NO ME GUSTA ESTO


No me gusta lo que leo, lo que veo y escucho.

No me gusta porque de pronto los malos recuerdos vienen como cuervos sobre un campo después de la batalla. Recuerdos que a pesar de ser espantados regresan volando en círculos y se instalan en los árboles.

Recuerdos de colas, de escasez de productos que no necesitas y tienes que comprar si quieres arroz o leche. Recuerdos de billetes con altas denominaciones que hoy me sirven para marcar libros. Recuerdos que nos hacen volver a una etapa que creímos olvidada y demuestra haber estado sólo escondida.

Y me doy cuenta que no soy el único. Cuando converso con los taxistas que a diario me transportan de un lado a otro, la sensación de “dejá vu” se instala. Y entonces las cosas parecen repetirse. Recordamos juntos cómo era y cómo podría ser si nos descuidamos. Hacemos una especie de viaje en el tiempo viendo pasar por la ventanilla las calles de la Lima de hoy, con su paisaje lunar producido por alcaldes.

De pronto nuestro Perú parece haber empezado una reversa peligrosa. Los temas saltan uno tras otro y recuerdo titulares de periódico, discursos y negaciones. Realidades no vistas o evitadas. Imaginaciones.

Y en esta especie de viaje fantástico al pasado, que parece salido de las páginas de una mala novela de ciencia ficción, da miedo encontrarse a la vuelta de la esquina con lo ya sabido, lo presuntamente olvidado. Y lo terrible es que hay gente que se siente feliz y cree ir hacia adelante cuando en realidad parecemos retroceder. Como para no entender lo que sucede.

Ahora el tiempo se enrosca  en sí mismo y lo mezcla todo. Mezcla los años, los instantes, los sucesos. Mezcla los rostros y las edades. Convierte las declaraciones triunfales del pasado en curiosos ecos que rebotan en las paredes para aturdir a quienes van perdiendo el sueño.

La realidad, como de costumbre, va más allá de lo imaginable porque nadie creyó en un retorno de los tiempos. Nadie sino quienes por no aprender de la historia se ven condenados a repetirla . Y nos condenan a todos.



Anuncios

NOCHES FOGOSAS


Este trabajo es la agencia Dentsu, de Beijing, China; el director de arte fue Jin Yang.

Mis correos se llenan del famoso spam diariamente.

En especial de aquél que me ofrece viagra o sus sustitutos “al mejor precio del mercado” o “enviado en sobres sin identificación”.

No sé si su sofisticado marketing les dice mi edad y si dentro de las estadísticas uno a estas alturas ya necesita de ayudas azulitas o de otros colores. El hecho es que la “viagrosis” se ha convertido en un verdadero virus para mi computadora, que por más que lo elimine vuelve a aparecer, como el pie de atleta que vemos en TV. Como el tal, merecería ser arrancado de raíz.

Y me llegan correos con remitentes exóticos y con componentes engañosos a ver si caigo. Copio un ejemplo llegado hace minutos a mi Gmail:

Be ready for steamy spring nights Spam
Responder
Patrica Cordero <Patrica@mtv-aalen.de>
a usuario
mostrar detalles
14:00 (hace 17 minutos)
Our new natural formula is aimed at the maximal growth of your package
Carry out a task of your male enhancement today!
spokesperson for Nassau County District Attorneywith Bo calling it “destructive to bilateral trade”.minutes from time through substitute Salomon Kalou.
minutes from time through substitute Salomon Kalou.spokesperson for Nassau County District Attorneywith Bo calling it “destructive to bilateral trade”.

