CHAU ROSA MARIA!


De lunes a viernes nos habíamos acostumbrado a ver y escuchar a Rosa María Palacios por el canal 4. Su programa no va más y la emisora ha decidido cubrir de otra manera ese horario. Se viene la Copa América y los futboleros son legión. “Panem et circenses” o sea pan y circo, decían los antiguos romanos, que era lo que se le debía dar a la mayoría, para mantener al pueblo tranquilo. Como no es que sobre pan (los alimentos parecen competir por el título del escalamiento), bueno es circo, entretenimiento. Cualquier cosa que no deje pensar y que ayude en base a entusiasmos efímeros a maquillar un poco la cosa.

De pronto nadie tiene la culpa y el Gran Bonetón vuelve a estar de moda. El rating parecía bueno y los ingresos (siempre dolarizados) del canal demostraban la confianza de los anunciadores con cifras al parecer envidiables.

¿Qué pasó? ¿Qué pisó?: Más de un callo seguramente.

Un callo o varios, con el suficiente poder para decirnos que no nos conviene ver el programa “Prensa Libre”, que la política está bien para el tiempo de elecciones cuando los anuncios políticos reditúan. Que la política no puede seguir todo el tiempo. Que el entretenimiento es mucho más importante. Total, la política, como la libertad (un presidente dixit de esta última) no se come.

Entonces, así estamos. Con todo el respeto por la libre contratación y la libre programación… ¿No era que estar informados era uno de nuestros derechos? ¿O es que los derechos nos los regulan? Yo no estaba totalmente de acuerdo con Rosa María Palacios y sus opiniones. Pero eran SUS OPINIONES. Si no me parecían, pienso que lo menos que podía hacer era escucharlas, para así ir sumando y restando y formar la mía, las mías. ¿Es que alguien cree que la gente es estúpida? ¿Intentan tapar el sol con un dedo? Me parece terrible para los peruanos que se calle una voz y se suplante un espacio de opinión por seguramente, el ver correr tras una pelota. Se trate de Rosa María Palacios o de otra voz cualquiera. Las ideas se suelen combatir con las ideas.

Estoy seguro que habrá mucha gente que me lea que no esté de acuerdo y bata palmas por el cambio. Creo que es la política atribuida al avestruz: meto la cabeza en un agujero y si no lo veo ni lo oigo, no existe.

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DIA DEL PADRE


 

Hoy es Día del Padre. Los comercios esperan elevar sus ventas por la fecha, los correos electrónicos se llenan de ofertas así como la mayoría de los medios de publicidad. En muchos lugares se destapan o destaparán botellas para brindar con el “hombre de la casa” y por él.

Otros pensaremos en silencio en nuestro padre ido y como siempre, lo encomendaremos a Dios, sabiendo que continúa mirándonos y aprobando o meneando la cabeza ante nuestras acciones. ¡Día del Padre!

Sí, yo también lo soy y abuelo por añadidura y hoy recibí una nota en Facebook, que me llenó de emoción. Una nota de felicitación de un ex alumno mío, amigo muy querido.

Me saludaba por el día y felicitaba por todos los hijos, alumnos y alumnas, que he tenido.

Es cierto: son mis hijos. Les dí lo que creí mejor para que no tuvieran que pasar las penurias que pasé yo. Los aconsejé para que miraran bien el terreno y no tropezaran ni cayeran en los huecos y trampas en los que yo había caído. Siempre traté de velar sus pasos porque, vale la pena decirlo, mi padre lo hizo así y muchas veces no le presté atención. Fui dueño de mis propios errores, y ahora me doy cuenta que los caminos son difíciles con un guía e imposibles si no tenemos uno.

Por eso hoy, la nota de Héctor me hizo sentirme mucho más feliz que el contento grande que me dieron los saludos de mis hijas, nietos, yernos y amigos. Mucho más feliz digo, porque me sentí aludido por el Gran Libro, que habla de una descendencia tan numerosa como las estrellas del cielo.

EL FOTÓGRAFO, EL LOCO Y LA BOTELLA.


