RADIO VERANO


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Hasta hace cerca de cuarenta años, todos los veranos iba a la playa, pero tal vez la época que más recuerdo es la de mi adolescencia, en la que el verano significaba la playa “La Herradura”, con su malecón, con “Las Gaviotas”, el único edificio playero de departamentos  del que yo supe por mucho tiempo, el antiguo y famoso bar “El Nacional” con su rokola muicaly por supuesto la arena y el maravilloso mar.

 

En la playa, mientras tomábamos el sol, prolegómeno obligado antes de una zambullida, había música, que nunca supe (ni me interesó saber) de dónde venía y que seguramente era transmitida a través de parlantes. Para mí, era tan natural como el sol, el mar y la arena que hacían de “La Herradura”, LA PLAYA, tan distinta a la cercana y populosa “Agua Dulce” o al también cercano y familiar “Establecimiento Municipal  de baños de Barranco”, con su pérgola, orquesta dominical, mesas, funicular  y playa de piedras…

 

La Cajita de Música” era el programa que conducía el disc-jockey Emilio Peláez Rioja y que forma parte integrante, indesligable, de esos veranos memorables, donde las preocupaciones se reducían a lo que habría en casa para almorzar y que hubieran tapado el plato con la comida, para que conservara un poco de calorcito (ni se soñaba entonces con el horno de microondas).

 

Verano, sol, playa y música… ¿Se puede pedir más?

 

Imagen www.toutube.com

 

CALIENTASIENTOS


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Está ocurriendo que en la mayor parte del mundo, una generación de calientasientos florece. Generación además de mirapantallas, de apretabotones y de tundeteclas.

 

Todos estos nombrecitos definen a una generación poco móvil, amante de la molicie, del mínimo esfuerzo y del desgano.

 

Horas frente al televisor (que mientras más grande más “neat”), mando a distancia para no levantarse ni para apagar el aparato, concentración absoluta  – con el riesgo de correr accidentes como un atropello, un choque o una caída- al teléfono celular que se tiene en la mano mientras se camina o que se usa en el automóvil aunque se esté manejando se han vuelto algo común, además de no intentar saber el por qué sucede algo sino que basta apretar el botón indicado para que suceda eso que no se sabe cómo y porqué ocurre, siendo la respuesta más corriente -y lógica, en la “lógica” de un apretabotones:     “porque apreté el botón”.

 

De pronto esto que digo resulta chocante, pero es que yo vengo de una época en que no había o era incipiente, ese “ocio tecnológico” que ahora existe y ahorra esfuerzo, movimiento y trabajo, dejando en teoría espacio para que uno se ocupe de cosas realmente valiosas, espacio que solemos dedicar al entretenimiento y distracción, a ese “pasar el tiempo” con el que llenamos las “horas muertas” que cada vez son más.

Un ejemplo simplísimo es el de los relojes: cuando eran de arena, había que darles vuelta para que el contenido, pasando de un lado a otro, marcara un tiempo determinado. Si el reloj era solar, había que saber leer su indicación, si es que el sol era propicio. Luego vinieron relojes donde el agua era el elemento principal de medición, y hasta ahí saber la hora implicaba cálculo y algo de participación; la participación siguió con los relojes a los que había que dar cuerda, porque se suponía que el que tenía un reloj “sabía leer” la hora que este indicaba, pero que había que “poner en hora”. La cosa se personalizó con los relojes de bolsillo y pulsera, a los que también había que dar cuerda y ajustar a la hora si fuera necesario. Un invento permitió que los relojes de pulsera se  “auto-dieran” cuerda de forma automática con el mínimo movimiento del brazo. Después vinieron los relojes a pilas, los relojes que recargaban la pila con la luz del sol (los “solares”) y hasta aquí, manecillas, números arábigos o romanos y “saber ver la hora” (digámosles analógicos). Entonces irrumpieron los relojes digitales, electrónicos, con numeritos para “ver la hora” sin necesidad de otra interpretación que la de saber los números: nada por hacer. La hora (esa división humana del tiempo) a disposición, sin esfuerzo mayor que el de mirar a la muñeca.

 

Vida descomplicada porque ahora ya no necesitamos      “x pasos” para tener la hora con nosotros y basta una ojeada para saberla. Mínimo y tal vez burdo ejemplo de cómo lo que antes nos ocupaba mental y hasta físicamente, desaparece para dejarnos libres y me pregunto a veces ¿libres para qué?

 

Controles  remotos, hornos de microondas, vehículos automotores con cambios automáticos… ¡hasta Inteligencia artificial!

 

No es mi intención renegar del automatismo, sino que observo una generación con cada vez más tiempo libre, que hace esfuerzos mínimos cuando los hace y no parece pensar mucho…  Es que para no hacer nada, no es necesario pensar… ¡nada!

 

Imagen: jooinn.com

 

Manolo.

 

PREGUNTAR, PREGUNTAR HASTA OBTENER RESPUESTA Y CUANDO SE CREE SABER, PREGUNTAR NUEVAMENTE


Los niños aprenden preguntando y buscan respuestas para todo; los “por qué” de un chico, a veces fastidiosos, son su manera de expresar e intentar saciar esa curiosidad de quien va descubriendo poco a poco un mundo que es desconocido y llama su atención.

El niño crece y muchas veces se avergüenza de preguntar, porque reciba como respuesta algo así como “No lo vas a entender, eres muy chico todavía”, o lo que es peor, se queda esperando ante un silencio indiferente, confundido o culpable; el niño es mucho más perceptivo de lo que parece y a su afán preguntón, observa –sin que nadie lo note- todo y a su modo, relaciona, sorprendiendo y provocando un admirado “¿Cómo sabe eso…?”, y es que los adultos no se acuerdan que ayer, cuando eran pequeños, su cerebro trabajaba a mil por hora, porque estaba vacío de saberes y experiencias, lo mismo que el del niño de hoy.

 

Los adultos olvidamos y hacemos válido el icho aquél de “No se acuerda la vaca de cuando fue ternera”. Los adultos tenemos vergüenza o miedo de preguntar y nos llenamos de interrogantes que buscan respuesta y llegamos a creer lo que nos dicen y darlo por válido y lo que es peor, lo asumimos y repetimos sin darnos siquiera el trabajo de comprobar la veracidad de lo leído o escuchado; de allí el éxito de un “sabelotodo” como Internet, que puede estar absoluta y tendenciosamente errado a veces y que se toma por oráculo.

 

El niño aprende preguntando y si encuentra solamente silencio, buscará hasta encontrar respuestas en su entorno cercano y es ahí donde el saber, quizá deformado, de sus amiguitos que son un poco maliciosos, se transmite y se aloja en la mente. Al pequeño, le sucede lo que al adulto: cree a pie juntillas porque lo escuchó de alguien “que sabe”…

 

Crecemos, vamos perdiendo la curiosidad y dando por sentadas cosas que no son;  nos da pereza buscar respuestas diferentes, no comparamos y nos quedamos con lo primero que leemos o escuchamos…

 

Digo que así ¿cómo vamos a enfrentarnos a un futuro que está hecho solamente de preguntas?

 

Manolo.