Como se puede ver, hacen al final alusión al vocero de un abogado del distrito del condado de Nassau, texto que se repite cortado. Nassau no tiene nada que ver con mi “package”, ni poder tener “steamy spring nights”.
Este spam me hacer perder el tiempo, a pesar que el software del correo lo separa e indica como basura. Gmail me dice que el spam será borrado en 30 días, pero mientras tanto, si no borro, tendré una acumulación apocalíptica en mi bandeja de correo indeseado.
Sé que éste es un mal mundial. Cada vez que aparece un medio de comunicación se mal emplea con diversos fines. Lo tremendo es que debe surtir efecto porque sigue inundándonos como una marea incontenible. Basta desatender el correo para que se acumulen mensajes que ofrecen de todo. Siempre son “the best” o “incredible”. Vienen con nombres de remitentes que demuestran una imaginación digna de mejor causa por parte de los responsables de esta invasión.
Y muchas veces estos correos esconden virus que se instalan en la computadora y la controlan esclavizándola; es decir que envía lo que se le ordena desde fuera y se convierte en colaborador involuntario de actos que si no lo son, rondan con la criminalidad.
Cuando digo esto, la mayoría de mis amigos me mira como si yo hablara bajo los efectos de un huiro o después de haber bebido hasta que el grado de alcoholemia en la sangre pueda ser fácilmente detectado sin necesidad de nada más que el olfato. “Éso NUNCA me va a pasar a mi”, suele ser la sentenciosa observación.
Hasta que “la primera vez” hace su inexorable arribo y por descuido o curiosidad abrimos un correo desconocido pero atractivo o raro. Y he aquí el virus instalado cómodamente, sin que muchas veces nosotros nos demos cuenta. Hasta que alguien nos dice que le están llegando correos extraños de nuestra parte; o simplemente seguimos en la ignorancia y somos parte pasiva de una red delincuencial que usa miles de computadoras en el mundo.
Muchas veces el viagra prometido sólo potencia los virus en Internet.

TAXIS


 

taxi.jpg

Desde que me dio el infarto cerebral y quedé ciego, a pesar de haber recuperado ahora un 30% de la visión, gracias a neuronas caritativas que no son especializadas, porque las que se hospedaban en la zona occipital del cerebro, es decir las dedicadas a la visión murieron, decidí que no manejaría más por verdadera imposibilidad… visual.

Eso ha hecho que de chófer me convierta en pasajero. Pasajero de taxis que al principio, inseguro, arrendaba de modo permanente para que me llevaran a las reuniones y me recogieran. Finalmente decidí, por economía y para dejarme de melindres, estirar el brazo, parar un taxi, negociar el precio y dirigirme a mi destino.

A veces llamo a taxis de compañía, especialmente si no conozco el lugar y no sé como he de regresar o si es muy tarde y aún continúo en una reunión. Allí prefiero saber que alguien me espera para volver a casa tranquilo.

Pero durante el día abordo vehículos que van desde el amarillo SETAME, hasta los parchaditos multicolores. Trato de no subir a un Tico, pero si la distancia es muy corta y el tiempo apremia, lo hago, a pesar de ver con miedo como las llantas de los ómnibus que pasamos raudos, son a veces más grandes que el taxi en que voy. Es curioso, pero a veces uno piensa que en un tramo corto no le va a pasar mayor cosa y sin embargo estoy seguro que el peligro puede estar a media cuadra si de un Tico se trata, por la normal combinación de alta velocidad y casi total desprecio a las reglas de tránsito del conductor y la ligereza y desprotección de un carrito que no está hecho para la tan mentada jungla de asfalto. Es una especie de monito tití en el reino de los gorilas.

Mis aventuras “táxicas” muchas veces devienen en tóxicas por el humo que inhalo y entra por ventanas abiertas, malogradas o rotas, son múltiples; como múltiple es el parque automotriz que “hace servicio”.

Los taxistas podríamos dividirlos en taxistas profesionales, taxistas aficionados y taxistas de oportunidad.

Los taxistas profesionales se agrupan en empresas que se interconectan por radio y de las que uno puede solicitar servicios vía teléfono (que suele estar ocupado el 90% del tiempo, especialmente cuando se está apurado); también están los ya mencionados SETAME o taxis pintados de color amarillo, con una calcomanía que indica el nombre del propietario de auto, que por lo general resulta ser una mujer aunque el que maneja sea hombre.

Luego están los que mantienen su vehículo sin afiliación conocida, pero son de servicio público, es decir que se dedican a hacer taxi de manera habitual, conocen las calles y tienen el auto o camioneta en buen estado.

