DE NÚMEROS Y VERDURAS


DE NUMEROS Y VERDURAS

Nunca me gustaron las matemáticas ni las verduras y mi padre, ingeniero, sufrió mi desamor por los números al tratar de explicarme lo que para mí eran misterios insondables y tan atractivos como una coliflor; mi madre fue la que descubrió primero que a su hijo menor le importaba más lo estético que lo correcto, un día en que la monja profesora la llamó al colegio para decirle que yo era muy formal y obediente, pero que no se explicaba de qué manera llegaba al resultado de las divisiones que hacía en mi cuaderno porque estaban ordenadas, limpiecitas, pero los números que haciendo la figura de un cono invertido ponía en la parte izquierda, no tenían nada que ver con el resultado que lucía a la derecha, bajo el signo de división.

 

Mi madre, en casa, me hizo la pregunta y yo le confesé que inventaba los números, pero eso sí, se veían muy bien…

 

Lo de las verduras fue aversión a primer sabor, creo, porque ni disfrazadas con la imaginación de doña Victoria, cocinera experta que llegaba a la casa a las 9.00 am y se iba a las 6.00 yo las comí nunca; a lo sumo probaba el disfraz y mis papilas gustativas encendían todas la alarmas, lo que hacía que me negara a comer.

 

De nada valieron amenazas, ruegos, premios o castigos porque algo en mí rechazaba lechugas, vainitas, brócoli, zanahoria, arvejas, espinaca, acelga, espárragos verdes, col, coliflor, berenjenas, beterraga, nabos, pepino, camote…

 

Sin embargo comía (y como) papa, tomate y palta. Hoy, tal vez un médico daría con la razón de lo que para mí ha sido siempre normal y que conste que respeto a los verdurófilos aunque pienso que los veganos son una especie de extremistas, pero yo, con las verduras… ¡Nada!

 

A mis 72 años sigo sin entender el amor por las matemáticas y opino que “¿Lechuga? ¡Para el canario!”

 

Imagen: emojiterra.com

 

 

 

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UVA BORGOÑA


UVA BORGOÑA

Me gusta la uva borgoña que siempre ha sido el sinónimo de uva para mí, a pesar que la uva Italia tenga más prestigio.

 

Cuando se dice “color uva” es ese rojo profundo                –morado, casi negro- de la uva borgoña; huele, definitivamente a uva con ese perfume suave, tal vez dulzón, que se suma a un sabor incomparable y que las otras variedades de uva, lo siento, no alcanzan a tener.

 

Ajustando un poquito, la cáscara deja salir fácilmente la fruta que se desliza en la boca para después si uno quiere, masticarla hasta que se deshaga…

 

El otro día comí gelatina de sabor uva y el sabor era el de la uva borgoña…; digo yo, si hasta la esencia de ese postre sabe a uva borgoña y la gelatina tiene el color que uno se imagina cuando le dicen uva ¿no tendrán celos de la borgoña las demás variedades de uva?

 

Imagen: vorgovinsl.wordpress.com

PASTEL DE CHOCLO


PASTEL DE CHOCLO

Tal vez esto no tenga mucha importancia pero para mí sí la tiene porque hace un par de días he comido el mejor pastel de choclo que comí en mi vida y a estas alturas del partido no hay mucho que me llame la atención, nada verdaderamente nuevo y menos un descubrimiento que podrá parecer menor pero provoca verdadero entusiasmo. Por lo menos a mí.

 

Como decía, hace un par de días me “aventuré” solo –aprovechando que Alicia había salido-  a caminar despacito para botar dos bolsas de basura al lugar indicado para eso en esta etapa del condominio; puede parecer tonto pero para mí que no veo bien y camino con dificultad (porque me duelen la cadera y la pierna derecha) era casi una excursión.

 

Me animé y después de deshacerme de las bolsas seguí un poco más allá por el estacionamiento hasta la pequeña tienda que se llama “Bodega Doña Lucy”; alguien que compraba me ayudó a subir el escalón porque resulta un poco alto para mí y hacerlo sin auxilio es probable que termine en una caída, cosa que hasta ahora no me ha sucedido, temo que ocurra y trato que no.

 

Me “entretuve” mirando (sin distinguir mucho, claro) lo exhibido y luego pedí pan, queso fresco, un par de chocolates y ese queso Edam que viene empaquetado y en tajadas iguales, separadas cada una por una lámina de plástico, para evitar el cortar y facilitar el manipuleo a la hora de hacer un sándwich; doña Lucy, que con paciencia me atendía, dijo que tenía tamales y pastel de choclo recién hecho…

 

Sucumbí a la tentación y pedí dos tamales y dos pedazos de pastel de choclo: Alicia y yo tendríamos un festín de calorías pero dividido en dos tandas porque la refrigeradora conservaría lo no consumido ese día.

