EL ASCENSOR


Hace poco recibí un correo electrónico de mi amigo Henry. Había leído mi librito y comentándolo, me hacía referencia a algo que yo había entreverado entre mis recuerdos: el ascensor de platos de la casa de la calle Ayacucho.

El ascensor de platos iba desde el término de una escalera y un pasadizo con baranda en el primer piso, hasta la cocina del sótano. Era una caja abierta por un lado y que funcionaba gracias a un cable trenzado de metal, que estaba sujeto a un rodillo, que era accionado por una manivela, que tenía una rueda con agujeros, en uno de los cuales ecajaba un perno, que al colocarlo, detenía la operación.

El ascensor de platos estaba pintado de negro, pero el uso y los años habían hecho empalidecer el color, dándole un tinte grisáceo.

Nosotros, chicos, jugábamos con él, hasta el extremo de que uno, encogido, se metía dentro y era subido o bajado con la complicidad y el esfuerzo de los demás, que miraban asombrados, arriba, la aparición del “viajero del ascensor”. Este jueguecito nos estaba absolutamente prohibido, porque la resistencia del cable y la caja, habían disminuido con los años y la fuerza de quienes accionaban el rodillo no era mucha. Sin embargo, esperábamos las tardes en que la vigilancia aflojaba, para hacer nuestra travesura. Es cierto, el peso de unos cuantos platos por más llenos de comida que estuvieran, no podían compararse con los cuarenta o cincuenta kilos de un chico.

Qué será del ascensor de platos? Existirá aún? Lo dudo, las reformas de la casa lo deben haber desaparecido. Con él se han ido momentos de tensión y de juego, sustos mayúsculos, reprimendas y definitivamente, diversión. A Henry como a los demás amigos y a mí, el ascensor de platos nos tre a la memoria una etapa feliz. Algo verdaderamente simple, pero que era una rareza. Dicen y no lo he verificado nunca, que la casa en algún momento habría sido un pequeño hotel. Eso explica su tamaño, sus muchas habitaciones, sus terrazas y por supuesto, el ascensor de platos que agilizaría el servicio al comedor.

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PIQUEO.


 

 

Una vez más recurro a lo escrito y archivado para poner un post.

Esto apareció impreso tambien en el Boletín del IPP, hace varios años.

La historia de Toshi y mi inicio con la comida japonesa la he contado muchas veces y mi faceta de “gourmand” se ha visto afectada por la edad y lo que ahora puedo comer y lo que no.

El tiempo no pasa en vano, pero leer “vejeces” a veces resulta gratificante. He buscado en los archivos del blog a ver si ya lo había publicado. Parece que no, pero como estoy más cegatón que nunca y se me pasa mucho, de pronto es que no supe encontrar lo que buscaba. Si ya lo leíste aquí, perdóname. Si es nuevo para ti, mejor que mejor.

 

 

BRIE

No soy un experto en quesos. Sin embargo me gustan y un buen queso es no sólo fuente de placer, sino oportunidad de conversación.

El Brie, por ejemplo. Ese queso francés, tal vez el más famoso e imitado después del Camembert.

Del Brie se tiene noticia por lo menos desde el siglo XIII.

Es un queso hecho con leche de vaca, coagulada en forma natural, sin prensar. Blando, con la corteza enmohecida, cubierta de una pelusita blanca, su maduración toma entre tres y cuatro semanas.

Existe una anécdota que pone en boca de Luis XVI un pedido de “vino tinto y Brie”, antes de ser guillotinado.

El Brie es en realidad una familia de quesos, originaria de Seine-et-Marne.

Así tenemos el Brie laitier, el de Meaux, el Brie de Melun Affiné, el Brie de Melun Frais, el de Montereau, etc.

El que nos llega, en latitas y envuelto en platina, es una versión comercial y bastante homogénea que se acerca al Brie original, el que se escribe con mayúsculas.

Brie y vino tinto. Como para perder la cabeza.

Y si no lo creen, pregúntenle a Luis XVI.

GARUM

Leyendo algo de historia y costumbres de Italia, uno encuentra que los romanos utilizaban una salsa llamada garum. Parece ser que se la ponían a todo, por lo menos a nivel popular.

