HISTORIA PASAJERA


PLAYA

Algo estaba flotando en el mar, pero la luz del amanecer engañaba. No había forma de distinguir bien lo que era, que avanzaba lentamente, en paralelo a la playa.

Cuando hubo más luz, pudo ver que era como una choza y alrededor de ella había unas figuras que se movían. Poco a poco el sol fue definiendo la visión y pudo comprobar que la choza estaba sobre algo que flotaba y las figuras eran gente.

Nunca había visto algo así y de pronto aparecieron puntos que al acercarse, resultaron ser otras chozas que iban sobre el mar.

Corrió para avisar a los que aún dormían y pronto todos estaban en la playa, mirando anonadados a las chozas flotantes que cada vez eran más. Señalaban y se juntaron con temor a lo desconocido. Era la primera vez que en el mar veían chozas como las de su aldea, más atrás de las dunas. Los más viejos pensaron en prodigios de niebla y los chicos se entusiasmaron sin entender.

La flotilla de balsas siguió pasando en su viaje de ida.

En la más adornada y grande iba Túpac Yupanqui, pero ellos, los que miraban, nunca lo sabrían y quedaría para siempre el cuento de las chozas que flotan.

Era 1465, según el modo de contar de los que vendrían luego en casas que flotaban también,  y que ellos lo alterarían todo.

 

 

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CAJACHO


miedo

Todo el mundo dice que habla huevadas.

Los chiquillos que merodean por el mercado, toman valor y se acercan en grupo, despacito, para gritarle “¡Cajacho, el loco está borracho!”. Se van corriendo y riéndose cuando él reacciona y sale de su aparente sueño, recostado contra una pared y encima de cartones.

Su reacción es mirar fijamente al vacío y gritar incoherencias mezcladas con insultos, tratando de incorporarse un poco, para, idos los azuzadores, volver a caer en un ensimismamiento que se parecía al mal sueño de una borrachera.

Era una figura común en la zona. Sucio, desaliñado, el pelo crecido y si no hubiera sido lampiño, la barba hubiera hecho que pareciese un profeta, de esos que aparecen la Biblia.

Ni alto ni bajo, se le adivinaba membrudo debajo de la ropa rotosa que cubría su cuerpo.  En realidad nadie sabía bien como había llegado; un día amaneció acurrucado en el suelo, cerca de la puerta principal y los que llegaban para abrir sus puestos, pensaron que era un borracho más que dormía la mona. Peleó con los municipales cuando trataron de botarlo y se fue más allá.

Se convirtió poco a poco en parte del paisaje; alguien le regaló cartones y una señora que vendía fruta, le dio la que iba a botar. Pasaron los días y Cajacho, así dijo que se llamaba cuando alguien se acercó a preguntarle, se integró al color tierra del suelo, volviéndose invisible para los habituales. Solo estaba ahí; dormía a ratos y siempre –hasta dormido-  hablaba bisbiseando, algo que nadie entendía. Los únicos que lo tomaban en cuenta pero para hacerlo blanco de sus burlas y jugaban a “¡te agarra el loco!” eran los palomillas, que huían cuando Cajacho hacía amago de perseguirlos y gritaba. El resto del tiempo estaba en su rincón y de vez en cuando, alguien que  lo creía un mendigo, dejaba una moneda sobre los cartones.

Cajacho (uno de los nombres que les dan a los de Cajamarca) le pusieron cuando lo mandaron a servir a Ayacucho. A ser uno más de los que desafiaban al peligro en las esquinas asoleadas y a maldormir  las noches.   Un tiempo que él quería que pasara rápido, pasó muy lentamente. Obedeció y mató. Obedeció y dijo que no había matado.

En sus sueños fueron apareciendo: le hablaban, decían “¡no nos mates!” y lloraban. Alguien oyó que hablaba de los aparecidos cuando estaba dormido y les sopló a los jefes.

Se escapó apenas le avisaron.

No quería dormir porque era cuando se aparecían, suplicantes, los fantasmas, que también dieron a presentarse cuando estaba despierto.

