HUELE A MIEDO…


“Las personas son capaces de comunicar sus estados emocionales a través de señales químicas, sostiene un estudio de la Universidad de Utrecht, en Holanda.

Para llegar a esta conclusión los investigadores, liderados por Gün Semin, analizaron el sudor de varias participantes. Un grupo observaba una película de terror, mientras que el otro veía un filme que provocaba una sensación de rechazo y asco.

Los resultados mostraron que las mujeres expuestas al «sudor de miedo» adoptaron expresiones típicas de temor, abriendo los ojos y las fosas nasales y aumentando su percepción sensorial.

Las que olían el “sudor de rechazo” mostraban en el rostro claros gestos de desagrado, bajando las cejas, frunciendo el ceño y arrugando la nariz.

Lo resaltante, según los científicos, es que ninguna de las participantes era consciente de esos efectos ni lo relacionaba con el olor percibido.

«El hallazgo contradice la idea de que la comunicación humana sólo se produce a través del lenguaje y de los gestos«, afirma Samin en la revista Psychological Science.

El científico añadió que existen señales químicas que hacen que las personas se sincronicen emocionalmente sin ser conscientes de ello. Esto podría explicar, entre otras cosas, el contagio emocional que se observa en situaciones que implican a grandes multitudes de personas.  (Fuente:RPP).

 

La noticia aparecida en diferentes medios, no hace sino corroborar el título de este post.

Hemos leído mucho sobre ese olor que los animales perciben en uno cuando les teme y que los incita a atacar a lo que en su imaginario es una presa inerme y temerosa. Hemos leído también sobre el “olor del miedo” que flotaba en los barcos negreros y en los trenes que llevaban a los judíos a la muerte.

La ciencia está corroborando la existencia de la emisión de señales olfativas que de seguro eran percibidas claramente por nuestros antepasados arborícolas y cavernícolas. La novela “El Perfume”, narrada en clave de olor, es un maravilloso y terrible paseo por los aromas hasta que el protagonista quiere apropiarse del olor de una persona determinada…

Ïtalo Calvino, en su libro “Nuestros Antepasados” explora un mundo olfativo a través del tiempo, en una magistral prosa donde la nariz y su poder se despliegan en toda su grandeza.

Mucho se podría escribir sobre el tema del olfato y sus funciones: gatilla nuestra memoria, nos previene de peligros, provoca placer y tanto más.

Ahora se corrobora científicamente que lo que leímos, intuimos y a veces creímos es cierto: el ser humano produce olores que otros seres humanos decodifican.

Es que nos acostumbramos a enmascarar los olores propios y. que yo sepa, solo nosotros lo hacemos: usamos desodorantes (o sea “quita olores”) y perfumes mil, para tratar de no decir lo que nuestro cuerpo y su interior, a través de él, manifiesta en determinadas ocasiones.

La sociedad nos enseñó a fingir hasta el olor.

 

LA LEY DEL TALIÓN


DISCULPEN QUE SEA REPETITIVO…

 

(latín: lex talionis) se refiere a un principio jurídico de justicia retributiva en el que la norma imponía un castigo que se identificaba con el crimen cometido. El término «talión» deriva de la palabra latina «talis» o «tale» que significa idéntica o semejante, de modo que no se refiere a una pena equivalente sino a una pena idéntica. La expresión más conocida de la ley del talión es «ojo por ojo, diente por diente» aparecida en el Éxodo veterotestamentario.

Históricamente, constituye el primer intento por establecer una proporcionalidad entre daño recibido en un crimen y daño producido en el castigo, siendo así el primer límite a la venganza.

(Fuente: WIKIPEDIA.)

 

Lo primero que se viene a la mente cuando vemos las noticias del caos de “La Parada” es la Ley del Talión. Pienso que si aquí aplicamos esta antigua ley, a quien rompió una pata a la yegua policial a la que hubo que sacrificar, tendríamos que romperle una pierna y luego liquidarlo. Si se aplicara a los delincuentes que saquearon, golpearon y sembraron el pánico, habría que quitarles todo hasta desnudarlos, pegarles hasta no más y aterrorizarlos sometiéndolos a una abstinencia total de su droga favorita o haciéndoles ver la realidad del peor infierno carcelario, suspendidos de una cuerda que se va rompiendo poco a poco hasta dejarlos caer en él.

