VIDA PRIVADA


lupa

Hay personas que hacen pública su vida privada o que son tan públicas que prácticamente carecen de ella.

En el primer caso se las llama criollamente “figurettis” y en el segundo muchas veces se ven invadidos inmisericordemente por una prensa que suele tratar de encontrar lo mínimo de la vida del “conocido” que pueda alimentar a ese monstruo estúpido que ella misma cría y que llama “lector”, “televidente” o “audiencia”.

Los “figurettis” de desviven por sobresalir de cualquier modo en las noticias y están dispuestos a hacer lo que sea porque los reflectores los iluminen y sus pobres existencias adquieran la notoriedad que les permita ser reconocidos en la calle, no importa de qué manera.

Sus mínimas acciones son “levantadas” por ellos mismos, recogidas y amplificadas por una prensa que vive no de la noticia importante y que trasciende, sino de escandaletes que presentan como manjares cuando son bazofia, para “su” público compuesto en una gran mayoría por negaciones que emiten sonidos y ellos creen habla.

Lo otro se llama simplemente intromisión y con el afán de atraer la atención y engordar cifras y billeteras, consideran que si alguien tiene un quehacer público, no tiene vida privada o si la tiene, es como si fuera a defecar al interior de una vitrina: todo se ve. Es cierto que cuando uno ejerce un cargo de esta naturaleza está sujeto a fiscalización, pero eso no significa que “el populorum” se entere con todos los detalles de actos que cualquier ciudadano consideraría personales.

La “libertad de prensa” a veces confunde el libertinaje con la libertad  y la “libertad de empresa”. Otras, con una prensa que hace eso: prensar al hombre hasta extraerle el jugo vital.

Figurettis” y “prensa” de la que hablamos: dos caras de una misma moneda. Esa con la que una sociedad enferma “paga” por “información” que finalmente no es otra que la que financia su triste final.

¿Es que nos merecemos esto?

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TWITTER COMO ARMA


 

Los mensajes en Twitter van y vienen, volando a través del éter y llevando en breves palabras, de todo. Lógicamente llevan y traen insultos. Algunos velados y otros explícitos.

Quienes usan esta red social se comunican con amigos y con aquellos que tengan interés en saber de ellos, sus peripecias y opiniones. Decir ciertas cosas por Twitter es como gritar a los cuatro vientos o mascullar, pero sabiendo que se sabrá, para eso se hace.

Es una manera de decir lo que se piensa (o no se piensa, pero se dice) instantáneamente. Algo así como una especie de exabrupto escrito. Es cierto que no siempre es así, pero en el caso de los insultos o agresiones, pocas veces he visto algo tan efectivo e instantáneo. Al instante, muchas personas se enteran de lo que “X” dice de “Z” y lo que este responde: una manera muy electrónica de declarar un “odio jarocho” y de contestar. Ahora poco el intercambio duro y acusador ha llegado al Gobierno. Es cierto que en una época en que lo electrónico prima, esto no es raro. Lo que sí me extraña es que los personajes involucrados ventilen sus opiniones personales de esta manera. De pronto es muy moderno hacerlo así, pero me parece que hay ámbitos para resolver las controversias. No estoy en desacuerdo que se use el Twitter como un medio para informarnos y estar conectados a una realidad cada vez más veloz, pero que tengamos que asistir a los duelos verbales de personas que teniendo una educación prefieren decirse “zamba canuta” a gritos (virtuales) para que los escuche quien quiera, no me parece. De pronto soy anticuado y no entiendo, pero creo que existe algo llamado “nivel” que parece haberse perdido.

En lugar de “twittearse” deberían resolver los problemas. El Perú como nación, está muy por encima del espectro radioeléctrico para que eso pase.

¡…TEMBLOR…!


Un sismo “de regular intensidad” como dicen las noticias, hizo saltar a los limeños esta madrugada. Cuando apenas había cambiado de domingo a lunes, un fuerte remezón acompañado de ruido, hizo que la gente saliera a la calle, corriera sin saber bien qué hacer y se encomendara.

Twitter se puso en actividad inmediata y frenética y las novedades fueron llegando con datos de magnitudes y coincidencia de suceso con otras regiones. Por ahí leí (sin confirmarlo) que Jujuy en Argentina, Chile, Australia, Japón y algo de Centroamérica se habían movido también. Me iré enterando con el avance del día.

Hoy, cumpleaños de mi amigo Krishna, lo llamé por teléfono para felicitarlo y le dije que la celebración había resultado “movida”.

