DIA DEL MAESTRO


Hoy se celebra en el Perú el “Día del Maestro”.

Una fecha para recordar a aquellos que nos llevan por el camino de la vida y para celebrar sus enseñanzas. En realidad, todos los días son su Día, porque el son Maestros siempre y a toda hora. Pero es bueno que exista una fecha que resalte su labor. Es una buena enseñanza que debemos internalizar aprendiendo y extenderla cotidianamente.

Ser Maestro es mucho más que dictar clases. Es vivir orgulloso de lo que cada alumno es y logra. Es acompañar a quienes buscan una respuesta, a encontrar solución a sus preguntas. Ser Maestro significa vivir la alegría de ofrecer al mundo los granos escogidos de la cosecha que uno ha trabajado.

Hay en todo Maestro la sabiduría que dan los antiguos, el conocimiento que la vida otorga y el cariño de un padre.

En un mundo tan complicado el ejemplo y la guía que los Maestros representan, es una luz, tal vez pequeña, pero que se convierte poco a poco en esa claridad total que nos permite comprender, aceptar, buscar, hallar y construir.

DIXIELAND MIENTRAS ESCRIBO


 

 

Mientras escribo esto, en los parlantes de la computadora, suena la radio recibida vía Internet. Suena el dixieland, la música que me gusta y gustó mucho siempre. Recuerdo que un día mi madre regaló a un ropavejero, allá en el principio de los sesenta, dos álbumes con discos de 78 revoluciones, que yo había conseguido y que traían una “Historia del Jazz” que constaba básicamente de dixie:  “-Creí que no servían, eran discos viejos y había que limpiar. Seguro estaban rayados”, me dijo cuando después de buscarlos para escuchar, pregunté por ellos. A mi madre amante de Beethoven y la música en general  no le gustaba el dixie, supongo. O la vetusta apariencia de los álbumes le hizo catalogar todo como inservible. El hecho es que una historia primigenia de la música típicamente norteamericana, con grabaciones bastante primitivas, desapareció en manos de quien sabe quién.

Ahora que escribo este post, recuerdo el programa de radio, que grabábamos en casa Aurea Granda, la hermana del Chino y yo y que constaba básicamente de dixie y blues, que se llamaba “Jazz al Anochecer” y que nunca supe bien si salió por una radio a la que hice llegar las cintas. Lo que sí conseguí averiguar es que el día en que debían “estrenar” el programa, este no salió al aire. Dejamos el intento con varias fechas grabadas al no recibir más noticias.

Pero el dixieland ha sido parte de mi vida. Siempre lo consideré “mi música”. Y ahora, con la computadora (es cierto que bastante tarde) se me ocurrió buscar “dixieland on line” y ¡presto!: disfruto de variedad de lo que se dio en llamar “el estilo de New Orleans” ininterrumpidamente.

“¡Gracias por la música!” como diría Abba en su canción.

INCOMUNICADO (….?)


 

Desde ayer a eso de las 11.00 de la mañana en casa estamos sin teléfono y sin Internet. Incomunicados con el exterior, de alguna manera, vamos. Al principio creí que era fruto de la mudanza (conectaron cable, teléfono e Internet ese mismo día), pero no, tampoco era falta de pago, pues estábamos al día con nuestras cuentas y lo que habíamos pedido era un traslado de las líneas. Lo que el técnico que vino de inmediato ante nuestro llamado dijo, fue que debía ser externo y que seguramente habían manipulado dos hilos, porque cable teníamos. Prometió venir por las tarde y no lo hizo, porque según dijo estaba ocupado en una instalación. Como soy insistente y a veces desesperadito, repetí la llamada hasta cinco veces. Por fin me dijo que vendría hoy a las 10.00 am. A las once me explicó que estaba en una reunión en su base y que de todas maneras vendría a eso del medio día. Como a la 1.00 pm, tocaron el timbre y eran dos técnicos, que habían recibido aviso del original. Dijeron que no podían hacer nada hasta las dos y que volverían. Muy amables, muy atentos los tres. El primero y los últimos. Nosotros seguimos incomunicados.