Esto, la ley citada se dice, es un límite a la venganza y trata de establecer una proporción entre el daño ocasionado por un crimen y el castigo. Es una pena idéntica al daño causado.

En un país como el nuestro donde las leyes parecen estar escritas en el viento o pintadas pon pintura invisible en paredes transparentes, esta primitiva ley tampoco se aplicaría y así la impunidad, una vez más, gracias al dinero, las conexiones políticas, “oficiosas”, o tal vez al miedo, volverá a ser el beneficio de quienes deberían, por lo menos, pudrirse en la sombra.

Es muy fácil echarle la culpa a quien quiere hacer que la ley se cumpla y maniobrar en la oscuridad para crear el caos. Los vándalos tienen azuzadores, los azuzadores jefes y estos financistas. Hay una pléyade de tontos útiles que aplauden a cambio de un vaso de pisco, unos soles o por el hecho de que “otros aplauden”. No nos equivoquemos: los delincuentes son organizados por alguien con intereses propios, que elude dar la cara, porque sabe pagar a quienes la muestran en su lugar, mientras se frota las manos: el viejo truco de tirar la piedra y esconder la mano, o frotársela con la otra de puro gusto.

Oleadas de líneas sobre el vandalismo y películas enteras con las fotos de los delincuente actuando se ha emitido e impreso en pocos días. Artículos y grita en pro de la revocatoria de una alcaldesa culpable de querer lograr una Lima limpia de basura de dos pies y de la otra, nos tratan de decir que todo es su culpa por tratar de hacer que la ley rija y desaparezca la corrupción.

Realmente la basura está saliendo de los vertederos, poniéndose corbata y tratando de convencernos que es olor a rosas la podredumbre que respiramos.

La Ley del Talión es una tentación justiciera y tal vez si se aplicara dejaría limpias las calles, vacías las covachas y desiertas algunas oficinas desde donde se orquesta el pandemonio en que vivimos.

 

 

PICHI DE GATO


 

Las noticias decían el sábado, que Buenos Aires había amanecido con “olor a orines de gato”. Curioso dato, si es que no compromete la salud de las personas y al medio ambiente (más allá del olor). Olores nauseabundos esparce el viento cuando a veces se huele en nuestra ciudad lo que podríamos llamar “a pescado” que en realidad suele darse en ciertos días de invierno y es un modo de llamar al fétido olor a pescado yo creo que está en descomposición. Se le echa la culpa a las fábricas de harina de pescado, que arrojan a la atmósfera el olor y a los vientos que lo mueven o a la ausencia de ellos, que causan su estacionamiento. Quien ha estado en Chimbote, sabe lo que suele ser el golpe nasal que se recibe y como, con el paso del tiempo, se acostumbra al olor.

Los olores marcan la vida y dejan huellas, agradables o no en la memoria y son el gatillo que dispara recuerdos. Varias veces en este blog he escrito sobre el olfato, los olores y los recuerdos.

Siempre me maravilla que nuestra nariz nos permita identificar y proceder de acuerdo a lo que percibe.

Veo a Pierce, mi gata, olfatear a los visitantes para, si es posible, marcarlos con su propio olor frotándose y pareciendo mimosa. Definitivamente nuestro olfato se ha embotado con el paso del tiempo, de generación en generación. Cada vez dependemos menos de él para sobrevivir y sin embargo solemos rechazar la comida que huele mal, porque la nariz-que está cerca de la boca- nos previene: el olfato como indicador.

En Buenos Aires el sábado a la mañana olía a pila de gato. O un gato celestial y gigante decidió mearse sobre la capital bonaerense o algún derrame químico produjo un olor parecido a los orines del animal. Como decía ojalá que no dañe al medio ambiente ni a los humanos, pero de pronto a alguien se le ocurre aplicar el olor a una sustancia que sea usada por la policía:

-“¡Ajj…! ¡Hueles a pichi de gato!

–“Es que estuve en una manifestación…”.