Estamos en una zona donde los temblores son cosa bastante común aunque muchos ni se sientan. Siempre recuerdo, en mi primera visita a México DF, haber saltado como impelido por un resorte, cuando hubo un pequeño temblor, que no preocupó en lo más mínimo a mi amiga Norma Belgrano, que llevaba tiempo allí y me contaba que era lo más normal: que sucedía todo el tiempo. Que lo que le molestaba era andar enderezando los cuadros y barrer el polvo que a veces caía. El susto que me pegué no me lo quitaba nadie y tampoco la tranquilidad de Norma.

Pasé el terremoto de 1954 en Arequipa y recuerdo que estábamos con mi primo Ricardo, en su casa de la calle Santo Domingo, probando con un radio a galena, armado por él mismo. De pronto, todo se remeció y mi tío Julio salió corriendo de su estudio, al patio, para abrir el portón que se ajustaba con el movimiento. Abrió la pequeña puerta y –lo recuerdo como si fuera sucedido ayer- la pared de la casa del frente, se derrumbó. Fue la primera vez que tuve un “deja vu”, porque esa escena precisamente, según mi mente, la había vivido yo antes.

Después he pasado más de un terremoto en Lima y también me acuerdo que, inmediatamente sucedido uno, haber caminado hasta la casa de mi cuñada Elvira, que estaba encinta, desde Barranco hasta la espalda  del óvalo Gutiérrez en Miraflores, para cerciorarme que todo andaba bien con ella, porque mi hermano no estaba en Lima.

Otro terremoto me cogió en la carretera, en un microbús lleno de gente, que íbamos a filmar para un comercial de TV. En el vehículo no se sintió mucho, pero al llegar al lugar de filmación, nos dijeron que había habido un terremoto y que el sitio donde íbamos a filmar estaba en ruinas. Con las mismas nos volvimos a Lima.

Así estuve también después de desastre de Yungay, porque tuve que viajar a la zona. Fue horrible ver las palmeras de la plaza, asomar sus copas a ras de tierra y pensar que debajo había personas enterradas, que estaban haciendo sus actividades normalmente en el momento de la desgracia.

Lima tiembla y yo, a pesar de los temblores vividos, reacciono asustándome, como en el DF esa vez.

Me asusta la fuerza que uno no puede controlar y que se manifiesta en el momento menos pensado. Cómo será, que después del terremoto del 54 en Arequipa, volvimos a nuestra casa de la calle Ayacucho en Barranco y el estruendo que hacían los tranvías al pasar por la avenida Pedro de Osma, a una cuadra, ruido al que antes estaba tan acostumbrado que no lo escuchaba conscientemente me, hacía saltar pensando en eso desconocido que yo había vivido hacía poco y que estaba “sucediendo” en mi propia casa barranquina.

DISCULPAS


Ayer tuve problemas para “subir” la fotografía del “post”… ¡que motivaba el escrito!

O sea que me resigné y el texto se fue con una explicación, pidiendo que se imaginaran la foto los que leyeran. Pero después, Christian García cambió el formato del archivo y pude “postear” el artículo original, con foto y todo. Lo cambié de inmediato en “WordPress” pero en “Facebook”  y “Twitter”, gracias a sendos programas de “link” ya había salido el que envié y luego re edité.

¿El resultado?: en ambas redes, dos “post”, muy parecidos, uno con foto y otro sin ella.

Escribo estoy porque creo que debo una explicación ante una duplicidad no deseada y provocada por mi desconocimiento técnico y seguramente, porque como buen cegatón lo obvio a veces se me escapa.

Me pasa a veces, pero en privado, es decir con cosas que no salen de mi computadora. Pero esta, considero que ha sido una “metedura de pata pública” y para muestra ahí están las huellas en dos redes sociales importantes. Pido disculpas por ello aunque me digan que no me preocupe, que no tiene importancia. Es que para mí si la tiene porque quien lee es asistido por el derecho a no ser mareado: el “nadie se va a dar cuenta, hermanito” nacional, otra vez saca su banderita.

Este “post” es solo de disculpas para los que leyeron y se marearon o pensaron que estaba un poquito loco. Es bueno reconocer los errores, remediarlos, si se puede, pero en todo caso, hay que pedir disculpas, aunque sea nimio lo hecho. ¿No les parece?

 

¿PEOR EL REMEDIO QUE LA ENFERMEDAD?



