HA MUERTO EL HOMBRE QUE HABITABA EN SANTOS LUGARES.


Recién hoy me animo a escribir sobre la desaparición física de Ernesto Sábato, a punto de cumplirse el centenario de su nacimiento. A los 99 años el cuerpo dijo basta y decidió dejar de respirar. Se fue como había venido, sin llevarse nada. Se fue dejando la imagen del hombre que se busca a sí mismo y pasa de la ciencia a la literatura y luego hace ingresar a la pintura no sé si como una afición vieja o un descubrimiento más en su carrera de ser hombre auténtico.

 

Gracias a sus pocos escritos, leídos muchas veces, aprendí tanto que solo me queda agradecerle. Agradecer a alguien, al que no conocí, acompañarme en momentos difíciles y ayudarme a tomar decisiones en temas cruciales.

Leí todo lo que él publicó y estuvo a mi alcance. Leí lo que escribieron sobre él. Estuve al tanto de sus desavenencias con ése otro gran referente de la literatura que fue Borges. Y con su reconciliación supe que le había descubierto al escritor, ciego ya, que sus obras se vendían en los quioscos, para admiración de este. Hice lo que pude para saber algo más de la persona que me había llegado al corazón y había llenado mi cerebro de inquietudes.

 

Hoy no está más presente y los homenajes por su centenario seguirán adelante. Él no podrá participar personalmente, pero donde esté asistirá. Estará observándolo todo, tomando nota mental de todo, para después concluir con algo que nos asombraría. De Sábato no solo quedan  sus libros, sino él que anida en los corazones, de los que como yo, leyeron “El Túnel’, “El escritor y sus fantasmas”“Antes del fin”  entre otras páginas suyas y aprendieron que la vida es una, que se puede tomar un camino, pero que al final, lo que vale la pena es la búsqueda y que ella está en nuestro interior.

Anuncios

CUCARACHA.


Barranco, el viejo Barranco, es pródigo en personajes memorables.

Personajes que a su manera ayudaron a moldar el carácter de distrito y que le dieron personalidad. Una personalidad especial, que hoy, con el avance del tiempo, estoy seguro que mantiene. Detrás de las noches de juerga y la droga a pedido y bastante fácil, está el Barranco de siempre, con sus callecitas calladas, con alguna plaza que verdea al sol y con los eternos enamorados. Estoy seguro que uno puede ver a los viejos pierolistas de “La Casa de Cartón” extendiendo su pañuelo de hierbas y cortando el aire del malecón en finas lonjas, con el bigote.

En Barranco, personajes como “Cucaracha” saltan a mi memoria, ayudados, qué duda cabe, por lectores de este blog, como Gustavo Melgarejo, que desde Roma, proclama su “barranqueneidad” y me alegra con sus comentarios.

“Cucaracha” era cuando supe de él, cargador del Mercado de Barranco. Ese lugar del que hoy solamente parece quedar la fachada. Dentro es otra cosa: un supermercado proclama dudosas modernidades. Bajito, patizambo con un sombrero de fieltro que había conocido mucho mejores épocas perennemente en la cabeza y con un carrillo hinchado por lo que luego supe era un “piccho” o bola de coca, “Cucaracha” no tenía nombre, sino apodo.

Lo veía cargar bultos inverosímiles y seguramente pesadísimos, ataviado con saco y chaleco, sudando a mares, raleando los pocos pelos de su cara extraídos en parte por una primitiva pinza hecha de una chapita metálica de gaseosa seguramente, pisada por el tranvía para aplanarla y doblada por la mitad.

“Cucaracha” se ajetreaba desde muy temprano cargando y llevando de todo. Podía vérsele a lo largo del día por el Mercado y recuerdo que se quitaba el sombrero y semi sonreía cuando se le entregaba lo que era en realidad una propina en pago de su esfuerzo.

Siempre exhalaba un olor a suciedad y alcohol mezclados. “Cucaracha” bebía de una “chata” de ron que quién sabe qué alcohol contenía.