Según el Diccionario de Gastronomía de Carlos Delgado (Alianza Editorial, Libro de Bolsillo) garum es “Condimento o salsa de la antigüedad romana, elaborado principalmente en España con los hipogástros del atún, la morena y la caballa”. Hasta aquí la información del diccionario. Ahora bien, ¿Qué significa “hipogástros”?. El diccionario al que acudo (Diccionario Ideológico de la Lengua Española” de Julio Casares, Editorial Gustavo Gil), no consigna “hipogastro” sino “hipogastrio”, que significa “parte inferior del vientre”.

Curiosa salsa esta, pues hecha con tripas de pescado, que según se dice dejaban macerar hasta llegar a un estado cercano a la descomposición.

Los romanos la utilizaban tal vez para disfrazar el pésimo sabor de su comida de diario. En las guarniciones que vigilaban la famosa Pax Romana más allá de las fronteras, el garum era insustituible.

Posiblemente a los legionarios les recordaba a su lejana patria, como estoy seguro que les sucede hoy a los norteamericanos con el Ketchup cuando salen fuera de su país.

DIETA

La dieta ideal no existe. Lo que hay son diversas maneras de expiar los pecados de la mesa o de alejar los demonios del remordimiento.

TOSHIRO KONISHI (“Achica Precio”)

Conocí a Toshi en la barra del antiguo restaurante Matsuei de la Av. Canadá.

Fui allí por primera vez invitado por un amigo nisei. Corría el año 82 u 83.

Era el encuentro con la comida japonesa. Mi “primera vez”.

Nunca podré olvidar la curiosidad con que lo miraba todo y la atención que presté a las maniobras cirujanas de Toshi.

Largos cuchillos, manos humedecidas constantemente, velocidad increíble.

Recuerdo un sushi de lenguado, otro de salmón y mi temor al de pulpo (“si es crudo, parecerá un borrador”).

Recuerdo también un cono relleno con grandes huevos de pescado de un luminoso ámbar.

Pero lo indesligable con Toshiro Konishi es el napalm. O si se quiere, su versión culinaria: wasabe (horse raddish: rábano picante). Un grumito de pasta verde (“curiosa forma de poner la palta”, pensé).

“Echa en sillao” indico Toshi. “Después moja sushi”. Distraído caí enla trampa. No me fijé que el sillao había adquirido una curiosa coloración kaki. Mojé, puse el sushi en la boca y allí se desato el infierno. Napalm puro. Lanzallamas humano, Fuego helado. ¿Cómo lograr describir la sensación? Las lágrimas corrían por mi cara, la nariz me destilaba y los ojos parecían estar tres metros por delante de mí. Recién ahora puedo darme cuenta que fui el precursor de “La máscara”. Nada en la garganta sin embargo. Todo en boca-nariz-ojos.

Toshi me miró y con sorna dijo: “¿Mucho wasabe, no?”. “Está bien”, mentí sin engañar a nadie. Mi amigo se rió. Toshi, caritativamente cambió el platito de sillao Kaki. Yo aprendí.

CASAS RURALES


Hace un par de días me escribió, comentando el blog, Paulina. Entre otras cosas ofrecíaponerme en su buscador y pedía incluirla en mis favoritos de cara al público.

Le contesté, le agradecí y de inmediato “subí” la dirección web que me mandaba.

La puse en mi perfil, salió allí con el link correcto. De esto hace un par de días. No sé nada y no aparece en el blog.

De pronto, cegatón yo, algo hice mal.

La dirección es : http://www.erural.com

Algo muy práctico para quienes quieren alejarse del mundanal ruido, dejar atrás los bulliciosos hoteles comunes y disfrutar de algo, que a todas luces vale la pena.

“TE CONCEDO ESO…”


 

A veces los clientes, especialmente de publicidad, son en apariencia muy buenos, pero difíciles de tratar.

En mi caso, una larga carrera en el oficio que empezó en McCann Ericson a fines de 1969, me ha hecho tratar con muchos clientes aquí en el Perú y en varios países del extranjero. Clientes que al final  se parecen unos a otros, a pesar que la distancia y el tiempo los separe.

Lo que siempre hay que tener en cuenta, es que el cliente es quien paga nuestro sueldo.

Sin clientes, no existiríamos. Son verdaderamente importantes aunque tenemos que tener en cuenta también, que pertenecen al género humano. Tienen virtudes y defectos como todos. Mas son los defectos los que primero se notan y a veces estos opacan a los méritos en nuestro juzgamiento y actuación.

