LA ALEGRÍA DE PASEAR


 

Anteayer conversábamos con Norma, de sobremesa y nos acordábamos de los dulces de cuando éramos niños y que vendían los ambulantes, a raíz de una pasada de ella por el parque Keneddy en Miraflores al volver de comprar algo.   Lo primero que le llamó la atención fueron los gatos, que protegidos, paseaban o dormitaban dejándose fotografiar por turistas curiosos. Lo otro fue la vitalidad que le ha impreso el municipio miraflorino al lugar, haciéndolo verdadero centro de actividad para los vecinos y el público transeúnte que encuentra muchas oportunidades para su esparcimiento.

Desde certámenes para aficionados a la poesía unos días, hasta baile con orquesta y todo para aventureros de la tercera edad, pasando por una exposición de arte, el cómodo sentarse a mirar y los ya mencionados dulces, que escrupulosamente limpios vendedores ofrecen a precios bajos y realmente al alcance, el parque es una fiesta.

Norma piensa que es una linda manera de pasar un tiempo libre y nosotros, Alicia y yo, concordamos en ello. ¡Qué lejos me parecen los días en los que durante la semana, allí, prácticamente te asaltaban vendedores de droga y no era raro cruzarse en la noche con alguna rata curiosa! Los sábados y domingos había más movimiento, pero la poca organización impedía que buenas iniciativas tomaran cuerpo. Es cierto que siempre fue el parque Kennedy un polo atractivo para el paseante, sin embargo me parece por lo que oí, que el asunto es mucho más serio y de verdad, ese pulmón de Miraflores, con su césped, sus árboles, sus glorietas que son espacios públicos y su vida, cumple cabalmente sus funciones.

Pero nuestra conversación giraba alrededor de dulces populares antiguos y como han sido rescatados y se ofrecen al público. Las manzanas acarameladas, rojas y brillantes, la dulce melcocha, cuyos trozos eran la delicia más grande, el turrón de masa casi naranja, relleno de goteante miel roja, los gloriosos picarones, los barquillos, esas frituras de masa bañadas en miel roja también, muy grandes, que nunca supe como se llamaban… Dulces que cuando éramos chicos nos recomendaban no comer, cosa que hacíamos cuando teníamos un poquito de plata para comprarlos casi a escondidas, en el zoológico y laguna de Barranco, en la Bajada de Baños o en el mismo parque municipal. Comíamos, no nos enfermábamos y si sucedía era por lo general de indigestión debido a un atracón desaforado, no porque fuera comida en mal estado o preparada impropiamente.

Después de escuchar a Norma, entiendo que los chicos y adolescentes de hoy tienen la oportunidad de saber cómo eran los sabores de la tentación hace años y como se mantienen porque a alguien se le ocurrió que lo que es bueno y agradable no tiene porqué cambiar aunque nos rodee la informática, los televisores sean de plasma e inmensos, existan los Wachiturros y las rockolas sean piezas de museo.

Bien por Miraflores, por avivar el recuerdo y albergar el entretenimiento para el individuo que pasea.

 

BOMBEROS


Cuando era chico y estaba de vacaciones en Arequipa, con mi cuñado, en su VW verde claro, seguíamos al carro de bomberos cuando escuchábamos la sirena y a veces salíamos de casa para buscarlos y seguirlos. Era la curiosidad de un niño por lo desconocido, por el anuncio sonoro de algo inusitado de ver.

Mis otros recuerdos de los bomberos se reducen a escuchar la sirena de la estación barranquina, a tener un amigo bombero voluntario y a verlos trabajar denodadamente en un incendio de la tienda HOGAR, que era cliente de la agencia de publicidad e que trabajaba, uando me enteré del hecho por un flash noticioso de la TV, estando en casa de Julio Romero. De inmediato tomé mi auto y fui hasta el lugar. En una carátula de la revista CARETAS que narraba la desgracia, soy el que único personaje que aparece en la fotografía, con el incendio detrás.

Pero no es mi objetivo narrar mi historia cerca de los bomberos y su trabajo, sino tratar de llamar la atención sobre algo que resulta tan natural que lo olvidamos: los bomberos en el Perú son voluntarios. Es decir que no sólo no ganan nada por una peligrosísima labor, como remuneración monetaria, sino que siempre aportan económicamente para con sus compañías. Este hecho contrasta enormemente con otros países, donde ser bombero es una profesión bien remunerada por los riesgos y especialización que entraña.