Las redes sociales andan alborotadísimas y muy activas con lo sucedido en un cinema, parte de una cadena de salas. El movimiento es muy fuerte, un pequeño terremoto, diría, que involucra a muchísimas personas y hace aflorar opiniones fuertemente cargadas. El desaguisado provocó que la Gerente de Marketing de la empresa (he leído alguna s versiones que la tildan de “agresora”), apareciera, diera declaraciones y estas tuvieran un eco a todas luces negativo para la empresa en la que trabaja. Milton Vela, en su blog “Café Taipá” hace un muy buen análisis de lo sucedido y lo enfoca como un típico caso de crisis de comunicación.  Evidentemente lo es y un mal manejo de esta situación lleva a revisar conductas inaceptables que se dan en todo lugar que, al depender del ingreso de personas tienen que ver con ellas. Recordemos, fresquito nomás, lo sucedido con el grupo boricua “Calle 13”, que ante una situación de crisis optó por “ningunear” al público, generando una protesta que llegó a pedir devolución del dinero de las entradas. Las “excusas” vinieron después y fueron de lo más variopintas. El hecho es que una crisis real, mal manejada, se convirtió en una hecatombe, opinando todos,  de rey a paje, con la intervención de la Ministra de Cultura. Sin ahondar más en los sucesos, fuera del despropósito que estos suponen, la comunicación de ambos casos estuvo muy mal llevada. Sucede generalmente lo mismo y se suele echar la culpa a “los medios” por la difusión de los hechos. Bueno, parece ser que aquí los medios “tradicionales” no han tenido mucho que ver. Ha sido a través de Internet que se han oído las voces de un público que es espectador de la TV, radioescucha, lector de diarios y revistas y cuyos canales de expresión proveídos a veces por esos medios, es más bien débil y tenue, ¿o alguien toma decisiva atención a la sección “Cartas al Director” o está pendiente de algún comentario telefónico? No niego que los medios- otra vez entrecomillo-  “tradicionales”, hayan tocado los temas, levantándolos, pero las voces primigenias se han dado en la Web y su eco es inmenso allí. Muchas veces los demás medios “se nutren” de esta.

En el caso de los cines (y como no, en el del grupo musical) el remedio parece haber sido peor que la enfermedad. Vuelvo a decirlo, un mal manejo, sirvió como amplificador de cada caso, generando opinión y esta no ha sido nada favorable. Todavía se están recogiendo los trozos rotos por el desastre en las dos ocasiones.

Es que, repito, un manejo de crisis no es cosa de “salir a tapar huecos” y no cualquiera puede manejar bien una crisis. Una crisis, es una oportunidad y si dejamos pasar a esta, lo único que conseguiremos es tener entre manos un problema que puede volverse inmanejable. Hay mucho cuento en esto del manejo de crisis y se cree que teniendo a los medios del lado de uno, basta. No basta. Las crisis se manifiestan a través de los medios, pero tienen raíces más profundas. ¡Existe racismo en el Perú?: Existe. ¿Hay discriminación?: Mucha. Uno escarba un poquito y este país de “desconcertadas gentes” deja salir comportares muchas veces atávicos que se transforman en asesinatos por las masas, muertes del más débil y atropellos mil. La “ley del más fuerte” emerge. Lamentablemente ningún “manejo de crisis” puede transformar un cáncer en un resfriado.  Esta “crisis del manejo de crisis” debe hacernos pensar profundamente, revisarnos y dejar de echarle la culpa a todo lo imaginable, cuando ella está en nosotros. Como su remedio.

¿Tú sabes…?


 

 

A veces uno se sorprende con la cantidad de información que maneja, gracias al lugar donde está o puesto de trabajo que desempeña. Cuando yo era Secretario de Comunicaciones de la PCM, en el Gobierno de Alejandro Toledo, recuerdo que cada mañana tenía temprano en mi escritorio un cuidado folder con miríadas de datos y análisis de estos, provenientes de fuentes de Inteligencia. Eso me hacía ver de una pasada lo principal que estaba ocurriendo en mi país con respecto al Gobierno, sus acciones y omisiones y como eran vistas estas por los medios impresos, a lo que se sumaba el comentario de lo sucedido en TV y radios. Internet no estaba incluida en esa “alimentación” diaria a pesar de su creciente importancia. Lo que sucedía en el ciberespacio con las redes sociales y ciertas cosas que escapaban a lo obtenido, me era alcanzado por mi propia oficina y un grupo de personas especializadas que se ocupaban de ello se ocupaban.