 

 

Corrían los setentas, el gobierno militar estaba dirigiendo (¿) al país  y yo trabajaba en una agencia de mucho éxito, que como suele pasar tuvo su auge y caída, hasta desaparecer. Fue un intento de empresa “autogestionaria”, donde los que éramos empleados teníamos que tener aunque sea una acción de la empresa. Era una forma de estar mucho más incluidos en nuestros éxitos, que con solo la participación de utilidades. Algo interesante que no llegó a darse al final.

 

Albergó a mucha gente importante en el mundo de la publicidad y  éramos un buen grupo, unido, dispuesto a todo. Hoy que muchos nos adelantaron partiendo, recuerdo con cariño una época donde no había computadoras personales, los textos los hacíamos a máquina y los bocetos de los avisos se hacían pacientemente  a mano.

Existía el “pick-up” o “pica”, comúnmente llamada, que no era otra cosa que la goma seca con que se pegaban textos, fotos e ilustraciones en los cartones-maqueta, que servían de base a los artes. Recuerdo la “pica” atesorada y usada en porciones manejables por los dibujantes para limpiar los artes y sacar la goma sobrante de estos. Recuerdo que la goma venía en frascos de vidrio, con etiqueta muy simple y el penetrante olor a disolvente que exhalaba, que  habría hecho “volar” al que no estaba acostumbrado.

Todo está en mi recuerdo y muchos rostros, cada uno con su preocupación, representa amanecidas y mucho trabajo. Es una época de mi vida, en que aprendía lo que era ser redactor publicitario y en realidad, aprendía lo que era la publicidad. En ése entonces llevaba un par de años en el oficio, al que entré en McCann Erickson, cuando hacía poco tiempo se había mudado de la Av. Wilson a San Isidro, cerca al zanjón.

 

En esta ocasión quiero contar lo que le pasó a Charlie, el fotógrafo estrella de la agencia. Atildado, atento y dicharachero, era un verdadero maestro y en ésa época dominaba las técnicas del tomado de fotos y su revelado en el cuarto oscuro.

A Charlie era uno más en la pandilla publicitaria. Estoy viéndolo con su cabello prematuramente canoso y ensortijado, pantalón negro, camisa guinda, lentes oscuros y unos botines de tacón aperillado. Estoy escuchándolo contando cuentos sobre su edad, riendo, haciendo bromas ylo veo saliendo de su cuarto oscuro, seguido del olor persistente de los químicos de revelado.

 

Un buen día, al llegar a la agencia, que en ese entonces quedaba en un edificio que hacía esquina, en dos calles de San Isidro, que era bajo y después  creció, Charlie, madrugador, vio como un hombre sucio y desastrado, con todas las señales de ser  enajenado mental y vagabundo, se llevaba abrazándolo como un tesoro, un medio cartón-maqueta, donde se había dibujado cuidadosamente una botella de cerveza, para un cliente nuestro muy grande. Charlie, en sus recorridos por arte, había visto el trabajo de los “arte-finalistas” para lograr un realismo que ni siquiera las fotografías superaban. Un verdadero realismo-mágico, con el perdón de Gabo García Márquez y anterior a que el término se popularizara.

 

Calculo que su sorpresa e indignación fueron grandes. Decidido a recuperar el trabajo, persiguió al loco, tratando de quitarle el dibujo. Éste defendía su recién lograda posesión y se enzarzó en una pelea que imagino desigual, espectada por la gente en la calle y quienes llegaban temprano a trabajar.

Nadie intervino. Charlie, sudoroso y descompuesto, peleaba para quitarle al loco el arte, desgarrando sus ropas en la trenzada. Finalmente el vencedor fue nuestro fotógrafo que consiguió arrebatar la botella de cerveza, dibujada con paciencia por verdaderos especialistas.

Charlie llegó ufano a la oficina, con el arte conseguido tras la pelea. Iba mostrando su trofeo a todos los que andábamos por ahí y contando los pormenores de su aventura: ¡Había recuperado el patrimonio de la agencia!

 

Bajito de estatura, se arregló como mejor pudo y su resplandeciente “heroicidad” fue apagándose cuando se enteró de la verdad. Por boca de uno de los dibujantes supo que su preciada recuperación no era el arte final que él había visto trabajar, sino un intento fallido que había ido a dar a la basura, de donde lo había recogido el loquito, seguramente porque llamó su atención. El orate defendía su reciente adquisición y Charlie, creyendo que era lo que no era, trataba de arrebatarle la ilustración.

