LA RADIO.


 

 

 

Veía en TV a un amigo mío que opinaba sobre la campaña electoral y hacía notar la importancia del medio (TV) y mencionaba que la radio, especialmente en el interior del país, tenia una decisiva presencia. Es cierto, el eslogan “La radio está más cerca de la gente” se convierte en una realidad demostrable.

La radio llega a todo el Perú. Creo que muy pocas personas no tienen uno y mucho menos son las que no lo escucha. La radio es el hilo de conexión con todo lo que sucede en el mundo, con la música y con la actualidad local. La radio, ubicua por las diferentes presentaciones que ofrece, está presente desde los aparatos telefónicos celulares hasta las que están en las mesas, animan fiestas caseras y los tradicionales “aparatos de radio”. Hoy las computadoras nos acompañan con programas de radio que podemos elegir de acuerdo a nuestros gustos: “La radio está más cerca de la gente

La radio es un arma para la comunicación electoral muy poderosa. Está casi en cualquier lugar, en todos los rincones del país. Que yo recuerde, en taxi, combi, mercado o allí donde me encuentre, la radio es una compañía que me informa y entretiene.

Es muy distinto “ver” TV que escuchar radio. Para lo primero, generalmente hay una actitud. Para lo segundo, su aparición se da aún sin quererlo.

Pero a veces la radio, como  otros medios, se usa de modo distinto a como se debería. Cuando escucho “letra chica” (y no entiendo nada) en comerciales de radio que requieren una explicación que en un medio escrito equivaldría a una nota al pie de página (o aviso) leída a la carrera por un locutor y manipulada electrónicamente tratando de meter co calzador algo que no entra, me doy cuenta que la radio no está hecha para eso. La respuesta suele ser que eso se pone por obligación, porque la ley lo exige. La comprensión de lo escuchado también tiene sus leyes, pero nadie parece hacerles caso. “Es tan barata la radio…” me dirán, escindiendo o creyéndolo hacer con ese comentario una incapacidad total de hacer las cosas.

Todavía tengo presentes los consejos de Carlos Barreto, en JWT, sobre el uso de la radio. Consejos que me sirvieron mucho y que demuestran que el sentido común no tiene una época.

En la radio se suelen leer comunicados, que nadie escucha (o quien emite no quiere que escuchemos, sino cumplir, La radio es la radio. Su público atento o distraído merece mucho más que estar ante un medio “complementario”. Somos un país de radio. Tal vez algún día lo seamos de TV e Internet. Más lejano, por difícil, lo segundo. Entonces ¿por qué no usamos la radio como debe ser?

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LOS PANELES.


 

Me telefonearon de un diario, muy amablemente, para que diera mi opinión sobre los paneles electorales. La llamada se la hicieron a quien ha pasado toda una vida dedicada a la publicidad y que algo sabe de comunicación política.

Sucede que, conforme se va calentando la campaña, uno de los medios más socorridos son los paneles, desde los tradicionales de 7.20m x 3.60 m. hasta aquellos inmensos que empiezan a poblar la ciudad.

Los paneles, que duda cabe, son mucho más económicos que la televisión o los diarios. Su efectividad se basa en la visibilidad, ubicación y en el número de personas que ven cada uno.

Sin embargo la proliferación de ellos marea a cualquiera que mire esa selva de palos, fondos, eslóganes, números, fotografías y símbolos. Ocurre especialmente en las épocas de elecciones, porque todo el  mundo los usa y son colocados de tal manera que las concentraciones que se dan, desafían cualquier lógica. He visto lugares donde dichos elementos se traslapan visualmente y unos tapan a otros. Los mensajes que deberían ser cortos, claros e inteligibles se pierden en un verdadero batiburrillo. Los candidatos a la presidencia y aquellos que aspiran al Congreso, pierden. En realidad pierde el país.

Por un lado perdemos en ornato, porque las ciudades se convierten en una desordenada vitrina llena de rostros, letras y números que afean las zonas donde hay multiplicidad de paneles. Perdemos la oportunidad de recibir mensajes claros y los candidatos la suya de que el público entienda alguna propuesta, los distinga y recuerde.

Usted, amable lector, debe haberse sentido asqueado por esta invasión sin sentido. Parece no haber lugar que se salve. El efecto es contrario. De seguro se confía en el fenómeno de la repetición, pero este puede producir hartazgo. Las sonrisas multiplicadas suenan a falsas y los eslóganes a mentiras.