El caso que  aquí narro es típico de una persona que está en una situación de poder que lo hace pensar que todo aquello que él diga está bien y lo que los demás opinen está mal. Esto es mucho más común de lo que se cree y a veces el encontrón viene ante una posición cerrada, que muchas veces pasa por “se hará como yo digo, porque soy el cliente”, en otras palabras, porque es el que paga y por eso cree tener la sartén por el mango.

Este cliente, que era bonachón y buena gente, cuando discutía era como dicen: “Jalisco nunca pierde y cuando pierde… ¡arrebata!” Todo iba bien en cualquier conversación o confrontación (en publicidad se da todo el tiempo) mientras él manteniendo su punto de vista, ganaba. Pero cuando había perdido decididamente, decía: “Te concedo eso”.

Su frase sustituyó a su nombre y su fama jalisqueña creció. No hay nada peor que alguien te diga que ganaste porque él te dejó hacerlo o que en realidad no habías ganado limpiamente y con argumentos valederos la discusión, sino que él, el Cliente con mayúscula, en su bondad te “deja” ganar.

No sé que será de él pero trabajaba para una gran multinacional (gran por tamaño). Es un buen ejemplo de cliente que se sentía poseedor de la verdad, lo que a mí, personalmente me reventaba. Siempre las actitudes irracionales me han sacado de quicio.

¿Cómo solucionarlo? Es bastante difícil hacerlo y mentiría si dijera que hay una respuesta única. Cada vez hay que sopesar las alternativas, medir las consecuencias y tomar una decisión. Lo que sí no se puede hacer es ponerse por debajo del nivel aceptable. El cliente puede ser el cliente, pero nos contrata para que demos soluciones de comunicación persuasiva , que se supone es nuestra especialidad.

ATERRIZAJE CULTURAL.


 

Mi amiga psicóloga D. en un tiempo viajaba mucho, especialmente a su patria, por trabajo. Un día se me ocurrió (o fue a ella no lo recuerdo bien) que a la vuelta de cada viaje con permanencia prolongada fuera, nos reuniéramos a tomar un café y a efectuar lo que le dimos en llamar “aterrizaje cultural”. Bien sencillo: de vuelta a un país caótico como el nuestro, viniendo de otra realidad (cultural al menos) nuestra charla era para ponerla al día con lo que había sucedido en el Perú durante su ausencia. No es que no leyera periódicos (la Web no se soñaba entonces como realidad) sino que quería una visión distinta, generalizadora y que si era preciso diera algunas interpretaciones y emitiera opinión. No se trataba pues de contar hechos, cosa bastante fácil, sino hilvanar sucesos y después hacer posibles escenarios.

Nos reuníamos en la cafetería del hoy desaparecido hotel “Cesar’s”, en Miraflores y pasábamos un buen rato charlando, primero de generalidades para después entrar en los temas que nos interesaban a ambos.

D. era pareja de un medio pariente mío, pintor y soporte de las actividades empresariales de ella. Vivían y sus oficinas estaban en una casa muy grande en San Isidro, que recuerdo bien y ya no existe, convertida en uno o más edificios. Daba frente a un parque y quedaba cerca de Javier Prado. Allí nos reuníamos a veces por la noche, a conversar, con un grupo que ella armaba, de amigos cercanos. Iban un cura francés que había sido legionario en Vietnam, la jefa de servicio a bordo de una importante aerolínea y su marido suizo, un personaje de mucha edad y pocas palabras, el presidente de un banco local que era doctor en literatura, su esposa y Alicia y yo. D. y su pareja completaban el número y lo pasábamos muy bien charlando hasta que mi amiga se cansaba y anunciaba que ella se iba a dormir, mientras nosotros nos quedábamos como ella decía “en casa”.

Las sesiones de “aterrizaje cultural” se sucedían unas tras otras y D. me traía como obsequio libritos de Fontanarrosa, editados por De la Flor. Así conocí a Inodoro Pereyra y a Boogie el Aceitoso, entrañables personajes que aún me acompañan y que me demostraron que no sólo Quino hacía las cosas bien. Los dibujos de “el negro” traían consigo, en el caso de Inodoro, una argentinidad insoslayable y con Boggie uno entraba en la novela negra, llevada al extremo junto con el racismo y desinterés por todo lo que no fuera matar. Hoy, desaparecido su autor, son piezas importantes de mi colección de libros la mayoría de sus cómics, muchos comprados después y un  “Veinte Años con Inodoro Pereyra” que empieza desde cero al popular gaucho y a su perro “el Mendieta”. Otras historias fueron sumándose y Fontanarrosa se convirtió en un referente importante para mí, tanto que lo uso mucho en las clases de creatividad.

