SALIDA


Todo el mundo se afanaba por cruzar en sentido inverso.

Jacuzzi quería pasar a México. Lo miraban como si fuera loco. O como si realmente no tuviera nada que perder.

Después de vagabundear, vestido con jeans y una camisa a cuadros, llegó hasta un “pasador”. Se rió cuando le dijo que quería entrar a México. “Todos quieren venir y tú estás que te quieres ir… ¡Debes haberla hecho grande, manito!

Resultó fácil. La van tenía una especie de entrepiso. Ahí se metió y cerraron la tapa.

Acurrucado, a oscuras, llevaba una botella de agua una botellita de oxígeno y una máscara como la de los buzos.

Pasó lo que le pareció una eternidad. Oía voces, risas y el ruido del motor. El oxígeno hacía que su cerebro hiciera que se sintiera ligero. Pararon dos veces. Una larga y otra más corta. Finalmente un trecho de carretera y algunas vueltas. La van se detuvo y Jacuzzi esperó. Cuando sintió que abrían la puerta posterior, se quitó la máscara y empuñó la pistola. Alguien levantó la tapa: “¡Epa mano! Baja el cuete que ya estás en mi tierra…” El “pasador” lo ayudó a salir. Jacuzzi bajó desentumeciéndose y miró a los lados. Estaban dentro de una especie de hangar lleno de cajas. Entregó el resto del dinero convenido. “Tranquilo, mano, es el guardadero de mi compadre, aquí no hay problema. El te puede ayudar para que llegues al de efe.”

Esa tarde vino el compadre. Era un gordo grande con dos dientes de oro y un “Chevalier” en el meñique izquierdo. El meñique derecho no existía. Tenía la manía de subirse los pantalones que bajaban empujados por una barriga cervecera.

“ ¡Quihubo, mano!  Aquí mi compadre me dice que quieres que te ponga en el de efe…. Pos estoy para servirte. Tú dime cuando y yo te digo cuánto…” El gordo se rió haciendo temblar la barriga. “Quisiera irme cuanto antes y después salir de México” El gordo lo miró  inquisitivo: “¿Y para qué te quieres ir al de efe?, yo te puedo sacar de aquí mismito, mano… Tú dime donde y yo te digo cuánto…” Y volvió a reír sacudiéndose. En realidad, Jacuzzi no tenía nada que perder. El pasador había cumplido su parte y el gordo le ofrecía sacarlo de México. “Es lejos, a Sudamérica…” “¿Serás colombiano, mano?”  “Soy peruano”  El gordo lo volvió a mirar fijamente: “¡Colombiano, peruano…, lo que importa es la lana, mano…!”

No le dijeron cómo iba a ser. Finalmente tendría que seguir en manos de ellos. Confiando. Plata tenía. Pero ¿y si le metían un tiro? Total, un muerto más en el desierto no iba a hacer que el mundo se parara.

2

Lo llevaron hasta una pista de aterrizaje. El gordo manejaba: “Te va a costar, mano, digamos unos ¿quince mil verdes? Pagas diez antes y cinco cuando llegues al Perú, ¿Te parece, mano?  Acuzzi le pareció perfecto. Quince mil dólares dólares, más cinco mil que le había costado el pasador por sacarlo de los estates, más los contactos y la llevada hasta el Perú le parecieron un buen precio. Seguiría confiando. Esos cuates, como se decían ellos, parecían seguros de lo que hacían. Era cosa de dejarse llevar nomás. Peores las había pasado, porque entonces tenía plata y antes no. ¡Lo que contaba eran los dólares! Lo que sacó del cuerpo de don Rodríguez, lo que le pagaron por el “pato” y un dinerito extra que había hecho, posibilitaban ciertas cosas. Claro que había gastado, pero lo de su patrón muerto era un buen montón de billetes. Por ese lado estaba tranquilo al menos.

Pasaron dos días en los que comió tortillas y unos fríjoles negros. Extrañó el arroz. De beber, solo agua embotellada. No era cosa de cervecear o tomarse algún tequila, que el gordo le ofreció. No iba a cagarla al final. No se descuidaría en nada.

No vio más gente y a los dos días salió del hangar donde se encontraba. Afuera estaba el gordo. Una manga de lona indicaba la dirección del viento. De pronto, un zumbido le hizo buscar y vio en el cielo un avioncito plateado que daba vuelta. Después de un par de vueltas más aterrizó. Rodó por la pista y se paró. Era un jet chiquito y de él bajó un tipo con pinta un poco zarrapastrosa, seguido de un gringo en blue jeans.