 

Ya en casa y con Alicia de regreso, decidimos que los tamales los dejábamos para el día siguiente (era ya de noche y siempre he tenido la impresión de que un “tamal nocturno” no es una buena elección gastronómica ni tampoco la más saludable) y servimos el pastel de choclo que estaba fresco y con una pinta de recién hecho muy buena…

 

He comido mucho pastel de choclo en casa de mi madre (años ha) y alguno en casa, pero NUNCA había probado nada así: suave, consistente, con un delicado sabor a naranja…; por supuesto me dirán ¿y el choclo? Yo me hice la misma pregunta y le dije a Alicia, “creo que se equivocaron y me dieron queque de naranja”.

 

Tuvo tan poca significación mi atingencia que ni las migas creo que quedaron en los platos; nos miramos y yo fui en busca del celular para decirle a doña Lucy que tal vez se había equivocado…: “No”, me dijo, “ES pastel de choclo…” Quedé medio desconcertado y lo único que atiné fue decirle que era el MEJOR PASTEL DE CHOCLO QUE HABÍA PROBADO NUNCA, agradecerle por habérmelo recomendado y que la llamaba porque quería que lo supiera.

 

Como ven, para todos es una pequeña anécdota y nada más, salvo para mí, que fue un descubrimiento y probablemente para doña Lucy, que tal vez haya pensado que tiene un cliente algo loco.

 

Loco, pero agradecido.

 

Imagen: gastrolamas.blogspot.com.es

NÉCTAR DE DIOSES


yo tomando cafÉ

Mi amigo Santiago con su hijo Rodrigo vinieron el otro día de visita y trajeron café: dos bolsas de color rojo, metalizadas, de café sin marca alguna y que Santiago me dijo provenían de Villarrica, zona peruana que se precia de producir un café exquisito.

cafÉ villarrica

 

Yo tenía un café “normal”, preparado con el café molido “para pasar” que venden en las tiendas bajo una marca comercial muy popular y fue lo que tomamos, porque quedaba más de media cafetera llena y para tener listo y tomar el que Santiago y Rodrigo amablemente trajeron, se necesitaba tiempo, descartar el café “de marca” y luego, lavada y secada la cafetera, poner el nuevo café, el agua y encender la máquina de hacer café (la cafetera, pues) esperando a que el agua hiciera su trabajo al calentarse y pasar gota a gota por entre el grano molido de prometedor color “café oscuro” (pongo “café” como color en lugar de “marrón”, porque a nadie se le ocurriría la existencia un café color violeta y el decir “marrón”, en el caso del café, me parece muy simple y sin magia); el “rito” de pasar el café toma su buen rato y francamente una charla entre amigos, sin café, es algo que por lo menos yo, no puedo concebir, bebedor de “café conversado” desde siempre…

cafetera

 

Conversamos pues, bebiendo el café “de marca” que había y cuando después de una mañana de conversa Santiago y Rodrigo se despidieron, yo me quedé pensando en que tenía casi media cafetera llena y dos bolsas ahí, sobre la mesa de la cocina, llenas de ese café molido sin marca, que prometía durar, porque en casa solo tomamos café Paloma, los amigos que a veces nos visitan y yo; para decirlo francamente, no lo pensé mucho y el café “de marca” que estaba ya preparado fue a dar al desagüe vía el lavadero y di los pasos necesarios para que el almuerzo terminara con el café de Villarrica, que en cuanto abrí la bolsa exhaló un aroma maravilloso que me hizo recordar a cuando yo era chico y mi padre traía a casa el café recién molido que compraba en el centro de Lima…

 

Aunque suene manido, diré que valió la pena esperar porque –sin desmerecer para nada el almuerzo preparado rápidamente por Paloma- fue un verdadero premio el café de la bolsa roja metalizada, el sin marca, el de Villarrica, el que Santiago y Rodrigo nos trajeron de obsequio; es desde ese día que nos venimos “premiando” y ya solo queda una bolsa porque aunque diariamente solo seamos dos los “cafeteros”, consumimos bastante.

 

Y aquí, para acabar, una anécdota que creo ya conté, pero que viene a cuento: Alicia me decía siempre que tomaba mucho café y que eso no era bueno para la salud; una vez, en el médico, en presencia de ella pregunté cuánto café podía tomar y “confesé” que bebía de cuatro a seis tazas por día: miró sus papeles el médico, levantó la vista y me dijo: “Hmmmm…, cuatro infartos al corazón, tres al cerebro, hipertenso… Bueno, de algo se tiene que morir uno…”; es así que desde entonces me considero afortunado porque tengo al menos una certeza…

 

Alicia, no imaginas lo que te estás perdiendo…   

LAS DULCERAS DE TONY


dulcera 2

Quedan cinco y seguramente fueron una docena; las siete restantes tal vez se rompieron o se perdieron en uno de los múltiples viajes del peregrinar que llevó a Tony y a Manuel Enrique por el territorio nacional o quizá el anillo de plata que tenían y abrazaba la parte inferior, fue motivo para que alguien decidiera llevárselas una a una.

