DÍAS DE RADIO


 

RADIO

Tomo prestado el título de una popular película de Woody Allen para este post, aunque solo tengan que ver  el medio radial y mis recuerdos.

Hace ya muchos años, yo también estuve consistentemente en la radio. Seguramente lo he contado alguna vez, pero lo que escribí  ayer me trajo a la memoria una época feliz, divertida y descubridora; esa infancia que se resiste a partir y que más bien parece acercarse conforme pasan los años…

Pues sí, cuando estaba en el colegio, participaba en un programa que mi padre hacía como parte de su contribución a la difusión de la fe católica. Él era presidente nacional de la Acción Católica Peruana y siempre nos dio el ejemplo de vivir conforme a sus creencias, aunque esto pudiera ocasionarle problemas con personas que no pensaban igual y no podían tolerar que Manuel Enrique pensara. El programa iba los viernes, por radio “Luz”, cuyo slogan era: “Luz y alegría en su hogar” y salía al aire gracias a la iglesia católica y a los pocos auspiciadores que supongo tenía (las cuestiones confesionales no parecen llevarse bien con la publicidad, no sé por qué). Radio “Luz” quedaba en la avenida Tacna y con un grupo de compañeros de clase íbamos primero donde “Mario”, para que mi padre nos invitara lonche y repartiera los libretos, con el papel que cada uno representaría. Se daba el trabajo de hacer copias a máquina de los guiones que él mismo redactaba y que eran como “estampas sonoras” que narraban la historia de Jesús, sus discípulos y su tiempo. Por supuesto eran adaptaciones de un libro que todavía conservo, que se llama “Memorias de un repórter de los tiempos de Cristo” del P. Coloma.

Mis amigos y yo nos sentíamos inmensamente importantes de participar en esto que hoy sería visto como una especie de protohistoria, aunque las radionovelas, con “El derecho de nacer” de Félix B. Caignet a la cabeza, habían arribado hacía algún tiempo a la playa del entrenamiento radial.

Nos sentíamos importantes porque “estábamos en la radio” y eso era cosa de grandes. Nuestras voces, evidentemente infantiles, daban vida a personajes que nos doblaban o triplicaban en edad, pero nos sentíamos muy bien, porque el programa recibía cartas y comentarios que mi padre compartía con nosotros y con la audiencia; también los radioyentes participaban en pequeños concursos y ganaban verdaderos premios, que mi padre compraba y que generalmente eran lapiceros o ediciones de la Biblia y de los Evangelios. Cada viernes “Pasa el Sembrador” significaba un suculento lonche, conocer un poco más de una época y unas gentes lejanas y ser protagonistas, por no decir “artistas” de… ¡un programa de radio!

Recuerdo con cariño aquellos tiempos en que mi padre en su máquina de escribir portátil “Hermes Baby” con cubierta metálica gris, los sábados, empezaba a teclear lo que sería el siguiente programa. Mi madre corregía la ortografía a la que él no daba importancia y después, hacia el martes, quedaban listo el guión con sus correspondientes copias, logradas gracias al papel carbón de color azul marca “Pelikan”.

El locutor oficial de la radio, que resultó ser un alumno de mi padre en la Universidad Nacional de Ingeniería (que desde entonces para mí fue “el ingeniero Vera”), daba pase después de la hora (7 pm) y la característica de la radio, a “Pasa el Sembrador”; el programa que significó todo para mí en ese tiempo y me permitió acercarme a la “magia” de los efectos especiales sonoros “en vivo”, a un manual de “BASF” sobre como producirlos y qué se necesitaba para hacerlo y a los que estaban grabados en discos que el operador elegía con anterioridad y ponía cuando era necesario. Aprendí que la palabra “cortina” no era la tela que se corría o descorría, sino que era la música usada en los intermedios. ¡Toda una ciencia y técnica para niños que siempre habíamos estado al otro lado del altavoz radial!

Cuánto extraño los guiones azules (siempre me tocaban las copias porque el original lo tenía mi padre, que era el conductor). Ahora, cuando repaso el libro de donde salían las historias “noveladas” siento que vuelvo a mi uniforme, a los lonches donde Mario, a la avenida Tacna de noche y al colectivo que de regreso nos llevaba a Barranco, donde comiendo, mi madre comentaba, yo contaba orgulloso cómo era eso de “hacer radio” y felices, íbamos a dormir.

 

LAS CAMPANAS


 

 

campanas

Desde hace mucho tiempo no escucho las campanas.

Debe ser porque no hay iglesias cerca o porque el barullo imperante opaca y confunde su sonido. De todos modos, los domingos deberían oírse por las mañanas, pero creo que es algo del pasado y que en la ciudad donde las horas eran marcadas por las campanas desapareció ya.

Ahora suenan alarmas de automóviles, sirenas de ambulancias o patrulleros y si hay suerte, en este verano que va entrando escucharemos las cornetas de los heladeros de D´Onofrio. En la ciudad van desapareciendo sonidos antes comunes, como el canto del gallo, el pregón de algún humitero sobreviviente, el “cling-cling” de aviso del timbre del ciclista y otros que ahora se recuerdan amables y que en su momento fueron tildados de bulla.

La trepidación ciudadana, esa cacofonía que todo lo mezcla y convierte en una especie de vibración permanente, que es cierto, suele disminuir en las noches, crece y nos va acostumbrado hasta hacer de nosotros una especie de sordos, que hablamos por teléfono celular a gritos, soportamos alaridos  “¡lleva, lleva!” de los cobradores de micros como si susurraran; oímos bocinazos, frenadas y ruidos mil que mezclados hacen ese “sonido de la ciudad” que marca hoy nuestras horas…. ¡confundiéndolas!

Entonces es que extraño a las campanas: las graves, las alegres, las que anuncian…

Sonidos que se van y quedan relegados a pueblos, a distritos lejanos o simplemente al recuerdo.

Sí, va desapareciendo Lima; digamos piadosamente que cambia y en vez de las campanas hay un sonido extraño que parecen los estertores de un gigante que muere.