HOMENAJE A JULIO CORTÁZAR


julio_cortazar_paris_enero_1969

Escribir sobre uno de los autores más grandes que hayamos podido leer sin la capacidad real para hacerlo, pero con las ganas inmensas de expresar la pena por su partida, contrastada con las alegrías inmensas que encontramos en cada párrafo suyo, hace que me remita a éste verdadero homenaje que César Hildebrandt publica hoy en «La Primera». Gracias César por decirlo tan bien.


25 años sin Cortázar
“No quiero llegar a ser un viejo decrépito”, dijo alguna vez Julio Cortázar.

Y se murió a los 70, antes de ser un viejo de verdad siquiera. Los rufianes del chisme dicen que se murió de Sida, como si eso importara.

Se murió, sencillamente. Pero dejó una obra que lo sobrepasa, un ejemplo de coherencia que los tránsfugas siempre le envidiaron, y un modo de ser y de leer, de escribir y de jazzear, de puntuar y de vocear que lo hacen único e inolvidable.

Cortázar fue un escritor genial que no quería honores. Lo que tuvo siempre fueron lectores. Y lo que podía regalar era estilo.

Hay escritores de enorme talento sobre los que pesa, sin embargo, la desgracia de carecer de firma. Son buenísimos pero jamás le sacaron al idioma una franquicia que les permitiera algunas exclusividades (que en eso consiste el estilo, no me digan).

Cortázar, en cambio, dejaba la huella de un bisonte en cada página. No hay cómo confundirlo. Allí están sus parrafadas enormes que imitaban el oleaje, su antisolemnidad, su incapacidad orgánica de ser huachafo, sus cuentos sin sobras, sus guiños anarcosurrealistas, sus burlas despiadadas, su intelectualismo moteado de ternura (ejemplo: algunas conversaciones de Lucía -la Maga- con Horacio Oliveira).

Y por encima de todo eso estaba la marca Cortázar: un modo personal y brillantísimo de entender la narración, de quitarle sonsonetes al idioma, de incorporar ráfagas de monólogo interior sin perder de vista la exterioridad del relato.

Y unas ganas de joder que sólo podían venir de un hombre lúdico y de un espíritu burlón. Ejemplo clásico de estas ganas es el idioma inventado en “Rayuela” (el glíglico) para describir el sexo entre la Maga y Oliveira (¿o debería decir entre la Maga y cualquiera?). El glíglico consistía en frases como esta:

“Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, la esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa…”

La primera vez que leí “Rayuela” fue en 1966, a los 18 años. Leyendo esa página de jerga de cama (y hasta de camastro) reí como sólo se puede reír a los 18. Y lo increíble es que ahora, varias mujeres y décadas después, el “glíglico” me sigue alegrando y entonando.

Valga este recuerdo para quienes sólo quieren evocar al Cortázar comprometido y casi nicaragüense. Ese Cortázar valía -aunque escribió una mala novela que se llamó “Libro de Manuel”-, pero a su lado siempre estuvo el Cortázar intemporal que me cambió la vida con su prosa de gabardina sucia.

Y no hablo, claro, sólo de “Rayuela”. Hablo también de sus cuentos -los mejores que se han escrito en la literatura latinoamericana-, esas piezas maestras que nos llevaban al desespero (los de “Bestiario”), o a la parodia de la inviabilidad social (“La autopista del sur”), o a los lugares menos soleados de la creación (“El perseguidor”).

Cortázar fue un cuentista magistral de muchísimos cuentos y el novelista supremo de una sola novela. Y esa fue “Rayuela”, un libro actualmente proscrito, quizá porque nada tiene que ver con los aspartames seudoliterarios que hoy cotizan las editoriales y sus mafias.

“Rayuela” es uno de los pocos libros que me hizo mirar al mundo de otra manera y a la literatura de otra manera y al amor de otrísima manera. Jamás podré olvidar a la Maga siendo leal a Oliveira y defendiendo su soledad de hembra deseada en el París que hablaba de Mondrian:

“-No sea asqueroso -dijo monótonamente la Maga-. ¿Qué gana con querer embarrar a Horacio? ¿No sabe que estamos separados, que se ha ido por ahí, con esta lluvia?”

No hay muchos libros que te abran los ojos y que te llenen los oídos. “Rayuela” es uno de ellos. Y hoy que estamos cerca del vigésimoquinto aniversario de la muerte de Julio Cortázar he sacado de un estante el viejo libro -decrépito, él sí- y lo he ido brincando y salteando como si fuera lo que es: una rayuela, el juego misterioso que Cortázar nos hizo jugar, el juego que termina en un cielo pintado con tiza en una acera.