He hecho esta larga digresión porque agradezco a D. haber pensado en mí tan precisa y personalmente. Creó una pasión que ha superado muchos avatares. Incluso ahora que no la veo porque el diario vivir nos fue separando, cada vez que veo al “Inodoro” me acuerdo de su risa franca, su humor ácido y su inteligencia.

Los “aterrizajes culturales” que interpretaban la realidad de algo tan complejo como el Perú, me hacían leer a Julio Cotler y conversar mucho con la gente que, en mi entorno, hacía país. D. Me enseñó a conocer más mi patria y a comprender, para después tratar de explicarlos, fenómenos que de otro modo seguramente hubieran pasado inadvertidos y que con el tiempo demostraron ser gravitantes.

El compañero de D. murió y yo perdí contacto. Hoy que escribo puedo recordar por ejemplo que antes de conocerla, él alquiló una habitación que usaba como taller en “La Ermita” de Barranco y que después, en su casa, al asombrarme ante un Cristo de la escuela cuzqueña, él me dijo que notó en una desvencijada puerta algo raro. La compró y resultó que debajo de capas de pintura estaba el Cristo. Convenientemente limpiado y restaurado se convirtió en una presencia dominante en la casa de San Isidro.

MATEMÁTICAS.


 

Debo reconocerlo: las matemáticas, a la antigua usanza, siempre me fueron extrañas.

Mi padre era ingeniero mecánico-electricista e ingeniero civil. Dos carreras que tenían que ver con las matemáticas sí o sí. Recuerdo su desesperación cuando en uno de los años de mi secundaria, trataba de enseñármelas para que dejaran de ser tan abstrusas. Me decía: “¡Cómo no entiendes!” A lo que yo respondí: “No entiendo. Lo haces tú porque eres ingeniero y debes hacerlo”. No entendía, lo juro. Desde que tengo memoria, los números exactos y yo no nos hemos llevado bien.

Cuando estaba en el colegio y sólo tenía seis años, la monja profesora preocupada le dijo a mi madre que no se explicaba como llegaba al resultado de las divisiones. Que se veían aparentemente bien. Aparentemente. Lo que sucedía es que mis números bien ordenados, claros y limpios de los resultados, eran fruto de mi imaginación. En corto: Inventaba.

Ese fue el detonador de algo que me ha acompañado siempre. Lo puramente lógico y exacto, se me dificultaba. Y ante la dificultad, funcionaba la imaginación. Siempre tuve “jalado” en matemáticas y curiosamente, en física y química. Allí donde hubiera números mi mente parecía cerrarse y punto.

Mientras trató de enseñarme el profesor Olea, fui asiduo concurrente los sábados. “Vas venir sábado…” amenazaba. El que iba el sábado era yo, con alguno que otro compañero. Repetí año en tercero de media, por los cursos de números y luego de hacer crecer mis amistades con el cambio de promoción, elegí en cuarto de media la especialidad de “letras”, más afín a mi, pero llevando “de cargo” el curso de matemáticas.

Salí a otra vida y las ciencias exactas se alejaron aún más.

Manuel Enrique, mi padre, resolvía raíces cúbicas de memoria y gozaba solucionando problemas matemáticos. Su regla especial para el cálculo de resistencias eléctricas, la usaba yo para subrayar en mis trabajos, manchándola con tinta y estropeando finalmente su verdadera función. ¡Era muy bonita la regla, con su lunita corrediza (que indicaba mediante una señal las cantidades)  y su otra reglita interna, que también se movía como la lunita!

Siempre fui un desastre para lo puramente numérico.

Cuando le obsequié a mi padre un reloj-calculadora de muñeca, de los primeros en llegar al mercado, le pregunté que sentía, siendo él ingeniero, acostumbrado a usar una regla de cálculo y cuya tesis había versado sobre los tubos de vacío, que entonces eran una promesa escasa en realidades. “No comprendo” me dijo, “sé que los transistores son llaves de paso, como los tubos de vacío, pero ya no puedo entenderlo porque hay lagunas insalvables por la edad, en mi conocimiento”.