Yo estoy escribiendo algunas notas y almacenándolas para subirlas al blog, cuando regrese Internet, hablando con mi hija Alicia María por Nextel. Con los celulares (dos) presto a hacer llamadas (mientras dure el saldo) y a recibir las que hagan, con mi segunda hija Paloma en Argentina, viviendo con su esposo y su hijo, seguramente bien…

El hecho es que de pronto, cierta modernidad que nos enlazaba con el mundo exterior, se esfumó. De pronto me di cuenta que seguramente tenía varios cientos de correos sin leer y responder, no podía publicar en el blog o entrar en Facebook, ni comunicarme como quisiera.

 

Entonces me puse a pensar en como se llega a depender de ciertas cosas y recordé que mi padre y mi madre se escribían y las cartas demoraban meses de Lima a Arequipa y viceversa, haciendo esos largos hiatos de silencio que hoy serían incomprensibles para dos enamorados. Las cartas viajaban en barco, desde Mollendo hasta El Callao (o al revés) y tenían que ser seleccionadas y repartidas por el Correo.

Hoy eso es impensable y Arequipa o Uganda están a la distancia de un “click” o un “aló”.

 Avanzamos y de pronto sentimos que estamos a oscuras, que nos apagaron la luz. Cosas del progreso, de la comunicación instantánea que nos han acostumbrado a facilidades que antes no existían y que muchos millones de seres humanos en la tierra aún no tienen.

 

Si yo ahora me siento raro al no poder usar  teléfono fijo e Internet, me pongo en el lugar de quienes no lo tuvieron antes ni lo tienen ahora y claro, tiene sus desventajas. También sus ventajas. El ritmo de la vida es diferente, pero quien carece ahora de esos servicios y de las muchas cosas que facilitan la vida (o la complican) son como los que miran un banquete desde atrás de un vidrio, sin acceder a él. Estar conectado, muy conectado, es un fenómeno de nuestra época. Un fenómeno al cual muchos no tienen acceso, para mal o tal vez para bien.

 

Y sin embargo, a las tres y cuarto de la tarde, sin solución a la vista, volveré a llamar al técnico, que no pertenece a Telefónica (publicitadamente MoviStar) sino a un service.

Volví a llamar al técnico. Vinieron a las cuatro. Son las seis y no dan con la falla. Lo último que le oí decir al técnico antes de irse, fue que debíamos llamar a reparaciones y reportar, que él era el que había instalado y ya no debería estar aquí. Cosas de los services, pero la r4esponsabilidad es de Telefónica o MoviStar, o de pronto de nadie.

Y ahora… ¿quién podrá salvarnos?

… … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … …

Finalmente restablecieron los servicios y ahora puedo postear esto.

La reflexión vale el haber estado “incomunicado”

 

6 de Setiembre, 2011.

EL ASCENSOR


Hace poco recibí un correo electrónico de mi amigo Henry. Había leído mi librito y comentándolo, me hacía referencia a algo que yo había entreverado entre mis recuerdos: el ascensor de platos de la casa de la calle Ayacucho.

El ascensor de platos iba desde el término de una escalera y un pasadizo con baranda en el primer piso, hasta la cocina del sótano. Era una caja abierta por un lado y que funcionaba gracias a un cable trenzado de metal, que estaba sujeto a un rodillo, que era accionado por una manivela, que tenía una rueda con agujeros, en uno de los cuales ecajaba un perno, que al colocarlo, detenía la operación.

El ascensor de platos estaba pintado de negro, pero el uso y los años habían hecho empalidecer el color, dándole un tinte grisáceo.