El gordo los presentó y a los del avión les dijo que era su pasajero. Los invitó al hangar. Una chica que Jacuzzi no sabía de donde había salido, trajo gaseosas para todos. Bebieron, conversaron un rato y Jacuzzi le dio los diez mil al gordo. Este los contó y sonrió. “Los otros cinco se los das al cuate que es el segundo, no al gringo…”

Fueron hasta el avioncito y Jacuzzi subió. Era chico, pero estaba tapizado en cuero. Un lujo para un fugitivo como él. Un lujo que solo había visto en las películas. Se sentó y el segundo le puso el cinturón de seguridad. Junto a él iba su maletín “Umbro” bastante maltrecho pero con la plata y la pistola, además de un poquito de ropa, agua mineral embotellada y unas galletas que esperaba no se volvieran polvo.

El segundo fue al lado del piloto y se sentó. El jet carreteó y finalmente como una flecha se elevó en el aire. El viaje de regreso al Perú estaba comenzando al fin.

PATO


Estaba sentado frente a un café negro y amargo. Lo había pedido fuerte.

Jacuzzi cavilaba sobre los extraños encuentros de la semana. Primero la mujer y luego el peruano ese de nombre raro y apellido de avenida: Axel Pardo. Se acordó de las combis que se peleaban por pasajeros en Miraflores, de una pastelería y una licorería. Desde esa mesa todo estaba tan lejos…

Fue enganchando las imágenes y vio al cura hundirse en el río, la estela del deslizador y la “Uzi” a sus pies, como un perro. Había salido.

Ahora estaba en Miami y lo único que le preocupaba era el interés del detective privado que vivía buscando a la mujer. ¿O era ella a él?

Los recuerdos volvieron como el agua a la playa y de pronto estaba besándola, caminando por la avenida de palmeras, mirando el sol ponerse en ese mar tibio y tonto que se llenaba de latinos durante el día y que los gringos habían aprendido a apreciar. Ella había resultado ser una especie de refugio, de covacha para huir de sus malos sueños. Se abrazaban con desesperación, como si el tiempo fuera a terminárseles de pronto. Como si algo grave y urgente sobrevolara el lugar donde estaban. Ella no soltaba prenda y trataba de ser natural. Ninguno engañaba al otro. Se sabían varados, tratando de ser lo que no eran. De ser lo que nunca serían.

Terminó el café y pagó. No se acostumbraba a las monedas y billetes norteamericanos. A veces le parecía ridículo que le dijeran “twenty buck”. Entonces, convertía a soles y le parecía caro.

Salió al calor de la noche y a las luces de la avenida. La gente pasaba a su lado. Una chica en patines, con shorts mínimos y top lo sobrepasó y él siguió su movimiento hasta que se perdió por la vereda, esquivando cubanos, dominicanos, puertorriqueños y peruanos. Eso era Miami.

Caminó abriéndose más la camisa “Gucci” de seda rosada. El aire era tibio y dulzón.

El terno, de lino blanco, “Ermenegildo Zegna” lo hacía sentirse luminoso. Bajo su axila izquierda, el peso de la “Walther” le daba confianza. Y miedo. No estaba en su territorio.

Lo bueno era que tenía trabajo. Y billete adelantado. Claro que el billete podía resultarle caro si las cosas no salían como debía ser. O barato, según se mirara. Barato porque una bala no vale casi nada y caro porque  para él, su vida no tenía precio. “Puntos de vista” pensó.

2

Había alquilado su habilidad e inexistencia legal para este asunto. Le señalaron al “pato” pero diciéndole “duck” Jacuzzi entendió “doc” y pensó que era un médico, hasta que le explicaron que “duck” era  “pato” y que a los patos de madera se les disparaba en las cabinas de tiro al blanco, en las ferias. Entendió.

Le dieron la “Walther” con la numeración limada, balas explosivas y  un silenciador. Se sentía James Bond. La pistola era igualita a la de las películas. La había probado en una de las muchas galerías de tiro anónimas y sabía que funcionaba. La puntería no era necesaria, porque al fin y al cabo, casi a quemarropa no se puede fallar.