Yo lo evoco servicial, dentro de su estilo. Era bizco y parecía tonto. De pronto no era esto último, pero los estimulantes habían hecho mella en él.

Era parte integrante del Mercado. De pronto, allí estaba listo para cargar un cajón de naranjas o un bulto de verduras. Lo hacía, recibía el dinero ofrecido sonriendo enigmáticamente, se quitaba el raído sombrero y seguía un rumbo que estaba marcado por sus clientes fijos y aquellos que eventualmente necesitaban de su servicios.

Alguna vez lo vi en la calle, cargado con lo que le habían encargado. Los palomillas le gritaban “¡Cucaracha!”, corriendo a su alrededor. Él mascullaba en sabe Dios qué y amenazaba sin soltar lo que llevaba. A más gesticulaciones, más risas y chacota.

Finalmente, “Cucaracha” se perdía por alguna calle murmurando para sí.

Crecí, me casé, salí de Barranco y no supe más de él.

Tenía en mente escribir algo sobre un hombre humilde que puso su presencia en mi infancia. Hoy lo hago, porque personajes como “Cucaracha” dan sentido a los recuerdos.

DOS HISTORIAS Y UNA mÁS.


 

Estas son historias publicadas también en “Correo” el 14 de setiembre de 1972.

Así era como era Barranco.  Barranco visto por un niño y recordado por un joven.

 

El negro “Camote” tenía vocación marcial.

Cada veintiocho de julio organizaba su propio desfile, que partiendo del mercado recorría una a una las calles, hasta desbandarse en risas y caras sucias.

Los palomillas del barrio marcaban el paso como nunca y se reían de la seriedad de “Camote”.

Todas las tardes, la bajada de los baños conocía sus pasos y los pájaros se asomaban a los árboles para mirarlo.

“Camote” era de todo: cuidador de jardines, guardián del mercado, organizador de desfiles y devociones particulares, cargador perenne del anda del Señor de los Milagros, etc.

Su gorra de policía municipal y su casaca de color histórico, paseaban el parque, la parroquia, el puente de los suspiros, la bajada de los baños. Eran sus dominios. Su territorio.

Él gobernaba allí y su covacha estaba llena de estampitas y santos, de cera derretida y borracheras diarias y memorables.

El negro “Camote” era un personaje emérito, a su manera, en el distrito de Barranco.

Hace unos días mi madre fue a una misa por él.

“Camote” había muerto como vivió. Mayordomo especial del Señor de los Milagros, con sus ceras derretidas y una botella de mal pisco.

Su pito ha dejado de oírse y los pájaros extrañan sus pasos vacilantes y sus voces.

Los palomillas del mercado, no tendrán quien les organice su desfile el próximo 28.

 

 

 

                                    -o-o-o-o-o-o-o-o-

 

Cuando era chico iba con mi triciclo azul de madera y una chompa amarilla, a pedalear en el parque.

Las grandes palmeras goteaban lluvias pasadas y la pérgola ofrecía pequeños charcos a los gorriones que se confundían con el gris del cielo.

El parque era escenario de bailes de carnaval, enamorados y estudiantes. Las retretas animaban ciertas noches y yo escuchaba entre sueños, desde la casa,  las rigurosas marineras ejecutadas por la banda de la Guardia Republicana.

Lo más impresionante del parque era la mujer de la fuente. El triciclo era mi pretexto.

Podía mirarla largo rato y asombrarme con su blancura y con el agua que siempre salía de sus manos.

En .as pequeñas tardes de invierno, me compadecía de su frío y esperaba verla estremecerse.

Soñaba con ella y la mujer del parque era casi mi enamorada.

El otro día me detuve a mirarla. Sigue allí. Las retretas y los bailes de carnaval han quedado atrás.

Los gorriones siguen saltando entre los charcos de lluvia y la ex municipalidad se ha convertido en biblioteca.

