ADMIRADA AMIGA ALUMNA CREATIVA COLEGA COMPAÑERA DE TRABAJO “STANDUPERA”…


LORENA 1

Lo que incluyo aquí y el motivo de la este pequeño artículo es algo que me ruborizó cuando lo leí y me quedé pensando en cómo la vida te va entregando regalos que tienen más valor que todo el dinero posible, que los grandes honores y que todo eso que aumenta el lustre y el brillo externo de una persona…

LORENA 2

 

Esto que dice Lorena es absolutamente cierto en cuando a la curiosidad que siempre he tenido y he querido transmitir como una cualidad indispensable para el ser humano y muy especialmente para el creativo publicitario, que para poder “decir” primero tiene que “saber” y también en eso de que yo soy lo menos “sexy” que hay –tanto como una coliflor, se lo decía a Lorena por wasap, cuando le pedí permiso para citar aquí, en “manologo”, su artículo-; tiene razón también en mi prurito por la corrección del uso del idioma al punto de considerar una afrenta cualquier error (yo los cometo por cierto y debo ser el caso, más bien raro, de quien se insulta a sí mismo a veces) y en lo cascarrabias que soy (y por supuesto, no quiero admitirlo, porque me da rabia serlo).

 

En todo lo otro que dice, siento esa mezcla de alegría y responsabilidad del que ve cómo algo de lo que dijo y repitió lo aplica alguien y le funciona…; me llama “padre profesional” cuando solamente fui un simple guía de comarca para su desbordante creatividad, en un medio tan necesitado de ese insumo, pero sí, como un padre he sido testigo de su crecimiento profesional y como al igual que los padres, la he visto salir del nido, probar sus alas, irse y subir cada vez más, para orgullo mío, nada secreto.

 

Lorena (y perdónenme mis casi 16,000 ex alumnos) es lo que en latín se llama “rara avis” porque es lo que yo siempre he llamado “una fuerza desatada de la naturaleza”: brillante como el rayo, fresca como la lluvia, “volada” como una nube, ruidosa como el trueno y (aquí viene su parte “sexy”) con las curvas de un río; es verdad que la naturaleza tiene muchas más fuerzas, pero seguir enumerándolas puede envanecer a Lorena y alargar innecesariamente este articulito.

 

Podría decir que espero que nunca me alcance en materia de infartos, porque ella tiene dos y yo cuatro pues en lo demás me gana por goleada.

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CHUPACABRAS


 

CHUPACABRAS

El otro día, escribiendo para el blog, escuché la voz de un niño que llamaba (gritando, por supuesto): “Chupacabras… ¿estás ahí?… Chupacabras… ¿estás ahí…?” y supuse que se trataba de un juego de esconderse, de esos que los niños han practicado desde siempre y que les gustan tanto, en el que el “escondido” aparece intempestivamente y asusta al “buscador”…

 

Me intrigó el nombre porque “Chupacabras” no es un apodo popular, antes al contrario, es el nombre que sí, popularmente se le da en algunos lugares a un ser que aparece, creo, primero en España (“aparece” es un decir porque nadie lo ha visto, si no me equivoco) y su nombre derivaría del hecho de haber atacado a unas cabras, matándolas y bebiendo su sangre,  porque las encontraron “secas”; sé que la historia de este ser se ha reproducido en varios países, donde no ha sido visto nunca pero los efectos de su accionar al parecer sí.

 

Pongo todo en condicional, uso “al parecer” y lo que me permita decir que no es que lo afirme yo sino que es algo que las noticias y en especial las redes sociales tienen como tema, esporádico, pero existente; podría ser el embrión de una de tantas leyendas como la del “Lobizón”, “Drácula”” o esa “Novia” ubicua, que aparece en diferentes lugares y países e incluso se hacía presente ciertas madrugadas en la cocina (que quedaba en el sótano) de mi casa de infancia en Barranco…

 

“Chupacabras” no es pues un apodo corriente entre los niños y me extrañó el asunto, sobre todo porque cuando yo esperaba respuesta al niño gritón, el silencio era la contestación; luego de un largo rato y de un par de nuevos intentos de llamada del niño, escuché que su mamá venía para llevárselo a almorzar; digo yo que de pronto el niño oyó de sus padres el nombrecito, pero también que de pronto, tal vez, podría ser que exista un “chupacabras” en el condominio: claro, el problema es que por aquí no hay ninguna cabra, dificulto que el niño alguna vez haya visto una y entonces… ¿qué va a chupar ese pobre “chupacabras”?