Lo digo porque yo también cuando voy por las calles, cegatón como estoy, me doy cuenta del asalto visual que esto significa y el insulto a la inteligencia que se perpetra.

Entonces se le echa la culpa a la publicidad de la inoperancia del medio. ¿Quién ha dicho que el abigarramiento es publicidad? El panel necesita un espacio donde desarrollar el mensaje y poner uno ala lado de otro, lo que hace es anularlos. Nadie, creo, puede entender lo que sucede. Nadie que no esté obcecado por el dinero que gana haciendo paneles y nadie que no entienda un mínimo de teoría de la comunicación al colocarlos de manera tal que se oculten entre sí o se anulen mutuamente.

El panel (porque hay muy buenos ejemplos de paneles políticos) tiene que “respirar” conservando una distancia mínima. Deben evitarse los distractores cercanos y de todas maneras no estar nunca ubicados en una “selva” de ellos.

Lo que se ahorra en costo, se pierde en efectividad. Y es dinero que no se recupera. Lo barato, dice el dicho, sale caro a la larga.

¿No deben usarse paneles entonces? La respuesta es sí, pero siguiendo las reglas. Reglas que un estudiante de diseño sabe, cualquiera con dos dedos de frente conoce, pero que muchos candidatos ignoran, porque son engañados por quienes se supone que deberían hacer las cosas profesionalente.

DECLARACIONES.


 

Hoy, en “El Comercio” salieron unos comentarios míos a lo que se usa en campañas electorales. En un artículo largo de Nelly Luna Amancio, me unen a declaraciones de Fernando Tuesta y de Jorge Salmón. Eso me honra y también cuando la periodista habla de “la voz de la experiencia” o algo así. He leído bien el artículo y me encontré con la sorpresa de encontrar algo que dije en una entrevista telefónica con la persona que escribió el artículo. Siempre alegra que a uno lo tomen en cuenta para algo, especialmente en el papel de “conocedor”.

Es cierto, la publicidad me fue llevando desde temprano al campo político, sin militar ya en ningún partido. Sólo fui aportando mi expertisse publicitario-comunicacional, que creció con el tiempo y las oportunidades de aprender que se me presentaron en el camino: mi trabajo con Miguel Alva, comunicador y amigo, como su asesor de comunicaciones en el segundo gobierno de Fernando Belaúnde, la campaña política para Convergencia Democrática con Luis Bedoya y Andrés Townsend, mi paso primero como asesor de comunicaciones del Ministerio de Trabajo y luego como Jefe de Comunicaciones del Ministerio de Justicia, acompañando a mi amigo Carlos Blancas, ministro de esas carteras en el primer gobierno de Alan García. La participación en la campaña de Mario Vargas Llosa, la publicidad para Lourdes y su gente en su primera campaña presidencial y finalmente el trabajar, llamado  por Alejandro Toledo como Secretario de Comunicaciones de la Presidencia del Consejo de Ministros, luego asesor de comunicaciones de la Alta Dirección de Inteligencia y acabar como asesor de Comunicación Estratégica de la Presidencia del Consejo de Ministros. Larga e intermitente historia que tiene prácticamente la edad de mi carrera, años menos.

Aprendí, si. En la práctica y los libros, pero nada me enseñó tanto como la práctica, el quehacer diario y ver como la teoría era corroborada y a veces desmentida. Nunca aprendí tanto de las personas, tan distintas y tan parecidas en su actuación tras conseguir el poder. Puedo decir que lo que aprendí en los libros fue puesto a prueba por la realidad.

A veces funcionó como debía. Otras veces las cosas no salieron como decían, pero de a pocos me nutrí sin quererlo de algo que amplió mi horizonte y que ahora me permite opinar, sin salirme de la verdad, de asuntos que cuando empecé solo veía en los medios.

Hablo como si ya no pudiera actuar, pero resulta que no es cierto. Sigo cada estrategia de comunicación con interés y me doy cuenta de los errores que se cometen. Son cosas que no haría yo porque, aunque parezca raro, la política, por lo menos en el Perú se repite mucho y es bastante predecible.

 

 

 

 

 

 

LA ERA DE LA INFORMACIÓN.


 

Las noticias dicen que Hosni Mubarak se fue.

Dicen también que estaría en un lugar tranquilo a orillas del Mar Rojo.

El pueblo egipcio celebra. Han logrado que un hombre que se aferraba al poder lo deje, por lo menos aparentemente. Miro bien y es la tercera vez que me ocupo en poco tiempo de Egipto en este blog. No me he ocupado de su historia, arte o grandeza. Ha sido el presente con su violencia quien me ha remecido para hacerme reflexionar y escribir.