 

Esta es una historia real, que demuestra como estaba todo el mundo involucrado en áreas que sin ser de incumbencia directa, eran patrimonio de toda la tribu y de importancia vital, hasta provocar luchas cuerpo a cuerpo, sin medir las consecuencias.

PELUSAS


A veces cuando miro las pelusas, pienso en mi amigo Pedro, que ya no está por aquí hace muchos años.

¿Qué tiene que ver esto con la publicidad?  Quien no conoció a Pedro, tiene un vacío en su cuaderno de historia de la publicidad en el Perú.

Pedro, que vivía en la calle Cervantes, en un departamento pequeño cerca del centro de Lima, entró en mi vida casi junto con la publicidad. Digo “casi” porque tuve a la publicidad metida desde muy chico y Pedro llegó cuando entré a McCann Erickson, como el hombre de producción gráfica de la agencia. El jefe del área, creo y si no lo era, resultaba ser el que más sabía. Es cierto que allí estaba Moris  y luego también el popular “Fotolito” César.

Hacía mis primeras letras en el oficio y conocer a alguien que sabía tanto de un tema que no me era desconocido (mis escarceos por la parte gráfica, anteriormente, gracias a que hacía diseño, me llevaron a casi dirigir una pequeña imprenta) me asombraba. El mundo mágico de las imprentas era su dominio y traducía sencillamente un lenguaje que abarcaba resmas, cuatricromías, Offset, placas, fotolitos y mil términos más.

Pedro llegaba siempre apurado, repitiendo a cada rato “Viejo, esto…”, “Viejo, aquello…” al hablar. Su “Comet” de dos puertas e interior rojo estaba impecable, como el dueño. Pedro tenía el prurito, la manía, diría de la pulcritud. Pulcro, exacto, correcto y bajito. Ése era Pedro. Todavía recuerdo alguna reunión de lunes por la mañana en McCann, alrededor de la gran mesa de directorio que presidía el Gerente General, estábamos de todas las áreas, para poner nuestro grano de arena en el funcionamiento de la agencia en esa semana. Genaro, el “Chato”, Lucho, David, Carlos, Eduardo, Jaime, Daniel, Willy, Martha  y algunos más que se me escapan involuntariamente (estoy haciendo funcionar mi máquina de recuerdos, hoy,  muchísimos años más tarde). Era lunes, ya lo dije, era temprano y la gente estaba despertando a la realidad, con sendos cafés. El silencio sólo era roto por el “¡Hola!” de los que iban llegando. De pronto en el vacío que se hacía pues iba a empezar la reunión, un “¡Click…!…. ¡…Click!” mecánico, se oyó en el ambiente: “¡Click! ¡Click!”

 

El gerente, molesto, se dirigió a Pedro y le dijo:

“¡Pe-pe-pe-Pedro!, cua-cuando te-termine d-de cortarse las u-u-ñas, avise y empezamos”. Doblemente tartamudo el gerente trataba de contenerse ante el despiste, para todos evidente.

Recién entonces el pobre Pedro salió de lo absorto que estaba y guardó apresuradamente el cortaúñas, soplando nervioso las invisibles partículas que podían haber caído en sus solapas.

Así era Pedro y su costumbre de mantenerse pulcro, en realidad pulquérrimo, era más fuerte que él.

Trabajé con Pedro en McCann, en Kunacc y en J. Walter Thompson en diferentes épocas. En Kunacc y Thompson, ya hacía el trabajo de un ejecutivo de Cuentas.

 Siempre fue igual. Correcto hasta el no va más. Exacto en las citas y enemigo acérrimo de las pelusas.

Lo estoy viendo de su escritorio de J. Walter Thompson, inmaculado y sin un papel encima, sacar su famosa franelita amarilla para repasar la superficie y asegurarse que no hubiera una mota de polvo, o no estuvieran por ahí las malditas pelusas.