El “pato” ni siquiera lo había visto. Era cuestión de seguirlo un poco, chequear las rutinas y listo. “Reglaje, como los terrucos” pensaba Después se acercaría y con untar de “pops” se ganaría el resto del billete para desaparecer en una ciudad, donde los latinos eran tan comunes como las hamburguesas.

Después de cinco días de comprobar los hábitos del caleño, Jacuzzi estaba listo. Había ensayado la rutina cien veces. Esperar, cruzar, acercarse desde la pista tapándolo, disparar dos silenciosas, cruzar de nuevo y buscar el “Volkswagen” modelo escarabajo estacionado media cuadra más abajo. Eran como las ocho y el “Pato” estaba llegando ya a la posición perfecta. Había salido del convertible y caminaba hacia la puerta lateral del club. A esa hora la movida todavía no empezaba. Jacuzzi se acercó con la “Walther” empuñada. El brazo lo tenía en cabestrillo con un pañuelo de seda italiana. La pistola estaba así oculta y él podría deshacerse de la pistola y el pañuelo al toque. De pronto, cuando ya estaba encima, del hueco de una puerta salió una sombra que se acercó al “Pato”. Se le juntó y el “Pato” manoteó y cayó al suelo tratando de asir el aire.  La sombra cruzó delante de Jacuzzi y se perdió en la vereda de enfrente. Una moto zumbó ronca, acelerando. Jacuzzi cruzó según lo convenido y trató de alejarse siguiendo la ruta establecida. El “Volkswagen” escarabajo estaba donde debía estar. Sin soltar la pistola, Jacuzzi se arriesgó. Al pasar al lado del auto le alcanzaron un sobre. El ruido de las sirenas tapó un poco la voz: “Tira el pañuelo, pelao” En la calle las luces azules y rojas de las patrullas le daban un aspecto festivo. “Como en las películas” musitó y paró un taxi.

En el sobre estaba el resto del billete y había un pasaje. Se rió despacio y pensó en su buena suerte: “Igualito que en la selva, pero sin helicóptero… Plata fácil.”

Se hizo dejar como a veinte cuadras, frente a un contenedor de basura. Pagó y se bajó del auto. Miró al taxi irse y rápido botó el pañuelo. La “Walther” estaba en su sobaquera y el silenciador en el bolsillo. Por si acaso.

La plata podía usarla. El pasaje no. Tenía que irse pero en un “Greyhound”. Recién en el camino pensaría en lo que había pasado y lo que haría después.

RÍO.


 

RÍO

Esta es una nueva  aventura de Jacuzzi.

Los domingos descansaré, porque el ritmo de escribir seis días a la semana, es un buen ritmo. De vez en cuando ingresaré un post con otro tema, cuando el tiempo apure y para no cansar con las historias de Jacuzzi.

Espero que les guste.

Estaba en el río. En la canoa que se había salvado de milagro de las balas disparadas desde el helicóptero.

Despacio, con el motor apagado y cerca de la orilla, timoneaba con el remo. Absoluto silencio, salvo algunos pájaros y lo que pensó serían monos en los árboles.

El sol quemaba y con la humedad se levantaba un vaho sofocante. Los mosquitos parecían aviones y no lo dejaban tranquilo. Por más que se desesperaba, espantándolos, lo molestaban. ¡Malditos, atravesaban hasta la tela de la camisa!

Pensó que necesitaría agua y algo de comer. Recordó que en el maletín tenía galletas. Buscó y estaban hechas polvo. De todas maneras las guardó.

Debajo del alijo que don Rodríguez había dejado en la canoa, descubrió galletas y como diez botellas de agua. Había una bolsa con cecina. Seis cargadores para la “Uzi” brillaban apagadamente. Estaban full balas cada uno. Sonrió y pensó: “Don Rodríguez viajaba preparadito”  Echó un trago de agua de una de las botellas plásticas. Estaba caliente, pero tenía buen sabor.

El río. Habían navegado medio día casi para llegar a la playita, ¿Cuanto más tendría que seguir la corriente para poder salir? Pensó que hubiera sido mejor navegar de noche, para que si volvían los del helicóptero, no lo vieran, pero no tenía ni idea de cómo era el río. Podía haber lagartos. Había oído historias de serpientes acuáticas que hundían los botes. Le dio miedo. Se arriesgaría a bajar por el río durante el día.

El sol quemaba y el agua arrastraba ramas y plantas con grandes flores blancas.

