FOTÓGRAFOS AMBULANTES


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Escribe en el blog mi amigo CP11, rindiendo un homenaje de recuerdo al fotógrafo ambulante. Y lo merece.

Lo merece no sólo por lo que ha significado a lo largo del tiempo, sino que su anonimato alegraba las tardes de los sábados y los domingos al ofrecer a los paseantes un recuerdo del instante vivido, del lugar visitado o de la enamorada o enamorado con quien se juraba amor eterno. 

Le respondí a su correo personal, contándole que hace mucho tiempo, allá por 1973, cuando escribía cuentos para “Correo”, publiqué uno que se llamaba “El hombre de la máquina” y que debe estar en uno de los muchos fólderes que desordenadamente componen mi archivo entre comillas. Prometí buscarlo y no lo encuentro aún, como tampoco ninguno escrito en ésa época. Pero eso no quiere decir que no me aúne de inmediato a este homenaje memorioso. 

El fotógrafo ambulante, tal como lo conocimos, es una especie extinguida por lo menos en la capital. Es cierto que debe quedar alguno que con su cámara de cajón montada sobre un trípode hace posar a domingueros para la posteridad. Seguramente en provincias también los habrá.

La magia de la fotografía no es fácil de desterrar, cuando uno ve su imagen en un cartón brillante y en blanco y negro. Las máquinas Polaroid en un momento trataron de arrinconar a la fotografía “normal”, la que requería de un revelado que el ambulante efectuaba en el mismo lugar, tomándose el tiempo necesario y alargando la curiosidad. La “polas”  eran instantáneas; al principio en blanco y negro y después en color. Pero resultaban caras y con el tiempo se iban desvaneciendo.  

Hoy cualquiera tiene una cámara digital o un celular que toma fotografías.Es cierto que el placer de la instantaneidad impresa como recuerdo en el momento no existe, pero se pueden ver las fotos de inmediato. Se pueden borrar y volver a tomar.

¿Cuánto cuesta eso?  Nada. Y así los paseos se llenan de cámaras y fotógrafos aficionados que repiten hasta el infinito las caras y gestos de la diversión, que después sólo podremos ver, si nos las envían por correo electrónico, en una computadora o si las “queman” en un disco compacto que podremos ver…¡en una computadora!. 

Claro que se pueden imprimir y podemos ir a un establecimiento especializado, que los hay muchísimos, para que nos las entreguen brillantes en papel, con corrección de colores y los detalles mil que queramos arreglar o modificar. Tdo cuesta. No mucho, pero cuesta.  

Y la magia es distinta. Porque una cosa es ver a un mago moderno  hacer desaparecer un tren frente a un auditorio atónito en TV y otra ser testigos del mago funámbulo que en un teatro corta en dos a su asistente metida en una caja, o la hace desaparecer insertando espadas en el lugar donde se suponía que estaba. La magia ahora es tecnológica y se ha vulgarizado. Todos pueden tomar una foto.

Pero nuestro fotógrafo ambulante fotografiaba, retocaba a veces, revelaba y copiaba todo en un mismo lugar. En el mismo lugar donde la foto perennizaba el momento. 

En mi cuento, el fotógrafo viaja a Arequipa y se instala en el parque Duhamel; de allí lo botan otros fotógrafos que no quieren competencia afuerina. Regresa a Lima y se  da cuenta que algo le pasa en la vista.         Un oculista se lo explica diciéndole que tiene cataratas y que eso es como si la lente de una cámara fotográfica se empañara y oscureciera… 

Claro, en ésa época una operación de catarata era riesgosa y sólo el Dr. Barraquer en Colombia se especializaba. No existían las lentes intraoculares y la vida vista a través de anteojos con lunas de inmenso aumento no era muy hermosa de seguro. 

Hasta ahora tengo, un poco desvaída es cierto, una foto de Alicia María, mi hija mayor cuando era chiquita, con su blusa a cuadros, subida en un caballito de utilería en la Plaza de Armas de Chosica, durante una tarde de paseo con juegos mecánicos pobretones pero emocionantes.                    Hablo de el año 75  más o menos.  

