LIMA SIGLO XXI


 

Ayer se cumplió una fecha más del aniversario de Lima. Pensé escribir algo, pero he preferido dejar “asentar” los sentimientos que normalmente afloran en una fecha así, especialmente para un limeño. Además, seguramente mi texto se perdería aún más entre la multitud de saludos, reflexiones y celebraciones del día. Hoy, a un día de distancia pero con el escozor todavía vivo, me pongo a teclear esto, para subirlo al blog.

Lima es la “Ciudad-Jardín” y también “Lima La Horrible”: Dos extremos, uno ideal y que solo se ve  en escasos “ghettos” de la ciudad, y la otra una realidad, triste, pero con la que convivimos hoy a diario.  Una realidad que Sebastián Salazar Bondy ya anunciaba en los cincuenta.

Hoy, muchos años después que se fundara la ciudad trazando un damero de calles y que Nicolás de Ribera “El Viejo” fuese su primer alcalde, el río Rímac sigue corriendo a su vera, cada vez más dificultosamente, llevando detritus y basura en sus aguas, que como dice el filósofo, no son las mismas de antes, porque “nadie se baña dos veces en el mismo río”.

Ha cambiado mucho Lima: Creció, se convirtió en una ciudad maravillosa, de la que se hablaba siempre, encomiásticamente, fuera. Aquí los gallinazos se fueron llevando la carroña, mientras el cerro San Cristóbal era testigo de un crecimiento inmenso, algo ordenado al principio, con esfuerzos por mantenerlo y caótico después, sin visos de solución en nuestros días, ni en un futuro más o menos cercano.

Llevo vivida una fracción del tiempo en que Lima ha hecho crecer sus límites hacia los lados y cuando no ha podido, como con el mar, hacia lo alto.  Hoy la gente que habitó la ciudad y que se regía por las campanadas de las iglesias, no reconocería el lugar y recorrerla significaría lo que ahora: Un verdadero viaje. Y es que Lima, la que no está ya ni en los recuerdos, sino en algunas estampas, ciertas canciones memoriosas y el deseo de algunos limeños de volver al pasado, es otra Lima.

Lima es hoy un Perú chiquito. Hay pocos limeños y multitud de provincianos  que con sus ganas de surgir y ser, han cambiado la tranquila somnolencia de la siesta por un movido ritmo vital que a veces no gusta del todo.

Cuando uno visita Los Olivos, Manchay, Villa El Salvador o Lurigancho, se da cuenta de como en cada centímetro de tierra surgen casas, comercios, calles, parques y las combis tejen su telaraña trasportista. Lima es las ya olvidadas fiestas de Amancaes, también un cortamonte de origen andino y sanguito, salchipapas y chifa. Lima ha crecido, pero como suele suceder cuando un hombre crece, los pantalones le han quedado cortos: Muestran las medias y uno se da cuenta.

Somos habitantes de una urbe que sigue extendiéndose y acarreando los problemas inherentes al crecimiento, por improvisación, descuido, desgana y por el eterno “Déjalo así nomás,  nadie se va a dar cuenta”. Somos los arquitectos de una ciudad hechiza que se busca parchar en vez de buscar soluciones verdaderas. No es fácil ser limeño: Viven algunos una tradición rancia y obsoleta y no miran al lado.

Viven otros en un gritar tan fuerte que no escuchan. Unos creen tener las soluciones, a otros no les importa. Finalmente tenemos esta Lima siglo XXI que extraña algún pasado, pero no parece hacer nada notable por mejorar y merecer el siglo en el que vive.

Vuelvo y repito, aunque parezca letanía: Los peruanos y los limeños, no seremos nada sin educación. Lo que emprendamos se llenará de basura, de orines en la esquina, de “siempre yo primero”. No podemos ahora mantener la mirada y preferimos andar por los rincones sombreando nuestra incuria: Nos falta educación, base de convivencia.

¿Solución? Larga, lenta y difícil: Educarnos. Dejar la criollada y el inmediatismo. Difícil, lento y largo, pero posible.

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