De rato en rato algo brillaba en el agua: un pez, o el reflejo del sol.

El sol, ahí arriba, clavándose en su cabeza, en sus hombros, en sus piernas.

Estaba sudando. La camisa lo protegía un poco y decidió quedarse en calzoncillos y no ponerse el blue jean que tenía en el maletín. Prefería el sol directo sobre sus piernas que la quemante tela. De pronto se dio cuenta que la “Uzi” estaba guardada en el maletín y fuera de su alcance. Lo abrió y la sacó. El bote se movió y lo desequilibró, aunque estaba sentado. El arma soltó una ráfaga corta. Un flash estalló en su cerebro y escuchó a Ornella gritar: “¡…Quítate!, ¡Quítate!…”. Quedó paralizado. Con dificultad comprendió que algo había pasado, don Rodríguez había quitado el seguro del arma y al intentar agarrala, ya afuera del maletín, debía haber apretado el gatillo.

Con ese ruido, si había alguien cerca, podía convertirse en un blanco de lo más estúpido.

Se pegó más a la orilla y la canoa se detuvo entre unas ramas: silencio. Solo el chapoteo del agua y el sonido de su propia respiración. Algún pájaro que había callado, empezó a graznar de nuevo. Decidió esperar.

De pronto la vio. Era otra canoa, con un hombre que salía hacia el centro del río desde la orilla del frente. El hombre miraba a los lados. Estaba seguro que lo había visto, pero había seguido de largo. Jacuzzi tenía el arma en la mano.  Entonces le vino un pensamiento:”Jacuzzi tiene una Uzi…” “Me salió en verso” y se rió. El miedo, mezclado con el odio, revolvió su estómago al acordarse de Ornella y sus gritos.

Pasó largo rato y no se atrevió a volver a dejarse llevar por el río. De pronto el otro estaba más abajo. Esperaría.

Los zancudos sonaban como abejas.

Finalmente se decidió y maniobró para volver a navegar. Tenía la “Uzi” a su alcance. Un par de garzas volaron rozando el agua.

Como a la hora de dejarse llevar por la corriente, sin más novedad que el calor y algunos pájaros que alborotaban desde los árboles de la orilla, Jacuzzi divisó un playón. Había un par de canoas y un deslizador. Se pegó nuevamente a la orilla y detuvo la embarcación.

Cuidadosamente metió todo, con la “Uzi” encima, en el maletín. Desembarcó y llegó hasta la orilla, mojándose las piernas que ardían. Ganó tierra entre unas cañas y se puso el jean. A lo lejos se oían gritos de chicos. Colocó dos cargadores de la “Uzi” en los bolsillos de atrás del pantalón. Se cruzó el maletín y sigilosamente caminó hacia el ruido que escuchaba. Lo que vio, más allá del playón, era un par de chozas y como un corral pequeño. Tres chiquillos desnudos se perseguían entre los palos que sostenían las chozas en alto.

De una de ellas salió un hombre con barba y shorts, sin camisa y muy quemado por el sol, tenía puesta una gorra azul.

Jacuzzi se quedó observando. Detrás del hombre salieron dos mujeres y un viejo.  “Gracias padre”, oyó decir a una de las mujeres.

“¡Un cura!” pensó, “de él es el deslizador. Tal vez sea mi oportunidad.”

Volvió a guardar las cacerinas en el maletín y también la metralleta. Salió al claro, cojeando: “¡Ayúdenme, por favor!”, gritó. Su voz le sonó extraña. El hombre de los shorts reaccionó hacia él y las mujeres se metieron a una choza. El viejo buscaba de donde venía la voz.

Se acercó al cura poco a poco. “No tengan miedo, no soy terruco, necesito ayuda. Se me hundió el peque-peque y me perdí caminando.”

“¡Ayúdenme! No sé donde estoy…” “En el caserío de Pashía”, dijo el cura, “soy el padre Jones, estoy de visita porque había un enfermo. ¿Qué le pasó…?”

Jacuzzi se dejó caer al suelo y se sentó trabajosamente sobre un tocón. El maletín pesaba como el diablo.

Contó una historia borrosa. El cura le dijo que podría sacarlo de allí y llevarlo a su parroquia como una hora río abajo. Podía después aprovechar la avioneta que iba para Pucallpa todos los martes.

Jacuzzi agradeció casi llorando. Iba a salir.