Todos los días recibía información o la buscaba y terminaba con una cantidad impresionante de cosas que no sabía y conocía ya y otras que iba siguiendo en su devenir. Había, evidentemente, lo que no hubiera querido saber y aquello que me permitía crear “escenarios” adelantándome a los sucesos y tenía que usar este insumo para desarrollar bien mi trabajo, que incluía anticipaciones.  “Manejaba” mucha más información que la que nunca imaginé y hacerlo me permitía hacer ciertas cosas de forma más eficiente. Hace un tiempo destruí los fólderes que había conservado desde entonces y que ocupaban un espacio considerable. Lo hice porque era información pasada y aunque había mucho que se está repitiendo, me acordé de unos antiguos números de la revista “Caretas” fechados entre 1957 y 58 que poseo y cómo gran cantidad de sucesos en el gobierno y en el acontecer del país se han repetido y repiten: alianzas curiosas, pobreza, protestas, huelgas, paros, corrupción, interpelaciones, manejos bajo la mesa evidentes y más. O la historia tiende a volver y “el que la desconoce está condenado a repetirla”, o como dice la frase: “Las cosas en el Perú son de dos tipos. Las que no tienen solución y las que se solucionan por sí solas” A veces, el haber revisado tanta información y guardar en la memoria situaciones que se producen tiempo después, crea una extraña sensación de “déja vu”.

No es mala la información. Vivimos en una sociedad donde  es esencial, pero a veces, por obtenerla se llega al “voyeurismo”, convirtiéndose en un “mirón” (y no es el nombre del autor de la célebre escultura del “Discóbolo”).

Reflexionaba hoy sobre esto, al darme cuenta que no me “mantengo al día” como antes y doy más importancia a cosas que verdaderamente me parecen interesantes. Lo que antes era un “bulle-bulle” constantemente presente, se ha convertido en un rumor o ruido de fondo, cuyo volumen de sonido yo manejo. ¿Esto me da más tranquilidad? Sí. Estoy en una etapa en que me permito seleccionar. No quiere decir que no esté al tanto de lo que pasa, pero hice crecer la distancia y los silencios en lo que asumo como beneficio propio. Por lo menos sé que no me llamarán al teléfono a las tres de la mañana a pedirme urgentemente un dato o tendré que preparar para dentro de un rato el análisis de cierta situación dada. Es curioso, pero me cuesta desprenderme de lo que considero un hábito. Un hábito que empezó muy temprano, con la información sobre productos y servicios en publicidad, tuvo su pico en la etapa que narré y que repito, no es algo malo, porque ofrece ventajas que son útiles, pero que como todo aquello de lo que se abusa, tiende a enfermar.

 

 

NO FUE DESASTROSO AQUÍ.


 

Ayer el país entero esperaba la llegada del tsunami, provocado por el sismo que remeció Japón con las trágicas consecuencias que conocemos y que en una verdadera maratón noticiosa escuchamos y vimos por todos los medios.

El tsunami llegó, pero sin la virulencia que se temía. Llegó de noche, ola tras ola y se fue en silencio. Llegó y la zona costera del Perú estaba esperándolo desde temprano. Las autoridades correspondientes y aquellas responsables hicieron un trabajo que pareció ser rápido y eficiente. La población respondió muy bien en algunos casos (con alguna exageración desinformada), pero como de costumbre hubo gente a la que no le importó, tomando la cosa como un espectáculo más que era preciso no perderse.

En mi anterior post ya hablé de ellos. Pero lo que quisiera recalcar es la actitud de las autoridades (que también parecen tener excepciones, en Chimbote, por ejemplo).

He visto varios desastres en nuestro país y en ninguno la autoridad hizo todo tan bien y rápidamente. Es cierto que el fenómeno dio tiempo para poner las cosas en orden y efectuar lo necesario, pero es de resaltar una actitud positiva y responsable en general. Hasta las palabras tranquilizadoras del presidente, conteniendo una lógica entendible por todos infundieron la confianza que se necesitaba en un momento de desconcierto y temor.

¿Estamos cambiando? Así lo esperamos.

De pronto, a costa de desastres hacemos lo que debemos hacer. Las responsabilidades son asumidas y gracias a Dios, las cosas salen bien. Hemos hecho, con la amenaza de tsunami, lo que era bueno hacer. Deben haber habido pequeños actos individuales de pillaje e individuos (muchos) que no creyeron, no respetaron las instrucciones de emergencia o se las saltaron a la torera, con riesgo de sus vidas. Eso no invalida esta especie de cambio. Aterrado cambio, si queremos, pero que deja enseñanzas.

“Más vale prevenir que lamentar”, dice el dicho. Felizmente el fenómeno no fue tan desastroso aquí, pero estábamos preparados y sabíamos como actuar.