DE NÚMEROS Y VERDURAS


DE NUMEROS Y VERDURAS

Nunca me gustaron las matemáticas ni las verduras y mi padre, ingeniero, sufrió mi desamor por los números al tratar de explicarme lo que para mí eran misterios insondables y tan atractivos como una coliflor; mi madre fue la que descubrió primero que a su hijo menor le importaba más lo estético que lo correcto, un día en que la monja profesora la llamó al colegio para decirle que yo era muy formal y obediente, pero que no se explicaba de qué manera llegaba al resultado de las divisiones que hacía en mi cuaderno porque estaban ordenadas, limpiecitas, pero los números que haciendo la figura de un cono invertido ponía en la parte izquierda, no tenían nada que ver con el resultado que lucía a la derecha, bajo el signo de división.

 

Mi madre, en casa, me hizo la pregunta y yo le confesé que inventaba los números, pero eso sí, se veían muy bien…

 

Lo de las verduras fue aversión a primer sabor, creo, porque ni disfrazadas con la imaginación de doña Victoria, cocinera experta que llegaba a la casa a las 9.00 am y se iba a las 6.00 yo las comí nunca; a lo sumo probaba el disfraz y mis papilas gustativas encendían todas la alarmas, lo que hacía que me negara a comer.

 

De nada valieron amenazas, ruegos, premios o castigos porque algo en mí rechazaba lechugas, vainitas, brócoli, zanahoria, arvejas, espinaca, acelga, espárragos verdes, col, coliflor, berenjenas, beterraga, nabos, pepino, camote…

 

Sin embargo comía (y como) papa, tomate y palta. Hoy, tal vez un médico daría con la razón de lo que para mí ha sido siempre normal y que conste que respeto a los verdurófilos aunque pienso que los veganos son una especie de extremistas, pero yo, con las verduras… ¡Nada!

 

A mis 72 años sigo sin entender el amor por las matemáticas y opino que “¿Lechuga? ¡Para el canario!”

 

Imagen: emojiterra.com

 

 

 

EL COLOR


EL COLOR

 

Al abrir los ojos lo único que vio era un color crema.

Parpadeó pero el color seguía  allí y entonces no supo qué pasaba; no sabía si estaba dormido y ra un sueño o qué.

 

Sus  manos al  tantear, casi por instinto, tocaron lo que parecía ser un fierro: frío y delgado.

 

Entonces oyó la voz: “No se asuste. Tuvo un ACV y ahora no ve, está en la clínica; yo soy el médico, aquí están su madre y su esposa. Tranquilo. No ve, pero va a pasar…”

 

Se acordó del sonido de la sirena que fue lo último que escuchó antes de oír la voz. Todo era un solo color crema, como si mirara una pared: movió los ojos y la cabeza pero el color seguía allí, atrapándolo. Como si estuviese en un lugar donde sólo existiera el color crema.

 

Estaba en una cama, en un hospital o una clínica, no veía, había un médico y allí estaban su esposa y su madre, pero no veía o mejor dicho, la maldita barrera crema no lo dejaba ver.

 

Volvió a escuchar la voz, que ahora sabía era la del médico: “Tranquilo, descanse…”, y la voz conocida de su esposa: “Aquí estamos…”

 

Sí, estaban; él también estaba pero todo lo que veía era un color crema.

 

Estoy ciego…” pensó y algo se derrumbó de pronto dentro de él.

 

Imagen: sp.depositphotos.com

EL MADRID DE MIS CINCO AÑOS


EL MADRID DE MIS CINCO AÑOS

Cuando yo era chico, Madrid era una caja de discos de 78 rpm que tenía mi madre de esa “revista lírico-cómica, fantástico-callejera en un acto” llamada “La Gran Vía”  que en la tapa mostraba el dibujo a un señor con monóculo y creo que sombrero de copa negro (como el “clac” que guardaba mi padre en el ropero); claro que fue tiempo después que supe que el sombrero se llamaba así, no porque fuera un recipiente para tomar vino y que el del ropero tenía ese nombre por el sonido que hacía al desplegarse, porque se achataba para que no ocupara espacio.

