ESCRIBIR.


Este ejercicio sí que es bueno!

En mi caso, además de pensar en el tema, requiere de paciencia, buen humor y perseverancia.

Paciencia, porque escribir lentamente con un dedo mientras la imaginación vuela, cuesta.

Buen humor, porque hay que tomar las cosas como vienen.

Y finalmente perseverancia, porque perseguir las letras para que formen palabras y luego frases no es fácil, que se diga.

Escribo naturalmente desde hace mucho. Hacerlo me da la oportunidad de corregir, lo que no suele suceder con el habla.

Cada párrafo escrito es una aventura y me complace mucho el ir viendo sómo se van formando las aventuras.

Escribo por el puro placer de escribir. Lo hago también por dinero cuando escribo para publicidad. Esa, creo que ha sido mi pila bautismal.

Escribir requiere un poquito más de lo que yo tengo y doy, claro, pero hacerlo me produce tanto gusto como el que lo hace el leer. La diferencia está en que lo que leo es mejor que lo que escribo y eso me sirve para aprender. Hay tanta lectura, que uno no para de aprender nunca!

Por eso escribo. No sé si lo hago bien o mal. Simplemente lo hago y me gusta hacerlo.

Es curioso que leer y escribir requieran de los ojos y los míos a pesar de los anteojos ven poco y mal.

Escribir siempre ha sido como resolver un puzzle y lo hago cada vez que puedo. Testigo son las palabras que he dejado por ahí.

Escribo porque quiero, y todavía puedo.

LEER.


Qué difícil ha resultado leer!!

Ahora lo hago lentamente, y sí, leo. Pero mi vista ya no vuela como antes sobre las letras. Parece que gateara y me detengo a cada instante a descansar y al hacer pequeñas pausas, me ayudo a mi mismo a comprender lo leído.

Pero sí, me canso y no puedo como lo hacía antes, leer un promedio de cuatro libros semanales. Ahora un libro nuevo me dura una eternidad y uno conocido media eternidad…

Leer, descifrar lo escrito no resulta ser el problema que era, cuando las letras bailaban cada una por su cuenta y los renglones se covertían en enemigos, Ahora se alinean y puedo leer párrafos completos. Suena a lamento, pero para alguien al como a mi, veían siempre con un libro distinto,resulta un tema capital. Leer se ha convertido en una hazaña que trato de realizar todos los días, y que gracias Dios cumplo religiosamente.

Ahora me doy cuenta de lo importante que este sencillo acto y acomodo mis libros buscándolos como quien inquiere por amigos con los que estaba acostumbrado a conversar.

Cuando hace meses traté de leer y no pude, lloré en silencio y dejé la relectura que intentaba de “La casa de la mezquita”. Pasó el tiempo y tenía miedo de siquiera tratar de hacerlo, porque intuía que todo se me movería y no podría leer.

Poco a poco fuí arriesgándome y me alcanzaron “Hacia Hispahán” de Pierre Loti, un viejo libro que empasté en cuero y que había sido lectura de mi padre. Lo pedí a propósito porque era un viejo amigo y mi hija Paloma lo encontró en un armario.

Leí muy despacio, por centésima vez y me trajo tantos recuerdos, que tuve que dejarlo.

Así, leer se había manifestado una vez más como una aventura maravillosa.

Dejo aquí hoy, pero como prometí, volveré. Volveré con más porque seis meses es mucho tiempo en silencio.

MIS LIBROS


Escribir sobre mis libros es como hacerlo acerca de mis amigos.

Esto que suena a lugar común, es cierto en mi caso. Tengo –gracias a Dios- muchos amigos humanos. La vida me ha permitido llegar a personas maravillosas a quienes considero mis amigos, con todo lo que eso significa. Hombres y mujeres que sin pertenecer a mi familia directa, son esa especie de familia adicional, variopinta y hermosa que me acompaña a lo largo del tiempo desde donde estén y donde esté yo. Muchos se han ido al barrio eterno, como me gusta decirle a la muerte, y su compañía es curiosamente más sentida. Mis amigos que se fueron antes lo hicieron sólo por un instante para volver y enseñarme caminos que a mí nunca se me hubieran ocurrido. Compañeros de ruta, forman ese grupo sin tiempo que sigue adelante junto con los que todavía respiramos y tratamos de llegar.