Y conservo también fotos de mi hermano Pancho, de mi padre y de mi madre, tomadas por fotógrafos al paso, en el viejo centro de Lima allá por los años cincuenta. Fotografías que eran entregadas en casa, porque el fotógrafo, una vez tomada la instantánea, se acercaba pidiendo la dirección para hacer la entrega por sumas que nunca pasaban los diez soles por unidad. Y ahí están, desafiando al tiempo, en blanco y negro, deteniendo la vida de ésas tres personas que ya no están más que en la memoria. 

Sí. Se podría decir mucho de la fotografía y sus cambios. Las grandes cámaras han ido desapareciendo con las complicaciones de ASA y DIN, normas americana y alemana de sensibilidad; con las distancias, las aperturas de foco…

Primero fueron las famosas Brownie de Kodak y luego se convirtieron en legión de marcas, hasta llegar a las cámaras desechables. Hoy la fotografía digital no sólo ha puesto la fotografía al alcance de todos, sino que la ha desacralizado y también, porqué no, banalizado. 

Gracias CP11 por sugerirme este post. 

Quiero pedir disculpas finalmente porque no he cumplido con escribir cada día últimamente. Sucede que mi laptop desde la que escribía y a la que hacía mi cómplice de trabajos, clases y presentaciones, decidió, como dicen en Colombia, “sacar la mano”, es decir colapsó. Ahora está en manos del técnico, mi buen amigo Luis Mayurí, a quien recomiendo fervientemente; yo escribo desde la computadora de casa que comparto con mi hija, mi esposa y mi nieta.  A saltos no importa, pero aquí estamos.

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La Tavernetta.


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Qué pena no tener una fotografía para mostrar como referencia y confiar tan sólo en la memoria que cuando falla, suele inventar para parchar el hueco.

La Tavernetta quedaba en el jirón Puno, frente a las oficinas del Ramo de Loterías de Lima y Callao y frente, claro está, a la Escuela Superior de Relaciones Públicas y Turismo del Perú.

La Tavernetta era un restaurante con mesas convertidas en apartados; es decir mesas colocadas entrando a la derecha, en forma perpendicular y banquetas corridas con espaldar, que daban una cierta intimidad a los cpmensales. Existía una barra y desde detrás, Baldo Baldi y su esposa dominaban el panorama y cuidaban la atención a los clientes.

Nosotros, alumnos de la Escuela de RRPP del frente, matábamos ciertas horas con un café alargado o un jugo que demoraba en terminarse. Llenábamos los ceniceros de colillas y conversábamos bajo la sonrisa de Baldo y las pocas pulgas de su mujer.

Cuando digo nosotros me refiero a Freddy Ego Aguirre, Luchi Figari, Mariella De la Fuente, Nelly Castle, Mirtha Balestra, Beatriz Sánchez León, Fernando Váscones, Sylvia Llerena, Javier Moore y otros cuyos nombres están guardados con llave en mi memoria de por allá el 66 y 67.

Es cierto que no estábamos siempre todos, pero a veces en dos mesas con cuatro o seis nos reuníamos animadamente antes de emprender excursiones por el centro de Lima, mirando como si fuéramos turistas. Recuerdo mucho haber entrado a la iglesia de LaMerced y sentados en las bancas conversar en voz baja, hasta que nos botaron por entrar a “enamorarnos”. Queda grabada en mi memoria también la foto que nos hicimos, sentados en una de las cadenas que rodeaban la pileta central de la Plaza de Armas, gracias a los buenos oficios de un fotógrafo ambulante.

En La Tavernetta la ociosidad nos hacía dejar casi desatornilladas las tapas de los azucareros, sabiendo que el próximo cliente que quisiera endulzar su café vería esparcida el azúcar por la mesa. Hacíamos también agujeritos con un alfiler a los sorbetes que siempre se llamaron cañitas, para que quienes nos reemplazaran en la mesa tuviesen las mayores dificultades al tomar un jugo o una bebida, pues sería más el aire que absorbían que el líquido.

Supongo que a éso se debía la mala cara de la esposa de Baldo, que sabía que nadie sino nosotros, en nuestras eternizadas estancias podíamos hacer ése tipo de cosas.

