UNA TAZA DE CAFÉ.


 

TAZA DE CAFÉ

En una taza de café hay pasados y futuros, hay esperas y ganas de no hacer nada.

 

Una taza de café hace empezar la mañana o extiende una tarde; aísla o socializa.

 

En una taza de café hay conversaciones y reflexión solitaria; hay libros y esperanza, a veces amargura.

 

En una taza de café puede estar todo y tal vez por eso la bebemos lentamente.

NUEVA EVA.


 

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Todas las mañanas la despertaba el sonido de la campana de la iglesia que llamaba a misa de siete.

 

Cuando se dio cuenta de haberse quedado dormida ya eran las nueve de la mañana según el reloj de la cocina.

 

No había escuchado la campana y ni se le ocurrió que su casita estaba ahora en un páramo y que no había campana ni iglesia ni nada que dijera que allí había habido un pueblo.

 

Le extrañó que los perros no ladraran y no se imaginó ser una nueva Eva a sus sesenta y nueve años y sin ningún Adán.

LA PASADA SECRETA.


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Soñó que encontraba un billete de 500 en la “secreta” – el bolsillo pequeñito que queda en la cintura- de un pantalón negro. Hacía tiempo que efectuaba una verdadera limpieza en el colgador donde se su ropa se iba acumulando y no recordaba tener ningún pantalón de ese color.

 

La curiosidad pudo más y se puso a buscar entre pantalones, sacos y casacas hasta que encontró el pantalón negro y recordó que la última vez que se lo puso, años atrás, fue para una comida que terminó en borrachera.

 

Sonriendo esperanzado, sacó el pantalón que estaba en el gancho de alambre y lo saludó una vaharada de humedad; entre estornudos palpó los bolsillos y sintió con emoción que había un papel allí, en la “secreta”.  Buscó y encontró doblado un billete de quinientos, pero no soles, sino intis, la moneda que había desaparecido a caballo de una inflación galopante.

 

Mirando el billete supo que su cerebro le había jugado una pasada.

DOBLE SENTIDO.


 

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Si su vecina tocaba el timbre y preguntaba, necesitada, si es que tenían huevos en casa, él le decía riendo: “Claro que hay, dos por lo menos, pero que Josefina se lo corrobore…”.

 

Buscaba darle a lo que le dijeran un significado distinto del que tenía; se regocijaba expresándolo y viendo la cara de sorpresa o desconcierto de su interlocutor. A Josefina, su esposa, que sabía del episodio de los huevos porque la vecina se lo había contado horrorizada, no le gustaba nada esa costumbre del marido porque le parecía vulgar y a él ingeniosa.

 

Un día caminaba distraído y se le terminó el chiste, porque al cruzar una calle no se fijó que era de doble sentido.