Imagen: hauntedmario.com

DINO


DINO

Mi nieta Miranda me regaló este dinosaurio y lo he puesto sobre mi escritorio, cerca de la computadora (en la que tecleo, escribiendo y haciendo honor al nombre del mueble); es amable, colorido y era herbívoro, o sea que en común tendríamos él y yo ser viejos pero no la comida…

 

Miranda, con sus seis años me asombra en cada visita que nos hace con sus conocimientos “dinosáuricos”; alguna vez en su casa me mostró su colección de muñecos fijos, articulados, de plástico, de peluche y creo que hasta algún disfraz.

 

Me mostró también, con orgullo, un libro, donde estaba ilustrada toda esa fauna fantástica que ahora está en museos, protagoniza películas y es desenterrada en lugares como la Patagonia o China; ella, que lee con la paciencia, dedicación y simpleza de quien empieza a unir letras, formar palabras y descifrar frases, me va informando sobre las explicaciones que el libro trae y me doy cuenta que es algo que yo no vi hasta que tuve muchos más años de los que ella tiene ahora.

 

Alguien me dijo que los dinosaurios están de moda y yo me reí, porque a los que ya tenemos cierta edad nos llaman “Dinosaurios de la publicidad”: francamente, se siente uno bien “estando de moda” a estas alturas de la vida cuando ir “cuesta arriba” cuesta y la tendencia es ir hacia una cómoda y más sencilla “cuesta abajo”.

 

Maliciando, de pronto lo que Miranda me ha querido decir es que soy viejo y me lo recuerda siempre con ese muñequito colorido y simpático, o de pronto yo, que en verdad tengo más de 70 años, malicio como ella no lo hace y es una de sus maneras de decirme que me quiere, haciéndome partícipe de su afición y desprendiéndose de algo que es de ella y valora.

 

Mientras escribo, el dinosaurio de colores verde, amarillo y anaranjado me mira y yo lo miro a él a ratos, para no desconcentrarme de la escritura de este post; finalmente, entre dinosaurios nos entendemos.

INKY DINKY ARAÑA


INKY DINKY ARAÑA

Escuché a un niño pequeño que estaba jugando con sus papás,  cantar en su “media lengua” la antigua canción infantil “Inky Dinky” araña”; lo que me pareció hermoso es que los padres, que debían ser jóvenes, le hubiesen enseñado al chiquito una canción inocente en estos tiempos de Avengers y Transformers.

 

Me hizo pensar y desear que volviéramos a la ingenuidad que permite considerar a Inky Dinky una amiga y no imaginar arañas gigantes que invaden el planeta; debo decir que –como a mi padre- no es que me gusten las arañas y sea un fan de ellas, pero el cantito produjo por un instante la magia de aceptar a estos bichos como un animal más, sin anteponer lo que pueden ser prejuicios atávicos.

 

Tal vez, si recuperáramos esa mirada inocente e incontaminada del niño pequeño, las cosas irían mejor y todos seríamos amigos… ¡hasta de las arañas!: “Inky Dinky Araña, subió por un palito…”.

 

Imagen: viyoutube.com

EL “TERROR” POR “EL BALDOR”


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Este texto me lo pasó un compañero de colegio, es largo para un post habitual pero me ha parecido tan hermoso que quisiera compartirlo con ustedes. Las matemáticas nunca fueron mi fuerte y el libro de Aurelio Baldor (“El Baldor”) fue mi terror, ese que estoy seguro es  compartido con muchos estudiantes  de secundaria de América Latina.

Manolo.
Aurelio Baldor, el autor del libro que más terror despierta en los estudiantes de bachillerato de toda Latinoamérica, no nació en Bagdad. Nació en La Habana, Cuba, y su problema más difícil no fue una operación matemática, sino la revolución de Fidel Castro. Esa fue la única ecuación inconclusa del creador del Álgebra de Baldor, un apacible abogado y matemático que se encerraba durante largas jornadas en su habitación, armado sólo de lápiz y papel para escribir un texto que desde 1941 aterroriza y apasiona a millones de estudiantes de toda Latinoamérica.