Era muy raro que comiésemos algo, salvo algún solitario sandwich. Sin embargo nunca podré olvidar cuando pedí unos spaghetti que llegaron en plato hondo con la sencillez de la buena comida y fueron alabados por mi. Pocas veces vi a alguien tan contento como a la señora Baldi en aquél momento. Era que había salido de detrás del mostrador y los había preparado ella misma porque faltaba o había salido el cocinero. El muchacho serio pero molestoso que podía ser yo, se había transformado de pronto en un ragazzo que alababa il suo piatto! Se puso tan contenta…

Creo que después de aquella anécdota suavizó sus maneras y nos prohijó un poco a todos.

La Tavernetta cerraba los domingos, el día que nosotros íbamos al teatro Municipal a escuchar el concierto de la Orquesta Sinfónica. Llegábamos a instalarnos en cazuela que era donde nuestros teneres permitían. Después del concierto caminábamos hasta el costado del cine Colón, en Quilca, para tomar el ómnibus que nos repartiría por la Av. Arequipa y a mi me llevaría hasta Barranco, después de haber planeado encontrarnos en algún cine-club por la tarde-noche. Recuerdo dos: el del Ministerio de Trabajo y el del colegio Champagnat.

Javier Moore manejaba el auto de su padre, un Austin verde creo, que a veces nos regresaba del cine-club mientras los comentarios crecían y se acaloraban en el estrecho espacio del automóvil, ufanos de conocer actores, filmografías y directores.

La Tavernetta…

No creo que exista ya. Baldo y su esposa seguramente tampoco estarán y el mozo, uno gordo y sonriente que nos atendía no sé si viva aún.

Pero si pudieran  leer estas líneas, si alguno de mis amigos de la Escuela llegara a ver escrito esto, quiero que sepa que recuerdo tanto ésos días y vienen a mi memoria tantas imágenes que se me hace difícil descifrarlas y separarlas.

El jirón Puno, La Tavernetta, Baldo Baldi, los “expresos” azules marca Mercedes Benz, los vendedores de maní confitado en las colas para subir al ómnibus; mis primeras pipas y el tabaco Half & Half comprado en La Colmena, en ésa pequeña tienda que vendía tabaco, pipas, cigarrillos de todas partes del mundo, revistas y pequeñas chucherías… Todo está aquí. Un poco mezclado tal vez, pero fresco en la memoria.

SEMANA TRANCA.


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Ayer tomé un taxi para ir a una reunión y cuando el tránsito comenzó a ponerse denso y el taxista a buscar rutas que nos llevaran rápido a destino, la conversación empezó a girar en torno a las dificultades para desplazarse normalmente con las calles rotas y las avenidas principales cerradas por reparaciones.

“Además ya está empezando la semana tranca” me dijo. Al principio yo no me dí cuenta, hasta que reparé en que se estaba refiriendo a la Semana Santa. “Claro, ya empiezan a salir los carros con sus carpas y cosas en el techo, porque la maletera la tienen llena de chelas”, afirmó riendo mi taxista. “Cómo han cambiado los tiempos, antes se celebraba la Semana Santa y la gente dedicaba unos días a pensar. Ahora todo es juerga…” continuó.

No era una persona mayor ni tenía aire de ser muy religiosa (miré si traía colgado un rosario del espejo o símbolos religiosos pegados en el tablero o parabrisas y no había nada)  pero añoraba una época de reflexión.

Y entonces me puse a pensar que tenía toda la razón.

Si retrocedo en el tiempo, me veo yendo con mis padres a la parroquia de Barranco a las ceremonias que conmemoraban la pasión y muerte de Jesucristo. Recuerdo que se besaba un crucifijo grande, que durante el año estaba colgado sobre el altar (parroqia de la Santísima Cruz, se llama). Recuerdo también mi aburrimiento mientras mis padres rezaban o meditaban. Para mi era un tiempo sin colegio, que a veces coincidía con mi cumpleaños, haciéndolo definitivamente tristón y desangelado. Mi hermana ya estaba casada y viviendo en Arequipa y mi hermano, once años mayor que yo, no nos acompañaba salvo a la misa “de gallo” o de Resurrección.

Semana Santa era Semana Santa  en un entorno de tradición religiosa y práctica verdadera donde mi pequeña familia era infaltable en la participación parroquial activa. Mi madre era presidenta de la Acción Católica (rama de mujeres) de la parroquia y mi padre presidente nacional de la Acción Católica Peruana. Nada menos.