Digamos que nuestros bomberos son los “minusválidos” de la actividad, no porque quieran estar así, sino porque a nadie parece importarle la labor que desarrollan. De vez en cuando los medios se hacen lenguas de ellos y algún especial levanta sus carencias y destaca la entrega que los hombres y mujeres de rojo tienen para con una sociedad que los ignora tanto como para efectuar llamadas maliciosas al teléfono que recibe las emergencias.

Es indignante pensar que seres humanos arriesgan su vida por dar un servicio que no solo no es reconocido de ninguna manera sino que es ofrecido a pesar de la incuria y malevolencia de una población que solo sabe pedir solidaridad cuando se ve en peligro.

No somos capaces de ver en el bombero a un personaje que vela por nosotros y arriesga su existencia solo por amor al prójimo.

Debo haber visto mucho más de una campaña para dotarlos de lo mínimamente indispensable. He sido lector, como miles de peruanos, de los informes que dan cuenta de unidades antiguas y fuera de servicio, de mangueras parchadas y falta de lo elemental. Hemos sido testigos también de que se les achaca no llegar a tiempo o no cumplir bien con su trabajo.

Bomberos, repito, hombres y mujeres que montan guardias mientras la ciudad duerme o trabaja. Que están alertas y roban horas al sueño o a sus trabajos de supervivencia mientras los demás vivimos confiados y no hacemos lo necesario para conjurar los peligros.

Cuando yo estuve muy mal y no había quien me llevara a un nosocomio, ¿Quiénes vinieron de inmediato?: los bomberos, que hasta por tres veces me transportaron con todos los cuidados, yo casi inconsciente y tuvieron que ir de un centro hospitalario a otro, en la primera vez, hasta encontrar uno en el que me recibieran. Y allí, tuvieron que luchar contra un estúpido, con título de médico que quería en la madrugada, que llenaran unos formularios administrativos absurdos cuando está en riesgo la vida de un ser humano, para que cuando me pudieron depositar, el individuo con título pero sin nada que permitiera llamarlo médico, me dejara a mi suerte hasta que horas después, como no me había muerto, se ocuparon de mi. Fueron los bomberos los que me salvaron y para mala suerte del individuo que fungía de médico y que seguramente aún vegeta en algún puesto público, sigo vivo. Perdón por haber vuelto a meter aquí algo personal, pero les debo a quienes sé que no tienen prácticamente nada y luchan contra el olvido y la dejadez, digo, les debo la vida.

Cuando leo y veo las penurias que pasan, me pregunto donde está nuestro Estado, pues dependen de la PCM, si no me equivoco. Porqué no ganan lo que deben, por qué razón el Parlamento tan proclive a dar leyes como reconocer al perro pelado como peruano y a condecorar a gil y a mil, no promulga leyes que sirvan para dotar de infraestructura y asegurar el diario vivir de los bomberos. Con colectas y golpes de pecho no se llega a nada. Solo con la conciencia positiva del querer podremos hacer algo. Hay un viejo dicho que es terrible, pero pinta la situación vista por los ventajistas de siempre, que cuando están en peligro imploran, dice: “Para c…… los bomberos”. ¿Hay derecho? ¿Tomaremos alguna acción? ¿Esperaremos que el próximo incendio arrase con lo que queremos para hacer algo? Vergüenza, eso es lo que debemos tener y aunque sea por ella, no ser indiferentes.

 

 

HOY TENGO QUE ESCRIBIR


 

Hoy tres de marzo cumpliría años mi hermano Panchín.

Por eso publico un sábado, día en que por lo general no lo hago, lo mismo que  el domingo. Sin embargo creo que Francisco Ignacio merece mucho más que una excepción y las pocas palabras que pueda yo poner aquí.

Recordarlo, como lo hago siempre, es mi modo de mantenerlo vivo, a mi lado, sabiendo que mi hermano mayor vela siempre por mí, que nací cuando él aún  estaba en el colegio.