 

Buen amigo, nos visitaba en casa junto con su esposa y una vez, cuando fue a asomarse a la cuna de Alicia María, mi primera hija, que estaba muy chiquita entonces, ella rápidamente le sacó los anteojos de un manotazo, sumiéndolo en desconcierto, pues el hecho sucedió en un instante. Alicia María reía y Pedro trataba de recuperar sus anteojos.

Lo veo después, limpiándolos concienzudamente con su pañuelo, para borrar cualquier rastro de huellas digitales en los vidrios.

Pedro era pescador aficionado y habló siempre de un cañón que usaba para disparar un espinel hacia el mar. La maletera del “Comet” estaba ordenadamente llena de adminículos de pesca. Desde los más obvios hasta los más inverosímiles. Para todos y cada uno tenía una larga explicación, una vez que, por casualidad, se te ocurría preguntar qué era aquello.

Un día Pedro se fue por tierra, manejando, hasta Chile. A su regreso me contó algo que para él resultaba ejemplar, por haberle ocurrido precisamente a él, que se jactaba de seguir las reglas al pie de la letra. “Son increíbles” decía.

Al entrar a territorio chileno y llegar al segundo control en ese país, le preguntaron los carabineros a qué hora había estado en el control anterior. Pedro, exacto, dijo la hora de su salida: ¡Lo multaron y retuvieron el brevete! Le dijeron que era imposible, si iba a la velocidad reglamentaria, que hubiese tomado tan poco tiempo en recorrer la distancia. Que había infringido la ley y que su brevete le sería devuelto a su regreso, que lo solicitara en el control. Pedro no dijo ni mu. Había violado la ley en un país ajeno. Eso era peor que tirarse un involuntario pedo en un entierro.

No creyó en la historia de la devolución, pero de allí hasta su destino y luego, ya de regreso, respetó escrupulosamente las indicaciones, yendo a velocidad moderada y sobre-parando en los cruces de vía del tren, aunque en la pampa no se viera venir por ellas mi michi. Cuando me contó la historia dejó para el final lo del brevete: “¡Me lo devolvieron, hermano!”

Así era Pedro. Un profesional divertido. Exacto, perfecto, correcto. Mi amigo Pedro. Publicista de los que quedan pocos.

CUCARACHA.


Barranco, el viejo Barranco, es pródigo en personajes memorables.

Personajes que a su manera ayudaron a moldar el carácter de distrito y que le dieron personalidad. Una personalidad especial, que hoy, con el avance del tiempo, estoy seguro que mantiene. Detrás de las noches de juerga y la droga a pedido y bastante fácil, está el Barranco de siempre, con sus callecitas calladas, con alguna plaza que verdea al sol y con los eternos enamorados. Estoy seguro que uno puede ver a los viejos pierolistas de “La Casa de Cartón” extendiendo su pañuelo de hierbas y cortando el aire del malecón en finas lonjas, con el bigote.

En Barranco, personajes como “Cucaracha” saltan a mi memoria, ayudados, qué duda cabe, por lectores de este blog, como Gustavo Melgarejo, que desde Roma, proclama su “barranqueneidad” y me alegra con sus comentarios.

“Cucaracha” era cuando supe de él, cargador del Mercado de Barranco. Ese lugar del que hoy solamente parece quedar la fachada. Dentro es otra cosa: un supermercado proclama dudosas modernidades. Bajito, patizambo con un sombrero de fieltro que había conocido mucho mejores épocas perennemente en la cabeza y con un carrillo hinchado por lo que luego supe era un “piccho” o bola de coca, “Cucaracha” no tenía nombre, sino apodo.

Lo veía cargar bultos inverosímiles y seguramente pesadísimos, ataviado con saco y chaleco, sudando a mares, raleando los pocos pelos de su cara extraídos en parte por una primitiva pinza hecha de una chapita metálica de gaseosa seguramente, pisada por el tranvía para aplanarla y doblada por la mitad.

“Cucaracha” se ajetreaba desde muy temprano cargando y llevando de todo. Podía vérsele a lo largo del día por el Mercado y recuerdo que se quitaba el sombrero y semi sonreía cuando se le entregaba lo que era en realidad una propina en pago de su esfuerzo.

