CON OJOS DE GATO


ojosgatogatos 1gatos 2Nosotros vemos al mundo de diferentes maneras. Unos tienen visión 20/20, otros somos miopes  o  présbitas, otros son daltónicos y algunos bizcos.

Los animales ¿cómo lo ven?

Se ha escrito y especulado mucho sobre eso. Hay un lente “ojo de pez” que se supone que lo ve como ellos. Sin embargo estoy seguro que varía muchísimo y no soy ni físico ni neurólogo, solo un simple escribidor que se hace preguntas y a veces encuentra teorías y estudios interesantes, notables por su aporte.

He visto en varias partes la referencia a un trabajo realizado por Nickolay Lamm (http://nickolaylamm.com/ ), que es un artista americano que se ha puesto en contacto con oftalmólogos y veterinarios para obtener la mayor cantidad de datos y usarlos en su “obra”: cómo ven los gatos al mundo que los rodea.

El campo de visión de los gatos es un poco más amplio que el humano, son 200° en vez de nuestros 180°, lo que hace que nuestra visión a distancia sea más definida que la del gato, pero ellos ven mucho mejor (hasta seis veces, dicen) las imágenes con poca luminosidad, gracias a los foto receptores que tienen en la retina.

Ven los colores menos vibrantes que los humanos.

Su capacidad de “ver en la oscuridad” les da ventajas, lo mismo que percibir los movimientos rápidos de forma más lenta, pero estas serían compensadas porque nosotros vemos mejor.  Según un post que leí sobre esto, la conclusión es que viendo las imágenes de Lamm, los gatos ven a este mundo como si estuvieran en un permanente estado de embriaguez.

Ahora pienso que esa placidez de Pierce es producto de su visión del mundo. Y creo que es feliz así.

 

Imágenes de la visión del gato: Nickolay Lamm.

 

 

 

 

SE DETUVO EL RELOJ


reloj

A veces el tiempo nos da sorpresas.

Sorpresas que lo significan casi todo. Y digo casi todo porque se es consciente de que ese poquito que queda va a servir para que aunque el reloj se haya detenido y no corran las horas y no pasen los días, la vida continúe.

Porque así es: al descanso de algunos se une el afán de otros y siguen perfumando las flores y volando los pájaros. Los árboles dan sombra y en la noche el cielo se puntea con millares de estrellas…

Siento que se haya ido, que no escuches su voz ni goces su sonrisa; ella está más allá y te mira, te cuida como siempre lo hizo, ahora a la distancia. Amiga mía: se detuvo el reloj y de repente todo se oscureció, pero si miras atentamente al cielo por la noche, verás que los miles de estrellas han hecho un lugar y ahí hay una luz brillante que acaba de llegar. Ella Te alumbra y guía desde allí y no sucederá nada que la apague. Amiga mía, tu madre atiende ahora a ese reloj eterno que no se detendrá.

PENSANDO AL GATO


Dicen que cuando el hombre de las cavernas llevó al perro a su cueva, este pensó: “Qué curioso este ser. Me trae a su vivienda, me alimenta,  juego con su familia, me acaricia y duermo cerca al fuego: ¡debe ser dios!”

El gato también fue recibido en la caverna y después de algún tiempo pensó: “Qué curioso este ser. Me trae a su vivienda, me alimenta, juego con su familia, me acaricia y duermo cerca al fuego: ¡debo ser dios!”.

 

Pierce llegó a casa como un regalo a Paloma, la menor de mis hijas. Chiquita, esmirriada, toda orejas y cola, era una gatita fea y desvalida.

Cuando preguntamos por qué la había elegido, dijo: “¡Ay papi! Estaba al fondo de una jaula acurrucada, feíta y solitaria: nadie se la iba a llevar. Me dio ternura y aquí está…  Y aquí está desde hace once o doce años. Tenía quince días de nacida y recibió su nombre sin pensar que con el tiempo sería una especie de “piercing” que adorna nuestros días.

Creció como crecen los gatos: juguetona, observadora y silenciosa. Esto último porque maullaba poco o muy bajito y el veterinario, tras examinarla, dijo que tenía dañadas las cuerdas vocales.

Se convirtió en parte de la casa y cuando Paloma se fue a vivir a la Argentina, la heredamos y un poco desconcertada porque no veía más el rostro familiar, nos aceptó.