Así llegó al mercado. Hablando solo, durmiendo poco y sin querer hacerlo. Así Cajacho se volvió un loco más; un loco víctima de la obediencia, prófugo de la obediencia; el loco al que los fantasmas de la realidad no obedecen y acosan.

 

 

SOMBRAS


GATO SOMBRAS

El brillo del sol se hizo un poco más tenue y las luces de la noche no eran tan visibles. Todo parecía estar envuelto en un velo que amortiguaba los colores, hacía engañosas las distancias y difuminaba los contornos de las cosas.

Las esquinas empezaron a llenarse de sombras que avanzaban y fueron inundando la habitación en la que pasaba los días y las noches que solo distinguiría porque le entraba sueño.

De a pocos, la oscuridad fue inundando su vida y casi sin sentirlo, también llenó su mente.

Entonces, con los ojos inútiles fijos, pareciendo que mirara a la ventana que se abría a la nada, una chispa de luz se hizo en su mente y supo que así era estar muerto. Se apagó esa última luz y cayó en el vacío, sin sentirlo.

BURRO GRANDE


NIÑO

Siempre fue grande para su edad. Al nacer era largo, aunque el peso no estuviera acorde con su tamaño.

Cosme, así le puso su abuela materna que vio por él desde los primeros días, en honor de un santo, había nacido de padre desconocido y una mujer que murió a los pocos días del parto. Cosme había empezado su vida con dificultades, aunque no lo sabía.

La abuela lo crió como pudo, respondiendo a ese instinto maternal que se había instalado desde que estuvo encinta de su única hija. Ahora la Rosa estaba muerta y ella tenía que ocuparse de ese bebe grandote y flacuchento. Ni siquiera se le pasó por la cabeza entregarlo para que lo cuidara a esa vecina que amamantaba a su propio hijo y que se ofreció para ayudar. Aceptó que le diera el pecho porque ella no podía por la edad y claro, eso no lo sabía pero lo intuía: no era madre, aunque lo había sido por única vez cuando parió a la Rosa y sus pechos se hincharon.

Cosme fue descubriendo un mundo que estaba hecho de tierra con paredes de estera. Gateó sobre una vieja manta y jugó con cajitas vacías. La abuela lo mantenía y se sostenía a sí misma ofreciendo en la entrada de su choza de esteras, desechos de verduras que una señora conseguía en el mercado y le vendía; algún ocasional paquete de galletas y no mucho más. Se las ingenió siempre para sobrevivir y criar a su nieto, al Cosme, que era grande para su edad.

Pensó en lavar, pero allí, en la invasión, a nadie se le ocurriría, ni podría, dar a lavar sus trapos y para ir donde habría de ir tenía que dejar al chiquillo y eso era un imposible. Pasó el tiempo, Cosme aumentó en edad y por supuesto, siguió siendo muy grande. En algún momento tendría que ir a la escuela, esa que estaba bajando el empinado cerro y que era obra de una parroquia tan pobre como sus fieles, pero donde enseñaban a leer y a escribir.

Allí fue, llevado diariamente por la abuela que al principio descuidó la venta de verduras para bajar el cerro, hasta que la vecina acomedida, que llevaba a su hijo, mayor que Cosme por unos meses, se ofreció a llevarlo y también recogerlo. Lo bueno era que en la escuela les daban de almorzar a los niños: sopa, un pan y algo de menestra. Poco, pero mejor que nada y que en algo disminuía el hambre siempre grande de Cosme y a la abuela le quitaba un problema de encima desde el lunes al viernes.

En el colegio, el chico, hizo conocidos y amigos; llamaba la atención por su tamaño y también ganó su apodo, porque un día en que no supo la lección, la mujer que enseñaba le dijo que era un burro. Al momento se quedó con “Burro grande” y ese mote, junto con su tamaño, lo acompañarían para siempre.

Burro grande” creció en edad y un día, niño aún, se escapó de la escuela. Salió a ver si había en el mundo otra cosa que esteras y tierra como le habían dicho. Caminó y caminó mirando a todas partes, asombrado y perdido. Llegó hasta el borde de la pista y se sentó a descansar sobre una piedra.

