LA LEY DEL REVÓLVER


Victoria

 

  VICTORIA (fuente Facebook)

 

Era el título de una serie norteamericana, que veía de chico en la TV en blanco y negro. Eran historias del Oeste “típico” americano, donde el bien siempre triunfaba sobre el mal.

Quién diría que por lo menos medio siglo más tarde me encontraría que el título en castellano, describe perfectamente a lo que en EEUU sucede.

Han muerto niños y adultos en una balacera (iba a poner sin razón, como si las balas la tuvieran) fruto de la locura de una sociedad que desde antiguo, no solo rinde culto a las armas, sino que admira a quienes las usan y trata de imitarlos sin importarle nada.

El famoso “salvaje oeste” que nos vendieron a través de las historietas y películas, fue salvaje por el modo de abordar las cosas, con el Colt o el Winchester en la mano.

La violencia como el gran solucionador y pacificador sentó sus reales en un imaginario que hasta hoy es considerado como épico.

Y el “salvaje oeste” continúa hasta hoy y se extiende a pacíficos pueblos e infecta la mente de personas que, supongo desquiciadas, siembran la muerte en lo que yo llamaba en una nota de Facebook el “AWOD” (American way of die).

Lo más saltante de esta horrible última noticia es que las víctimas, en su inmensa mayoría, fueron niños. Balas que cuestan centavos terminaron con vidas que nunca tendrán precio.

El Mal parece reír y frotarse las manos, alentando a que el “sistema” no solo se mantenga sino que sus resultados sean cada vez más copiosos. Generalizar es muy malo y no creo en la culpabilidad de TODOS los norteamericanos, pero sí en la inacción de muchos. Tal vez no en su indiferencia, pero sí en su pasividad. Es cierto que se levantan voces, pero el sonido de las balas y el griterío de los que inexplicablemente están a favor de una Ley, que es la de la selva, ahoga a los intentos aislados.

Ojalá que la “Ley del revólver” hubiese sido solo una ficción exagerada y no tuviéramos que lamentar lo que ha pasado. Es una “ley” que habría que derogar urgentemente en todo el mundo.

 

«YO NO FUI, FUE TETÉ: PÉGALE, PÉGALE QUE ELLA FUE…»


dominó

Empujo a Pedro, para que caiga sobre Juan y este tumbe a Santiago. Mi objetivo es hacer caer a Santiago, pero no quiero empujarlo directamente porque se darían cuenta, sino que parezca una casualidad. Finalmente Santiago cae al suelo y le echa la culpa a Juan y este a Pedro. Yo, mientras tanto, me fui. Resultado: cayó Santiago y los que “tienen” la culpa son Juan y Pedro.

La actuación por “interpósita persona” se está volviendo muy común y en el escenario nunca quedan los culpables. Ellos desaparecen una vez iniciada la “reacción en cadena” y no solo presumen de inocentes sino que culpan la negligencia y mala fe de los otros.

En buen romance eso se llama hipocresía y sin embargo nos estamos acostumbrando a lo que llamamos “carambolas”.

Esto, que puede parecer inocuo y hasta se practica como juego, es una realidad que aparece a cada rato y que dice mucho no solo de la falta de sentido de responsabilidad sino del papel que se juega a ocultas. Si se hace es porque algo se esconde, porque se considera que la imagen propia se emborronaría con un acto innoble y el “record” de buena conducta acusaría mella. Por esa razón se actúa protegido por la inmunidad del prestigio, que se desmoronaría si se viese la realidad.

Culpar a terceros” es ya una costumbre que pretende sacar las castañas propias de un fuego que podría ser devastador: allí está desde la contratación de sicarios asesinos hasta la extorsión por cuenta de otros. Está el crimen de cuello y corbata que no altera ni el peinado del delincuente, porque otros compinches corren el riesgo: total, nunca relacionarían a unos con otro.

Lo vemos todo el tiempo y nadie se escandaliza realmente, tomando las cosas como “criolladas” o “vivezas” que suenan a pecado venial, cuando en realidad son pasibles de las llamas eternas del infierno.

Lo que sucede es porque lo permitimos y todos tenemos parte en ello. De nosotros depende.