 

Monóculo me parecía entonces un nombre gracioso para eso que se ponía delante de un ojo, como una especie de la mitad de unos anteojos y que se sostenía casi mágicamente en la cara…

 

Madrid era esos discos, el señor con monóculo y sombrero de copa y yo tenía unos cinco años; sentado en el suelo de la sala, a los pies de mi madre que estaba sentada en un sillón, la acompañaba a oír música, donde lo clásico predominaba pero intervalos como “La Gran Vía”, “Luisa Fernanda”, “La del soto del parral” y algunos otros que no guarda sus nombres mi memoria, eran frecuentes y bienvenidos por mí –que prefería las canciones cuya letra entendía, aunque muchas palabras fueran todavía una incógnita -.

 

Así imaginé un Madrid con sombrero de copa, elegante, musical y alegre. “Mi” Madrid no era la capital de España sino esa Gran Vía que yo fantaseaba como una avenida ancha por donde se paseaban “los ratas” y el “caballero de gracia” – que no sabía bien quién o cómo era- pero sí que tenía una imagen “señorial” (otra palabra rara para los 5 años) y jovial, como él mismo se definía (palabra que lo hacía “joven” en mis cavilaciones musicales de entonces)…

 

Escribo esto porque hace unos días estuvieron viniendo a mi memoria las canciones que escuchaba con María Antonieta y ahora lo cuento como una especie de homenaje atrasado a su cumpleaños, que era el 26 de junio; el homenaje agradecido de este hijo de 72 años al que cuando tenía 5 su madre le descubrió la música, las palabras sonoras (que a veces no entendía), el queque que ahora llaman “marmoleado” y que en esa época era simplemente un “dos colores” y… Madrid.

 

Imagen: http://www.dntstopmadrid.com

UVA BORGOÑA


UVA BORGOÑA

Me gusta la uva borgoña que siempre ha sido el sinónimo de uva para mí, a pesar que la uva Italia tenga más prestigio.

 

Cuando se dice “color uva” es ese rojo profundo                –morado, casi negro- de la uva borgoña; huele, definitivamente a uva con ese perfume suave, tal vez dulzón, que se suma a un sabor incomparable y que las otras variedades de uva, lo siento, no alcanzan a tener.

 

Ajustando un poquito, la cáscara deja salir fácilmente la fruta que se desliza en la boca para después si uno quiere, masticarla hasta que se deshaga…

 

El otro día comí gelatina de sabor uva y el sabor era el de la uva borgoña…; digo yo, si hasta la esencia de ese postre sabe a uva borgoña y la gelatina tiene el color que uno se imagina cuando le dicen uva ¿no tendrán celos de la borgoña las demás variedades de uva?

 

Imagen: vorgovinsl.wordpress.com

CINE, CHOCOLATES, CARAMELOS…


CINE, CHOCOLATES, CARAMELOS

El chocolatero era una verdadera institución cuando íbamos al cine “Zenith” (sí, con “h”) de Barranco que tenía platea, lateral y cazuela; no recuerdo ahora si la entrada a platea era más cara o de menor precio que las de las dos laterales y sí que la cazuela era el recurso cuando estábamos “misios” y por nada queríamos perdernos la película que anunciaban: matinée y vermouth eran horarios apropiados para nosotros porque en la función de noche no se veía un solo chico…

 

No es que a la entrada no hubiera un mostradorcito-vitrina donde se exhibían chocolates, caramelos y no mucho más para acompañar la función, pero en el “Zenith” había un chocolatero…

 

El chocolatero llevaba colgada del cuello una caja-bandeja con tapa de vidrio que dejaba ver la variedad de dulces, que se levantaba para acceder a ellos, previa elección y por supuesto, pago de la golosina escogida.

 

Allí estaban las tabletas de chocolates “finos” con etiqueta azul o roja según fueran con pasas o de “pura leche”; no podían faltar los “Triángulos”, barra larga “de pura leche”  por supuesto triangular, con etiqueta roja y letras doradas o el humilde “Sublime” de leche con maní, en su envoltura baratona con letras azules; también había “toffees” (caramelos blandos), bolsitas de “Perdigones” que eran bolitas de chocolate mezclado con algo que podía ser trozos minúsculos de nuez y caramelo… ¡deliciosos! O si no, “Nougatines”, que eran pasas de uva negra bañadas en chocolate un poquito amargo (“semi bitter”, digamos) y que hacían que nos sintiéramos “suertudos” si nos tocaba un “Nougatin” de dos pasitas juntas.