Nosotros, chicos, jugábamos con él, hasta el extremo de que uno, encogido, se metía dentro y era subido o bajado con la complicidad y el esfuerzo de los demás, que miraban asombrados, arriba, la aparición del “viajero del ascensor”. Este jueguecito nos estaba absolutamente prohibido, porque la resistencia del cable y la caja, habían disminuido con los años y la fuerza de quienes accionaban el rodillo no era mucha. Sin embargo, esperábamos las tardes en que la vigilancia aflojaba, para hacer nuestra travesura. Es cierto, el peso de unos cuantos platos por más llenos de comida que estuvieran, no podían compararse con los cuarenta o cincuenta kilos de un chico.

Qué será del ascensor de platos? Existirá aún? Lo dudo, las reformas de la casa lo deben haber desaparecido. Con él se han ido momentos de tensión y de juego, sustos mayúsculos, reprimendas y definitivamente, diversión. A Henry como a los demás amigos y a mí, el ascensor de platos nos tre a la memoria una etapa feliz. Algo verdaderamente simple, pero que era una rareza. Dicen y no lo he verificado nunca, que la casa en algún momento habría sido un pequeño hotel. Eso explica su tamaño, sus muchas habitaciones, sus terrazas y por supuesto, el ascensor de platos que agilizaría el servicio al comedor.

LA ÚNICA COCA COLA EN EL DESIERTO?


Hace un tiempo fui a comprar una humilde pero refrescante Coca Cola Zero tamaño individual, en una bodega situada en la esquina de un parque en Surco. El establecimiento estaba enrejado, supongo que en previsión de posibles asaltos. Esperé afuera (porque atendían a través de la reja) a que despacharan lo comprado a un par de personas e hice mi pedido. Me dieron un precio y pagué antes de que me entregaran la botella. Cuando el señor que atendía me la dió, no estaba helada y no conozco a nadie que guste de la Coca Cola tibia, especialmente en un día de verano a media mañana. Pregunté si -por favor-  no tenía una fría. Me respondió que entonces faltaba plata y pidió veinte centavos más. Cuando le pregunté porqué era más cara, el señor de muy mal humos me dijo que entonces no me vendía nada y que él tenía que pagar la electricidad de su refrigeradora, que nadie se la regakaba y que yo qué me había creído. Prácticamente me arrojó mi dinero y se retiró al interior de su cubil mascullando en voz alta.

Me fui, un poco mosqueado porque yo sólo había hecho una pregunta y en vez de responderme como correspondía, se negó a venderme (estaba en su derecho).

Caminé media cuadra y en una bodega (también enrejada; parece que la inseguridad es moneda corriente por estos barrios)  una señora y un muchacho atendían. Hice mi pedido y el muchacho me preguntó: “helada?”; le dije que sí y de inmediato sacó una, la puso en una bolsita de plástico y me la entregó indicándome el precio normal, sin recargo por “estar helada”. Le agradecí y desde ése día, voy a ése establecimiento cuando estoy en el barrio (que es casi a diario los días laborables, porque allí queda la oficina de una empresa con la que colaboro). Allí compro mi Coca Cola Zero y alguna otra cosa de ocasión.

Mi caso es común, estoy seguro. Los consumidores “pagamos pato” porque quienes venden creen estar haciéndonos un favor y no se dan cuenta que gracias a nosotros viven. Que la venta de artículos es un SERVICIO. No lo entiencde así el señor de la tienda de la esquina ni la empleada que desde el mostrador te mira con mala cara porque reclamas cuando algo está defectuoso; o cuando te dicen que “porqué no se fija, señor, lo hubiera visto antes…”. No se dan cuenta que comen gracias a quienes compran y que su deber es ATENDER a los que adquieren los productos. Porque así como hay zapping para cambiar el programa de TV malo o los comerciales que cansan, también -en un mercado de compradores como el nuestro- donde la oferta es múltiple, el consumidor sí puede elegir y con su decisión, multiplicada, puede hacer quebrar un negocio donde la atención no sea óptima.

Lo que pasa es que algunos que “atienden” se creen la única Coca Cola en el desierto y encima, helada!