Esos son mis amigos humanos, pero los otros (además de Pierce la gata) son los libros. Objetos que cumplen tantas funciones en la vida y cuya misión es sin duda acompañarnos. Son también compañeros de viaje –aquí en la tierra- y en mi caso son parte inseparable desde que tengo memoria.

Mi padre, gran lector, me incentivó desde siempre para que lo imitara. Una vez me dijo que lo único que no me podrían quitar eran mis recuerdos y entre ellos, lo leído. La lectura se hizo un hábito en mí como lavarme los dientes o vestirme por las mañanas. Aprendí a leer de un modo natural, porque en casa se leía normalmente y los libros además de ocupar una habitación que se llamaba escritorio (y habría de haberse llamado biblioteca) que quedaba en el segundo piso en la casa de la calle Ayacucho y luego otra en la de 28 de Julio en el primer piso que ocupábamos, estaban por todas partes. No en forma caótica, sino con ese modo especial de quedarse que tienen los objetos que se usan cotidianamente y aparecen a veces en lugares insólitos como el baño, la cocina o un pasillo.

Los libros fueron los primeros amigos del niño que fui y que tenía once años menos que el hermano que le antecedía. En ellos aprendí a leer, conocí los rudimentos del inglés (“Bow, wow. See Spot run! Run, run, run!”), descubrí las palabras y conocí lugares que ahora sé nunca voy a ver. Estuve en el Egipto de los faraones y me adentré en la selva de la mano de Emilio Salgari. Navegué con Sandokán y di la vuelta al mundo con Phileas Fogg (“en un juego que tenía capítulos” como escribiría luego en algún relato juvenil).

Sería interminable enumerar mis aventuras literarias, los conocimientos que adquirí y las sorpresas que me llevé. Una vida haciendo cuando se puede lo que a uno más le gusta, es algo poco común, supongo. Mis libros han significado siempre el puente hacia otras inteligencias, hacia tiempos remotos y lo que une fantasías de los más diversos tipos. La imaginación, esa máquina maravillosa que nos lo permite prácticamente todo, utilizó siempre como combustible principal y hoja de ruta los libros. Los libros más variados que se han renovado constantemente y que siempre son nuevos aunque los años les pongan amarillas las páginas y se desencuadernen. Aunque en los bordes de las hojas tengan anotaciones y su texto esté lleno de subrayados hechos con lapiceros, lápices o resaltadores (que se desvanecen con el tiempo).

Muchas veces vuelvo a comprar títulos que leí hace muchos años y después presté y no me devolvieron, o se quedaron en algún viaje que imposibilitaba tenerlos conmigo como hubiera querido. Es como encontrarse con viejos conocidos y en la conversación descubrir nuevas facetas que antes no habíamos percibido. Por supuesto que hay muchos que sé que no voy a volver a encontrar y es entonces cuando mi memoria se activa – aún más si es posible – y trato de reconstruir minuciosamente la parte física y el contenido. Sin llegar a extremos, hay libros que no se han borrado totalmente de mi recuerdo, gracias a este ejercicio que mi cerebro todavía permite.

Si alguien me preguntara cuál es mi libro preferido, no sabría qué responder. Creo que cada época tiene sus favoritos y aquellos que van sedimentándose en la memoria para constituir el tejido personal con el que uno se abriga y acompaña resultan ser los preferidos. Lo bueno –y malo a la vez- es que hay una miríada que nunca conoceré, aunque me gustaría tener la posibilidad de una mirada abarcadora que pudiese verlos todos y atisbar aunque sea un poco más de ese saber al que no llegaría por más que viviera. Los libros son ventanas, son puentes, son cajas simples o cajas chinas. Son como las muñecas rusas que contienen siempre una más en su interior. Un libro son todos los libros, porque te van llevando de un lado a otro y si te descuidas lo más probable es que termines perdido en una inmensidad sideral. Felizmente perdido, diría yo.