Estos taxistas profesionales no necesitan preguntar por las direcciones que les damos, tienen y saben usar una guía de calles y manejan generalmente bien. Tratan de no cometer infracciones porque saben que va en desmedro de su trabajo.

Los taxistas aficionados, la segunda categoría, son legión. Los hay de todo tipo, pero la mayoría son profesionales desempleados o empleados sin empleo. Hacen taxi como un modo de subsistir y son propietarios de su vehículo o alquilan uno para “taxear”, nombre que ha derivado en verbo. Los Thurn Und Taxis han visto convertido su apellido no sólo en parte de la vida diaria moderna, sino en pieza de este nuevo idioma que “apertura” puertas y ciclos académicos; que (pecado mío de lenguaje a veces) “bloguea”; que “internaliza”, “renderiza” y “chatea”.

Los taxistas aficionados necesitan llevar (como todos) pan a sus casas y pelean a veces a los pasajeros como si fueran combis asesinas. Cruzan bermas centrales, cortan camino por atajos inenarrables y eligen rutas que parecen darle la vuelta al mundo para evitar tres semáforos o una calle congestionada. Conocen poco las calles y llegan preguntando a las más difíciles de ubicar. La guía de calles es una necesidad insatisfecha, hablan por el celular manejando con una mano y charlan sobre política, problemas económicos o temas profesionales.

Más de una vez, signo de los tiempos, he sido conducido por ingenieros, maestros, médicos, policías, amas de casa y un largo e insospechado etcétera de profesiones. Una vez he llegado llevado en taxi por un inventor ganador de un premio al invento en Suiza a dictar mi clase de…Técnicas de Razonamiento Creativo en la Universidad. Me entusiasmó tanto su conversación que lo invité para que en mi siguiente clase participara contando sus experiencias a mis alumnos. Estos no pudieron creer que tenían delante a un verdadero inventor, ganador de un premio en Suiza y que hacía taxi porque aquí nadie se interesaba por sus inventos.

Finalmente están los taxistas de ocasión. Es decir aquellos que “completan” un poco de plata que necesitan, o sacan para la gasolina o el petróleo llevando pasajeros por zonas a donde ellos van. No se arriesgarán a salir de la ciudad ni por barrios desconocidos. No entrarán al centro y dudarán al dar la tarifa preguntando “normalmente cuánto le cobran a usted?”, para ver si les conviene o siguen su camino. Aquí hay de todo. Desde hijos de papá con la radio a todo volumen y el auto evidentemente obsequiado por ingreso a la universidad o “robado” al papá para agenciarse unos soles, hasta jubilados que matan el tiempo, conversan un poco y hacen un extra.

He dejado fuera y para el final a los delincuentes. Esos que como buitres esperan que alguien suba, lo tasan y después lo asaltan para sacarle plata de las tarjetas de crédito o cosas peores. Suelen actuar en grupos de dos o tres y son el terror de cualquier pasajero o pasajera que no esté prevenido.

Mucho se podría hablar de los taxistas limeños y sus especiales características. En Londres, el gremio de taxistas se renueva gota a gota conforme van muriendo los titulares. Cada taxista tiene que conocer al dedillo las calles y las rutas y dar exámenes de manejo, conocimientos de mecánica, cortesía y por supuesto reglas del tránsito. Son verdaderos guías y están orgullosos de ser taxistas.

Ojalá, en algún momento del futuro, nuestros taxistas lleguen aunque sea a un 40% de éso y no baste hacer cambios de luces para avisar al posible pasajero y tener un casquete plástico con imán pegado al techo para ser un Taxista con mayúscula.

PEIRANO Y EL RECONOCIMIENTO


Copio aquí, del Boletín CONEXIÓN de la Universidad Católica, el comentario sobre la entrega de la Medalla Dintilhac a Luis Peirano, acompañado de una fotografía donde aparece recibiendo el pergamino que acompaña a la medalla, de manos del Rector de la Universidad, Ingeniero Guzmán Barrón. Una vez más, felicitaciones!

