HOY ES EL “DÍA TONY”


TONY. FOTO ILUMINADA POR PAPY

 

MARÍA ANTONIETA (“TONY”) GÓMEZ DE LA TORRE DE ECHEGARAY

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FELIZ DÍA DE LA MUJER A TODAS LAS MUJERES

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LAS DULCERAS DE TONY


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Quedan cinco y seguramente fueron una docena; las siete restantes tal vez se rompieron o se perdieron en uno de los múltiples viajes del peregrinar que llevó a Tony y a Manuel Enrique por el territorio nacional o quizá el anillo de plata que tenían y abrazaba la parte inferior, fue motivo para que alguien decidiera llevárselas una a una.

 

Fueron “las dulceras de Tony”, hechas en vidrio transparente, grueso, con sencillas ornamentaciones y el anillo de plata de la base que falta en las que quedan…; recuerdo muy bien lo del anillo porque solamente una lo conservaba (las otras lo perdieron porque se despegó, supongo) y curiosamente aún queda la coloración del pegamento original, que no sale por más que se lave y se frote: es como si una huella de tinte, una especie de sombra indicase que allí hubo algo.

 

Si estoy en lo cierto y por el tipo de objetos, deben haber sido un regalo de matrimonio que les alguien les hiciera allá por 1931; un regalo que viajó, que se usó, que “perdió prestancia” (pero no utilidad) y que de a pocos desapareció hasta “descompletar” el juego, como se dice; claro que lo más seguro es que todo esto no tenga mucho interés para el que lea mi historia, pero “las dulceras de Tony” acompañaron mi infancia, adolescencia y juventud para luego que ella falleciera, quedaran aquí en casa, como herencia y recuerdo de mazamorras moradas con guindones, pasas y membrillo; arroz con leche y arroz “zambito” memorables, con su clavo de olor y espolvoreados de canela; cremas de chirimoya deliciosas y realmente dulces o fresas en compota que eran un verdadero premio.

 

Ahora, esas cinco dulceras albergan gelatinas, alguna mazamorra morada de sobre y pudín de chocolate o vainilla también de sobre: no es que nos esmeremos mucho en los postres, pero las dulceras –sin su anillo de plata- siguen en uso y cuando necesitamos más, porque hay invitados, echamos mano de “las otras”, que también fueron de Tony, pero no tienen ninguna particularidad porque seguramente fueron compradas “para el diario” en la locería de Barranco,  que quedaba en la avenida Grau.

 

Tony dejó al irse gran cantidad de vajilla que se repartió entre los tres hermanos; de lo que Alicia y yo recibimos, parte la tiene nuestra hija Alicia y en casa guardamos lo de Paloma y entre lo poco que conservamos para nosotros, están esas dulceras y unos vasitos de cóctel, que están guardados porque nadie por aquí toma ni hace los cócteles que preparaba mi padre: algarrobina y “Biblia”, que constituían sus “agasajos alcohólicos”; nostalgia de tiempos idos, de eso que trae sonrisas y la impaciencia de la espera por terminar una comida para “entrarle” al postre, o el prolegómeno de un cóctel el domingo al almuerzo, antes de una palta rellena con pollo y unos humeantes tallarines a la boloñesa con harto queso parmesano rallado.

 

 

 

 

 

¡GRACIAS POR HABER SIDO ASÍ!


PAPYS EN TERRAZA BARRANCO0002

A Tony y a Manuel Enrique, allá en el Barrio Eterno, les envío un abrazo inmenso hoy que es el último día del año y estarán celebrando como todos los 31 de diciembre, su aniversario de matrimonio; el día en el que la chica que se subía a los árboles, tocaba timbres  corriendo antes de que abrieran las puertas y el ingeniero serio, pero de gran sonrisa, empezaron esta familia de padres e hijos de la que ahora solo quedo yo.

 

Quiero darles esas gracias inmensas que estoy seguro no serán suficientes nunca, por haber sido como fueron, por darnos a mis hermanos y a mí ese ejemplo viviente que los llevaba, amándose, a superar dificultades, capear vientos y a disfrutar del sol, del mar, del campo y de las pequeñas cosas como el canto del pájaro o la risa del niño.