Yo era un alumno de colegio de monjas, donde se nos preparaba para ir al “colegio grande” llevado por los jesuitas. Allí, la Semana Santa era observada religiosamente (valga la perogrullada) y nos instaban a vivirla en familia, cosa que yo no tenía otra alternativa que cumplir.

Pasaron los años y la Semana Santa fue diluyéndose poco a poco. Mi poco meditada vocación religiosa que me colocó en el seminario de Santo Toribio recién salido del colegio, se había ido en una operación de apéndice ocurrida mientras estaba allí.

Luego vino la vida, como diría alguien y la Semana Santa, por efecto de la “modernidad” y la acelerada secularización de una sociedad profundamente religiosa con santos fundadores, se convirtió en una festividad diferente. Puramente festiva.

En vez de llorar la muerte de Dios y luego celebrar Su resurrección, pensando en ello, el movimiento fue sólo celebratorio y sin ningún pensamiento. Los cuatro días se convirtieron en unas vacaciones estupendas para salir de viaje, ir de campamento a playas que despedían el verano o simplemente dar vueltas por los “points” aprovechando una ciudad cada vez más separada de ceremonias religiosas y  reflexiones.

Antes, Lima parecía vacía porque se recogía en sí misma. Hoy su vaciedad se debe a que quien puede se va fuera a disfrutar de los días feriados.

Todo este pensamiento me produjo la conversación con el taxista.

Y ahora me doy cuenta que la semana santa se escribe con letras minúsculas y es una fiestita más en el calendario del trabajador. Sí claro que hay Estaciones, ceremonias y todo lo demás; pero la ciudad no parece interesada ni participante.

Y si alguien viaja a Ayacucho en esta época es por un afán turístico y para ver de noche la procesión de Cristo en su ataúd de vidrio todo iluminado, el “Encuentro” y los encapuchados que antes fueron flagelantes. Es la curiosidad de lo exótico lo que lleva a desplazarse.

Hemos perdido un espacio para pensar.

La velocidad de la vida nos ha arrollado y la corriente del río de los días nos lleva sin dejarnos pausa para saber dónde vamos. No pensamos y estos cuatro días que tradicionalmente eran de reflexión, se han convertido de Semana Santa en “semana tranca”  por las posibles borracheras.

No lo miremos del lado religioso. No pienso en ceremonias, ni siquiera en Ejercicios Espirituales, como los que siguen celebrándose bajo el modelo de San Ignacio de Loyola. Pienso solamente en un espacio propio que nos hemos dejado arrebatar y que ahora es llenado por más de lo mismo o por un aburrimiento soberano porque nuestros amigos se fueron.

Las “vacaciones” nos han dejado sin ése lugar necesario para reflexionar y encontrarnos con nosotros mismos.

Dirán que claro, que el que escribe esto es un viejo de casi sesenta y un años, que está de regreso porque ya no puede ir más allá. Contestaría con la  frase: “viejo es el mar y todavía se mueve”.

Pero de pronto sí. Estoy de regreso de un viaje que sé que puede continuar, pero me he dado cuenta que la vida no está hecha sólo de aeropuertos, caminos, fiestas, trabajo y amistades bulliciosas. También tiene silencios y paradas. Que no sepamos aprovechar esos instantes es cosa nuestra.

Como digo a mis alumnos, hay un momento diario en el que el hombre y la mujer se encuentran individualmente solos: él cuando se afeita frente al espejo y ella al maquillarse por la mañana. No hay nadie más y puede ser un momento de reflexión, a solas.

Bueno, es el único que nos va quedando, porque estamos desperdiciando una buena oportunidad. Ojalá que no la perdamos para siempre.

EL MAR.


Un amigo me escribe porque vio mi blog. Comenta que la fotografía que puse en la cabecera bien podría ser del lago Titicaca en la parte boliviana. Podría ser. Es tan grande el lago y no conozco precisamente ésa zona pero me cuenta él que habiendo vivido en Bolivia por varios años, le parece.

Bueno, yo mientras no se demuestre fehacientemente lo contrario, seguiré pensando que es el mar lo que en la fotografía se ve. Porque a mi el mar, como creo que a todos, me produce una sensación extraña y especial.