La mujer de mi niñez sigue dejando escurrir el agua entre sus manos y me pareció ver incluso barquito de papel, que echara yo al estanque veinte años atrás.

 

                -o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-

 

Su bastón, sin contera de goma, golpeteaba las tardes de mi infancia.

“Platanazo” (nunca supimos su nombre)  vivía a la vuelta de la casa, en una especie de buhardilla alta, con reminiscencias de torreón encristalado.

Su traje negro paseaba calles sin oficio aparente. Anteojos oscuros, cara picada de viruela.

Cada tarde, al pasar, el impulso nos vencía y un “¡Platanazo!” gritado apresuradamente desde el balcón, nos producía sensación de aventura. Él amenazaba al aire con su bastón y seguía adelante.

“Platanazo” tenía un hermano al que le decían “Gasolina”. A “Gasolina” lo mató un tranvía. Uno de esos tranvías que gorreábamos pasándonos del carro de adelante al acoplado, sin que nos viera el cobrador. Uno de esos tranvías grises que hacían temblar las casas de la avenida Pedro de Osma.

“Platanazo” también murió No supe de qué ni cuando. Simplemente dejó de pasear su figura flaca y su bastón repiqueteante.

Con él se fue un poco de la infancia que inventaba juegos en los barrancos y en la quebrada de Armendáriz.

PAÍS DE ARRIBA Y PAÍS DE ABAJO?


Permítanme en el año del centenario del maestro, parafrasear, cambiando en algo, su título “El zorro de arriba y el zorro de abajo”.

 

El resultado de la elección electoral en el Perú, con el pase a segunda vuelta de dos candidatos, ha demostrado que somos un país que bajo la apariencia de éxito, sigue dividido.

Sigue dividido como cuando realistas y republicanos se enfrentaban. En lo material parecemos haber avanzado mucho, en lo fundamental, parece que no.

A las diferencias climáticas del país se suman las diferencias ideológicas de sus ciudadanos promovidas muchas veces por el estado en que se encuentran. Unos no quieren perder lo que consiguieron y otros, que no lo han conseguido, no tienen temor a perder lo que no tienen. Unos quieren que la cosa se mantenga y  otros buscan un cambio.

Esto es, simplificando las cosas, lo que ocurre. En medio, por supuesto, se mueven otras corrientes, pero creo que las principales están entre los que sí y los que no.

Otro ingrediente que podríamos agregar a este peligroso coctel, es la individualidad que los peruanos muestran. Salvo raras excepciones de colectivismo, como en el caso de las cooperativas y algún otro, lo que prima es el individualismo. El “estrellato” personal. No digo que esto sea malo, pues siempre habrá quien destaque y se convierta en líder. Lo malo es cuando todos quieren ser líderes y el trabajo en equipo, de conjunto, no se toma en cuenta. Tampoco quiere decir esto que el colectivismo a ultranza sea bueno. Como dice el dicho: “Ni tanto que queme al santo, ni tan poco que no lo alumbre”.

Pero sí, nuestra historia se muestra rica en acciones y actores. Está llena de ejemplos donde la ambición personal llevada al beneficio personal, individual, no es positiva sino negativa para el país.

Simplificando otra vez: allí están los “booms” del guano, el caucho y la anchoveta que no beneficiaron como debían al país sino a unos cuantos. Esto no es invención. No es “cosa de entrepeneurs” tampoco. Resulta ser aprovechamiento de unos pocos ¿Y el país? ¡Que se joda! “Primero yo, después yo y luego yo” parece ser la máxima.

Creo pues que este ingrediente agrega peligrosidad a un coctel que de por sí es complicado. No somos un país de cerros, selvas o planicies. Somos un país de cordilleras, bosques y desiertos. Subrayo el “Y”.

Las diferencias geográficas hacen diferencias personales. Si a eso sumamos un gobierno fuertemente centralista con algunos tímidos atisbos de descentralización, la mezcla sigue siendo peligrosa.