 

Gracias por enseñarnos a caminar, marcarnos el sendero para dejarnos -vigilándonos siempre- que solos encontráramos el rumbo con nuestro propio ritmo; gracias por enseñarnos que cada día es distinto y que trae consigo alegrías y penas.

 

Gracias a Tony y a Manuel Enrique por darnos lo que nadie podrá quitarnos nunca y es ese ejemplo de vida –perdonen si redundo- que construyeron con paciencia, hecho de días felices y difíciles, uniéndolos con la argamasa indestructible del amor.

 

Hoy que es el último día del año y que para ustedes fue el primero de una vida feliz, mi gratitud eterna, que es pequeña, lo sé, por haber sido como fueron.

 

Manolo.

 

 

ÁRBOL GENEALÓGICO


'ARBOL GENEALÓGICO

La genealogía no solo no es mi fuerte sino que para mí siempre ha sido algo tedioso aunque comprendo que para muchos puede ser una aventura eso de recorrer “hasta sus últimas consecuencias” las uniones y derivaciones que forman la familia, esa, que como “célula de la sociedad” es  todo un celulario casi inconmensurable; tengo primos y amigos a los que les fascina adentrarse en las ramas de esa planta gigante y hallar curiosidades como un tataratío millonario o un ancestro pirata.

 

Mi primo Pancho es de esos y su curiosidad lo fue llevando (según confiesa) de apuntar en una libretita ciertos datos a crear un árbol genealógico que llevaba a mi casa, hecho en la parte de atrás de planos que no usaba (Pancho es ingeniero) pegados con cinta adhesiva para formar un rollo kilométrico donde los nietos sucedían a los hijos, los hijos a los padres, estos a los abuelos, bisabuelos, tatarabuelos y choznos con ramificaciones a los tíos, primos, sobrinos y vete tú a saber que personajes más de la nomenclatura familiogenealógica; el rollo que traía a mi casa viajaba instalado en el compartimento que está detrás del asiento posterior del VW modelo escarabajo y Pancho tenía uno de esos, verde, si no me equivoco.

 

Un mal día le robaron el carro con árbol genealógico más y no recuperó nunca ni el uno ni lo otro; pero Pancho es trejo y volvió a la brega…

 

Supongo que ahora fue un poco más sencillo –aunque igual de trabajoso- ir anotando y estableciendo conexiones, por la práctica que ya tenía y la colaboración de muchísimos parientes Gómez de la Torre (porque este es el apellido  “arbóreamente investigado”) que sumaron los datos familiares que poseían.

 

Todo este prolegómeno es para contar que el martes 16, Pancho me invitó para almorzar con “los primos” y feliz acepté porque de vez en cuando es bueno que uno salga y socialice; de los que me nombró e irían, además de Pancho, conocía exactamente a cuatro y uno de ellos no fue; el en el carro de Pancho (que es ahora un Fiat) fuimos por Juan Francisco, hijo de Pancho ( hay multitud de Panchos en la familia, en honor de Francisco, el abuelo), hermano de mi madre, primo más o menos 12 años mayor y de allí tras los reconocimientos y efusiones propios de la ocasión que se daban después de unos cinco o seis años de no vernos, enrumbamos al lugar del almuerzo.

 

Mi primo Juan Francisco usa bastón y ve poco; yo camino rengueando, ayudado, veo mal y Pancho, fresco con sus 69 primaveras es un guía-chofer-guardián-amigo-primo-apoyo ayudador; pero ahí vamos a encontrarnos con más canas y calvas, para abrazar a todos (si se puede abrazarlos) a estos primos que esperan en el chifa (comida china) del club Regatas Lima, frente al mar (“mirando al mar de arriba” diré mejor, porque si no me equivoco estamos en un 4° piso); Pancho y Juan Francisco son mis primos hermanos y los que están allí, en principio son lo que se llama “primos segundos”, hijos de primos o primas de los padres de Juan Francisco, de Pancho y de mi madre.

JUAN FRANCISCO GT

 

Allí hay un ex marino, un administrador pero los ingenieros ganan por goleada; salvo Tony (el ex marino),  yo, que tenemos la misma edad y Pancho, el menorcito, los demás primos superan los ochenta años cada uno.