 

Nuestro Decano recibió la más importante distinción


El viernes 28 de marzo Luis Peirano, decano de la Facultad de Artes y Ciencias de la Comunicación, recibió la más alta distinción de nuestra universidad: la medalla R.P. Jorge Dintilhac, en una ceremonia realizada al medio día, en el Auditorio de Derecho. En el acontecimiento, se dieron cita las principales autoridades universitarias, profesores y alumnos, quienes se unieron para reconocer la trascendental labor del maestro e investigador en los marcos del teatro y las comunicaciones.

El evento inició con la lectura de la Resolución del Consejo Universitario del 28 de noviembre del 2007, por parte del Secretario General, Dr. René Ortiz. En el discurso se destacó la contribución de Peirano a la actividad artística y formativa del Perú, así como a la difusión del movimiento cultural de la PUCP.

Abelardo Sánchez León, profesor y coordinador de la especialidad de Periodismo, relató episodios característicos de sus 35 años de amistad con el homenajeado. Narró cómo, siendo sociólogo, Peirano le enseñó a vincular la Ciencias Sociales con la literatura y el teatro. Recalcó el espíritu humanista de su amigo y colega: “El es un renacentista que a cada proyecto le pone talento, esfuerzo y corazón. Hoy estamos aquí para darle un homenaje, para aplaudirlo”.

Acto seguido, el rector de la PUCP, Ing. Luis Guzmán Barrón hizo un recuento de la carrera de Luis Peirano, resaltando su base cristiana y de servicio en todas las tareas culturales y comunicativas que ha cumplido. También destacó su pasión por el teatro y su importante labor en el desarrollo de las comunidades. En palabras de Guzmán Barrón: “La universidad le confiere esta medalla porque él refleja la formación integral de la PUCP”.

Seguidamente, el rector le hizo entrega de la medalla Dintilhac y del pergamino con la Resolución del Consejo Universitario, en medio de calurosos aplausos de los asistentes puestos de pie. Notablemente emocionado, nuestro decano agradeció la condecoración a la universidad declarando que se sentía abrumado por el honor: “Recibo esta medalla con orgullo, porque estoy seguro de que también es un reconocimiento al equipo con el que he trabajado”, expreso.

Fotografía: Semanario PuntoEdu   Agradecimiento: Ana Lía Orézzoli

CONVERSAR


01313245_400.jpg

Conversar es un arte que se va perdiendo poco a poco, como tantas cosas en esta vida.

A veces parece que escribiera sobre lo que se va, pero resulta que cuando uno hace funcionar la cámara de los recuerdos saltan tantas cosas que parecen pertenecer al pasado, que no queda más remedio que citarlas.

Estoy seguro que más de uno pensará que estoy equivocado y que la conversación no morirá jamás. Y es cierto. Parcialmente cierto, porque desde hace un tiempo las condiciones para que una buena conversación se desarrolle han ido menguando en diferentes lugares.

La conversación de sobremesa por ejemplo, se hace difícil si no imposible con el ritmo actual que no permite reunirse a la familia a almorzar o cenar y luego estirar un poco el tiempo con la satisfacción de estar en familia, precisamente,  y poder contar las cosas que toda familia comparte (o compartía).

Ahora todos corremos porque hemos que llegar a tiempo a algún sitio, o tenemos almuerzos de negocios o cocteles o cenas; o simplemente nos quedamos por ahí con los amigos y regresamos tarde, con la mayoría en casa, ya durmiendo.

El antiguo desayuno suele haberse convertido en un café rápido o un yogurt bebido a la velocidad del rayo para salir pitando a la oficina, la universidad o el colegio. ¿Conversación? Imposible. No hay tiempo.

Permanecen, es cierto, las conversaciones alrededor de unos cafés en algún restaurante. Pero basta que uno mire el reloj para que los demás recuerden citas y urgencias, dejando la conversación para otra oportunidad…que tal vez no llegue.

La conversación, ése intercambio de datos, opiniones, consejos y varios, se da poco. Ya sólo los viejos juegan al rocambor, donde la conversación fluía mientras se hacía juego sin descuidar a los contrarios.