Siempre exhalaba un olor a suciedad y alcohol mezclados. “Cucaracha” bebía de una “chata” de ron que quién sabe qué alcohol contenía.

Yo lo evoco servicial, dentro de su estilo. Era bizco y parecía tonto. De pronto no era esto último, pero los estimulantes habían hecho mella en él.

Era parte integrante del Mercado. De pronto, allí estaba listo para cargar un cajón de naranjas o un bulto de verduras. Lo hacía, recibía el dinero ofrecido sonriendo enigmáticamente, se quitaba el raído sombrero y seguía un rumbo que estaba marcado por sus clientes fijos y aquellos que eventualmente necesitaban de su servicios.

Alguna vez lo vi en la calle, cargado con lo que le habían encargado. Los palomillas le gritaban “¡Cucaracha!”, corriendo a su alrededor. Él mascullaba en sabe Dios qué y amenazaba sin soltar lo que llevaba. A más gesticulaciones, más risas y chacota.

Finalmente, “Cucaracha” se perdía por alguna calle murmurando para sí.

Crecí, me casé, salí de Barranco y no supe más de él.

Tenía en mente escribir algo sobre un hombre humilde que puso su presencia en mi infancia. Hoy lo hago, porque personajes como “Cucaracha” dan sentido a los recuerdos.

SALIDA


Todo el mundo se afanaba por cruzar en sentido inverso.

Jacuzzi quería pasar a México. Lo miraban como si fuera loco. O como si realmente no tuviera nada que perder.

Después de vagabundear, vestido con jeans y una camisa a cuadros, llegó hasta un “pasador”. Se rió cuando le dijo que quería entrar a México. “Todos quieren venir y tú estás que te quieres ir… ¡Debes haberla hecho grande, manito!

Resultó fácil. La van tenía una especie de entrepiso. Ahí se metió y cerraron la tapa.

Acurrucado, a oscuras, llevaba una botella de agua una botellita de oxígeno y una máscara como la de los buzos.

Pasó lo que le pareció una eternidad. Oía voces, risas y el ruido del motor. El oxígeno hacía que su cerebro hiciera que se sintiera ligero. Pararon dos veces. Una larga y otra más corta. Finalmente un trecho de carretera y algunas vueltas. La van se detuvo y Jacuzzi esperó. Cuando sintió que abrían la puerta posterior, se quitó la máscara y empuñó la pistola. Alguien levantó la tapa: “¡Epa mano! Baja el cuete que ya estás en mi tierra…” El “pasador” lo ayudó a salir. Jacuzzi bajó desentumeciéndose y miró a los lados. Estaban dentro de una especie de hangar lleno de cajas. Entregó el resto del dinero convenido. “Tranquilo, mano, es el guardadero de mi compadre, aquí no hay problema. El te puede ayudar para que llegues al de efe.”

Esa tarde vino el compadre. Era un gordo grande con dos dientes de oro y un “Chevalier” en el meñique izquierdo. El meñique derecho no existía. Tenía la manía de subirse los pantalones que bajaban empujados por una barriga cervecera.

“ ¡Quihubo, mano!  Aquí mi compadre me dice que quieres que te ponga en el de efe…. Pos estoy para servirte. Tú dime cuando y yo te digo cuánto…” El gordo se rió haciendo temblar la barriga. “Quisiera irme cuanto antes y después salir de México” El gordo lo miró  inquisitivo: “¿Y para qué te quieres ir al de efe?, yo te puedo sacar de aquí mismito, mano… Tú dime donde y yo te digo cuánto…” Y volvió a reír sacudiéndose. En realidad, Jacuzzi no tenía nada que perder. El pasador había cumplido su parte y el gordo le ofrecía sacarlo de México. “Es lejos, a Sudamérica…” “¿Serás colombiano, mano?”  “Soy peruano”  El gordo lo volvió a mirar fijamente: “¡Colombiano, peruano…, lo que importa es la lana, mano…!”

No le dijeron cómo iba a ser. Finalmente tendría que seguir en manos de ellos. Confiando. Plata tenía. Pero ¿y si le metían un tiro? Total, un muerto más en el desierto no iba a hacer que el mundo se parara.