ROPA LIMPIA


Hoy, al ponerme una camisa limpia, me acordé de un aviso publicitario, creo que de un producto suavizante, en el cual aparece un joven poniéndose un polo blanco, con un dibujo de Ludwig van Beethoven y diciendo “Mmmm… ¡Qué bien huele Beethoven hoy!”. Es que la prenda de vestir tenía ese olor inconfundible de la ropa limpia, lavada y planchada, tan diferente del de la ropa nueva, la que está puesta más de una vez o la que viene en una maleta, después de un viaje a provincias. Ese olor fresco, fruto de seguro de la combinación de aromas de los productos usados para la limpieza y de la plancha, que deja un cierto aroma. Huele “a ropa limpia” es una expresión común cuando se abre el cajón de la cómoda o del mueble que contiene la ropa recientemente lavada y planchada. He incidido varias veces en este blog, en como se dispara algo en el cerebro con los olores. Nos retrotraen a la infancia, nos hacen revivir instantes, provocan el afloramiento de miedos o generan sensaciones que se tornan en temor o cariño. No conozco hasta ahora el olor de la indiferencia. Será que cuando esta se ha manifestado, no estaba presente nada que mi nariz detectara.

El olor del pan recién hecho me lleva a la infancia, al comedor familiar y el del “pan de cachete”, combinado con el sabor y su textura, trae al presente los lonches en casa de mis tías Gómez de la Torre, en la calle Santo Domingo, en Arequipa.

Estoy leyendo por enésima vez un libro que es una guía sobre el cerebro, que a pesar de lo moderno y gordo que es, no pasa de ser un folletito frente a la cantidad de saber que existe sobre este órgano y lo que se desconoce.  Justamente en la parte del olfato, bastante larga, nos habla de la interrelación entre este sentido y el del gusto. Es curioso pensar que quienes no lo tienen (anosmia se llama creo) tampoco tienen una poderosa palanca para los recuerdos.

No quiero abundar en disquisiciones sobre el olfato y repetir cosas que ya he dicho otra vez. Simplemente que hoy, al ponerme la camisa me acordé de un aviso y fue el olfato el que activó mi memoria, algo encontró el aviso entre mis recuerdos y decidí escribir sobre ello. Me doy cuenta pobremente de la maravillosa máquina que tenemos y se llama cerebro. Digo pobremente, porque no alcanzo a comprender muchas cosas y hay zonas de misterio y absolutamente desconocidas que hacen que yo sea el que soy, me explican y a veces se manifiestan y me doy cuenta. Todo empezó hoy con ponerme una camisa limpia y buscar un tema sobre el cual escribir.

¡Maravilloso olor que me hace saber que aún sigo vivo!

 

LA FUERZA DEL OLOR


A veces uno fuerza la memoria, tratando de extraer recuerdos y un cierto olor gatilla  la extraña cadena de asociaciones que nos trae el pasado al presente y nos lleva a él. Hoy por la mañana, de pronto sentí lo que para mí era el olor característico de la pintura. No una pintura cualquiera sino la del esmalte. En el momento de detectarla, un cúmulo de imágenes del pasado vino a mi mente. La más nítida tenía que ver con una mesita de noche que alguna vez, chico, pinté con lo que seguramente eran los restos de un esmalte del color que hoy llamaríamos “hueso” y que entonces era una especie de blanco indefinido, un poco crema. Me quedo con ese recuerdo porque una vez escogido, me permite ver la forma del pequeño mueble y cómo mi absoluto desconocimiento hizo que el cajón, muy bien pintado, se pegase, impidiendo después su normal apertura. Una vez, dificultosamente extraído (con ayuda segura y reconvenciones lógicas) se mostraba en forma de gotas rotas de pintura chorreadas y secas, la trampa que impedía el normal deslizamiento del cajón. Deben haberme indicado que dejase secar fuera el cajón y que después lo colocase, una vez que la pintura estuviese BIEN seca. Lo habré hecho así, pero en la parte baja del cajón siempre quedaron restos de esas gotas rotas y dificultaron el cierre. ¿Resultado? Otra vez se esparció por el aire, fuertemente, una y otra vez tiempo después, el olor a pintura. A esmalte llamado curiosamente en un alarde de modernidad, “sintético”.