Recuerdo todavía una campaña de cerveza Cristal, fruto de la creatividad del “Cumpa” Donayre: “Conversa que te conversa”. Claro, uno “conversaba” unas cervezas haciendo que el tiempo pareciera un chicle de lo elástico que era. Hoy la cerveza “pasa bien”  y alguna tan rápido como para prepararse a la juerga.

Recuerdo la expresión ” se quedó conversando con su sombra” , para denotar abandono.  Ahora a los que antes se les llamaba conversatorios se les titula foros. Hasta el término se va desvaneciendo.

Sin embargo queda mucha gente con ganas de conversar y no “chatear” banalmente a través de la computadora. Gente que valora el cara a cara con cosas interesantes dichas, anécdotas contadas y enseñanzas aprendidas. Las viejas tertulias que eran conversatorios de grupo, poco a poco han desaparecido con su informal formalidad.

Para muchos, el fogoso orador grecorromano Tertuliano presta su nombre a ésa institución que parece haber empezado en el siglo de oro español, en los cafés.  La tertulia, hoy bastante restringida es una “rara avis”.

La velocidad está matando a la conversación. La velocidad que no nos deja espacios, que aborrece los puntos muertos y que nos hace llegar a tiempo para cumplir con tareas prescindibles. Y ahora, sin tiempo para hacerlo, conversar parece haberse convertido en un dispendio, en algo accesorio que suele dejarse para después…cuando haya tiempo.

Y de pronto nos encontramos con que el tiempo se acabó y sonó el pitazo final, con el resultado de no haber dicho tantas cosas que nos hubiera gustado decir a alguien y sin haber podido contrastar opiniones relajadamente.

El tiempo apremia. Pero no podemos dejar que no nos permita conversar aunque sea un par de cervecitas.

FOTÓGRAFOS AMBULANTES


fotografo_th.jpg

Escribe en el blog mi amigo CP11, rindiendo un homenaje de recuerdo al fotógrafo ambulante. Y lo merece.

Lo merece no sólo por lo que ha significado a lo largo del tiempo, sino que su anonimato alegraba las tardes de los sábados y los domingos al ofrecer a los paseantes un recuerdo del instante vivido, del lugar visitado o de la enamorada o enamorado con quien se juraba amor eterno. 

Le respondí a su correo personal, contándole que hace mucho tiempo, allá por 1973, cuando escribía cuentos para “Correo”, publiqué uno que se llamaba “El hombre de la máquina” y que debe estar en uno de los muchos fólderes que desordenadamente componen mi archivo entre comillas. Prometí buscarlo y no lo encuentro aún, como tampoco ninguno escrito en ésa época. Pero eso no quiere decir que no me aúne de inmediato a este homenaje memorioso. 

El fotógrafo ambulante, tal como lo conocimos, es una especie extinguida por lo menos en la capital. Es cierto que debe quedar alguno que con su cámara de cajón montada sobre un trípode hace posar a domingueros para la posteridad. Seguramente en provincias también los habrá.

La magia de la fotografía no es fácil de desterrar, cuando uno ve su imagen en un cartón brillante y en blanco y negro. Las máquinas Polaroid en un momento trataron de arrinconar a la fotografía “normal”, la que requería de un revelado que el ambulante efectuaba en el mismo lugar, tomándose el tiempo necesario y alargando la curiosidad. La “polas”  eran instantáneas; al principio en blanco y negro y después en color. Pero resultaban caras y con el tiempo se iban desvaneciendo.  

Hoy cualquiera tiene una cámara digital o un celular que toma fotografías.Es cierto que el placer de la instantaneidad impresa como recuerdo en el momento no existe, pero se pueden ver las fotos de inmediato. Se pueden borrar y volver a tomar.

¿Cuánto cuesta eso?  Nada. Y así los paseos se llenan de cámaras y fotógrafos aficionados que repiten hasta el infinito las caras y gestos de la diversión, que después sólo podremos ver, si nos las envían por correo electrónico, en una computadora o si las “queman” en un disco compacto que podremos ver…¡en una computadora!. 

Claro que se pueden imprimir y podemos ir a un establecimiento especializado, que los hay muchísimos, para que nos las entreguen brillantes en papel, con corrección de colores y los detalles mil que queramos arreglar o modificar. Tdo cuesta. No mucho, pero cuesta.  

