del ámbito deportivo, era judío observante, tenía el buen humor siempre a flor de labios y se exigía al extremo de envolver él mismo los paquetes de Navidad en su tienda. Supongo que le gustó la idea, pero entonces tenía otras cosas en mente. El libro quedó allí, con una broma suya: “Verde, pues, como los dólares”. Muy poco tiempo después, Beto fue a jugar fútbol en el campo de la eternidad…

 El título me ha perseguido, hasta que escribo esto. No el libro propuesto, claro, sino este humilde post. Y creo que el color verde del chiste de Beto, no importa. El  éxito para mí tiene el color de la amistad, del ejemplo que Alberto Levy daba con su vida, con su accionar, con todo eso que estoy seguro ni él mismo tenía en cuenta, tan natural le era.

Lo recuerdo una noche, saliendo de ARE, decirme: “Ayúdame a bajar las escaleras, porque no veo bien…” Así supe que algo le pasaba al hombre que amaba “Hogar” y al fútbol, nunca descubrí a cual más. Ha pasado mucho tiempo desde que planteé la pregunta y mi respuesta siempre me lleva a él. Él es la respuesta… Él es el color del éxito, sin duda.

¿Qué hacía diferente y especial a Beto? Siempre estaba haciendo su “milla extra”, trabajando más, gozando mientras lo hacía, atendiendo a cada detalle en un negocio plagado de ellos, pensando como mejorar, adelantándose, superándose a sí mismo… ¡Qué importante hacer esa “milla extra” para lograr siempre un  poco más de lo que uno se propone. Sin quererlo empecé a pedirme más a mí mismo, siguiendo inconscientemente su ejemplo y ahora que miro hacia atrás y veo que hay algunos éxitos en mi caminar, sé que se los debo a Beto, que me enseñó sin quererlo. Estoy seguro que hizo lo mismo con mucha gente y nunca se detuvo, porque estaba acostumbrado a ser como era, supongo que le pareció siempre lo más normal. Yo lo aprendí de él. Y le agradezco. Y lo extraño.

 

LA MÚSICA


En mi post anterior decía que ciertas canciones, cierta música es para mí la imagen de un amigo. Hoy, al leer lo escrito, otro querido compañero de colegio, que vive hace mucho tiempo en USA, me escribió tratando de adivinar a qué grupo vocal me refería. De pronto, surgió en mi memoria el nombre: “The Lettermen” y de inmediato le contesté diciéndoselo. Pasaron unos minutos y me envió por Internet tres links a Youtube de los “Lettermen”  y uno a una versión de “More” de Riz-Ortolani. En segundos volví a fines de los sesenta, a ese tiempo “feliz y despreocupado”, a decir de alguien.

Y así como a mí, estoy seguro que a multitudes de personas les pasa lo mismo. Cada acorde es un recuerdo y la canción completa más de una historia. Por eso, los temas musicales de película, si están bien conceptuados y ejecutados, son tan efectivos. ¿Alguien no recuerda los silbidos y la armónica de los ” spaghetti western” de Sergio Leone?

La música siempre ha acompañado y a veces dictado mis mejores y más tristes momentos. A mi madre la “veo” cada vez que escucho la sinfonía “Pastoral” de Beethoven, o si es Chopin al que oigo en alguna grabación. Así sucede con amigos y muchas personas que conozco. Cierta música me retrotrae a lugares y tiempos. Sucede lo mismo con los olores. Definitivamente nuestro cerebro opera una serie de conexiones, que no por conocidas resultan menos misteriosas. El hecho se da ¿Por qué sucede?

La magia opera siempre. Podrán darme todas las explicaciones científicas, que debe haberlas, pero para mí, siempre será magia. N0 me explico el fenómeno de otra manera.

Alguna vez dictando clases donde hablaba de percepción, tuve que tratar de explicar esto y creo que lo logré, pero el tema perdía toda su aura al ser explicado minuciosamente.  Era como ver a una chica linda corriendo y explicarla en fución de músculos, huesos, tendones y articulaciones en movimiento.

Me quedo con la chica linda corriendo.

Me pasa lo mismo con la música: si trato de explicarla en función de instrumentos, cuerdas y vientos, en forma de corcheas o semi corcheas, de los soplidos del trompetista o la habilidad de los dedos de un pianista, la música muere. Seguramente gana en explicaciones, pero pierde en eso que se llama arte: en la emoción estética que se produce y que me lleva a otras cosas, jalando hilos invisibles.

Escribo esto porque he abandonado las ganas de explicar algo cuya explicación se hace, sí, pero a costa de descubrir que lo que lo hace hacer “tick” a un reloj son piezas, que por más que combinen maravillosamente son eso, piezas. Lo que vale es el “tick” que en los relojes analógicos y mecánicos, significaba la hora.