Estoy acostumbrado a él porque vivo en Lima, cuya costa está bañada por ése océano equivocadamente llamado Pacífico por los españoles. El mar, la mar. La mar océana. El océano Pacífico.

La palabra mar es mucho más doméstica. Mar era el Egeo griego, es el Mar de las Antillas de nuestras historias de piratas y el mar de los sargazos, donde los barcos de vela quedaban atrapados en las algas. El mare nostrum de los romanos y el Mar de las Sirtes de la novela que en 1951 ganó el premio Goncourt y que su autor, el francés Julien Gracq (seudónimo de Luis Poirier) rechazó creando un escándalo.

El Pacífico, el Atlántico, el Índico, el Ártico y el Antártico son nombres que usamos para llamar a ése río gigantesco que griegos y romanos pensaban que circundaba la tierra. Río que era un dios llamado Océano.

En el océano navegan barcos y esperanzas. El mar llega hasta nuestras playas a mojarnos los pies y destruye castillos de arena que construimos soñando.

playa-con-club-regatas.jpgÉse mar doméstico que viene de ser océano impetuoso a pesar de su nombre, para convertirse en olas que sobrevuelan las gaviotas al atardecer. Mar del que no puedo prescindir. Por hermosas que sean las ciudades mediterráneas, finalmente terminan ahogándome con su falta de horizonte y su carencia de aguas inabarcables. Porque aunque sea casero, nuestro mar se proyecta más allá de donde el sol se pone.

Recuerdo el mar de Pacasmayo que corría entre las rocas sembradas de lapas persiguiendo a ése chico feliz que era yo en alguna vacación norteña donde conocí la refrigeradora a kerosene y el negro aparato de radio Zenith Transoceánico.

El mar amigo de Agua Dulce, donde las carpas a rayas se levantaban para que los bañistas se cambiaran y proteger del sol a los mayores. O el de los Baños de Barranco, que iba y venía manso debajo de la estructura de madera por donde paseaban las parejas y los muchachos exhibicionistas se tiraban desde barandas pintadas de verde. Ése mar al que entrabas caminando sobre piedras y agarrado a una soga para no resbalar.

O después el mar de La Herradura, testigo de amoríos adolescentes y veraniegos y espectador de

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borracheras inocentes en el malecón, sin plata suficiente para quedarnos en “El Suizo”.

El mar de mi ciudad es muchos mares. Desde los populares de Conchán y Pucusana, hasta los que ahora mueren en las playas exclusivas que genéricamente tienen nombre de continente. Sin embargo esos están lejos y precisan de casa en el lugar o excursión.

El mar que respiramos cuando nos damos cuenta en ésta Lima es otra cosa. Es ése mar que tiene sus leyendas como el Salto del Fraile o moja a los socios del club Regatas Lima. Porque La Punta tiene también su mar y su Regatas. Pero distintos, con apellidos de sonido italiano y pulperías de similar origen.

Está el mar del Callao, metido ahí en el puerto, donde la dársena acuna aguas cubiertas de una película de aceite que se mecen tranquilas con el soplo del viento. Mar para no bañarse sino para ir en lancha y pasear la bahía en un domingo ocioso y casi provinciano.

Muchos mares el mar éste de Lima. Mar que se extraña si falta por un tiempo. Mar donde de modo insólito arroja desperdicios una ciudad que parece darle esquiva la espalda, convirtiéndolo en una letrina gigantesca de la que nadie se hace cargo.

El mar llega a la playa para mojar mis pies y recordarme que a pesar de los años sigue haciéndome falta y que en las noches silenciosas sigue “roncando”como lo hacía allá, pasando la quebrada, en mi casa barranquina de la calle Ayacucho, número 263.

HAITÍ


haiti-miraflores1.jpgEl “Centro Cultural Haití”. Lugar de citas y reuniones desde siempre, con la atención de mozos que llevan años allí y que te reconocen y saben lo que pides.

Lugar para sentarse a conversar o a leer tranquilo. Centro nervioso de un Miraflores que se reduce a pesar de crecer para arriba.

Yo soy de la época del Haití sin terraza, de madrugadas interminables y cafés humeantes consumidos alrededor de problemática teatral o política, universitaria y joven. Haití después del cineclub del colegio Champagnat, los domingos.