Y la magia es distinta. Porque una cosa es ver a un mago moderno  hacer desaparecer un tren frente a un auditorio atónito en TV y otra ser testigos del mago funámbulo que en un teatro corta en dos a su asistente metida en una caja, o la hace desaparecer insertando espadas en el lugar donde se suponía que estaba. La magia ahora es tecnológica y se ha vulgarizado. Todos pueden tomar una foto.

Pero nuestro fotógrafo ambulante fotografiaba, retocaba a veces, revelaba y copiaba todo en un mismo lugar. En el mismo lugar donde la foto perennizaba el momento. 

En mi cuento, el fotógrafo viaja a Arequipa y se instala en el parque Duhamel; de allí lo botan otros fotógrafos que no quieren competencia afuerina. Regresa a Lima y se  da cuenta que algo le pasa en la vista.         Un oculista se lo explica diciéndole que tiene cataratas y que eso es como si la lente de una cámara fotográfica se empañara y oscureciera… 

Claro, en ésa época una operación de catarata era riesgosa y sólo el Dr. Barraquer en Colombia se especializaba. No existían las lentes intraoculares y la vida vista a través de anteojos con lunas de inmenso aumento no era muy hermosa de seguro. 

Hasta ahora tengo, un poco desvaída es cierto, una foto de Alicia María, mi hija mayor cuando era chiquita, con su blusa a cuadros, subida en un caballito de utilería en la Plaza de Armas de Chosica, durante una tarde de paseo con juegos mecánicos pobretones pero emocionantes.                    Hablo de el año 75  más o menos.  

Y conservo también fotos de mi hermano Pancho, de mi padre y de mi madre, tomadas por fotógrafos al paso, en el viejo centro de Lima allá por los años cincuenta. Fotografías que eran entregadas en casa, porque el fotógrafo, una vez tomada la instantánea, se acercaba pidiendo la dirección para hacer la entrega por sumas que nunca pasaban los diez soles por unidad. Y ahí están, desafiando al tiempo, en blanco y negro, deteniendo la vida de ésas tres personas que ya no están más que en la memoria. 

Sí. Se podría decir mucho de la fotografía y sus cambios. Las grandes cámaras han ido desapareciendo con las complicaciones de ASA y DIN, normas americana y alemana de sensibilidad; con las distancias, las aperturas de foco…

Primero fueron las famosas Brownie de Kodak y luego se convirtieron en legión de marcas, hasta llegar a las cámaras desechables. Hoy la fotografía digital no sólo ha puesto la fotografía al alcance de todos, sino que la ha desacralizado y también, porqué no, banalizado. 

Gracias CP11 por sugerirme este post. 

Quiero pedir disculpas finalmente porque no he cumplido con escribir cada día últimamente. Sucede que mi laptop desde la que escribía y a la que hacía mi cómplice de trabajos, clases y presentaciones, decidió, como dicen en Colombia, “sacar la mano”, es decir colapsó. Ahora está en manos del técnico, mi buen amigo Luis Mayurí, a quien recomiendo fervientemente; yo escribo desde la computadora de casa que comparto con mi hija, mi esposa y mi nieta.  A saltos no importa, pero aquí estamos.

La Tavernetta.


pag18tazas.jpg

Qué pena no tener una fotografía para mostrar como referencia y confiar tan sólo en la memoria que cuando falla, suele inventar para parchar el hueco.

La Tavernetta quedaba en el jirón Puno, frente a las oficinas del Ramo de Loterías de Lima y Callao y frente, claro está, a la Escuela Superior de Relaciones Públicas y Turismo del Perú.

La Tavernetta era un restaurante con mesas convertidas en apartados; es decir mesas colocadas entrando a la derecha, en forma perpendicular y banquetas corridas con espaldar, que daban una cierta intimidad a los cpmensales. Existía una barra y desde detrás, Baldo Baldi y su esposa dominaban el panorama y cuidaban la atención a los clientes.