Pienso que sus ideales los llevó al tope siempre: Tengo presente una fotografía en la que está con su uniforme de “boy scout”, frente a una cruz en alguna cima agreste, que publicó la revista del colegio. Fue siempre fiel al riesgo físico y mantuvo inalterables sus creencias.

Hace muchos años estábamos de paseo en la ventosa playa “El Silencio”, al norte de Lima y uno de sus amigos perdió pie por internarse demasiado en el mar. De pronto desapareció y yo vi a mi hermano  nadar buscándolo y luego de pelear contra una desesperación que hacía irracional a su amigo que se ahogaba, rescatarlo trayéndolo a las arenas de la playa y salvándole la vida. Para él, un ser humano lo necesitaba y lo normal es que fuera a socorrerlo sin vacilar, aunque hubiese peligro.

De Panchín aprendí la poca valentía que tengo y me siento orgulloso de guardar entre mis cosas importantes, su medalla de Congregante Mariano, asociación religiosa del colegio De la Inmaculada, a la que también pertenecí muchos años después que él.

Sin ser cucufato era religioso y vivía su vida a pesar de los vaivenes propios de quien ha viajado mucho y visto de pronto mucho  también, de un modo correcto, siguiendo una línea que se había trazado y era recta.

Muchas veces dicen que los hermanos tienen “celos” entre sí. Nunca sucedió entre nosotros, antes al contrario él fue mi modelo y me enseñó con las palabras y el ejemplo los caminos y recodos de este andar. Es tan rica en historias y anécdotas lo que liga nuestras vidas que cada día que pasa siento que me hace falta con quien conversar, entrada la noche tomándonos un whisky, de todas esas cosas que no por cotidianas son menos importantes. Recuerdo, que cuando Panchín era muy joven y trabajaba en el entonces Ministerio de Gobierno y Policía como Secretario del Director de Gobierno, le tocó uno de los muchos golpes militares, que destituía al Presidente electo. Tiempo después atisbé el título y algo de lo que estaba escribiendo: Se llamaba “Historia de una traición”. No sé si lo terminó y desconozco el paradero de lo escrito. Me impresionó el título y estoy seguro que la traición era para él algo abyecto que le había tocado vivir de cerca.

No conoció a dos de sus cuatro nietos, pero María Lucía y Alejandra, cada una por su lado, tienen el carácter que tuvo.

¡Feliz cumpleaños hermano!

TRANVÍAS


Para muchos es una palabra que remite a una Lima de hace mucho tiempo, antes de que existiera la Vía Expresa, el popular “zanjón”. El tranvía era el medio popular de transporte, antes que aparecieran las infames combis, haciendo correr las cintas paralelas de sus rieles por toda la ciudad, uniendo distritos, balnearios y el puerto.

Para quien vivió como chico la “era del tranvía” el caos actual del tránsito y su bulla sin sentido alguno, es remplazado por el traqueteo adormecedor de los “carros” que hacían bascular suavemente a los pasajeros en las tardes ociosas de verano.

Grises, grandes, cuya apariencia hoy compararíamos a la de monstruos antediluvianos, el interior de los tranvías, con sus asientos cuyo espaldar se volteaba de acuerdo a la dirección que siguieran, rellenos de crin y con agarraderas de bronce, estaba lleno, colgadas del techo, de correas que servían para que los pasajeros que viajaba de pie, pudieran sujetarse. Es que estos vehículos, a pesar de su apariencia, adquirían una buena velocidad que hoy parecería ridícula si la comparamos con la de una combi a la caza de pasajeros.

Los tranvías que iban de Lima a Chorrillos, bajaban por Barranco y pasaban cerquísima de mi casa, por la avenida San Martín. Por cierto lugar de la misma, venían de regreso de Chorrillos, doblando en la esquina de 28 de julio, para toma la Av. Grau que corría paralela hasta un punto. Recuerdo haber pasado en Arequipa el terrible terremoto de 1958, cuando media ciudad se cayó y para mi era la primera experiencia de un sismo de esa magnitud. Al volver a nuestra casa, en Barranco, tuve que acostumbrarme a que el tronar que se escuchaba, con cierta vibración, no era producto de un temblor fuerte, sino que el tranvía que pasaba cerca lo producía. Me imagino lo que hubiera pasado de escuchar los truenos que en la Ciudad Blanca, llamaban “Los caballos de San Jorge”, mis tías.