Ahora nos encontramos ante dos alternativas: un cambio anunciado y un “statu quo” con algunos cambios y un pasado vergonzante. Como el nombre lo dice, el “cambio” parece estar en evolución, en cambio. Lo que era es y no es. Depende de cómo se lea o interprete.

La última palabra la tiene cada votante. La dirá a su tiempo.

TURISMO


LUEGO DE UN DÍA COMO EL DE AYER, ME DOY 24 HORAS PARA POSTEAR. LO HAGO PONIENDO UN TEXTO QUE ESCRIBÍ EN EL PRIMER GOBIERNO DE ALAN GARCIA, CUANDO ME ENCARGARON UNOS GUIONES DE TV SOBRE LA SIERRA. LOS GUIONES SE HICIERON Y LOS VIAJES DE NECESARIA EXPLORACIÓN TAMBIÉN.

N. LO QUE NO SE HIZO FUE GRABAR Y PONER LOS CORTOS EN TELEVISIÓN. DE ESO HACE MUCHO TIEMPO…PERO DE NUEVO, PARECE QUE FUE AYER. U HOY.

TURISMO

Viajar es divertido. Especialmente si se toman las cosas con filosofía. Y eso es lo que he venido haciendo desde hace casi un mes. Un encargo profesional me ha llevado a recorrer diversas ciudades de nuestro país, mirándolo todo con ojos turistas.

Y las cosas se ven de diferente manera. Con susto, por decir lo menos.

¿Cómo no asustarse por ejemplo, cuando en un novísimo restaurante arequipeño por un piqueo, tres gaseosas y tres helados te cobran dos mil quinientos intis? ¿O como no abrir los ojos como platos cuando en Cajamarca una camioneta es ofrecida para hacer seis horas de recorrido turístico por doce mil intis?

¿Cómo no desear ser ministro de Estado o algo así, cuando un “aduanero” en el control oficial de San José en Arequipa, te amenaza con requisarte tu cámara fotográfica comprada en 1979, porque según él “está nuevecita” y tú has cometido el pecado de estar viniendo de Tacna?

¡Pobres turistas! Los ojos en lugar de paisajes se les deben llenar de lágrimas cuando se quedan varados, los maltratan, roban e insultan.

Lágrimas de rabia e impotencia porque ante la prepotencia estúpida y mañosa de un delincuente disfrazado de “autoridad” no hay quien lo defienda.

Porque cuando los asalten pasarán a engrosar – con honrosas excepciones- la estadística de gringos cojos con acento agudo, o se convertirán en anécdota. Porque cuando quieran llevarse la réplica de un huaco peruano, tendrán que obtener un permiso. Ojo que es una réplica, copia. No un huaco auténtico. Pero es que estamos en el Perú.

Pero no todo es malo, claro. También existen esas flores del desierto que se desviven dando direcciones, atendiendo y son un dechado de gentileza.

El Perú es una maravilla pero los peruanos estamos reventándola.

¿Cómo explicar que en los muros blancos de las casas de Recuay, manos venidas quién sabe de donde hayan garabateado consignas políticas destruyendo el trabajo de los pobladores?

¿Cómo no asombrarse al comprobar que en el inmenso Hotel de Turistas, de las isla Estévez, en Puno, no te dejan entrar si no demuestras estar hospedado, por “órdenes superiores”? ¿Qué administrador de hotel puede ser tan inepto para dar una orden así?

¿Cómo mantener como empleados a los “funcionarios” del aeropuerto de Juliaca que hacen formar filas a los pasajeros para un mismo vuelo: “Izquierda los que van a Arequipa (once) y derecha los que van a Lima (noventa y pico)” y después de dos horas de espera, llegado el avión, hacen pasar con lógica criolla, a los noventa y pico primero?

Sería muy largo de contar los asombros, indignaciones y otros sentimientos parecidos que experimentamos en estos días.

