EL ARTE DE NO PERDER BOTONES EN UN VIAJE AÉREO


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Cualquiera que se haya predispuesto a abandonar su propio microcosmos regional para un viaje en algún lugar entiende que Mark Twain tenía razón cuando dijo que “viajar es fatal para los prejuicios, la intolerancia y la estrechez mental”. Pero para no caer en abismos románticos, puede ser interesante contextualizar ciertas citas dislocantes. Twain, por ejemplo, había escrito sobre viajar en el siglo XIX; en un momento en que uno podría considerar ingresar a una cápsula de acero presurizada con alas que vuela hacia el cielo, uno seguramente estaría enjaulado en el asilo.

En el libro El arte de viajar, el filósofo Alain de Botton está molesto por una agencia de viajes que no incluyó en el folleto publicitario todas las cosas terribles que había en un ” complejo paradisíaco con vista al Océano Atlántico”. Las fotografías son asombrosas, los informes impecables; Vendes un producto, o más bien una ilusión de que nada, absolutamente nada, puede salir mal. El público que lee el folleto, cansado de la rutina que se repite día tras día, está encantado por el artificio de la imagen de un solitario árbol de coco que sombrea la superficie de la arena blanca como la nube. Te apresuras a hacer reservas, tu corazón se llena de expectativas. Hasta que sea hora de pisar realmente el resortparaíso, y al darse cuenta de que la playa una vez vacía ahora está repleta de turistas con rayos UVB amarillos, la palma de coco del folleto se cortó para dejar espacio para una tienda de United Colors of Benetton, los asistentes de la cafetería ni siquiera se molestan en regalar. el protocolario buenos días .

Viajar como una forma de reunirse, sí, pero también de sentir un producto, una mercancía, un objeto desechable. La dicotomía: sueño y consumo. Consumir y ser consumido. Escribí esto en las incómodas sillas del Aeropuerto Internacional de Santiago (Comodoro Arturo Merino Benítez), cuyo patio con una buena cantidad de aviones fue la única prueba convincente de que no se trataba de una estación de autobuses.

Los años 1950-1960 todavía se consideran los años dorados de los viajes aéreos. Camarotes lujosos, sillas anchas como camas de hotel, espumosos, comidas preparadas por chefs de renombre, cubiertos de metal. Pero no debe olvidarse (nuevamente la cuestión del contexto) que estos superfluos eran la única forma de atraer pasajeros. Además de ser menos seguros que los modelos actuales, los aviones de la época tenían un rango de vuelo deficiente, hacían un ruido ensordecedor y los boletos podían costar el precio de un automóvil.

Sin embargo, es un poco decepcionante notar que la historia de la aviación había tenido un comienzo tan atractivo en la comodidad solo para perderse ante las demandas de un mercado saturado de pasajeros apresurados. 

Claramente, no se puede descartar la conveniencia de un avión. Pero sería razonable pensar en soluciones menos animalistas. Resulta que si el viajero no tiene los recursos necesarios para un boleto de ‘clase’, tendrá que meterse en la caja de sardinas con otros trescientos pasajeros irascibles.

El trato inhumano , por cierto, comienza mucho antes de que la azafata robótica solicite que se abrochen los cinturones de seguridad . El discurso contemporáneo de la globalización solo parece válido incluso cuando el comercio involucra productos relevantes. Ir a un país que no tiene acuerdos diplomáticos con nuestra propia nación es una epopeya burocrática que dejaría a Homero sin palabras. De hecho, incluso si son gobiernos con buenas relaciones, el proceso de desplazamiento es tan doloroso que los viajes pierden gran parte de su prometedora inocencia inicial.

La larga espera para el check-in , las máquinas que no siempre funcionan correctamente, el equipaje, pagar un cargo adicional por el equipaje, verificar que el equipaje de mano cumpla con los estándares del Papa, pasar por la máquina de rayos X, ser revisado. buscado como si el pasajero fuera el jefe de la mafia rusa, o uno de los secuaces retirados de Saddam Hussein, señor, no está permitido llevar agua (?!) dentro del avión, quítese los zapatos para ver si no hay dinamita nuclear oculta, Los baños del aeropuerto están sucios, hay restaurantes cerca de la mayoría de las áreas de embarque, colas, colas en todas partes, y todos enojados, tarde, personas al borde de una crisis nerviosa, etc.

Sin caer en las trampas románticas antes mencionadas, lo cambiaría todo por un buen viaje en tren, incluso si esa elección significa lentitud. Debido a que la velocidad de los viajes aéreos se esconde detrás de un itinerario que lleva mucho más tiempo que las “horas de vuelo” puede sugerir: revisar los artículos de equipaje, llegar al aeropuerto con mucha anticipación, esperar la llamada a bordo colas (más colas), que trata con retrasos, sobreventa , conexiones, aduanas y no solo.

Aterriza en el destino como si hubiera salido de las trincheras de una batalla invencible, con la frase de Ralph Waldo Emerson a la cabeza: ese viaje es realmente el paraíso de un loco.