 

Fueron “las dulceras de Tony”, hechas en vidrio transparente, grueso, con sencillas ornamentaciones y el anillo de plata de la base que falta en las que quedan…; recuerdo muy bien lo del anillo porque solamente una lo conservaba (las otras lo perdieron porque se despegó, supongo) y curiosamente aún queda la coloración del pegamento original, que no sale por más que se lave y se frote: es como si una huella de tinte, una especie de sombra indicase que allí hubo algo.

 

Si estoy en lo cierto y por el tipo de objetos, deben haber sido un regalo de matrimonio que les alguien les hiciera allá por 1931; un regalo que viajó, que se usó, que “perdió prestancia” (pero no utilidad) y que de a pocos desapareció hasta “descompletar” el juego, como se dice; claro que lo más seguro es que todo esto no tenga mucho interés para el que lea mi historia, pero “las dulceras de Tony” acompañaron mi infancia, adolescencia y juventud para luego que ella falleciera, quedaran aquí en casa, como herencia y recuerdo de mazamorras moradas con guindones, pasas y membrillo; arroz con leche y arroz “zambito” memorables, con su clavo de olor y espolvoreados de canela; cremas de chirimoya deliciosas y realmente dulces o fresas en compota que eran un verdadero premio.

 

Ahora, esas cinco dulceras albergan gelatinas, alguna mazamorra morada de sobre y pudín de chocolate o vainilla también de sobre: no es que nos esmeremos mucho en los postres, pero las dulceras –sin su anillo de plata- siguen en uso y cuando necesitamos más, porque hay invitados, echamos mano de “las otras”, que también fueron de Tony, pero no tienen ninguna particularidad porque seguramente fueron compradas “para el diario” en la locería de Barranco,  que quedaba en la avenida Grau.

 

Tony dejó al irse gran cantidad de vajilla que se repartió entre los tres hermanos; de lo que Alicia y yo recibimos, parte la tiene nuestra hija Alicia y en casa guardamos lo de Paloma y entre lo poco que conservamos para nosotros, están esas dulceras y unos vasitos de cóctel, que están guardados porque nadie por aquí toma ni hace los cócteles que preparaba mi padre: algarrobina y “Biblia”, que constituían sus “agasajos alcohólicos”; nostalgia de tiempos idos, de eso que trae sonrisas y la impaciencia de la espera por terminar una comida para “entrarle” al postre, o el prolegómeno de un cóctel el domingo al almuerzo, antes de una palta rellena con pollo y unos humeantes tallarines a la boloñesa con harto queso parmesano rallado.

 

 

 

 

 

SALSA DE AUTOR.


SALSA DE AUTOR.

 

 

Almorzábamos los tres, Alicia, Paloma y yo, un rico plato de comida peruana, llamado “carapulcra” hecho con papa seca, acompañado con arroz blanco y preparado por Paloma, que es una exquisita cocinera,  cuando pedí que me pasaran la salsa de picante (que nos trajo Alicia María de un viaje a Iquitos) que estaba en un pomito cuya etiqueta nuestra hija miraba atentamente: “No hay” me dijo, “lo que hay es salsa de autor…”; de inmediato reí imaginándome salsa de Vargas Llosa o de García Márquez, por ejemplo, pero ella me retrucó: “Si al autor le dicen Mono…”, primero me quedé “en neutro” y luego reí más fuerte porque al ají del que está hecha esa salsa, se le llama “pipí de mono”…

 

En este caso, lo explico, “pipí” no significa orines, como puede creerse, sino “pene” y se llama así a este tipo de ají, sumamente picante, por su forma (lo dejo a la imaginación); claro, visto así, el asunto no es muy recomendable si uno está comiendo…

 

Para finalizar diré que la salsa es buenísima y la preparan en la Amazonía: “Sabores de la Selva”, es la marca; solamente espero que la selva no sepa ni a Mario, a Gabriel, ni tampoco a esa parte de un simio.

 

Imagen: http://www.spicegarden.eu

EL SABOR DEL COLOR


COLORES

Los sabores tienen colores que estallan en el paladar y suben, proyectándose y tiñéndola, a la imaginación.

La piña tiene sabor a sol: esa luminosidad amarilla que nos invade y provoca la alegría de estar vivo. El sabor de la lúcuma, lo decía Martín Adán, es opaco y pienso que las naranjas hacen honor a su nombre y tienen ese sabor: magenta y amarillo al mismo tiempo. El de la canela me recuerda a la infancia, como el del clavo de olor y el punzante sabor de la pimienta y también el sabor a vainilla: son colores de confianza, de casa, de familia, lo mismo que me produce el amable sabor del chocolate.

¿Y el sabor del café?: tiene el color del tiempo.

Las mezclas de sabores me dan nuevos colores y de pronto me encuentro sumergido en una sinfonía cromática difícil de describir con palabras. Supongo que es lo mismo verbalizar la música, explicar un acorde.

Creo que el blanco es el sabor del hambre y el negro el color que pinta los  excesos.