Viajer en tranvía era toda una experiencia. El cobrador te entregaba a cambio de tus pocas monedas, un boleto de papel que tenía las siglas CNT (Compañía Nacional de Tranvías). Eso daba derecho a todo el trayecto y era chequeado cada cierto tramo, por revisores, que con un aparatito manual  hacían un piquete en el boleto, para que nadie viajara sin pagar.  Para gastar menos, pagando medio pasaje, tenías que mostrar tu carnet de estudiante, que el colegio te daba, con tu foto. Si lo que querías era hacerte el vivo y no pagar o tus fondos estaban en 0, te quedaba el recurso de “gorrear”, es decir, ir avanzando de forma que esquivabas al revisor. Podía significar bajarte “al vuelo” cerca de un paradero que quedaba lejos de tu destino y desde allí retomar, haciendo lo mismo. Otros más avezados, se colgaban del faro del tranvía, adelante (o atrás, ambos lados iban hacia adelante alguna vez) saliendo por la portezuela de ingreso, peligrosa maniobra que había costado heridas atroces y muertes  a los que se caían: Ser atropellado por un tranvía era horrible. A un personaje célebre de Barranco, apodado “Gasolina”, cuentan que lo mató un tranvía.

En general, salvo por las mataperradas usuales, no tengo más que buenos recuerdos del tranvía. En verano, si quería ir a La Herradura o Agua Dulce, lo tomaba a dos cuadras de mi casa y me quedaba en Chorrillos, para bajar por la quebrada hasta la zona de playas. Si era a Miraflores, barrios aledaños o al centro,  el tranvía era la solución. Inclusive te daban un pasaje para “El Urbanito” que entraba por el Miraflores viejo, cerca del mar: Un ómnibus que completaba el recorrido y que era parte de la flota de vehículos. Magdalena y El Callao  tenían sus propios tranvías, más pequeños y algunos con pescante y puerta que se cerraban al arrancar.

Era otro el ritmo, otro el tiempo y estoy seguro que el frenesí actual no existía. Por cortesía se cedía el  asiento a mujeres y ancianos. A veces, la incipiente coquetería acompañaba a la cedida de asiento,  en beneficio de una bonita escolar.

Los tranvías desaparecieron para “modernizar” Lima, dejando el paso libre a los choferes de microbuses, buses, camiones y automóviles para disputar un asfalto que con cada día que pasa se parece más a una tumba grande y con veredas. El tranvía no contaminaba el aire y en esta época del Ministerio del Medio Ambiente, me parecen la solución ideal: Hacían un poco de ruido, pero no echaban humo.

Los tranvías ya no están y he visto en Barranco un triste remedo en el Museo de la Electricidad. Me parece que es comparar a un brontosaurio con un muñequito de plástico.

 

HOY ES MARTES


Hoy es martes y la semana empieza a acomodarse. Faltan un par de días y estaremos jueves, prácticamente a las finales de la misma. El tiempo vuela y ya estamos casi a mitad del segundo mes del año: Están a la vuelta de la esquina los carnavales, una festividad que se ha ido degradando hasta que se la “celebra” con pintura, violencia y abuso de los débiles. Del disfraz y las cortesías pícaras se ha pasado al embadurnamiento y el insolente tratamiento zafio. De la alegría colectiva de los grupos a la agresividad asesina de las pandillas. Sé que sueno a viejito memorioso y a cultor de “todo tiempo pasado fue mejor”. No es así: A mis casi 65 años todavía, si Dios quiere, me queda un largo trecho por recorrer que  trataré de hacer productivamente. Y creo que el futuro siempre será mejor que el pasado. Sin embargo, sigo pensando que es el hombre el que falla y no el tiempo. Tampoco todos los hombres, pero sí algunos para crear excepciones a la regla.

Los carnavales eran la fiesta del juego con agua, la diversión y el olvidar por un momento los problemas. Los disfraces nos permitían vivir otra vida, para después volver a la rutina. Eran los días de las máscaras, el “dominó”, los chisguetes de éter y más atrás el agua florida.