– PR Cunha.

Reblogueado de: http://prcunhaescritor.site

Traducido del portugués por el traductor de Google.

Imagen: http://www.freepik.es (no está en el artículo original,  es usada específicamente para este reblogueo).

ENTERO-VIOFORMO Y OSOS.


ENTERO VIOFORMO (2)

 

 

Una de mis primeras pruebas de resistencia fue el viaje de excursión a Jaén que realizamos cuando estaba en 1° o 2° de media, con la promoción “Gonzaga 63”.

 

Íbamos a viajar en un ómnibus hasta Chiclayo y de allí en otro hasta Jaén; me preparé, con ilusión tremenda, durante una semana y justo dos días antes de viajar, supongo que por la tensión emocional o como mi madre decía, “por comer porquerías”, se me soltó el estómago, lo que podía significar, si se enteraban en casa, la anulación del viaje de varios días de duración.

JAÉN

 

Recuerdo haber registrado el cajón de la mesa de noche de mi madre hasta encontrar el tubito de vidrio de color caramelo transparente con las pastillas salvadoras; era lo que recetaban entonces para la diarrea y se llamaba “Entero-Vioformo”, si no me equivoco, producido por CIBA.

 

Recordaba que había que tomar una pastilla cada seis horas y sin decir nada a nadie, me “robé” las necesarias, duplicando la dosis inicial: es decir, empecé con dos pastillas, para luego tomar una cada seis horas. Al poco tiempo la diarrea pareció remitir y yo seguí como si nada con mis preparativos.

 

El día señalado, subimos a un ómnibus interprovincial que nos esperaba en el patio del colegio; premunido de una mochila de tela color beige con bordes de cuerina marrón, llena de ropa de recambio interior, exterior y medias (cortesía imperiosa de mi madre); un “botiquín” con mercuro cromo, alcohol, algodón, curitas y unas pastillas para potabilizar el agua, que le saqué a mi padre, ingeniero de caminos, linterna (?), galletas, chocolates (que dejé, por temor a mi inestable estómago), una cantimplora metálica con agua, sombrero, casaca, camisa abrigadora, un blue jean con los finales de las piernas volteadas, como se usaba, botas y cámara fotográfica “Brownie” de Kodak; llevando, por supuesto, mis infaltables anteojos de miope, con marco negro, me sentía el viajero-explorador perfecto.

Viaje a Jaén (2° o 3° de media)

 

Nada más subir al ómnibus que nos llevaría a Chiclayo, viajando toda la noche, vi que lo único libre para acomodarnos mi mochila y yo, era el último asiento, el corrido del final, detrás del cual estaban, protegiendo los vidrios traseros, los fierros que formaban una rejilla, la cual, si quería sentarme, obligaba a ir encorvado y con el riesgo de, si dormía, golpearme la cabeza.

 

No sé bien qué es lo que fue peor: si la incomodidad del asiento o el miedo a que mi estómago diera inoportunas muestras de actividad expulsora; esto durante las largas horas de un viaje que empezó tarde en la tarde y duró toda la noche, para llegar por la mañana a la ciudad norteña de Chiclayo.

 

Bajamos en una plaza, donde en un restaurante entré medroso al baño, pero comprobé que el medicamento había hecho su efecto; al rato, después de desayunar (yo nada, por si acaso…) subimos a otro ómnibus que nos llevaría hasta Jaén. De este segundo viaje (o nueva etapa del mismo) lo único que recuerdo

Es que el chofer, divertido y muy suelto de huesos iba por la carretera llena de baches, a toda velocidad y cada tanto un “¡crac!” significaba que había atropellado un perro. Nos lo dijo, riendo y también que los chanchos sonaban más fuerte. Le escuchábamos entre aterrorizados y asombrados, sin pensar, seguramente, que por su tamaño, un chancho atropellado causaría un estropicio mayúsculo al vehículo.

 

En Jaén nos alojaron en un colegio y el dormitorio tenía camas camarote; Pablo quiso dormir en una de arriba y en la noche un ruido delató que se había caído al suelo. Creo que siguió durmiendo ahí.

 

Antes de acostarnos fuimos a un restaurante y mientras esperábamos la comida, Manuel pidió para ir al baño y le dijeron, señalando: “Es pasando el callejón que ve ahí, joven: cuidado con los osos”. Nos pareció extraña la advertencia y al ratito volvió nuestro amigo, pálido como un muerto pálido y con la camisa desgarrada en el frente; “¡había osos…!” fue su asustada explicación.

 

Había sucedido que, en efecto, había dos osos de anteojos tras una reja, que habían sido cazados en el monte días atrás; Manuel se acercó para mirarlos y uno de ellos sacó la pata y con las garras le rompió la camisa. Felizmente la cosa no pasó a mayores y solo fue un susto.

Esta anécdota la he contado antes ya, estoy seguro, pero su recurrencia en mi memoria sucede, creo, porque entre el “Entero-Vioformo” y lo de los osos, lo demás resulta insignificante.

OSO DE ANTEOJOS