Haití de cafés mañaneros con mi amigo Julio Romero; encuentros en los que apenas hablábamos hasta haber leído las noticias, fumado él un par de cigarrillos y yo mi primera pipa del día. Mesita externa que fue creciendo cada día con la llegada de Toribio Alayza, Germán Gamarra, Willy Toledo y tantas otras personas que obligaban a los mozos a unir mesas y traer sillas.

Haití donde leíamos “mar de fondo”de “Caretas” y después opinábamos de actualidad y política allí mismo, enteradísimos.

Fui compañero de trabajo en JWT de Gianfranco Arfinengo, hermano de Pierre, que trabajaba en Panamericana TV y hoy tiene a su cargo el restaurante.

Por la vereda frente al Haití pasaba el mundo, como lo sigue haciendo hoy. Un mundo que cambia con las horas y las estaciones del año. Nunca olvidaré de la “potosis oftálmica” (léase vulgar orzuelo rebautizado) que aquejó un día a Germán Gamarra, después de ver, sentados consumiendo innumerables expresos, a veraniegas chicas en breves atuendos una tarde calurosa allá por el año 1975 .

Casi podría mencionar los títulos de los libros leídos en las mesas del Haití, como “La rebelión de los brujos”, ‘Planeta incógnito”, “Masa y Poder”, “Historias de Cronopios y de Famas”, “El coronel no tiene quien le escriba”…y tantos otros que fueron marcando el paso de los años y de mis lecturas dispersas.

Libros, café y fumar en pipa. Placeres que sólo el Haití parecía aguantar con la paciencia de los mozos en horas que se estiraban hasta la próxima cita y la renovación de las tazas.

Ha pasado la vida.

Y el Haití sigue allí, con su clientela cambiante según las horas pero fiel al lugar, a la atención callada y eficiente, al café que ahora puedes elegir descafeinado.

Después de mucho tiempo vuelvo por el Haití. Y a pesar que no veo bien, reconozco saludos y converso con mozos que siguen circulando con las bandejas desde cuando yo era un llenador de horas muertas.

Me encuentro allí con amigos y son poetas, teatristas, fotógrafos, periodistas. Lo de siempre. Conversamos de cosas nuevas que en realidad son viejas y cuando cae la noche y se encienden las luces y comienza a cambiar la clientela y vuelve a llenarse el local, pienso en que siempre estará el Haití, aunque para los jóvenes del rave y los juegos electrónicos el nombre evoque un país que probablemente ni siquiera saben dónde está.

Fotografía: Buscando en Internet una foto del Haití, encontré esta que uso. Curiosamente el blog de donde procede: http://nieblaextinta.wordpress.com/ tiene exactamente la misma presentación de mi otro blog: http://manoloprofe.wordpress.com. Coincidencia, no?


ZAPATÓLOGO


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Zapatólogo. O sea, el que conoce de zapatos.

Si hay oftalmólogos, cosmetólogos, otorrinolaringólogos, psicólogos, cardiólogos y una cantidad impresionante de especialistas que anuncian su conocimiento sobre la materia que los ocupa, porqué habrían de llamarse los que trabajan y conocen de zapatos, simplemente zapateros?

Entonces aparece el zapatólogo. Me enteré de ello y vi por primera vez a uno en su puesto del jirón Lampa en el centro de Lima, hace ya varios años. Allí, en la parte ancha del jirón, antes del cruce con el jirón Cuzco (“Boulevard Cuzcó” según mi padre, cuando fue ampliado, remodelado y adornado con farolas y bancas), un local entre precario y estable, es decir uno de ésos “si me dejan me quedo” tan populares en nuestra Lima, sobre un fondo celeste ostentaba el letrero “ZAPATÓLOGO” escrito con pintura, de cara a la pista, para que lo vieran.

Siempre me gustó el ingenio de un humilde zapatero remendón (sin ser peyorativos) para elevar su título y convertirse por arte de un lenguaje desusado en un verdadero profesional, evitando las ahora antiguas “Renovadoras de calzado” que resultan ser más bien impersonales. Los zapatólogos florecen sin envidiar a los “ólogos” que pueblan la tierra y atienden en consultorios u oficinas elegantes, o que como los geólogos y arqueólogos se internan buscando los tesoros de nuestra tierra, sean estos del pasado o sirvan ser explotados en el futuro.