JORGE AMADO


jorge_amado

http://www.algosobre.com.br

Estoy aprovechando este verano caluroso y bastante quieto, para releer.

Eso se hace con textos entrañables, con autores queridos, con libros que a veces se deshojan por el uso. Volver a lo ya leído es recorrer historias que siempre esconden novedades,  y encontrarse con viejos amigos a la vuelta de la esquina.

De mi desordenada biblioteca tomé «Navegación de cabotaje» de Jorge Amado; libro que tengo subrayado y marcado (tal vez haciendo rima con el apellido del autor).

Nada puedo decir del escritor brasileño más conocido que no se haya dicho ya. Sólo quiero rendir el homenaje de su re lectura intensiva.

Quisiera citar alguno de los párrafos del libro que tengo entre manos, sin que esto signifique violación del copyright:

……………. …………………. …………………

……………. …………………. ………………….

«Tengo,  con todo, un cementerio mío, personal. Yo lo construí y lo inauguré hace unos años , cuando la vida hizo madurar mis sentimientos. En él entierro a quienes maté, es decir a aquellos que para mí han dejado de existir, a aquellos que murieron; los que un día tuvieron mi estima y la han perdido.

Cuando alguien rebasa todo límite y me ofende, no me enfado yo con él, no me enojo ni me pongo furioso, no me peleo, no corto mi relación, no le niego el saludo.  Lo entierro en la fosa común de mi cementerio – en él no existen panteones familiares, tumbas individuales, los muertos yacen en la fosa común, en la promiscuidad de la vileza , de la maldad. Para mí, aquel fulano se ha muerto, ha sido enterrado, haga lo que haga, ya no puede molestarme más.

Son raros estos entierros -menos mal!-.  Sólo a veces un pérfido, un perjuro, un desleal, alguien que ha faltado a la amistad, que ha traicionado al amor, alguien que fue excesivamente interesado, falso, hipócrita, soberbio -la impostura y la presunción me ofenden fácilmente. En el pequeño y deslucido cementerio, sin flores, sin lágrimas, sin sombra de añoranza, se pudren unos cuantos sujetos, unas cuantas mujeres.  A unos y a otras los he barrido de la memoria, les he retirado la vida.

Encuentro en la calle a uno de ésos fantasmas, me paro a conversar, escucho, correspondo a las frases, a los saludos, a los elogios, acepto el abrazo, el beso fraternal de Judas. Sigo alelante. Él piensa que me ha engañado una vez más, y no sabe que está muerto y enterrado.»

COMO UN PAR DE ZAPATOS NUEVOS.


zapatos-hombre

Empezamos el año como quien estrena  un par de zapatos recién comprados.

Brillantes, sin uso, con las suelas inmaculadas. Listos para llevarnos por todas partes, para soportar kilómetros, para asistir a donde vayamos y despertar la envidia de los demás (pura imaginación, porque generalmente no es así).

El año se inicia con promesas y planes. Cargado de «esta vez sí!», lleno de posibilidades.

Como un par de zapatos nuevos, suele ajustar un poco; tenemos que conocerlo y encontrar modos que nos van a ir dando la comodidad esperada. El año que empieza tiene alegría, brillo y futuros.

Poco a poco irán pasando los meses, cada vez más veloces y de pronto nos encontraremos a medio año y tal vez haya que hacer reparaciones menores en nuestros zapatos: cambiar unos tacos, comprar nuevos pasadores. O dejarlos descansar un poco y usar las zapatillas de siempre. Total, no es cosa de arruinarlos tan rápido.

De pronto pasa que como yo, tengo varios años en mi colección. Años, que como ciertos pares de zapatos no me animo a desechar, porque todavía están bien. Se ven y se sienten cómodos. Años a los que vuelvo porque traen recuerdos gratos, amables, luminosos. Es cierto que hay otros a los que no quisiera regresar; como ésos zapatos tan bonitos que tuve que regalar con una sola, desastrosa puesta.

Hay años y años. Este 2009 (nueve, nuevo) estoy seguro que va a ser para conservar. Para estar cómodo. Para después de tiempo, volvérselo a poner y andar entre casa o ir a una reunión de amigos.

No creo en los augurios. Pero dicen que los años impares son buenos. Yo nací en 1947.