Ahora comprendo a un turista norteamericano que maldecía porque después de haber ahorrado durante toda su vida para conocer el Cusco, fue robado en Arequipa… ¡y acusado por el ladrón de haberle robado el gringo a él…!

Y ahora, no me van a creer: el trabajo que estoy haciendo es para promocionar el turismo hacia el Perú ¿Cómo la ven?

SIEMPRE HAY UN MAÑANA


 

Hoy he hecho algo que me debía: fui a votar.

En la tarde fui a la Misa que mi cuñada pidió celebrar cuando se cumplen cinco años de la muerte de mi hermano.

Fue una misa familiar: el lugar chiquito y conocido, el celebrante —   Manolo Peirano S.J-  amigo y compañero de colegio de Pancho. Los asistentes: amigos cercanos y parientes. El sermón recordando la amistad, con referencias a mis padres. Todo como mi hermano lo hubiera querido: en familia, realmente.

Mi sobrino-nieto Manuel, hijo de Marisa y Beto, pidió por mi hermano y dijo que esperaba que estuviera bien. Lo dijo con otras palabras y sus cortos años, unidos al recuerdo que hizo de su abuelo, me llenaron los ojos de lágrimas, haciéndoseme un nudo en la garganta.

La votación pasó en ese momento a un segundo o tercer lugar, a pesar de haberse dado el mismo día. De pronto está mal porque supone lo que vendrá. Pero es que hoy es más importante para mí la vida familiar.

Una vida que fue feliz y es feliz. A pesar de problemas y ausencias, la familia es vital para mi desarrollo. Es vital y lo noto cada día, para mi supervivencia. Puede sonar raro, pero es cierto: gracias a mi familia y en ella incluyo a mis amigos, estoy aquí, escribiendo.

Por eso el título de este post. Porque mañana amanecerá un nuevo día y lo queramos o no, lo que es vida seguirá con sus altas y bajas, con sus idas y venidas. Lo otro que amanece cada día, son los recuerdos.

Lo que vendrá nos jala. Lo que pasó nos empuja.

Hoy se juntaron en un solo amanecer, mi hermano y el destino del país.

Uno cierto: ya no veré más a Pancho, ni escucharé su voz, tan parecida a la mía, pero lo recordaré mientras viva. El otro, por construir. Pero con la esperanza  que siempre habrá un mañana.

SALIDA


Todo el mundo se afanaba por cruzar en sentido inverso.

Jacuzzi quería pasar a México. Lo miraban como si fuera loco. O como si realmente no tuviera nada que perder.

Después de vagabundear, vestido con jeans y una camisa a cuadros, llegó hasta un “pasador”. Se rió cuando le dijo que quería entrar a México. “Todos quieren venir y tú estás que te quieres ir… ¡Debes haberla hecho grande, manito!

Resultó fácil. La van tenía una especie de entrepiso. Ahí se metió y cerraron la tapa.

Acurrucado, a oscuras, llevaba una botella de agua una botellita de oxígeno y una máscara como la de los buzos.

Pasó lo que le pareció una eternidad. Oía voces, risas y el ruido del motor. El oxígeno hacía que su cerebro hiciera que se sintiera ligero. Pararon dos veces. Una larga y otra más corta. Finalmente un trecho de carretera y algunas vueltas. La van se detuvo y Jacuzzi esperó. Cuando sintió que abrían la puerta posterior, se quitó la máscara y empuñó la pistola. Alguien levantó la tapa: “¡Epa mano! Baja el cuete que ya estás en mi tierra…” El “pasador” lo ayudó a salir. Jacuzzi bajó desentumeciéndose y miró a los lados. Estaban dentro de una especie de hangar lleno de cajas. Entregó el resto del dinero convenido. “Tranquilo, mano, es el guardadero de mi compadre, aquí no hay problema. El te puede ayudar para que llegues al de efe.”