El Egipto turístico e histórico ha dado paso al de hoy, al Egipto sin maquillaje y que tiene cárceles donde personas que no piensan igual que el régimen que al parecer ha terminado son retenidas contra su voluntad. No estoy muy al tanto de la problemática de ese país pero creo que veinte días contados hoy, la gente decidió tomar al toro por las astas, salir a las calles, desobedecer el toque de queda y poner al país patas arriba. Es cierto que deben haberse perdido millones de dólares, pero estos no valen lo que la libertad.

Egipto que ha pasado por mil peripecias a lo largo de su historia, suma una más a la cuenta.

No nos enteramos por la historia, ni por lo que nos contaron (bien dicen que la historia la escriben los vencedores) sino que hemos visto en vivo y en directo por la TV a mares de personas protestando. Reprimidas al principio duramente como parece haber sido costumbre y luego ocupando hasta formar los mares que hemos visto en calles y plazas.

La TV e Internet, aunque censuradas, nos han traído hasta aquí el problema. El pueblo egipcio quería y Hosni Mubarak no. Ganó el pueblo.

¿Qué van a hacer ahora que el símbolo de la opresión no está?  Tienen que recomponerse y volver a mirar a un mundo que queramos que no, cada día se presenta como más pequeño. Las verdaderas masas se mueven ahora por la electrónica que las informa.

Que lejos está el tema que me contaba mi madre sobre sus pesadillas después de ver los despachos que hacía el periódico de Arequipa, sobre las batallas de la Primera Guerra Mundial.

Hoy tenemos al instante todo lo que sucede con y sin importancia, a nuestro alcance. El mundo sufre de una indigestión de información que se acelera cada vez más. Como de costumbre, es el mismo ser humano el que discrimina, pero a veces no es verdad todo lo que se avizora. El engaño tiene patas largas. Estamos en la era de la información. ¿Sobreviviremos?

EL CASO DEL POLÍTICO DESMEMORIADO.


Ayer me comentaba un amigo, que conoce a fulano, que es candidato a la Presidencia de la República, pero que él dice no conocerlo. Incluso en un mensaje enviado le pregunta si quiere ser su “amigo”. Me consta que ambas personas se conocen, pues mi amigo es público y notorio y su accionar no sólo nunca ha sido un secreto sino bastante publicitado.

El tema lo resolveríamos como un caso de mala memoria, pero en un político ello es imperdonable. La memoria es una de las características importantes en alguien que está en política. Y el caso se agrava porque a través de la computadora le pregunta si quiere ser su “amigo”. Es decir que él no parece supervisar a quienes se envían los mensajes y está corroborando su mala memoria.

Esto, que parece anecdótico, es una triste, constante y peligrosa realidad. Internet llega bien, selectivamente pero, en teoría, nunca hará lo que no queremos que haga. “Error  humano” le dicen, pero en una persona dedicada a un tema donde los “errores humanos” deben reducirse a su mínima expresión, es verdaderamente peligroso. Me dirán que solo acarrea la pérdida de un posible voto. No es así.

La opinión de mi amigo se multiplica y así como me lo contó, puede haberlo hecho con otros. Eso es muchos votos y la parecer de gente que suele ver su opinión tenida en cuenta. El error de este ejemplo puede reproducirse en proporciones geométricas.

El “caso del político desmemoriado” es real y debe servir para llamar la atención sobre lo importante que es saber lo que está pasando. Nadie puede permitirse el lujo de ignorarlo y menos alguien que aspira a regir los destinos del país. E Internet se presta a que las puntas se pierdan. Internet, que es la mejor forma de llegar uno a uno y evitar el ridículo “Señor/a/ita” que nos llegaba en cartas supuestamente personales. Una manera muy buena de segmentar finamente, que está siendo usada como un medio masivo cualquiera. ¡Qué desperdicio de todo! Internet suele ser barato y su “costo por mil” ínfimo. ¿Eso da derecho a descuidarse? No, es la respuesta. Internet obliga a un trabajo de selección de los recipientes y su concordancia con el material que ellos reciben. Lo que sucede es que la velocidad hace cometer errores. Errores, que en política suelen ser irreparables.

Cada medio tiene sus características propias y debe ser usado teniéndolas en cuenta, sin confundir uno con otro. Nadie lee un texto de TV, que necesita de imágenes que apoyen y silencios propios, en radio. Hasta la situación de exposición es otra.