La noche de la fiesta de “los grandes” en el Parque Municipal de Barranco, la tarde del concurso de disfraces para los chicos en el mismo lugar y el “corso” que recorría las calles céntricas de Lima, con sus carros alegóricos y las “reinas” vestidas de fantasía. Todo un tiempo de algazara y festejos, que se ha ido perdiendo como costumbre o cambiando para mal, quedando algún lugar en el que se lo promociona como atractivo turístico. En mi librito “El Pasado se Avecina” narro un poco acerca de los carnavales de cuando era chico. Hoy, que se acercan, mi nieta tiene temor de salir  en los “días candentes”, porque no solo pueden mojarla, sino agredirla en la vía pública. Año tras año, la “prohibición” de jugar carnavales con agua en la calle, usar el número y  la sorpresa para pintar  a indefensos peatones, es letra muerta. Por ello le pongo comillas. No se hace caso y se prepara para vivir esos días, como los de un combate. Se busca ubicar al desprevenido “enemigo” que suele ser un pacífico viandante, para “atacarlo” y después celebrar el haberlo humillado, mojado, pintado y a veces golpeado. Se celebra la salvajada y la cobardía que el grupo ampara y cubre con lo anónimo.

Es martes y el año va caminando más rápido de lo que uno quiere, pero lo que parece retroceder para peor es la conducta. Esperemos que en la ruta las cosas cambien. Sé que es pedir mucho, pero bien dicen que el que pide al cielo y pide poco, o es imbécil o está loco.

Las fotos que ilustran son la de un grupo de familia, con disfraces de carnaval, en el patio de la casa de Santo Domingo, Arequipa circa 1920 y el auto familiar adornado y con “tripulación juerguera”, también en Arequipa, circa 1920.

LOS CADÁVERES DE LA MEMORIA


Una noticia horrenda ha sacudido nuevamente la al parecer encallecida conciencia ciudadana. Un gran grupo de personas en proceso de “rehabilitación” falleció en San Juan de Lurigancho, víctima del fuego: Es decir, quemados o asfixiados.

Resulta que el tal centro llamado “Cristo es Amor” no tenía registro en el Ministerio de Salud y por tanto su existencia no era oficial sino oficiosa. En realidad esto vale poco para las víctimas, que ya no podrán protestar. Es un nuevo aviso que se nos da sobre los peligros de la informalidad. Una llamada de atención a quienes tras el aparente hacer bien, terminan creando un simple negocio que juega con las esperanzas de muchas personas.

Ahora se iniciarán investigaciones, se buscará a responsables y se prometerá vigilancia extrema y “tolerancia cero”. Unas autoridades responsabilizarán a otras, dentro un tiempo, las investigaciones, la búsqueda de culpables, la “tolerancia 0” y la responsabilidad irán a parar a la vía muerta de la indiferencia, al canchón que almacena las iniciativas. Formarán parte de esos cadáveres de la memoria, que ya no existen porque ella los borró. Y es que cuando algo así sucede, nos indignamos y como los fósforos, resultamos luz del momento. Pasó con “Mesa Redonda”, sucedió con el muchacho asesinado  del palco del estadio de Universitario. Sucede con miles de personas que mueren por mano ajena, sin saberse quien fue el asesino, porque parecen ser parte de una horrible pero real estadística que suele agitar a los medios que encuentran en las noticias sangrientas su modo de vender más.

La tragedia de San Juan de Lurigancho debería hacernos reaccionar y darle importancia a lo que en realidad la tiene. De otro modo, continuaremos siendo futuros integrantes de un conteo de muertos por violencia.  Una violencia que sordamente crece, junto con la indiferencia que convierte las tragedias en pan de cada día y acostumbra los ojos al horror. No sé si este es el síntoma de una sociedad enferma, pero lo parece: Una enfermedad que ha dejado de lado la solidaridad, la emoción, lo básico del ser humano convirtiendo a este en horda o en solitario autista. Escribo esto sabiendo que se ha escrito mucho, pero no puedo resistir el impulso de gritar y que mi grito llegue a alguien y sacándolo de su apatía. No tengo más solución a la mano y en el momento. No dejemos que esta sea un nuevo suceso para el olvido. Aquellos que perdieron a sus hijos, hermanos, parientes y amigos, saben a qué me refiero: Hay que buscar justicia, no la venganza. Corregir las faltas, no voltear la cara para no verlas. Alzar la voz para ser escuchado y oír la voz que clama en el desierto.