2

Lo llevaron hasta una pista de aterrizaje. El gordo manejaba: “Te va a costar, mano, digamos unos ¿quince mil verdes? Pagas diez antes y cinco cuando llegues al Perú, ¿Te parece, mano?  Acuzzi le pareció perfecto. Quince mil dólares dólares, más cinco mil que le había costado el pasador por sacarlo de los estates, más los contactos y la llevada hasta el Perú le parecieron un buen precio. Seguiría confiando. Esos cuates, como se decían ellos, parecían seguros de lo que hacían. Era cosa de dejarse llevar nomás. Peores las había pasado, porque entonces tenía plata y antes no. ¡Lo que contaba eran los dólares! Lo que sacó del cuerpo de don Rodríguez, lo que le pagaron por el “pato” y un dinerito extra que había hecho, posibilitaban ciertas cosas. Claro que había gastado, pero lo de su patrón muerto era un buen montón de billetes. Por ese lado estaba tranquilo al menos.

Pasaron dos días en los que comió tortillas y unos fríjoles negros. Extrañó el arroz. De beber, solo agua embotellada. No era cosa de cervecear o tomarse algún tequila, que el gordo le ofreció. No iba a cagarla al final. No se descuidaría en nada.

No vio más gente y a los dos días salió del hangar donde se encontraba. Afuera estaba el gordo. Una manga de lona indicaba la dirección del viento. De pronto, un zumbido le hizo buscar y vio en el cielo un avioncito plateado que daba vuelta. Después de un par de vueltas más aterrizó. Rodó por la pista y se paró. Era un jet chiquito y de él bajó un tipo con pinta un poco zarrapastrosa, seguido de un gringo en blue jeans.

El gordo los presentó y a los del avión les dijo que era su pasajero. Los invitó al hangar. Una chica que Jacuzzi no sabía de donde había salido, trajo gaseosas para todos. Bebieron, conversaron un rato y Jacuzzi le dio los diez mil al gordo. Este los contó y sonrió. “Los otros cinco se los das al cuate que es el segundo, no al gringo…”

Fueron hasta el avioncito y Jacuzzi subió. Era chico, pero estaba tapizado en cuero. Un lujo para un fugitivo como él. Un lujo que solo había visto en las películas. Se sentó y el segundo le puso el cinturón de seguridad. Junto a él iba su maletín “Umbro” bastante maltrecho pero con la plata y la pistola, además de un poquito de ropa, agua mineral embotellada y unas galletas que esperaba no se volvieran polvo.

El segundo fue al lado del piloto y se sentó. El jet carreteó y finalmente como una flecha se elevó en el aire. El viaje de regreso al Perú estaba comenzando al fin.

PATO


Estaba sentado frente a un café negro y amargo. Lo había pedido fuerte.

Jacuzzi cavilaba sobre los extraños encuentros de la semana. Primero la mujer y luego el peruano ese de nombre raro y apellido de avenida: Axel Pardo. Se acordó de las combis que se peleaban por pasajeros en Miraflores, de una pastelería y una licorería. Desde esa mesa todo estaba tan lejos…

Fue enganchando las imágenes y vio al cura hundirse en el río, la estela del deslizador y la “Uzi” a sus pies, como un perro. Había salido.

Ahora estaba en Miami y lo único que le preocupaba era el interés del detective privado que vivía buscando a la mujer. ¿O era ella a él?

Los recuerdos volvieron como el agua a la playa y de pronto estaba besándola, caminando por la avenida de palmeras, mirando el sol ponerse en ese mar tibio y tonto que se llenaba de latinos durante el día y que los gringos habían aprendido a apreciar. Ella había resultado ser una especie de refugio, de covacha para huir de sus malos sueños. Se abrazaban con desesperación, como si el tiempo fuera a terminárseles de pronto. Como si algo grave y urgente sobrevolara el lugar donde estaban. Ella no soltaba prenda y trataba de ser natural. Ninguno engañaba al otro. Se sabían varados, tratando de ser lo que no eran. De ser lo que nunca serían.