El Álgebra de Baldor, aun más que El Quijote de la Mancha, es el libro más consultado en los colegios y escuelas desde Tijuana hasta la Patagonia. Tenebroso para algunos,misterioso para otros y definitivamente indescifrable para los adolescentes que intentan resolver sus “misceláneas” a altas horas de la madrugada, es un texto que permanece en la cabeza de tres generaciones que ignoran que su autor, Aurelio Ángel Baldor, no es el terrible hombre árabe que observa con desdén calculado a sus alumnos amedrentados, sino el hijo menor de Gertrudis y Daniel, nacido el 22 de octubre de 1906 en La Habana, y portador de un apellido que significa “valle de oro” y que viajó desde Bélgica hasta Cuba.

Daniel Baldor Reside en Miami y es el tercero de los siete hijos del célebre matemático.Inversionista, consultor y hombre de finanzas, Daniel vivió junto a sus padres, sus seis hermanos y la abnegada nana negra que los acompañó durante más de cincuenta años, el drama que se ensañó con la familia en los días de la revolución de Fidel Castro.

Aurelio Baldor era el educador más importante de la isla cubana durante los años cuarenta y cincuenta. Era fundador y director del Colegio Baldor, una institución que tenía 3.500 alumnos y 32 buses en la calle 23 y 4, en la exclusiva zona residencial del Vedado. Un hombre tranquilo y enorme, enamorado de la enseñanza y de mi madre, quien hoy lo sobrevive, y que pasaba el día
ideando acertijos matemáticos y juegos con “números”, recuerda Daniel, y evoca a su Padre caminando con sus 100 kilos de peso y su proverbial altura de un metro con noventa y cinco centímetros por los corredores del colegio, siempre con un cigarrillo en la boca, recitando frases de Martí y con su álgebra bajo el brazo, que para entonces, en lugar del retrato del sabio árabe intimidante, lucía una sobria carátula roja.

Los Baldor vivían en las playas de Tarará en una casa grande y lujosa donde las puestas de sol se despedían con un color distinto cada tarde y donde el profesor dedicaba sus tardes a leer, a crear nuevos ejercicios matemáticos y a fumar, la única pasión que lo distraía por instantes de los números y las ecuaciones. La casa aún existe y la administra el Estado cubano. Hoy hace parte de una villa turística para extranjeros que pagan cerca de dos mil dólares para pasar una semana de verano en las mismas calles en las que Baldor se cruzaba con el “Che” Guevara, quien vivía a pocas casas de la suya, en el mismo barrio.

“Mi padre era un hombre devoto de Dios, de la patria y de su familia”, afirma Daniel. “Cada día rezábamos el rosario y todos los domingos, sin falta, íbamos a misa de seis, una costumbre que no se perdió ni siquiera después del exilio”. Eran los días de riqueza y filantropía, días en que los Baldor ocupaban una posición privilegiada en la escalera social de la isla y que se esmeraban en distribuir justicia social por medio de becas en el colegio y ayuda económica para los enfermos de cáncer.

El 2 de enero de 1959 los hombres de barba que luchaban contra Fulgencio Batista se tomaron La Habana. No pasaron muchas semanas antes de que Fidel Castro fuera personalmente al Colegio Baldor y le ofreciera la revolución al director del colegio. “Fidel fue a decirle a mi padre que la revolución estaba con la educación y que le agradecía su valiosa labor de maestro…,
pero ya estaba planeando otra cosa”, recuerda Daniel. Los planes tendría que ejecutarlos Raúl Castro, hermano del líder del nuevo gobierno, y una calurosa tarde de septiembre envió a un piquete de revolucionarios hasta la casa del profesor con la orden de detenerlo. Sólo una contraorden de Camilo Cienfuegos, quien defendía con devoción de alumno el trabajo de Aurelio Baldor, lo salvó de ir a prisión. Pero apenas un mes después la familia Baldor se quedó sin protección, pues Cienfuegos, en un vuelo entre Camagüey y La Habana, desapareció en medio de un mar furioso que se lo tragó para siempre. “Nos vamos de vacaciones para México, nos dijo mi papá. Nos reunió a todos, y como si se tratara de una clase de geometría nos explicó con precisión milimétrica cómo teníamos que prepararnos. Era el 19 de julio de 1960 y él estaba más sombrío que de costumbre. Mi padre era un hombre que no dejaba traslucir sus emociones, muy analítico, de una fachada estricta, durísima, pero ese día algo misterioso en su mirada nos decía que las cosas no andaban bien y que el viaje no era de recreo”, dice el hijo de Baldor.