PANCHO GT

 

Las anécdotas vuelan, las historias se alargan y el “mi mamá que hablaba siempre de la tuya” se vuelve casi un tópico; desfilan personajes y nombres conocidos, queridos o escuchados por ese recordar que viaja a sitios diferentes, que evoca coincidencias, que visita pasados; todos somos amigos, somos primos, parientes y llevamos el “Gómez de la Torre” con el orgullo de esos que se saben pertenecientes a la Historia, esa que a veces está en los libros y otras en lo que siempre nos creímos que era una leyenda.

CON TONY GT

 

 

Imagen: http://www.imagui.com

Fotografías de la reunión (ya se habían ido dos primos).

EL ABUELO FRANCISCO.


ABUELO FRANCISCO.

Como ya lo he dicho en un antiguo escrito, “Conocí a mi abuelo Francisco en el color de los ojos de mi madre”, porque falleció en 1938, bastante antes de que yo naciera y todo lo que he sabido de él ha sido por intermedio de María Antonieta, “Tony”, para nosotros, historias de familia, los escritos de él o sobre él y las fotografías.

 

Vuelvo a escribir sobre mi abuelo Francisco porque cuanto más ahondo en este conocimiento póstumo, siento tremendamente no haberlo conocido en persona, para poder preguntarle y aprender de él directamente, esas cosas que los nietos quieren saber de los abuelos y que estos, quitándose los anteojos, cuentan…

 

Cuando miro la fotos veo a un hombre que debió ser bajito, serio, que muy rara vez aparece riendo, aunque sea una instantánea la que lo muestre (y eran raras esas fotografías tan populares hoy, en una época en que se pensaba estar posando para la posteridad); con anteojos redondos, calvo y con bigote, siempre de saco y corbata.

 

Cuando leo sobre él, lo único que veo y conservo son palabras de homenaje, de agradecimiento; que hablan de un hombre extraordinario, que se pagó los estudios universitarios de Derecho dando para ser abogado, dictando clases en un colegio; que fue maestro universitario, rector tres veces de la misma universidad donde estudió su carrera en Arequipa, profesional reconocido, condecorado con la Orden del Sol por el Estado.

LIBRO HOMENAJE ABUELO FRANCISCO. (2)

 

Leo asombrado sus poesías y la prosa suya que encontré en hojas sueltas;  recuerdo que mi madre me contaba de su puntualidad, que los escritos sobre él corroboran, de cómo se levantaba al alba y se acostaba temprano cada día, sin importar que fuera lunes o domingo; que leía muchísimo y que yo nunca pude ver su biblioteca fabulosa que alguno de mis primos mayores vendió en su provecho…

 

No conocí a mi abuelo Francisco, el de la prole numerosa, que tenía la imagen del patriarca, del hombre justo; el que por sus ideas de avanzada supo ganarse el respeto de muchos y la inquina de algunos, pero hubiera sido muy feliz de conocerlo y que con mi abuela Margarita tomáramos el té un sábado, en el gran comedor, para después, al piano, escucharla tocar lo que ella quisiera, yo sentado en la alfombra y él en lo que de seguro era su sillón favorito.

REVISTA UNSA HOMENAJE ABUELO FRANCISCO.

 

Sí, tal vez me excedido en espacio, pero es que cuando pienso en mi abuelo Francisco es tanta la carga de recuerdos heredados que se desborda como el agua de un pozo y corre libremente haciendo que reviva unos días que nunca conocí, pero que intuyo.

BANQUETE PARA EL ABUELO FRANCISCO 1923. (2)

 

PRESENCIA DE TONY.


TONY EN LA PLAYA EN TRAJE DE BAÑO.

Si no me equivoco hay un cuento que se llama “Presencia de Inés” y recordé el título (aunque no me acuerde del autor, ni cuándo lo leí) al empezar a escribir este post, que subiré el viernes a “manologo”; estoy escuchando el Nocturno Opus 9. Número 2, de Chopin en una ejecución magistral del pianista lituano Vadim Chaimovich, que encontré en Youtube.

 

(https://www.youtube.com/watch?v=OvAQ0wdNFpM)

 

Dura 10 (diez) horas…; por supuesto que la pieza musical se repite una y otra vez, con un pequeñísimo intervalo entre cada una.

