¡JEBE… JEBE… FRANELA…!


 

 

lluvia

Estaban por terminar los años cincuenta y en casa me compraron una casaca porque en el verano limeño viajaríamos a Arequipa, donde según el dicho “enero poco, febrero loco y marzo poco a poco”, refiriéndose a las lluvias.

La casaca la recuerdo aún de color beige, con interior de franela a cuadritos azul y blanco. La tela exterior tenía ¡oh novedad para mí! un revestimiento interno de jebe delgadísimo, adherido a esta, lo que hacía impermeable la prenda. Era la primera vez que yo tenía algo impermeable y lo más cercano a no dejar pasar el agua que había visto, era un antiguo poncho de tela tejida con lana de vicuña, inmenso, que era el que usaba mi padre cuando montaba a caballo por la sierra (y cubriría seguramente parte del animal); el poncho era de un tejido tupidísimo y de hermoso color tabaco. Lo otro era una lona a rayas blanco y azul que mi padre impermeabilizó pintándola con aceite de linaza, porque se usaría para proteger el equipaje que estaba en la parrilla del techo del auto (un Chevrolet negro 1952) en el primer viaje que hacíamos con mi hermano Panchín manejando y con Lucho, mi gran amigo, como acompañante, a -lo adivinaron- Arequipa.

Estaba tan orgulloso de mi casaca, que a cada rato mencionaba su condición de impermeable dando vuelta al puño y diciendo: ¡Mira: jebe, jebe, franela…!”.

En Lima hacía calor y durante el viaje también lo haría, pero yo llevaba la dichosa casaca conmigo, aunque mi madre sugiriera guardarla en una maleta. “¿Y si llueve?” fue el argumento para no desprenderme de lo que era un auténtico tesoro para mí.

El viaje lo narraré otra vez, pero lo sentí como una aventura.

… … … … … …

 

En Arequipa, febrero nos recibía con sus lluvias y la novedad de ver relámpagos mientras escuchábamos el retumbar de los truenos a los que mis tías llamaban el galope de “los caballos de San Jorge”, como si el santo hubiese tenido muchos animales de estos…

Yo estaba protegido del agua y a la primera de bastos salí al gran jardín de la quinta de la calle Jerusalén, número 603, donde vivían mi hermana y mi cuñado. La lluvia caía y se deshacía en gotas inofensivas que corrían por mi casaca recién estrenada. Ya dentro de la casa, un sacudón y ¡listo!: quedaba impecable.

Esto sucedió, me parece, que hasta cuatro veces, para  –yo lo creía- envidia de todos. Sin embargo al poco tiempo el agua empezó a “pasarse” y la impermeabilidad de la casaca perdió su “im”, convirtiéndose en una casaquita cualquiera, abrigadora, sí, pero absolutamente corriente. En los puños, el fino jebe se descascaraba cayéndose y supongo que el recubrimiento de la franela se fue al diablo. A veces pienso que la causa fue la sequedad del clima arequipeño, pero en el fondo sé que mi casaca debió ser más bien “bamba”: por fuera flores y por adentro temblores.

LAVADORA


El día había pasado lento, casi al ritmo de la vida de los habitantes del establecimiento geriátrico, sin dar mayores sobresaltos que alterasen esa rutina que se cuela por las ventanas y descubre un poco de polvo en los rincones.

Todo  sucedió como siempre y al levantarse había seguido el aseo personal, el desayuno, pastillas, alguna inyección, charlas intrascendentes, visitas que llegaban, aquellas esperadas y que nunca venían, el almuerzo, limpieza, partidas de cartas, una tarde larga que se deshilachaba en los relojes, la comida y el acostarse para despertar a un día seguramente igual.

Ella subió las escaleras hasta el techo. Arriba, la única habitación albergaba las máquinas de lavandería. Ya de noche, se acercaba la hora del fin de su turno que había empezado casi ocho horas antes y saldría hacia su casa donde la pequeña familia la esperaba. Su última tarea de ese día era poner en la lavadora automática la carga de ropa que quedaría en ella, lavándose, hasta que la chica del siguiente turno la extrajera y se siguiese con el secado y planchado.

Ya entrada la noche, terminado el trabajo se cambiaría y él vendría a buscarla para caminar unas cuadras y llegar juntos donde vivían. Pensando en esto de pronto cerró bien la puerta de la lavadora, echó a andar la máquina y el ruido familiar llenó el ambiente. Se volteó para acomodar la siguiente carga de ropa y de improviso se dio cuenta del silencio: miró la lavadora que se había apagado, porque tenía la puerta abierta. La puerta que ella había cerrado, porque de otra manera no habría estado lavando; no se podía abrir “de casualidad” y ella estaba segura de haber cerrado bien.

El silencio era opresivo y su mente quedó en blanco. Cuando reaccionó solo atinó a salir corriendo hacia la escalera, aferrada todavía a una blusa que estaba agarrando para acomodarla en la nueva carga. Llegó al piso de abajo y  la primera persona que encontró le preguntó si le pasaba algo. Su corazón volaba a mil, estaba pálida y agitada por la carrera y el susto. Explicó lo que había pasado y no se atrevió a regresar sin compañía. No podía explicarse el hecho y así se lo dijo a su acompañante mientras dejaba la prenda. La lavadora seguía con la puerta abierta, apagada y nada parecía fuera de lugar. Prefirió dejar todo como estaba e irse de inmediato. La enfermera que la acompañaba le dijo que a veces se oían o veían cosas raras en el geriátrico.

 

Le contó a él la historia. Al día siguiente regresaría a trabajar, pero no quería volver a subir sola, de noche, a la lavandería. De eso estaba segura.

Mucho más tarde, en la madrugada, una sombra salió del cuarto de lavado: se deslizaba, parecía un hombre y se frotaba las manos. Desapareció desvaneciéndose calladamente en el frío del amanecer.