Una noche, salió y no volvió. Pasó una semana y dejando una ventana entreabierta, esperábamos que regresara. De pronto, una madrugada me despertó un “¿Miau?” inquisitivo y bajito: “¡Es Pierce!” dije y allí estaba en la puerta del dormitorio, avisando que había regresado y preguntando si podía pasar. De inmediato le pusimos comida y agua que aceptó ávidamente. Alicia comunicó la buena nueva por la computadora y Pierce, flaca, con una mancha oscura en el lomo (suciedad del aceite de un auto, bajo el que se había guarecido, asustada, colegimos), ya comida y bebida, saltó a la cama y se acomodó sobre el edredón quedándose dormida, no sin antes haberlo olido todo para asegurarse antes de echarse un sueño, que no estaba soñando.

Mucha agua ha salido de todos los caños del mundo desde entonces y hoy Pierce sigue igual, solo que más vieja, más gorda y sumamente cauta con eso de salir a explorar más allá de la puerta. Claro, ahora que vivimos en edificio no hay jardín y la calle queda unos pisos lejos. Por precaución ante eventuales accesos acrobáticos o recuerdos de asfalto, abrimos solo lo justo las ventanas como para que ella no pase.

Sí, Pierce es una gata de marca: marca gato y no le preocupa en lo más mínimo a ella ni a nosotros; nunca nos quitó el sueño eso del pedigrí. Le basta con saber que tiene más del 95% del genoma del tigre, su primo de las selvas, del que se separó para empequeñecerse y convertirse en gato hace como ocho millones de años y venir a la casa. Hacerle una caricia es retroceder, sin pensarlo, en el tiempo.

 

 

 

Pierce en sillón.

EL VINO DE LA AMISTAD


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¡Qué grato disfrutar de un buen vino, sobre todo si este es añejo!  He saboreado y gozado de un rato que me pareció corto y que supuso revivir, como flashes amables, momentos de la vida que creí ya olvidados.

Cuatro amigos vinieron de visita y realizaron la magia de agitar los recuerdos. No tomamos ni un trago y sin embargo compartimos el vino más exquisito que se puede encontrar: la amistad. Compartimos recuerdos y momentos, evocamos imágenes y barajamos fechas.

De pronto, el tiempo retrocedió poblándose de risas y de anécdotas y buscamos entre los pliegues de la memoria las cosas que tal vez ya habremos contado, pero siempre parece que son nuevas.

Es curioso: los calendarios cambian pero no percibimos el paso de los años porque somos los mismos que éramos entonces; cuando jugábamos al juego de ser profesionales y nos faltaba el tiempo y nos sobraban ganas.

Qué hermoso reunirnos y compartir de nuevo el vino milagroso de una amistad que sigue demostrando que es más fuerte que el viento que produce la vida que se sucede rápida y sin treguas.

¡Qué bueno es este vino que es nuestra amistad! Qué bueno que vinieran y habláramos de todo: ¡gracias por los recuerdos compañeros de viaje en J. Walter Thompson!

Mi alegría  es la misma que he tenido siempre al cruzar esa puerta de entrada que he sentido y siento como la de mi casa.

BICICLETAS


Ojo

Las había para hombre y mujer (y de pronto todavía las hay). Estas últimas tenían en el marco un fierro transversal curvo que permitía que las faldas no estorbaran al montar y no había el “masculino” fierro horizontal. También existían unas redecillas que se ponían protegiendo media rueda posterior (yo las vi en las “Monark”), para que los rayos no capturaran… faldas, lo que podía provocar un desastre.

Yo tuve siempre “Hércules”, marca tradicional y popular entonces; la primera fue de color azul-celeste, la segunda negra y la tercera roja. Mis amigos tenían otras marcas como Panther”, “Higgins” y “Gloria”. El timbre manual era una campanilla que funcionaba como alarma de aviso y alegre anunciador. Los frenos que en mi primera bici estaban accionados por varillas, fueron después “de cable” y accionaban unas abrazaderas en ambas ruedas, independientemente adelante y atrás. Las “zapatas” del freno eran de caucho o jebe y se gastaban con la fricción que producían las frenadas; a veces emitían un ruido chirriante que era el aviso para el desavisado conductor, que no se había dado cuenta que frenar cada vez resultaba más duro y difícil .