Durante años esperé sin saberlo, ese momento. ¡Lagunas en el conocimiento!  Yo tenía lagos, mares de falencia en mis pobres conocimientos matemáticos. Nunca mi cerebro ni mi voluntad surtieron de tierra suficiente un campo en el que echara bien raíces y creciera nada que tuviera que ver con números.

¿Cerrazón mental? ¿Mala enseñanza? No lo sé. Lo único que he cosechado en este campo ha sido cero. Un signo negativo.

No es que me desagraden las matemáticas. Es que no las entiendo. Sé que tienen construcciones de una belleza sin igual: Mandelbrot y todo eso.

Sí,  hay personas que tienen un cerebro matemático y este les facilita muchas cosas. Yo por genética, por mala enseñanza o lo que sea, prefiero soñar. Soñar con cosas no exactas.

Como el personaje de Lovecraft, Randolph Carter podría definírseme como “un soñador experimentado”.

MONOMOTOR.


Para algunos el sonido del verano se asocia a risas, ruido de mar u otros relacionados directamente con la estación calurosa. Para mí, el sonido que me lleva a las tardes plácidas del verano es el de un monomotor.

Cuando era muy chico y vivía en la calle Ayacucho, de Barranco, por las tardes surcaba el cielo un avión, que después identifiqué como un monomotor. Quedaba cercana la escuela de aviación de “Las Palmas” y seguramente el sonido era producido por el avioncito donde los alumnos hacían sus primeros pininos en el aire. No lo sé. Lo que sí sé es que para siempre, cuando escucho ese sonido, me veo echado, leyendo algo en mi cuarto de casa. Es verano y es por la tarde de un día cualquiera excepto domingo.

Justamente ayer volaba lo que yo identifico así y regresó a mi mente todo un cúmulo de recuerdos desordenados. Recuerdos que son días de playa, terraza de abajo fresca a pesar del sol que se pondría más tarde, ocio sin ninguna meta definida, cama de una plaza, puertas y ventanas enmarcadas en madera. Momentos que hilvanados suelen hacer un día feliz en la infancia, o muchos de ellos, traídos al presente por un vulgar sonido. El recuerdo por ejemplo de estar sentado muchos años después, en mi VW crema, escuchando la radio de regreso un domingo de casa de mi enamorada Alicia y escuchar que habían identificado al piloto de la avioneta siniestrada y única víctima del accidente, oyendo el nombre de mi amigo Eduardo, que esa mañana había pasado temprano por mi casa, invitándome a acompañarlo a volar y yo negándome, porque mi compromiso de domingo era sagrado.

Es curioso, pienso ahora que sonidos, olores, sabores o sensaciones táctiles traigan recuerdos que uno creyó perdidos y que sin embargo anidan en el interior de la memoria, esperando que algo los haga salir, desperezarse e iniciar una serie que conecta uno momento con otro.

Con respecto al sonido del monomotor, veo al piloto, solo en la carlinga de su frágil aeronave, unido únicamente por otro sonido, el de la radio, que funciona como compañero y ayuda en caso necesario. No hay más, Todo depende del hombre que está piloteando ahora y de esos otros hombres que la pusieron a punto y la mantienen. Imagino la soledad de ese hombre, su excitación al despegar acertadamente, su miedo oculto a que algo malo pase. Lo veo repasando mentalmente sus instrucciones. Está frente a mí, sentado en medio de un cielo de verano, cumpliendo algo que se impuso: volar como Ícaro. Volar como vuelan las aves, mirando desde arriba a un mundo extraño que a pesar del calor veraniego, se agita aquí abajo. Siento como el ruido y la vibración producidos por el motor, lo llenan todo, hasta que me acostumbro al ronroneo mecánico para dejar de sentir y escuchar.

Tardes de verano de infancia sin derrotero fijo, sin obligaciones acuciantes, rotas por el parloteo de un motor que impulsa a un hombre hacia la aventura, para recalar después en una pista de aeropuerto y retomar la vida diaria, pero sabiendo que se cumplió el sueño. Que en realidad se es más que Ícaro, porque las alas no so están pegadas con cera y por más que haga un calor veraniego no se derretirá precipitándolo al vacío.