¡UNA CUCARACHA, MARTÍNEZ!


CUCARACHA

No se trata del personaje del cuento infantil  “La Cucarachita Martina”, sino de la protagonista de un reality que hace que la fantasía, verdaderamente, supere a la realidad.

La cucaracha en la pizza y el aluvión de denuncias y descubrimientos que esta punta de iceberg cucarachoso ha producido en los medios locales, demuestra que un boom gastronómico, por descuido y desinterés se puede convertir en un ¡bum! explosivo que estalla en la comida, ante nuestras propias narices.

Cucarachas, gusanos y otros insectos o cuerpos extraños (¡una hoja de afeitar!) son algunos de los encuentros “del tercer tipo”, desagradables y peligrosos que los consumidores han encontrado en lo que se llevan a la boca.

Es cierto que se pueden quejar a INDECOPI, correr la noticia por las redes sociales y aparecer en la televisión, en periódicos y revistas, pero eso no repara el terrible momento pasado ni compensa lo que a todas luces es incompensable. El acto de consumo, en general, es un acto de confianza y en el caso de alimentos es mayor aún porque tiene que ver con la salud.

Esto tiene que ver con el desinterés que existe por el otro, por los demás. Tiene que ver también con la actitud personal a la que no importa nada con tal de “salir del paso”. Nos hemos acostumbrado a no exigir y cuando lo hacemos nos encontramos con la extrañeza y el rechazo de quienes, a fuerza de no exigir lo que es justo, piensan y creen firmemente que el reclamo “está fuera de sitio”.

El maltrato es una actividad diaria que sufrimos en diferentes frentes y “a llorar al río” si queremos quejarnos.

Claro, una cucaracha en la pizza o ratas en el cine son el resultado de una incuria doble: sucede por descuido y porque nos dejamos. Ojalá que a partir de ahora se tome conciencia que como ciudadanos, como seres humanos, tenemos deberes y derechos. Hay que cumplir a rajatabla unos y reclamar por los otros. Siempre.

 

 

EL DESTINO DE POCHITO


LECHUZA POR DURERO

Pochito era una lechuza.

Cuando llegó al “Club Deportivo Unión”, cuyo local quedaba en el garaje de mi casa, era pequeñita y no sé bien como fue a dar ahí, si porque alguno de los hermanos de Lucho nos la regaló o porque la atraparon desconcertada.

Lo que sí recuerdo es que el local del club se convirtió por un tiempo en el hogar de “Pochito”. Concluimos que era una lechuza, porque los búhos tenían en la cabeza unas “orejitas” de plumas y nuestro inquilino la tenía redondeada y sin vestigio alguno de las famosas “orejitas”. A nosotros, chicos, no se nos daba bien eso de las familias en zoología y aunque ahora sé que son diferentes búho y lechuza, acertamos: ¡era una lechuza!

Lo que sí nunca supe es por qué le pusimos “Pochito”, porque nunca averiguamos si era hembra o macho, es decir, lechuza o lechuzo.

En el club y le dejamos un recipiente con agua y un poco de carne molida, asegurándonos de cerrar las puertas para que no escapara y tuviera oscuridad, porque nos había parecido que la luz del día lo molestaba y no dejaba que viera.

Como el club quedaba, ya lo dije, en el garaje de mi casa, yo estaba encargado de vigilar a “Pochito”. La curiosidad me mataba y fui varias veces, a espiar primero, sin ver absolutamente nada (porque la lechuza era chiquita y el lugar estaba a oscuras) y después atreviéndome a entrar para comprobar su alimento y ver que parecía intacto. “Pochito” se había instalado en un larguero de madera cercano al techo y parecía dormir. No me atrevía a hacer luz para no molestarlo. En realidad me daba un poquito de miedo entrar y que el animalito me atacara (¡era carnívora la lechuza, habíamos leído no sé dónde!).

Un día nos armamos de valor y entramos a ver al huésped, que ya era mascota y socio honorario del club y tras mucho mirar descubrimos a “Pochito”, más asustado que nosotros, en una esquina. Eso sí, el club que no era un dechado de limpieza nunca, estaba “adornado” por las deyecciones del ave: ¡todo estaba cagado!

Definitivamente el club no era lugar para “Pochito”.

Decidimos entregarlo al zoológico de Barranco (ese que quedaba en “La Laguna”), pero antes había que atraparlo. No sé bien si lo hizo alguno de los hermanos mayores de Lucho, mi hermano Panchín o María, la sufrida empleada de la casa o su hermana Alejandrina (a la que “le dolían los zapatos”). Finalmente, “Pochito” pasó a ser residente del zoológico y fue el primer miembro del club (honorario, claro) que estuvo en una jaula.

 

ILUSTRACIÓN: «Lechuza» por Durero.