Pensé escribir algo sobre el hecho entonces y el tiempo fue pasando. Y ahora, pensando en qué manologar, la figura saltó de pronto y aquí esta. He buscado imágenes en Internet, pensando que era más que seguro que algún diario o revista hubiese reseñado el asunto aunque fuera como curiosidad y no encontré nada. Entonces busqué por palabras y me surgió este aviso

zapatólogo

BUSCO TRABAJO EN APARADO DE CALZADO BUENA EXPERIENCIA EN ZAPATO SPORT… TRUJILLANO RESIDENTE POR EL MOMENTO EN LIMA CEL:0449415449 O FIJO:3922156

Zona:
Lima Metropolitana
Fecha:
Martes, 7 de Agosto del 2007, 04:57:31
dentro de 2,170 entradas en Google.
Mi zapatólogo de kiosko estaba en Internet y con fecha de hace casi un año. No sólo había venido de su Trujillo natal, cuna insigne de marinera, caballitos de totora, partido del pueblo y como les decían hace mil años a las chicas de allí, “las pantorrilludas”, sino que buscaba trabajo a través de un medio ultra moderno. Globalización le dicen.
Confieso que mi reflexión se desinfló un poco, pero creo que el quid del asunto está en cómo nuestro Perú está cambiando..pero no tanto.
Recuerdo que hace muchos años, allá por el 72, gracias al “Cumpa”Donayre, yo escribía historias en el diario “Correo” e hice un par  sobre Barranco. Mi Barranco, donde  vivía entonces dessiempre.
“Barranco tiempo de amar”y “Dos historias y una más” merecieron aparecer recortadas y pegadas en la vitrina del más popular zapatero de cerca del mercado. Yo vivía, recién casado, a la espalda, en la Av. San Martín, cerca de la comisaría; llevando unos zapatos para arreglar, me dí con la sorpresa de ver mis textos allí, en un lugar visible y popular. Pregunté por el caso y el zapatero me dijo algo más o menos así: “Señor, es la primera vez que alguien escribe en un periódico algo sobre Barranco. Nadie se preocupa. Por éso lo he puesto allí”.
No pude contener mi emoción y le dije que era yo el que los había escrito, que era barranquino de toda la vida. Y entonces sucedió: me abrazó y me pidió esperar. En un instante regresó acompañado de otra persona a quien le venía contando lo sucedido. Al entrar, reconocí al Maestro Tapia, electricista de siempre de mi casa de Aytacucho 263 y luego en 28 de Julio 402. Con su camisa y pantalón de drill, tipo “comando”, sus anteojos redondos y su maletín de instrumentos, había sido una presencia tranquilizadora cuando volaban los plomos o había que hacer reparaciones para las que mi hermano no tenía tiempo y mi padre, ingeniero mecánico electricista, no haría.
Allí, en la tienda del zapatero nos encontramos y me invitaron a participar en reuniones de barranquinos viejos, para charlar. Llegaban por la tarde y se conversaba harto. Fui muy feliz allí y aprendí tanto que hoy creo que no tengo cómo agradecerles.
Olvidaba que el Maestro Tapia había sido maquinista del funicular que bajaba hasta el establecimiento de baños y que con mis amigos llenábamos de bulla en las mañanas de verano de los años cincuenta.
Ahora me doy cuenta que me reunía en el local de un Zapatólogo, con mayúscula, donde nos dábamos cita miembros de una logia (seguimos con el “logos”) de amantes de Barranco.
Así, reflexionando me doy cuenta que la globalización usa nuevos términos para viejos quehaceres y nuevas formas para hacer lo que el hombre viene haciendo desde que está sobre la tierra: comunicar.
Imagen: “Zapatería de Manolito el zapatero”, años 50 (Galería de trabajos de La Roda, Andalucía) . Sevillapedia.

K.A.O.S.


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blog.pucp.edu.pe/…/398/archive/2006-11-22

El villano ataca.

La oscura organización contra la cual lucha el Super Agente 86 desde la pantalla de la memoria televisiva ataca ahora sin misericordia a esta ciudad de Lima.