Todo esto era de la marca D’Onofrio, que en el Perú significaba chocolates y en el verano… ¡helados!, que se vendían por las calles en carretillas amarillas, en verdad cajas refrigeradas que abrirse dejaban escapar “humito frío” y eran anunciadas con una corneta de sonido característico,  que el heladero, de saco blanco y kepí, soplaba; las carretillas podían ser manuales -para empujar- o triciclos que avanzaban haciendo sonar su reclamo veraniego…

 

A veces el chocolatero del cine (también con kepí) por iniciativa propia tenía “Salvavidas” (caramelos en forma de salvavidas precisamente), que venían en un paquete larguito y varios sabores; “Vrovi”, toffees delgaditos, todos unidos en una especie de bollito dentro de una envoltura de papel tipo periódico con una etiquetita roja que cerraba el paquete de forma piramidal.

 

Chicles no se vendían porque los asistentes (antiguas experiencias lo decían) podían pegar los chicles mascados (y ya sin ningún sabor) en la parte de abajo del asiento de las butacas. Si había suerte, tenía, y había plata para derrochar, podía aparecer un “Rolo” que era importado, de la marca inglesa MacIntosh, creo: chocolate relleno con cremoso toffee, que venía con cada pastilla separada  pero unida una tras otra en forma de tubo cuya envoltura era de papel con platina dorada y la cubierta exterior marrón “chocolate-oscuro” con letras rojas de borde dorado…

 

Éramos muy chicos y en esa época se podía fumar en los cines, entonces el chocolatero también ofrecía, pero “caleta” cigarrillos y los vendía… ¡impensable entonces! por unidad; claro, a nosotros no, pero de vez en cuando en la sala oscurecida con Tarzán, “el rey de los monos” en el ecran brillante, la lucecita instantánea de un fósforo que se encendía para hacerlo luego con un cigarrillo delataba la posición del chocolatero o identificaba a un fumador; el chocolatero vendía “Inca” que eran negros sin filtro –muy baratos- y para los que podían pagar más, los rubios nacionales “Country Club” o rubios importados “Chesterfield”  y si no me equivoco, todos eran sin filtro, el que vino después en los rubios importados “Kent” y “Salem”, este último, mentolado.

 

No recuerdo cuándo se prohibió fumar en los cines y quien quería hacerlo debía salir al foyer, que en el caso del “Zenith” era la entradita nomás, donde estaba la taquilla, el mostradorcito –vitrina con los dulces y afiches, promocionando las películas, en las paredes. En la pantalla, después del noticiero “UFA” y los “avances” de futuras películas, antes del film, se proyectaba un slide de vidrio pintado a mano que decía: “SE PROHIBE FUMAR EN LA SALA POR ORDEN MUNICIPAL. SI ALGUIEN LO HICIERA, SE SUSPENDERÁ LA FUNCIÓN. LA ADMINISTRACIÓN”; por supuesto los fumadores no le hacían ningún caso y de pronto lo que sucedía es que no sabían leer… Nunca se suspendió ninguna función de las que yo asistí y eso que el humo se veía si uno se fijaba en el haz de luz que iba del proyector al ecran.

 

Claro que en Barranco también estaban el “Cine Teatro Barranco” más “ficho”, donde había funciones matinales los domingos, el cine “Balta”, que tenía bancas de iglesia como asiento en la cazuela, el cine “Raymondi” y el “Paramount” que ponía seriales los domingos por la mañana y que después se modernizó totalmente, convirtiéndose en un sesentero cine “Premier”, con fachada de mármol gris.

 

Netflix puede estar destronando a los cines, pero nunca será igual la ceremonia cinemera con cola para entrar, chocolatero (el popcorn es un advenedizo que creo empezó en el cine “Roma”, bien lejos de Barranco), un olor que era mezcla de tabaco, “Kreso” líquido para desinfectar el baño y ese olor de los sueños que en blanco y negro o a colores después, poblaron nuestras tardes ociosas (en las vacaciones, por supuesto), que un sillón o la cama en casa, frente al televisor.

 

Imagen: http://www.youtube.com

 

SU AFEITADA DE MAÑANA… ¡ Y DE MUCHAS MAÑANAS!*


SU AFEITADA DE MAÑANA...

*Frase publicitaria creada por mí, hace muchos años, para hojas de  afeitar Schick.

 

Tengo una barba de miércoles; diría de mierda, pero no está bien que hable así de mi barba porque en realidad no es de eso sino de pelos (fibras de queratina) que fueron negro-castaño oscuro, luego grises y ahora son blancos; o sea que si me dejara la barba como hace cincuenta años, parecería Papá Noel.