Tiempo después, cada vez que abría el cajón de la mesa de noche que quedaba cerca de la cabecera de mi cama, sentía el olor característico. Ese olor que hace un rato me devolvió a un momento de evidente impericia y deseo de terminar algo empezado, inmediatamente.

Y entonces también recordé cuando en ésa misma habitación de la casa de Ayacucho 263, en Barranco, el éter despedido por un chisguete de vidrio, de carnavales marca  “Amor de Pierrot” que yo había escondido precipitadamente bajo mi almohada y que se rompió, me hizo dormir profundamente, digamos que me anestesió y felizmente, al no moverme, los vidrios del envase roto no me produjeron ningún corte. El olor a éter no se borrará nunca de mi memoria y estará asociado a los carnavales, sí, pero a que uno de niño suele hacer cosas que ya crecido nunca haría, porque las consecuencias pueden ser desastrosas.

Hay mucho escrito sobre los olores, desde tratados como “El mono perfumado” y cuentos como “La nariz” hasta novelas tan notables como “El perfume”, que tratan de la estrecha relación entre los olores y el recuerdo. Hay mucho escrito y he leído bastante sobre el tema, pues en mis cursos de creatividad, lo he tocado extensamente, sin embargo el misterio persiste para mí. Siempre me parecerá de fábula que lo olido active la memoria y haga surgir momentos, sabores y texturas del pasado. ¿O es que el olorcito de un lomo saltado haciéndose no ha conseguido que “salive” de gusto?

 

LA MÚSICA


En mi post anterior decía que ciertas canciones, cierta música es para mí la imagen de un amigo. Hoy, al leer lo escrito, otro querido compañero de colegio, que vive hace mucho tiempo en USA, me escribió tratando de adivinar a qué grupo vocal me refería. De pronto, surgió en mi memoria el nombre: «The Lettermen» y de inmediato le contesté diciéndoselo. Pasaron unos minutos y me envió por Internet tres links a Youtube de los «Lettermen»  y uno a una versión de «More» de Riz-Ortolani. En segundos volví a fines de los sesenta, a ese tiempo «feliz y despreocupado», a decir de alguien.

Y así como a mí, estoy seguro que a multitudes de personas les pasa lo mismo. Cada acorde es un recuerdo y la canción completa más de una historia. Por eso, los temas musicales de película, si están bien conceptuados y ejecutados, son tan efectivos. ¿Alguien no recuerda los silbidos y la armónica de los » spaghetti western» de Sergio Leone?

La música siempre ha acompañado y a veces dictado mis mejores y más tristes momentos. A mi madre la «veo» cada vez que escucho la sinfonía «Pastoral» de Beethoven, o si es Chopin al que oigo en alguna grabación. Así sucede con amigos y muchas personas que conozco. Cierta música me retrotrae a lugares y tiempos. Sucede lo mismo con los olores. Definitivamente nuestro cerebro opera una serie de conexiones, que no por conocidas resultan menos misteriosas. El hecho se da ¿Por qué sucede?

La magia opera siempre. Podrán darme todas las explicaciones científicas, que debe haberlas, pero para mí, siempre será magia. N0 me explico el fenómeno de otra manera.

Alguna vez dictando clases donde hablaba de percepción, tuve que tratar de explicar esto y creo que lo logré, pero el tema perdía toda su aura al ser explicado minuciosamente.  Era como ver a una chica linda corriendo y explicarla en fución de músculos, huesos, tendones y articulaciones en movimiento.

Me quedo con la chica linda corriendo.

Me pasa lo mismo con la música: si trato de explicarla en función de instrumentos, cuerdas y vientos, en forma de corcheas o semi corcheas, de los soplidos del trompetista o la habilidad de los dedos de un pianista, la música muere. Seguramente gana en explicaciones, pero pierde en eso que se llama arte: en la emoción estética que se produce y que me lleva a otras cosas, jalando hilos invisibles.

Escribo esto porque he abandonado las ganas de explicar algo cuya explicación se hace, sí, pero a costa de descubrir que lo que lo hace hacer «tick» a un reloj son piezas, que por más que combinen maravillosamente son eso, piezas. Lo que vale es el «tick» que en los relojes analógicos y mecánicos, significaba la hora.