De pronto la cercanía de reuniones internacionales ha hecho que nuestras autoridades alcaldiles se den cuenta de los huecos en las pistas. Y entonces a repararlas se ha dicho. Pero no se trata de tapar huecos. Hay que hacerlo todo nuevo (lo que está bien), pero a la vez (lo que está mal). Entonces  cierran la Av. Arequipa y la Petit Thouars y si le sumamos la remodelación de la  Marina, la construcción de una extraña pista para ómnibus (fantasmas hasta ahora)  por la vía Expresa con su edificación más de estaciones o paraderos, los arreglos que se tienen que hacer en el centro de la ciudad y las próximas marchas antitodo que se vienen, el  pobre ciudadano se ve apabullado, zaherido, maltratado, vejado, zarandeado, golpeado y una sarta de adjetivos más que diariamente le aumentan el stress, el mal genio y la desesperación.

Va a llegar tarde, tiene que levantarse más temprano, va a pelearse con otros ciudadanos, va a ser asaltado, despojado de su humanidad y sus derechos.

“Por parte de quién?” como diría una secretaria cuando buscamos a alguien. De parte de las autoridades alcaldiles. Esas que dan el ejemplo yéndose a Tacna para inaugurar Hospitales de la Solidaridad o eliminan las Revisiones Técnicas dejando como estúpidos a los que hicieron cola para cumplir, pagaron su plata y ahora ni siquiera pueden usar el comprobante para escribir porque está lleno de letritas impresasque no valen nada.

Sobre este tema se ha escrito, se escribe y se escribirá. Lo repiten los noticieros y lo sufrimos los que vivimos en Lima.

Ya no vivimos en la ciudad jardín, ni siquiera en Lima la horrible de SSB. Vivimos en una lima con minúscula, sin ni siquiera con la categoría de esa fruta que parece un cruce entre mandarina y limón. Nunca hasta ahora habíamos estado tan así.

Y lo peor no es que nos vengan a ver de todo el mundo y quedemos como lo que somos: unos improvisados cochinos, incapaces de organizarnos. No. Lo peor es que tenemos que vivir con ésto.

Los visitantes se irán y terminarán hablando en el resto del mundo de “those fucking peruvians” que no saben sacar la basura y desaparecerla cuando viene gente. No. Nosotros ponemos el tacho en la sala y nos ufanamos de las moscas como si fueran mascotas.

Ellos se irán y nosotros nos quedaremos.

Y si ellos regresan será para dar limosna a  niños con los mocos colgando, patrimonio de adultos que se sientan horas en una berma y los explotan. Será para perder el vuelo re regreso de un Machu Picchu al que no pudieron ir porque había huelga “en defensa del patrimonio nacional”. Será para que los asalten al salir del aeropuerto porque el taxista era “bamba” y los llevó por una “Costa Verde” donde el colector de aguas servidas recién construido duró un día porque se lo llevó el mar y esparce caca y su consiguiente perfume por la zona.

Esos visitantes que vinieron , si regresan, sabrán lo que es el verdadero turismo de aventura. La aventura corrida por su cuenta y riesgo, porque aquí nadie se hace responsable de nada.

El alcalde mayor es mudo y sonríe, inaugurando maravillosas piletas con chorros de agua que son miradas embobados por ciudadanos que vienen desde asentamientos humanos que carecen de agua. Es mudo y mantiene su popularidad esperando que las obras hablen por él. Es el alcalde que ha logrado poner patas arriba a una ciudad que ya era gris y cochinita y ahora es como ciertas personas que no se bañan porque no tienen agua,  pero se echan brillantina al pelo y dicen piropos con una boca llena de dientes cariados.

Exagero? Dése una vuelta por Lima y verá que el mudo tiene la complicidad de otros que llegaron a su sillón gracias a que los habitantes del distrito creyeron en ellos y ahora construyen monumentos, ponen carteles donde anuncian obras que nunca terminarán y cobran cupos a los ambulantes.

Esto es obra de K.A.O.S.

Lo que nos falta es un Maxwell Smart con zapatófono y todo, que nos salve de la destrucción total, disfrazada de reparacionesrevisióntécnica,viaexpresaómnibusytantaotracosaqueestáhastaelperno. Pero por favor, que el “Cono del Silencio”no lo traiga porque bastante silencio tenemos actualmente de parte de quien ya tú sabes quién…y mira cómo estamos.