Esa tarde vino el compadre. Era un gordo grande con dos dientes de oro y un “Chevalier” en el meñique izquierdo. El meñique derecho no existía. Tenía la manía de subirse los pantalones que bajaban empujados por una barriga cervecera.

“ ¡Quihubo, mano!  Aquí mi compadre me dice que quieres que te ponga en el de efe…. Pos estoy para servirte. Tú dime cuando y yo te digo cuánto…” El gordo se rió haciendo temblar la barriga. “Quisiera irme cuanto antes y después salir de México” El gordo lo miró  inquisitivo: “¿Y para qué te quieres ir al de efe?, yo te puedo sacar de aquí mismito, mano… Tú dime donde y yo te digo cuánto…” Y volvió a reír sacudiéndose. En realidad, Jacuzzi no tenía nada que perder. El pasador había cumplido su parte y el gordo le ofrecía sacarlo de México. “Es lejos, a Sudamérica…” “¿Serás colombiano, mano?”  “Soy peruano”  El gordo lo volvió a mirar fijamente: “¡Colombiano, peruano…, lo que importa es la lana, mano…!”

No le dijeron cómo iba a ser. Finalmente tendría que seguir en manos de ellos. Confiando. Plata tenía. Pero ¿y si le metían un tiro? Total, un muerto más en el desierto no iba a hacer que el mundo se parara.

2

Lo llevaron hasta una pista de aterrizaje. El gordo manejaba: “Te va a costar, mano, digamos unos ¿quince mil verdes? Pagas diez antes y cinco cuando llegues al Perú, ¿Te parece, mano?  Acuzzi le pareció perfecto. Quince mil dólares dólares, más cinco mil que le había costado el pasador por sacarlo de los estates, más los contactos y la llevada hasta el Perú le parecieron un buen precio. Seguiría confiando. Esos cuates, como se decían ellos, parecían seguros de lo que hacían. Era cosa de dejarse llevar nomás. Peores las había pasado, porque entonces tenía plata y antes no. ¡Lo que contaba eran los dólares! Lo que sacó del cuerpo de don Rodríguez, lo que le pagaron por el “pato” y un dinerito extra que había hecho, posibilitaban ciertas cosas. Claro que había gastado, pero lo de su patrón muerto era un buen montón de billetes. Por ese lado estaba tranquilo al menos.

Pasaron dos días en los que comió tortillas y unos fríjoles negros. Extrañó el arroz. De beber, solo agua embotellada. No era cosa de cervecear o tomarse algún tequila, que el gordo le ofreció. No iba a cagarla al final. No se descuidaría en nada.

No vio más gente y a los dos días salió del hangar donde se encontraba. Afuera estaba el gordo. Una manga de lona indicaba la dirección del viento. De pronto, un zumbido le hizo buscar y vio en el cielo un avioncito plateado que daba vuelta. Después de un par de vueltas más aterrizó. Rodó por la pista y se paró. Era un jet chiquito y de él bajó un tipo con pinta un poco zarrapastrosa, seguido de un gringo en blue jeans.

El gordo los presentó y a los del avión les dijo que era su pasajero. Los invitó al hangar. Una chica que Jacuzzi no sabía de donde había salido, trajo gaseosas para todos. Bebieron, conversaron un rato y Jacuzzi le dio los diez mil al gordo. Este los contó y sonrió. “Los otros cinco se los das al cuate que es el segundo, no al gringo…”

Fueron hasta el avioncito y Jacuzzi subió. Era chico, pero estaba tapizado en cuero. Un lujo para un fugitivo como él. Un lujo que solo había visto en las películas. Se sentó y el segundo le puso el cinturón de seguridad. Junto a él iba su maletín “Umbro” bastante maltrecho pero con la plata y la pistola, además de un poquito de ropa, agua mineral embotellada y unas galletas que esperaba no se volvieran polvo.

El segundo fue al lado del piloto y se sentó. El jet carreteó y finalmente como una flecha se elevó en el aire. El viaje de regreso al Perú estaba comenzando al fin.