DESPEÑADERO


DESPEÑADERO

No se trata de falta de esperanza sino que la realidad empuja al mundo entero a un abismo sin sentido por el despeñadero vertiginoso de los hechos que, aunque suene estratosférico para algunos, creo que es una manifestación del Mal; ese con mayúscula que se esconde entre las oscuridades de la noche, el sueño y los rincones.

 

Los atentados criminales en Sri Lanka con su saldo trágico de cientos de muertos y cientos de heridos en varias iglesias católicas, una metodista y hoteles, las guerras interminables alentadas por el dinero, el poder o por la supremacía insana de una religión sobre la otra o de nacionalismos que llevan a la muerte tras sus banderas, todo esto y más, hace que el mundo, esa esfera azul, se tiña de rojo y ruede, despeñándose, hacia una nada que está mucho más allá de toda comprensión.

 

Sólo sé que la mano del Mal empuja la esfera y sé que yo, solo, no puedo hacer nada sino prepararme para esta rodada que tal vez sea la final.

 

Imagen: http://www.radiorebelde.cu

 

 

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CAJACHO


miedo

Todo el mundo dice que habla huevadas.

Los chiquillos que merodean por el mercado, toman valor y se acercan en grupo, despacito, para gritarle “¡Cajacho, el loco está borracho!”. Se van corriendo y riéndose cuando él reacciona y sale de su aparente sueño, recostado contra una pared y encima de cartones.

Su reacción es mirar fijamente al vacío y gritar incoherencias mezcladas con insultos, tratando de incorporarse un poco, para, idos los azuzadores, volver a caer en un ensimismamiento que se parecía al mal sueño de una borrachera.

Era una figura común en la zona. Sucio, desaliñado, el pelo crecido y si no hubiera sido lampiño, la barba hubiera hecho que pareciese un profeta, de esos que aparecen la Biblia.

Ni alto ni bajo, se le adivinaba membrudo debajo de la ropa rotosa que cubría su cuerpo.  En realidad nadie sabía bien como había llegado; un día amaneció acurrucado en el suelo, cerca de la puerta principal y los que llegaban para abrir sus puestos, pensaron que era un borracho más que dormía la mona. Peleó con los municipales cuando trataron de botarlo y se fue más allá.

Se convirtió poco a poco en parte del paisaje; alguien le regaló cartones y una señora que vendía fruta, le dio la que iba a botar. Pasaron los días y Cajacho, así dijo que se llamaba cuando alguien se acercó a preguntarle, se integró al color tierra del suelo, volviéndose invisible para los habituales. Solo estaba ahí; dormía a ratos y siempre –hasta dormido-  hablaba bisbiseando, algo que nadie entendía. Los únicos que lo tomaban en cuenta pero para hacerlo blanco de sus burlas y jugaban a “¡te agarra el loco!” eran los palomillas, que huían cuando Cajacho hacía amago de perseguirlos y gritaba. El resto del tiempo estaba en su rincón y de vez en cuando, alguien que  lo creía un mendigo, dejaba una moneda sobre los cartones.

Cajacho (uno de los nombres que les dan a los de Cajamarca) le pusieron cuando lo mandaron a servir a Ayacucho. A ser uno más de los que desafiaban al peligro en las esquinas asoleadas y a maldormir  las noches.   Un tiempo que él quería que pasara rápido, pasó muy lentamente. Obedeció y mató. Obedeció y dijo que no había matado.

En sus sueños fueron apareciendo: le hablaban, decían “¡no nos mates!” y lloraban. Alguien oyó que hablaba de los aparecidos cuando estaba dormido y les sopló a los jefes.

Se escapó apenas le avisaron.

No quería dormir porque era cuando se aparecían, suplicantes, los fantasmas, que también dieron a presentarse cuando estaba despierto.

Así llegó al mercado. Hablando solo, durmiendo poco y sin querer hacerlo. Así Cajacho se volvió un loco más; un loco víctima de la obediencia, prófugo de la obediencia; el loco al que los fantasmas de la realidad no obedecen y acosan.

 

 

MORIR POR HUMOR


El asesinato de 12 personas del semanario humorístico francés “Charlie Hebdo” en París, cometido por aquellos para los que la muerte es el castigo que merecen quienes disienten de ellos, debe hacernos reflexionar y rechazar con toda la fuerza de la que somos capaces a este remedo de fe, que desnaturaliza al Islam.

Otra vez, es el Mal que toma un nombre de Dios para servirse a sí mismo. ¡No al engaño artero que significa tomar el nombre de Dios (cualquiera que este sea) en vano!

 

Foto publicada en http://www.bbc.co.ukwww.bbc.co.uk

ESO NO ES EL ISLAM


DECAPITACIÓN

Nos quieren hacer creer que el Islam está detrás de las atrocidades que cada día pueblan las noticias y que el reguero de sangre que los asesinos dejan, es la huella de Alá.

Decir que el Islam es eso, sería como decir que el Cristianismo fueron las cruzadas.

ISIS no es el Islam.

 

Fuente fotografía: INFOBAE.

INSEGURIDAD INCLUSIVA


INSEGURIDAD

La inseguridad incluye a todos: al ministro de Interior le tiraron botellas y sillas en San Cosme.

El ministro recorría los vericuetos de una de las zonas “bravas” de Lima seguido por reporteros, custodiado por policías y seguido también por curiosos. De un bar, un grupo de borrachos le tiró botellas de cerveza, sillas;  gritó improperio y medio y armó una trifulca en la que participaron las mujeres presentes. Hirieron de un botellazo a un periodista y la policía actuó deteniendo a todos los asistentes al bar, que al parecer era una guarida de “gente de mal vivir”, un eufemismo que decora o enmascara a vulgares delincuentes.

O la borrachera los volvió estúpidamente audaces o estamos ante la famosa inclusividad en su versión “nadie se salva”, aplicada a la inseguridad.

Me parece que es una combinación de ambas cosas. El desmadre que se trata de controlar a nivel nacional no reconoce nada y una de las pruebas es esta.

La filosofía del “a mí que me importa” se ha extendido y si los sicarios asesinan a plena luz del día, si muchos alcaldes cuya comuna se cae a pedazos por incuria culpable han buscado (y obtenido) la reelección; si el funcionario coimea, si el trasportista público acumula papeletas como si fueran condecoraciones; si el esposo borracho o “fuera de sí” asesina sin remordimiento alguno a su pareja, es que hemos entendido mal el asunto de inclusión: “Todos lo hacen, yo también, me incluyo”. Creemos que nada va a pasar, que todo sigue tan normal y que actuar con un mínimo de decencia es para los imbéciles, los “que no la ven”, los “quedados”.

Esta es una epidemia que mata al Perú. Contagiosa, tremenda. Una epidemia contra la que tenemos que luchar sin descanso, atacándola allí donde aparezca: de otro modo vamos a desaparecer como país y en las historias que cuenten de nosotros, el último de los incas se llamará Ollanta.