EL ACEITE DE LOS DIOSES


Aterrado, el Bien trató de esconderse, de huir, de hacerse invisible, pero las palabras sonaban a sentencia de muerte.

El Mal sonrió malévolo, como lo hacía siempre y se frotó las manos, preparándose para ahorcar al Bien cuando lo encontrara…

El Bien, tenía una botellita con aceite que le regalaron los dioses, que al frotárselo, lo haría desaparecer…

Presuroso, el Bien se untó íntegro de la cabeza a los pies, y aunque el cabello le quedara pringoso, confiaba en el aceite desaparecedor de los dioses…

No notó ningún cambio, pues se miró las manos y las veía, se miró en un espejo y vio su cara compungida, y también vio al Mal que apareció por detrás y el Bien vio como atenazaba con las manos su cuello…

De pronto, las manos y el Mal todo, empezaron a desaparecer junto con la imagen del espejo…

El Bien no había leído que en la etiqueta decía, “EFECTO A LOS 5 (CINCO) MINUTOS DE LA APLICACIÓN”.

El Bien y el Mal desaparecieron de la Tierra y ni los dioses pudieron encontrarlos…

La Tierra, mientras, siguió dando vueltas…

Imagen: estrategiasymercados.com

BILLETERA MATA GALÁN


Le decían “Don Juan del barrio”.

No tenía un céntimo, pero sí una “labia” de proporciones, un “floreo” consumado, que enamoraba a cuanta chica o madurita se le cruzara y “por deporte”, no desdeñaba a las mayores, que, arrobadas por su palabreo, sonreían y se sentían jóvenes nuevamente…

Aceptaba gustoso “invitaciones”, que le servían para comer, tomar algún trago y conseguir sexo, “sin tener que pagar nada”, como comentaba entre los amigos que se reunían todas las tardes en la tienda de la esquina, para recibirlo, perfumado y sonriente, de vuelta de alguna de sus “aventuras” …

Una tarde no llegó y no regresó, ocasionando que los amigos, intrigados, se pusieran a averiguar por su paradero y qué había sido de él. Los rumores de su muerte a manos de un marido engañado, crecieron y fueron tomando ese cuerpo que los rumores adquieren, con el tiempo y la repetición.

Finalmente se enteraron del matrimonio de su “don Juan del barrio”, con doña Etelvina, la vieja millonaria de la casota verde, la de frente al parque.

A “Don Juan” (que en realidad se llamaba Cirilo), lo liquidó la billetera de doña Etel, que resultó más contundente que cualquier piropo que a Cirilo se le hubiera ocurrido…

La billetera mató al galán, porque este se suicidó.

Imagen: lacasadeljabonero.blogspot.com

QUINQUENIO


Cinco años, uno de ellos bisiesto. Sesenta meses, mil ochocientos veintiséis días, cuarenta y tres mil ochocientas veinticuatro horas, dos millones seiscientos veintinueve mil cuatrocientos cuarenta minutos o ciento cincuenta y siete millones setecientos sesenta y seis mil cuatrocientos segundos…

Según se vea, suena a una eternidad, a bastante tiempo o a un período presidencial (normal) en el Perú…

El tiempo que haya transcurrido hasta que lleguemos, este 28 de julio, al Bicentenario de la Independencia, es un verdadero océano de dimensión inmensa, que el país ha navegado desafiando tormentas, calmas chichas, corrientes traicioneras y sirenas que con sus cantos trataban de atraer a los tripulantes de esta nave, para la que hoy se acerca una fecha gigantesca y un puerto que no se sabe seguro…

La nave acoderará y con suerte, si hay posibilidades de un dique seco, restañará las heridas que las rocas produjeron, se abastecerá, para seguir navegando…

Los marineros que fallezcan en la travesía, serán enterrados al llegar a algún puerto, o encontrarán el descanso eterno, en las aguas del mar…

Nota: Si hubiera algún error en los números, espero que no sea grande, porque los revisé una y otra vez, e incluso pedí a otro que los revisara… Si lo hay, se debe a mi impericia, nada más.

Imagen: Youtube

EN EL PAÍS DE LOS PEQUEÑOS GUSTOS


Allí, uno podía darse los gustos que quisiera. Lo único es que tenían que ser pequeños…

Era imposible, por ejemplo, darse el gusto de ser millonario, pero sí gustar del sabor de un helado de lúcuma…

No se podía ser presidente, por más gusto que esto produjera, sin embargo, mirar una puesta de sol, con solamente desearlo, era perfectamente factible.

Los pequeños gustos eran múltiples, innumerables y hasta el país llegó un hombre que quería darse el gusto de odiar un poquito…

Su petición se sometió al Consejo de Ancianos y el visitante argumentó que era un pequeño gusto el que pedía: odiar un poquito, una sola vez y mostró una pequeña caja…

Luego de una tarde y una noche deliberando, el Consejo emitió un veredicto: Odiar no era un gusto, sino un placer y además el odio no podía ser pequeño…

El hombre se tuvo que ir con su odio y se dio cuenta que de nada había servido meterlo a la fuerza en una caja de fósforos…

Imagen: es.dreamstime.com

EL SABELOTODO


Era lo que se llama un “sabihondo”, no precisamente porque su saber tuviera profundidad, porque era más bien superficial, pero creía saber acerca de cualquier cosa y siempre intervenía en las conversaciones, acotando un “eso me recuerda que…” y agregando algún dato, que, si no conocía, imaginaba y declaraba sin empacho ninguno.

Se jactaba de su “sapiencia” y francamente tenía harto a todo el mundo con su airecito de “enterado”. Lo único que nunca supo es de qué iba a morirse, y no se imaginó nunca que moriría de algo tan prosaico, como de una indigestión, o más vulgarmente, un empacho.

Imagen: cuentosdemarieta.blogspot.com