Cuando leía el pequeño y manoseado “Hacia Hispahan” de Pierre Loti, que amorosamente hice encuadernar hace unos tres años con tapas de cuero, y me situaba –niño- en una ciudad fabulosa, perdida en la memoria occidental, me imaginaba sentado allí, con miles de libros a mi alrededor y con todo el tiempo para leer en el silencio roto solamente por el paso de las caravanas de camellos que con sus campanillas anunciaban que la Ruta de la Seda unía a muchos mundos. Hay libros a los que mientras pueda, volveré. Están allí, esperándome en la biblioteca (que yo también llamo – erróneamente creo – escritorio) ubicados en los estantes, sin ningún orden preconcebido, aunque numerosos intentos de catalogarlos hayan dado como resultado una especie de acomodo. A veces detrás de algunos encuentro pequeños tesoros antiguos que me retrotraen a lugares, instantes o personas. Entonces me siento y voy recorriendo los paisajes de la memoria y un nuevo viaje con escenarios conocidos y novedades halladas, se inicia.

Leer es un don maravilloso. Por eso, cuando la isquemia cerebral me dejó ciego por casi tres meses, el mundo pareció derrumbarse. Mi mundo. Hasta que descubrí que mi padre tenía razón cuando dijo que lo único que no me podrían quitar eran los recuerdos y claro, lo leído. Ahora veo, no muy bien, pero puedo leer. Gracias a Dios.

Escritura y estilo.


Tengo sobre mi escritorio “The Economist Style Guide”  y el  “Diccionario de atentados contra la lengua española”.

Los llevaré a la oficina para que quienes escriben los miren y no sólo satisfagan su curiosidad, sino que les saquen provecho. Me parece sensacional que alguien se entusiasme en verlos y me haga un correo al respecto.

Y digo que me parece sensacional porque en ésta época parece que el estilo, el idioma e incluso el escribir son temas pasados de moda; recuerdos de otro tiempo. La velocidad ha hecho que la mayoría seamos descuidados en una forma de comunicación que solía estar destinada a permanecer: “Lo escrito, escrito está”  decía el refrán; y hoy las prisas impiden que revisemos, hacen que usemos una ortografía “natural” donde la casa se confunde con la caza y un sobretodo es usado en lugar del sobre todo.

Es malo ésto?   Es ir abandonando las costumbres. Primero no nos lavamos las manos y éso va avanzando hasta que las personas se espantan y huyen de  nuestro “olor natural”  fruto de no bañarnos más.

El idioma, cualquier idioma, es una sistematización que permite el entendimiento de los seres que lo practican.

El idioma escrito son las convenciones que llamamos letras o símbolos y que con un entrenamiento más o menos laborioso, hacen que podamos comunicar nuestros pensamientos para que alguien que no nos oiga y nos lea, pueda entenderlos.

Larga es la historia de la escritura y muy grande la batalla del hombre por hacerse entender. Sin embargo, ahora pareciera que escribir -comunicarse- estorba. Me dirán que las abreviaturas que se usan en los correos electrónicos y en los mensajes de teléfono son una nueva manera de usar el lenguaje, abreviándolo y simplificándolo. Para qué? Para escribir más rápido y decodificar del mismo modo. A mí, en español, escribir “te kiero” es distinto a “te quiero”; debe ser porque la k  es una letra poco o nada española y endurece lo que toca….

Se me dirá que es lo moderno y que lo que sucede es que yo estoy en contra de la modernidad. No lo creo.

Desde laescritura simple y cuneiforme se avanzó y ahora parece que volvemos a la simplificación: “Yo Tarzán, tú Jane”, “toy knsado tks”.  Es difícil describir un paisaje y disfrutar  del sonido de las palabras con abreviaciones y simplificaciones que  parecen los puntos y rayas del alfabeto Morse.

Para mí es un placer escribir, leer, corregir, reescribir y dejar reposar para luego volver a leer y dar pequeños toques que son como las especias (y no especies, por favor!) a la comida. Pido disculpas porque en éste teclado nunca he sabido abrir interrogaciones o admiraciones; por éso lo hago a la manera inglesa: cerrando nada más.

Cuando leo un libro y  encuentro errores de ortografía, maldigo al corrector que debe hacer su trabajo. Si existen errores de construcción o de situación, maldigo al autor si escribe en español y al traductor si lo hace desde otro idioma. En todos los casos lo considero como una estafa del sello editorial, un robo,  porque me está dando a cambio de mi dinero, un producto fallado.


Lo más probable es que sea un solitario y en la edad de las imágenes, me aferre al texto bien escrito. Es probable pero me siento mejor haciendo un trabajo limpio y sabiendo que a quien me lea en español le será más fácil  entenderme.