Un vuelo de Mexicana de Aviación los dejó en la capital azteca. La respiración de Aurelio Baldor estaba agitada, intranquila, como si el aire mexicano le advirtiera que jamás regresaría a su isla y que moriría lejos, en el exilio. El profesor, además del dolor del destierro, cargaba con otro temor. Era infalible en matemáticas y jamás se equivocaba en las cuentas, así que si calculaba bien, el dinero que llevaba le alcanzaría apenas para algunos meses. Partía acompañado de una pobreza monacal que ya sus libros no podrían resolver, pues doce años atrás había vendido los derechos de su álgebra y su aritmética a Publicaciones Culturales, una editorial mexicana, y había invertido el dinero en su escuela y su país.

La lucha empezaba. Los Baldor, incluida la nana, se estacionaron con paciencia durante 14 días en México y después se trasladaron hasta Nueva Orleáns, en Estados Unidos, donde se encontraron con el fantasma vivo de la segregación racial. Aurelio, su mujer y sus hijos eran de color blanco y no tenían problemas, pero Magdalena, la nana, una soberbia mulata cubana, tenía que separarse de ellos si subían a un bus o llegaban a un lugar público. Aurelio Baldor, heredero de los ideales libertarios de José Martí, no soportó el trato y decidió llevarse a la familia hasta Nueva York, donde consiguió alojamiento en el segundo piso de la propiedad de un italiano en Brooklyn, un vecindario formado por inmigrantes puertorriqueños, italianos, judíos y por toda la melancolía de la pobreza. El profesor, hombre friolento por naturaleza, sufrió aun más por la falta de agua caliente en su nueva vivienda, que por el desolador panorama que percibía desde la única ventana del segundo piso.

La aristocrática familia que invitaba a cenar a ministros y grandes intelectuales de toda América a su hermosa casa de las playas de Tarará, estaba condenada a vivir en el exilio, hacinada en medio del olvido y la sordidez de Brooklyn, mientras que la junta revolucionaria declaraba la nacionalización del Colegio Baldor y la expropiación de la casa del director, que sirvió durante años como escuela revolucionaria para formar a los célebres “pioneros”. La suerte del colegio fue distinta. Hoy se llama Colegio Español y en él estudian 500 estudiantes pertenecientes a la Unión Europea. Ningún niño nacido en Cuba puede pisar la escuela que Baldor había construido para sus compatriotas.

Lejos de la patria Aurelio Baldor trató en vano de recuperar su vida. Fue a clases de inglés junto a sus hijos a la Universidad de Nueva York y al poco tiempo ya dictaba una cátedra en Saint Peters College, en Nueva Jersey. Se esforzó para terminar la educación de sus hijos y cada uno encontró la profesión con que soñaba: un profesor de literatura, dos ingenieros, un inversionista, dos administradores y una secretaria. Ninguno siguió el camino de las matemáticas, aunque todos continuaron aceptando los desafíos mentales y los juegos con que los retaba su padre todos los días.

Con los años, Baldor se había forjado un importante prestigio intelectual en los Estados Unidos y había dejado atrás las dificultades de la pobreza. Sin embargo, el maestro no pudo ser feliz fuera de Cuba. No lo fue en Nueva York como profesor, ni en Miami donde vivió su retiro acompañado de Moraima, su mujer, quien hoy tiene 89 años y recuerda a su marido como el hombre más valiente de todos cuantos nacieron en el planeta. Baldor jamás recuperó sus fantásticos cien kilos de peso y se encorvó poco a poco como una palmera monumental que no puede soportar el peso del cielo sobre sí. “El exilio le supo a jugo de piña verde. Mi padre se murió con la esperanza de volver”,
asegura su hijo Daniel.

El autor del Algebra de Baldor se fumó su último cigarrillo el 2 de abril de 1978. A la mañana siguiente cerró los ojos, murmuró la palabra Cuba por última vez y se durmió para siempre. Pero sus siete hijos, quince nietos y diez biznietos, siempre supieron y sabrán que a Aurelio Baldor lo mataron la nostalgia y el destierro.

¿DÓNDE ESTÁ OLGA?