Terminó el café y pagó. No se acostumbraba a las monedas y billetes norteamericanos. A veces le parecía ridículo que le dijeran “twenty buck”. Entonces, convertía a soles y le parecía caro.

Salió al calor de la noche y a las luces de la avenida. La gente pasaba a su lado. Una chica en patines, con shorts mínimos y top lo sobrepasó y él siguió su movimiento hasta que se perdió por la vereda, esquivando cubanos, dominicanos, puertorriqueños y peruanos. Eso era Miami.

Caminó abriéndose más la camisa “Gucci” de seda rosada. El aire era tibio y dulzón.

El terno, de lino blanco, “Ermenegildo Zegna” lo hacía sentirse luminoso. Bajo su axila izquierda, el peso de la “Walther” le daba confianza. Y miedo. No estaba en su territorio.

Lo bueno era que tenía trabajo. Y billete adelantado. Claro que el billete podía resultarle caro si las cosas no salían como debía ser. O barato, según se mirara. Barato porque una bala no vale casi nada y caro porque  para él, su vida no tenía precio. “Puntos de vista” pensó.

2

Había alquilado su habilidad e inexistencia legal para este asunto. Le señalaron al “pato” pero diciéndole “duck” Jacuzzi entendió “doc” y pensó que era un médico, hasta que le explicaron que “duck” era  “pato” y que a los patos de madera se les disparaba en las cabinas de tiro al blanco, en las ferias. Entendió.

Le dieron la “Walther” con la numeración limada, balas explosivas y  un silenciador. Se sentía James Bond. La pistola era igualita a la de las películas. La había probado en una de las muchas galerías de tiro anónimas y sabía que funcionaba. La puntería no era necesaria, porque al fin y al cabo, casi a quemarropa no se puede fallar.

El “pato” ni siquiera lo había visto. Era cuestión de seguirlo un poco, chequear las rutinas y listo. “Reglaje, como los terrucos” pensaba Después se acercaría y con untar de “pops” se ganaría el resto del billete para desaparecer en una ciudad, donde los latinos eran tan comunes como las hamburguesas.

Después de cinco días de comprobar los hábitos del caleño, Jacuzzi estaba listo. Había ensayado la rutina cien veces. Esperar, cruzar, acercarse desde la pista tapándolo, disparar dos silenciosas, cruzar de nuevo y buscar el “Volkswagen” modelo escarabajo estacionado media cuadra más abajo. Eran como las ocho y el “Pato” estaba llegando ya a la posición perfecta. Había salido del convertible y caminaba hacia la puerta lateral del club. A esa hora la movida todavía no empezaba. Jacuzzi se acercó con la “Walther” empuñada. El brazo lo tenía en cabestrillo con un pañuelo de seda italiana. La pistola estaba así oculta y él podría deshacerse de la pistola y el pañuelo al toque. De pronto, cuando ya estaba encima, del hueco de una puerta salió una sombra que se acercó al “Pato”. Se le juntó y el “Pato” manoteó y cayó al suelo tratando de asir el aire.  La sombra cruzó delante de Jacuzzi y se perdió en la vereda de enfrente. Una moto zumbó ronca, acelerando. Jacuzzi cruzó según lo convenido y trató de alejarse siguiendo la ruta establecida. El “Volkswagen” escarabajo estaba donde debía estar. Sin soltar la pistola, Jacuzzi se arriesgó. Al pasar al lado del auto le alcanzaron un sobre. El ruido de las sirenas tapó un poco la voz: “Tira el pañuelo, pelao” En la calle las luces azules y rojas de las patrullas le daban un aspecto festivo. “Como en las películas” musitó y paró un taxi.

En el sobre estaba el resto del billete y había un pasaje. Se rió despacio y pensó en su buena suerte: “Igualito que en la selva, pero sin helicóptero… Plata fácil.”

Se hizo dejar como a veinte cuadras, frente a un contenedor de basura. Pagó y se bajó del auto. Miró al taxi irse y rápido botó el pañuelo. La “Walther” estaba en su sobaquera y el silenciador en el bolsillo. Por si acaso.

La plata podía usarla. El pasaje no. Tenía que irse pero en un “Greyhound”. Recién en el camino pensaría en lo que había pasado y lo que haría después.