 

Un día la presuntuosidad juvenil, la moda y las pocas ganas de afeitarme a diario porque la operación era larga considerando que la barba siempre me ha crecido mucho, rápido y desordenadamente: la máquina de afeitar pasaba varias veces por la cara en diferentes direcciones hasta lograr su cometido y dejarme la cara ardiendo después de una “vigorizadora” y torturante frotada con “loción para después del afeitado”.

 

Me dejé crecer la barba y no el bigote, porque pensaba que me iba a hacer cosquillas, era antihigiénico si me resfriaba y principalmente porque no se llegaba a unir con la parte de la barbilla, pareciendo un lápiz lacio y malaspectoso. La barba, además de omnidireccional me crece un poco crespa (herencia de mi madre – ¡los pelos no la barba, por favor!), fuerte, rápido y muy pronto me di cuenta de que el trabajo era doble, porque debía afeitarme a diario el bigote, las mejillas, el cuello y recortar dando y manteniendo la forma de la barba; resistí varios años, Alicia me conoció así y barbado yo, nos casamos, pero no recuerdo cuándo la desaparecí, me afeité y me dijeron que me había “quitado años de encima” (y fue la primera vez que sin decírmelo, me dijeron “viejo”).

 

El tema del afeitado hizo que primero usara las máquinas de afeitar “de seguridad” marca Gillette que se atornillaban y llevaban una hoja de afeitar delgadita, con dos filos opuestos; el color del empaque cambiaba mientras fuera mejor el acero de las hojas (o sea que las más caras “afeitaban mejor y duraban más”); probé con unas máquinas Schick de una hoja de un solo filo, pero supongo que por inhábil, me cortaba la cara y tenía que ponerme sobre las heriditas un pequeño pedazo de papel higiénico para que no sangraran; por supuesto que cuando me quitaba los trocitos de papel higiénico volvía a sangrar y terminaba con la cara punteada por diminutas costras.

 

El temido paso siguiente era echarme agua de colonia y aguantar el dolor-ardor-escozor que el alcohol producía, porque los cortecitos a medio cicatrizar eran como pequeñas bocas que absorbían la “refrescante” agua de colonia y enviaban a mi cerebro señales inequívocas de tortura;  traté también con afeitadoras eléctrica una marca Philips y otra Remington, pero mi barba siempre pudo más que ellas y ganó por walk over.

 

Aparecieron las máquinas descartables y el espíritu consumidor hizo que prefiriera desechar una máquina de afeitar barata, de plástico, con su hoja incorporada, aunque a la segunda o tercera afeitada pareciera que tuviera no una hoja, sino una calamina que me hacía chichirimico la cara; es verdad, las hojas eran de acero, de “acero templado”, con “baño de platino”, con “baño de iridio”, con “filos plastificados” luego fueron las desechables de dos hojas, las de tres hojas para finalmente,  ¿finalmente? llegar, por lógica pura, a las de 4 hojas.

 

Se supone que cada vez son más “seguras”, duran más y afeitan mejor pero no sé si mi barba es “muy especial” o qué cosa, porque tengo que seguir afeitándome con el máximo cuidado para no tasajearme la cara (y con 4 filos a la vez… ¡imagínense!); lo único que nunca probé usar por miedo a degollarme fue la navaja de barbero y cuando alguna vez me hice afeitar en una peluquería (de puro “mono”): verla brillar blandida en la mano del peluquero- barbero me hizo fruncir ya se imaginan qué.

 

Capítulo aparte son los jabones para afeitar, las brochas para hacer espuma y facilitar el afeitado, las espumas instantáneas en aerosol, las lociones y cremas para después del afeitado; son esos complementos sin los que según la publicidad “ninguna afeitada es completa”.

 

Afeitarse es una aventura que se desea fervientemente vivir cuando todavía no sale la barba, que se explora y ataca después con miedo, brío y cuidado; que con el tiempo aburre y que si uno no lo hace a diario -puede sentirse momentáneamente liberado-  le dirán luego que “se lo ve sucio”, preguntarán si está enfermo y si se deja barba lo tildarán de petulante o pensarán que es un artista…

 

Ahora veo mal, sufro como una Magdalena al afeitarme, trato de no cortarme pero me afeito a diario porque falta mucho para diciembre…

 

Imagen: http://www.1001consejos.com