¿dÓnde estÁ olga

 Es una pregunta que me hago casi todos los días, varias veces, por las mañanas; es una trivialidad que escriba sobre esto, pero como la mayoría de lo que escribo no es muy importante, me lanzo nomás.

 

“¡Olgaaa!… ¡Olgaaaaaa…!… ¡Olgaaaaaaaaaaaaa…..!”: Olga debe ser parte del personal de mantenimiento que trabaja en esta parte del condominio y por lo escuchado  o es muy necesaria, se esconde, está en algún lugar desde donde no escucha y si lo hace prefiere seguir haciendo lo que hace que antes que contestar llamados para preguntarle algo, para que alcance tal o cual cosa o tal vez Olga sea un poco sorda.

 

Lo que me llama la atención es que, como digo, el hecho se repite prácticamente a diario y muchas veces; lo único que he podido sacar en claro es que Olga trabaja en el turno de las mañanas porque en ninguna tarde he escuchado el llamado.

 

Debo decir que las voces que la llaman a gritos (porque gritan) son indistintamente de mujer o de hombre; lo que me hace pensar que Olga, que evidentemente no tiene como muchas de las personas que en este condominio trabajan, una radio portátil para comunicarse, hace labores de limpieza general y anda por el escalafón laboral más bajo.

 

Me sorprende y me vuelve a sorprender que la llamen a gritos (un modo bastante cavernícola de comunicarse) teniendo en cuenta que suele ser en horas tranquilas, cuando los chicos no han salido a jugar y claro, a gritar entusiastamente también; quizá sea, digo, que la gritería infantil ahoga los “¡Olga…!” o que la mezcolanza de gritos, voces, carreras, ruidos de pelotazos y llamados a Olga se convierte en un momento en una especie de ruido de fondo al que uno se acostumbra e ignora un poco…

 

Pero volviendo a Olga: ¿no sería bueno que ella prestara alguna atención, que alguien le recomendara visitar a un médico, que no jugara a las escondidas en horas de trabajo, que le dieran un radio transmisor o que – ¡por favor!- no gritaran tanto?

 

Imagen: casas.mitula.pe

 

 

FUE SÁBADO ESE DÍA


MANUEL ENRIQUE MAGISTER

El 26 de diciembre de 1903, cayó sábado y fue el día en que nació Manuel Enrique, mi padre, allá en el Cuzco, hijo mayor de Manuel y Antonia, a quienes no conocí; dicen que ella era hermosa y él, en las pocas fotografías que conservo luce bigote de puntas, seguro engominadas, serio y mirando a la cámara, sin saber que su nieto las guardaría celosamente para de vez en cuando tratar de encontrar los rasgos de familia…

 

Manuel Enrique casó con María Antonieta; soy soy el último de sus cuatro hijos y el único que todavía anda por aquí, recordándolos siempre, pero en especial en fechas como estas en las que se unen Navidad, cumpleaños, su aniversario de matrimonio, el nuestro con Alicia y año nuevo…

 

Es especial el 26 de diciembre porque “de sorpresa”, todos los años, venían desde Arequipa mi hermana Teté y sus tres hijos para junto con Tony, nuestra madre y Panchín,  nuestro hermano, celebrar esa especie de “todojunto” que creció al casarnos con Alicia un 30 de diciembre, allá por el ´71.

 

Me resulta inevitable que los recuerdos se acumulen, las emociones -nunca idas- vuelvan a tomar fuerza y el corazón se ensanche con la alegría de la Navidadcumpleañosaniversariosañonuevo, época tan especial y larga como la palabra que compuesta por los sucesos familiares, es; asocié desde chico, la Navidad al cumpleaños de mi padre, al aniversario de bodas de Tony y Manuel Enrique y a ése empezar de un año que siempre trajo esperanzas…

 

Ahora, en este 26 de diciembre estoy aquí, el único de los cinco que queda, escribiendo estas líneas, quizá reiterativas pero donde los recuerdos se amontonan trayendo aroma de violetas, impaciente paciencia, sonrisas, manos tomadas siempre, el olor del queque “dos colores” horneado reciencito; regalos, nacimiento, arbolito, rumor de mar en la noche callada y la felicidad de saberse querido y querer.

 

Hoy era el cumpleaños de mi padre y lo va a ser siempre mientras tenga memoria