Los frenos convencionales iban adosados al manillar, pero las bicicletas “Monark” frenaban por “contrapedal”, es decir, dando para atrás a los pedales que hacían avanzar la bicicleta. Eso y que todas las de esa marca (por lo menos todas las que yo conocí) eran “modelo de mujer”, con marco curvo, hacían del vehículo sueco algo muy especial.

Por supuesto que llevaban, colgada detrás del asiento, una pequeña bolsa (“maletera” decíamos), donde iban una llave para ajustar las tuercas, a veces un medidor de presión para las llantas, un trapito y aceite mineral para engrasar los ejes, “catalina” y pedales. El inflador era otro adicional que a veces las bicicletas traían desde fábrica; adosado con ganchos a uno de los fierros del marco. ¿Y el faro? Era un adicional que funcionaba con la dínamo que rozaba la rueda posterior; tenía la forma de pequeña botella, era metálica y llevaba una ruedita superior, que giraba al contacto con la llanta cuando se ponía la dínamo en función “on” (que no era sino ponerla pegada). La luz del faro subía y bajaba de intensidad según la fuerza del pedaleo y la energía que acumulaba la dínamo. Un botón reflector rojo adosado al tapabarro posterior, era el aviso de la presencia del ciclista.

A veces, una canastilla de alambre pendía adelante, del manillar: “porta paquetes” le decíamos y generalmente estaba puesta en las bicicletas también llamadas “de paseo” (o sea, las del tubo curvo, las “Monark”,  “de mujer”).

Hasta ahora en los modelos “de hombre” se suele llevar un pasajero, sentado en el tubo horizontal; incómoda y peligrosa costumbre que desde siempre propicia caídas y accidentes.

A He visto,  pisando los extremos salientes del eje posterior, a un atrevido equilibrista, agarrando por los hombros al ciclista, pasear, ufano de su “hazaña”. Otras veces el timón, recto, servía de asiento a eventual pasajero (vocación de suicidas, hoy diría).

Las de carrera o de “media carrera”, por el manillar curvo que tenían, no permitían esas piruetas: eran máquinas para correr, no para hacer ningún juego extraño.

Usar solo la rueda de atrás y avanzar así, se lograba con un tirón hacia arriba, bien fuerte, bien fuerte, del manillar: había que “tener mucho equilibrio” y esas gracias se hacían con máquinas ligeras (otra vez la de carrera y “media carrera” que no tenían tapabarros que estorbaran, aligerando de paso el peso).

¡Bicicletas! Todo un mundo que conocer, amar y disfrutar… La libertad de cabellos al viento (entonces, inconscientes, no se usaba generalmente  casco), libertad de ser libres yendo a todas partes, a los sitios extraños, tentando de bajar escaleras montado. Libertad más pequeña que la que da una moto (no lo sé, yo nunca tuve una), pero libertad que llegaba tan lejos como dieran tus piernas, pedaleando.

Mucho y bueno se ha escrito sobre las bicicletas; este mi texto quiere rendirle homenaje y recordar nostálgico a ésas mis dos ruedas.

 

¡MAGIA!


ilustración

Es lo que pensaría alguien que nunca hubiese visto una computadora, al ver aparecer imágenes en movimiento, cuadros estadísticos, fotos del pasado, escuchar música o poder interactuar con alguien que está a millas de distancia.

Magia en ese teclado, pantalla y cajita de movimiento (el sufrido “ratón”) que lo permiten casi todo.

Magia que trae el pasado al presente, elimina distancias y resume saberes.

Magia que hace realidad lo que era imposible y permite volar a galaxias ignotas que a veces se adivinan en el cielo estrellado de las noches.

Magia y de las buenas…

Magia que se queda sobre la mesa o se puede llevar, porque es portátil y pequeña en tamaño, pero inmensa en logros.

Una magia que mi generación empezó a conocer; que mi padre no vio, ni mis abuelos. Magia que mucha gente hoy aún no conoce.

Esta magia que ha cambiado la vida, ha creado costumbres, inventado palabras y se ha vuelto tan cercana y común que ha perdido la magia.

Ahora que escribo en ella me asombro y me detengo un rato a pensar, dando gracias porque se me ha permitido usar de esta magia y que un rayo no me borre de la tierra.

Aquí aprendo, leo, converso, viajo, trabajo, escucho música, hago amigos, comparto, dibujo y sobre todo sueño.

No sé qué haría sin esta magia. Creo que tendría que descubrir el fuego.