Tenía hambre y sed y frotando el sol que le robó a su abuela, pensó en regresar, pero no supo cómo. Entonces vio que había un grupo de chicos que se le acercaban.  Curioso, alguno le preguntó que hacía y él respondió que nada. Cuando perdieron interés y ya se iban, Cosme quiso irse con ellos; los siguió y cuando le dijeron qué quería, se ofreció a acompañarlos.

Hizo nuevos amigos y su tamaño hizo creer a todos que tenía más años. Juntos siguieron caminando  con rumbo-Cosme supo después- hacia el mercado; se pusieron de acuerdo y mientras unos fingían una pelea, los otros aprovecharon el pequeño tumulto para robar unas frutas. Luego corrieron todos y “Burro grande” empezó a aprender que todo era mejor en grupo.

Pasó el tiempo rápidamente, como cuando se conoce lo nuevo y se viven aventuras.

Dormían en alguna esquina de la ciudad que era inmensa, tapados con periódicos y algún pedazo de frazada encontrada por ahí. Cosme no se acordaba de la abuela, las esteras, de la tierra y la escuela. A veces le entraba la nostalgia y sentía que lloraba un poquito. Entonces se escondía de los otros que le habían dicho que llorar era de maricones y aunque no supo hasta mucho después quienes eran, le pareció que él podía ser “Burro grande” pero no “Maricón”.

Los días se sucedían y la patota crecía en osadía. Ya no eran trompeaderas para distraer, sino arrebato de carteras y celulares. Se repartían lo que había de valor en las carteras y los teléfonos los vendían en puestos que no les preguntaban el origen. No es que fuera fácil, pero era diferente a lo otro: “¡diferentísimo!”. Además, y era importante, no se acordaba de su apodo que cuidaba de no decir. No lo había mencionado en todo el tiempo que llevaba con el grupo y ahora era algo que le avergonzaba borrosamente.

Una noche decidieron repartirse tres botellas de pisco que robaron de una bodega. Acurrucados en medio de periódicos y cartones, bajo una especie de portal, en una casa que estaba abandonada y se caía a pedazos, pero a la que les daba miedo entrar porque “penaban”, se fueron pasando una a una las botellas, tomando un sorbo por vez cada uno. Al principio quemaba la garganta y tosieron un poco, pero aguantaron y se quedaron dormidos. Al día siguiente a todos les dolía la cabeza; un par habían vomitado y trabajosamente empujaron periódicos y cartones para empezar una mañana más. Uno de los chicos le dijo a Cosme: “¿O sea que te dicen Burro grande?” Cosme lo miró pestañeando y el otro le replicó: “Dijiste eso anoche, borracho…”.  “Qué buena…, ¡Burro Grande...!” gritaban y lo empujaban. “¡Eso era antes…!, gritó a su vez, pero supo que de ahora en adelante volvería a ser el mismo de las esteras y la tierra.

 

 

 

¿SU PESO EN ORO?


Bucéfalo

Filipo II de Macedonia, padre de Alejandro Magno, estaba un día eligiendo varios caballos para adquirir.

Entre ellos había uno hermoso, dicen que con un lunar blanco en la frente en forma de estrella, pero que nadie podía montar; Alejandro se dio cuenta que el animal temía a su sombra y rogó a su padre para que lo dejara montarlo. Colocó al caballo de modo tal que la sombra estuviera detrás de él. Pudo montarlo y dio una vuelta triunfal. Alejandro tenía 9 años. El caballo se llamaría Bucéfalo.

El padre dijo: “Muchacho, tienes que encontrar un reino suficientemente grande para tus ambiciones. Macedonia es muy pequeña para ti”.  La leyenda cuenta que Filipo II pagó por el animal la suma de 13 talentos (cada talento pesaba 27 kilos): ¡351 kilos de oro!

Bucéfalo acompañó siempre a Alejandro y murió en lo que hoy es Pakistán, peleando en una batalla, contra las brigadas enemigas, montadas en elefantes.

PEQUEÑO DESCANSO


 

Hasta el próximo jueves.

Una semana de descanso para que leer no sea aburrido.

¡Hasta entonces!descanso