Nosotros, alumnos de la Escuela de RRPP del frente, matábamos ciertas horas con un café alargado o un jugo que demoraba en terminarse. Llenábamos los ceniceros de colillas y conversábamos bajo la sonrisa de Baldo y las pocas pulgas de su mujer.

Cuando digo nosotros me refiero a Freddy Ego Aguirre, Luchi Figari, Mariella De la Fuente, Nelly Castle, Mirtha Balestra, Beatriz Sánchez León, Fernando Váscones, Sylvia Llerena, Javier Moore y otros cuyos nombres están guardados con llave en mi memoria de por allá el 66 y 67.

Es cierto que no estábamos siempre todos, pero a veces en dos mesas con cuatro o seis nos reuníamos animadamente antes de emprender excursiones por el centro de Lima, mirando como si fuéramos turistas. Recuerdo mucho haber entrado a la iglesia de LaMerced y sentados en las bancas conversar en voz baja, hasta que nos botaron por entrar a “enamorarnos”. Queda grabada en mi memoria también la foto que nos hicimos, sentados en una de las cadenas que rodeaban la pileta central de la Plaza de Armas, gracias a los buenos oficios de un fotógrafo ambulante.

En La Tavernetta la ociosidad nos hacía dejar casi desatornilladas las tapas de los azucareros, sabiendo que el próximo cliente que quisiera endulzar su café vería esparcida el azúcar por la mesa. Hacíamos también agujeritos con un alfiler a los sorbetes que siempre se llamaron cañitas, para que quienes nos reemplazaran en la mesa tuviesen las mayores dificultades al tomar un jugo o una bebida, pues sería más el aire que absorbían que el líquido.

Supongo que a éso se debía la mala cara de la esposa de Baldo, que sabía que nadie sino nosotros, en nuestras eternizadas estancias podíamos hacer ése tipo de cosas.

Era muy raro que comiésemos algo, salvo algún solitario sandwich. Sin embargo nunca podré olvidar cuando pedí unos spaghetti que llegaron en plato hondo con la sencillez de la buena comida y fueron alabados por mi. Pocas veces vi a alguien tan contento como a la señora Baldi en aquél momento. Era que había salido de detrás del mostrador y los había preparado ella misma porque faltaba o había salido el cocinero. El muchacho serio pero molestoso que podía ser yo, se había transformado de pronto en un ragazzo que alababa il suo piatto! Se puso tan contenta…

Creo que después de aquella anécdota suavizó sus maneras y nos prohijó un poco a todos.

La Tavernetta cerraba los domingos, el día que nosotros íbamos al teatro Municipal a escuchar el concierto de la Orquesta Sinfónica. Llegábamos a instalarnos en cazuela que era donde nuestros teneres permitían. Después del concierto caminábamos hasta el costado del cine Colón, en Quilca, para tomar el ómnibus que nos repartiría por la Av. Arequipa y a mi me llevaría hasta Barranco, después de haber planeado encontrarnos en algún cine-club por la tarde-noche. Recuerdo dos: el del Ministerio de Trabajo y el del colegio Champagnat.

Javier Moore manejaba el auto de su padre, un Austin verde creo, que a veces nos regresaba del cine-club mientras los comentarios crecían y se acaloraban en el estrecho espacio del automóvil, ufanos de conocer actores, filmografías y directores.

La Tavernetta…

No creo que exista ya. Baldo y su esposa seguramente tampoco estarán y el mozo, uno gordo y sonriente que nos atendía no sé si viva aún.

Pero si pudieran  leer estas líneas, si alguno de mis amigos de la Escuela llegara a ver escrito esto, quiero que sepa que recuerdo tanto ésos días y vienen a mi memoria tantas imágenes que se me hace difícil descifrarlas y separarlas.

El jirón Puno, La Tavernetta, Baldo Baldi, los “expresos” azules marca Mercedes Benz, los vendedores de maní confitado en las colas para subir al ómnibus; mis primeras pipas y el tabaco Half & Half comprado en La Colmena, en ésa pequeña tienda que vendía tabaco, pipas, cigarrillos de todas partes del mundo, revistas y pequeñas chucherías… Todo está aquí. Un poco mezclado tal vez, pero fresco en la memoria.