LIMA SIGLO XXI


 

Ayer se cumplió una fecha más del aniversario de Lima. Pensé escribir algo, pero he preferido dejar “asentar” los sentimientos que normalmente afloran en una fecha así, especialmente para un limeño. Además, seguramente mi texto se perdería aún más entre la multitud de saludos, reflexiones y celebraciones del día. Hoy, a un día de distancia pero con el escozor todavía vivo, me pongo a teclear esto, para subirlo al blog.

Lima es la “Ciudad-Jardín” y también “Lima La Horrible”: Dos extremos, uno ideal y que solo se ve  en escasos “ghettos” de la ciudad, y la otra una realidad, triste, pero con la que convivimos hoy a diario.  Una realidad que Sebastián Salazar Bondy ya anunciaba en los cincuenta.

Hoy, muchos años después que se fundara la ciudad trazando un damero de calles y que Nicolás de Ribera “El Viejo” fuese su primer alcalde, el río Rímac sigue corriendo a su vera, cada vez más dificultosamente, llevando detritus y basura en sus aguas, que como dice el filósofo, no son las mismas de antes, porque “nadie se baña dos veces en el mismo río”.

Ha cambiado mucho Lima: Creció, se convirtió en una ciudad maravillosa, de la que se hablaba siempre, encomiásticamente, fuera. Aquí los gallinazos se fueron llevando la carroña, mientras el cerro San Cristóbal era testigo de un crecimiento inmenso, algo ordenado al principio, con esfuerzos por mantenerlo y caótico después, sin visos de solución en nuestros días, ni en un futuro más o menos cercano.

Llevo vivida una fracción del tiempo en que Lima ha hecho crecer sus límites hacia los lados y cuando no ha podido, como con el mar, hacia lo alto.  Hoy la gente que habitó la ciudad y que se regía por las campanadas de las iglesias, no reconocería el lugar y recorrerla significaría lo que ahora: Un verdadero viaje. Y es que Lima, la que no está ya ni en los recuerdos, sino en algunas estampas, ciertas canciones memoriosas y el deseo de algunos limeños de volver al pasado, es otra Lima.

Lima es hoy un Perú chiquito. Hay pocos limeños y multitud de provincianos  que con sus ganas de surgir y ser, han cambiado la tranquila somnolencia de la siesta por un movido ritmo vital que a veces no gusta del todo.

Cuando uno visita Los Olivos, Manchay, Villa El Salvador o Lurigancho, se da cuenta de como en cada centímetro de tierra surgen casas, comercios, calles, parques y las combis tejen su telaraña trasportista. Lima es las ya olvidadas fiestas de Amancaes, también un cortamonte de origen andino y sanguito, salchipapas y chifa. Lima ha crecido, pero como suele suceder cuando un hombre crece, los pantalones le han quedado cortos: Muestran las medias y uno se da cuenta.

Somos habitantes de una urbe que sigue extendiéndose y acarreando los problemas inherentes al crecimiento, por improvisación, descuido, desgana y por el eterno “Déjalo así nomás,  nadie se va a dar cuenta”. Somos los arquitectos de una ciudad hechiza que se busca parchar en vez de buscar soluciones verdaderas. No es fácil ser limeño: Viven algunos una tradición rancia y obsoleta y no miran al lado.

Viven otros en un gritar tan fuerte que no escuchan. Unos creen tener las soluciones, a otros no les importa. Finalmente tenemos esta Lima siglo XXI que extraña algún pasado, pero no parece hacer nada notable por mejorar y merecer el siglo en el que vive.

Vuelvo y repito, aunque parezca letanía: Los peruanos y los limeños, no seremos nada sin educación. Lo que emprendamos se llenará de basura, de orines en la esquina, de “siempre yo primero”. No podemos ahora mantener la mirada y preferimos andar por los rincones sombreando nuestra incuria: Nos falta educación, base de convivencia.

¿Solución? Larga, lenta y difícil: Educarnos. Dejar la criollada y el inmediatismo. Difícil, lento y largo, pero posible.