 

Puede parecer de locos o una tontería esto que hago, pero me siento como si fuera pequeño y mi madre hubiera puesto en el tocadiscos el disco de 33 rpm de funda azul celeste que tiene bandas negras, sobre las que está escrito, en inglés, con letras amarillas, lo que yo no sé leer aún…

 

 

Es que al encontrar esta versión repetida una y otra vez del tema favorito de Tony, que tocaba el piano aprendido de chica y nunca tuvimos en casa, decidí que sonara en la computadora el tiempo completo, mientras yo escribía, almorzábamos con Alicia y Paloma, lavaba la vajilla que usamos, regresaba a escribir, respondía correos y esperábamos que llegara Alicia María con la nieta Miranda para una visita que será reunión de familia.

 

Es mi manera de recordar a Tony, de tenerla presente, de que esté aquí, en mi memoria y en la música durante mucho tiempo; ahora ya sé que cada vez que coja uno de sus álbumes con fotografías de los años que ya se fueron, tomadas por mi padre, por mis tíos o por algún fotógrafo ocasional, donde hay personas que no tienen nombre para mí, porque se fue la memoria de todo, que era mi madre y se llevó con ella esos nombres que correspondían a quienes rieron, jugaron carnavales, se disfrazaron, fueron de excursión, viajaron a Tingo o estuvieron en Trujillo, vivieron en el Cusco y posaron para un lente que los perennizara…

 

Ahora escribo porque sé que tengo que hacerlo, como un pequeño homenaje de cariño con música de fondo, para esa mujer de la que aprendí tanto; que junto con mi padre me guiaron poniéndome en camino para después dejarme andar solo, asumiendo los errores y aciertos de la vida, observándome con amor mientras vivieron.

 

Podría escribir más, pero sé que no debo ser extenso, porque si alguien lee esto, lo cansaría y al fin, lo que menos quisiera es que suceda.

 

Seguiré con las cosas habituales, leeré, vendrá la hija mayor con la nieta menor; de fondo siempre estará Chopin y sentiré que Tony está aquí, acompañándonos.

CAJA DE CARTAS.


 

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Llegó una carta con mi nombre escrito a mano en el sobre y con estampillas; de inmediato recordé las cartas que mi madre guardaba en una caja y que descubrí al revisar sus cosas tiempo después que falleciera.

 

Eran las cartas que mi padre le escribía siempre que estaba de viaje, e inclusive cuando vivía en campamentos, dedicado a construir carreteras, en distantes lugares del país; yo lo imaginé enviando las cartas a la ciudad más cercana a donde él estaba para que desde allí, el correo le hiciera llegar sus palabras amorosas a María Antonieta, preguntándole cómo estaba, cómo estaban los hijos; cartas que no tendrían por lo general respuesta hasta que ella se lo contara todo a viva voz, cuando él retornara, generalmente, pasados varios meses.

 

Cartas donde él le contaría de sierras, de accidentes sufridos con la mula, de las sonrisas del cocinero al ver que les gustaban sus platos inventados y pobretones…

 

Una caja con cartas que no me atreví a abrir porque hubiera sido como si los espiara por el ojo de una cerradura; cartas de las que solamente repasé los sobres que llegaron de distintas ciudades, escritas al abrigo de una carpa, a la luz de una lámpara de petróleo, cuando la noche empezaba a caer y el día depositaba su cansancio.

 

Las cartas en que mi padre no contaba sus preocupaciones y sí que todo estaba bien, que avanzaban, que medían, que sacaban la tierra y las piedras; que a veces desenterraban huacos.

 

Era el tesoro de mi madre, que ella guardaba en una caja de cartón, trajinada de tanta mudanza por un Perú muy grande; rota y pegada muchas veces de tanto abrir y cerrar, de tanto hurgar en ella para rescatar las palabras, los recuerdos y los sueños; cuando la hallé, ya no estaba ninguno de los dos y seguramente mi madre siguió leyendo las cartas de mi padre después que él se fue una mañana triste, porque sabía que Manuel Enrique no podría entonces escribirle, ni enviar la carta al pueblo más cercano que tuviera correo, para que le llegara.