Mi amigo debe estar molesto. Al político no debe importarle. Sin embargo debería.

SIRENAS.


Recuerdo que Doménico Modugno decía en una canción suya que cuando escuchaba una sirena pensaba en algo terrible. Creo que el título era algo así como “La distancia es como el viento”.

Antes, es cierto, las sirenas indicaban que algo terrible ocurría: un incendio, una ambulancia o un coche de la policía en acción. Escuchar una sirena, inclusive en el bullicio de las horas punta, llamaba la atención. Era un llamado urgente, un aviso perentorio.

Hoy, las escucho todo el tiempo, las sirenas se han vuelto tan comunes como las bocinas de los automóviles. Por lo menos desde mi casa las escucho permanentemente.

Supongo que muchas de ellas corresponden a vehículos de patrulla de serenazgo que la suelen usar, pero también están las camionetas de servicios clínicos, los bomberos, los policías, las ambulancias y otros que consideran importante anunciarse, pedir paso o cosas por el estilo. Cualquiera que se guíe por el oído, concluirá que estamos viviendo en una ciudad que está en permanente desastre. Y es que la sirena parece que ha perdido su antigua importancia y la urgencia que conllevaba el escucharla.

Esto me hace recordar el cuento de “El lobo, el lobo” en el que un pastorcillo por el uso reiterado y juguetón de un grito de alarma, no fue creído cuando de verdad gritó el peligro, siendo entonces tarde.

La alarma es un ruido para ponernos alerta, pero si se convierte en “parte del paisaje” no vamos a notar su existencia.

Sucede otro tanto con alarmas de auto y alarmas de casa. Suenan por quítame estas pajas restándose importancia.

Aparte del caos sonoro que todo esto provoca, nos volvemos insensibles como  a muchas cosas de veras importantes. La reiteración puede ser buena. La reiteración excesiva no creo que cause el efecto deseado. Por lo menos en lo que a alarmas se refiere.

HE VISTO LLORAR A UN HOMBRE.


 

Me dirán que “los hombres no lloran”. Semejante estupidez no tiene sustento.

Un hombre es un ser humano y su condición o “masculinidad” no tiene nada que ver con la expresión de tristeza que el llanto suele significar. Es claro que alguien puede “llorar de risa” pero eso no es otra cosa que una reacción en la que las lágrimas brotan de los ojos por un descontrol. Llorar, como yo lo he visto en TV ayer, es terrible.

Un ejecutivo de Google fue encarcelado por participar de las protestas contra el presidente egipcio. Durante no sé si doce días estuvo secuestrado. Y se temía lo peor sobre él, que lo hubiesen torturado, por ejemplo. Al ser liberado negó que algo así le hubiera ocurrido. Lo he visto en un noticiero, como parte de un “bloque” de información internacional.

Seguramente se me acusará de pro-árabe, anti-algo o cosas así. Nada que ver. Si soy “pro” algo es pro-humano. Me parece terrible que a un individuo se le prive de libertad por pensar distinto.

Sí, ya lo sé. A veces es una manera de defenderse que la sociedad tiene.

Pero lo que he visto era el llanto de alguien indefenso, que lloraba por los muertos que las protestas habían causado. Así explicaba él su llanto.

Yo creo que lloraba por mucho más.

En principio por la emoción de verse libre, tras un cautiverio injusto. Lloraba qué duda cabe, porque veía a su pueblo si n ser escuchado, a no ser por la grita y los muertos que obligaban a aminorar la aparente sordera presidencial  y hacer algunos cambios. Lloraba ése hombre porque de seguro se imaginaba lo que le hubiera podido pasar si no tuviera detrás una corporación multinacional.

Lloraba como deben llorar millones de hombres en todo el mundo por sufrimientos físicos y por la impotencia de no poder hacer nada. La impotencia de verse avasallados por fuerzas superiores y espurias que deciden destinos como quien juega a los dados.

He visto a un hombre llorar. Lejos.

Pero para el dolor dicho con ese llanto, no hay distancias. No puede haberlas porque donde un ser humano sufre, algo anda mal. Se me dirá que siempre se sufre. ¿Por qué?

¿Porque la Biblia dice que “ganarás el pan con el sudor de tu frente”? ¿Eso santifica el sufrir? Me estoy metiendo en honduras teológicas cristianas. Mejor lo dejo así.

No se me cocina haber visto a un hombre llorar. Me parece injusto.