SE FUE COMO REMEDIOS LA BELLA


RAYO LUZ

Subió hacia lo alto y se perdió en la luz: Gabriel García Márquez, el mago prodigioso de la palabra, nos ha dejado.

Yo soy un simple lector embrujado por su magia, pero quisiera desde aquí agradecerle el placer que empezó para mí al leer “Cien Años de Soledad”, un verano hace ya muchos años.

Gracias Gabriel García Márquez, porque cuando viví en Colombia, conocí los lugares de tus fabulaciones, las personas que pueblan tus novelas y comprendí que tu magia estaba en las palabras.

Y comprendí también que lo que yo hacía era tan solo juntar las letras. Comprendí que sentado bajo el sol tropical de tus historias, me bastaba leer para sentirme otro. Gracias, Gabriel García Márquez, por mostrarme ese atisbo hermoso de eternidad brillante.

 

EL CEREBRO ENTRENADO


 

Este es un tema importante y que suele pasar desapercibido para una gran mayoría,  para la que el cerebro es “eso que queda entre las orejas y está debajo del cabello”.

Varias veces e este blog me he ocupado de él y no puedo dejar de maravillarme con todo lo que representa, significa y hace. El cerebro es sin duda el órgano más importante que tenemos y gracias al cual “somos”.

Todas nuestras acciones y pensamientos se generan allí.

Esa masa rosado-grisácea que pesa entre mil doscientos y mil cuatrocientos gramos (casi un kilo y medio) en el adulto, ofrece algunas cifras asombrosas: en un solo milímetro cúbico de nuestro cerebro hay unas 40.000 neuronas y 1.000 millones de conexiones de fibras nerviosas. En cada conexión se transmiten trenes de impulsos eléctricos variables en intensidad e intervienen más de 30 productos químicos diferentes. Las neuronas más grandes llegan a tener más de 60.000 conexiones con otras 600 neuronas. En todo el cerebro, el número de neuronas supera los 100.000 millones, con más de 100 billones de conexiones (10 elevado a la 14) o para entenderlo mejor, 100 millones de veces un millón y si se pusieran en línea recta todas las fibras nerviosas, abarcarían una longitud de 400.000 kilómetros. El cerebro, esa maravilla, como cualquier atleta que se respete, puede y debe entrenarse, para rendir mejor.

Leyendo “El cerebro: manual de instrucciones” de John J. Ratey, un libro que leí muchas veces y que junto con lo escrito por Rodolfo Llinás  (médico neurofisiólogo, nacido en Bogotá en 1934) constituyen una especie de oráculo con respuestas, para mí, que tengo tres infartos cerebrales que provocaron muchas cosas, desde la ceguera temporal hasta la inmovilidad casi total y pérdida de habla (ya recuperadas diría en un 90%), entresaco la historia de las monjas de Mankato:

“La plasticidad del cerebro no solo ayuda a la recuperación, sino que puede desempeñar verdaderamente un papel en la prevención de las enfermedades cerebrales. Como prueba, basta con visitar el convento de monjas Escuela Hermanas de Notre Dame en el remoto Mankato, en Minnesota. Muchas tienen más de 90 años y un número sorprendente llega a los cien; de media, viven mucho más que la población en general. Sufren además de mucho menos casos y menos graves, de demencia, mal de Alzheimer y otras enfermedades cerebrales. David Snowdon, el profesor de la Universidad de Kentucky que ha estado estudiándolas durante años, cree que conoce el porqué.

Acicateadas por su idea de que una mente ociosa es juguete del diablo, las monjas se retan a sí mismas obstinadamente con preguntas de vocabulario, problemas y debates acerca del cuidado de la salud. Celebran seminarios cada semana sobre asuntos de actualidad y escriben a menudo en sus revistas. La hermana Marcella Zachman, que salió en la revista Life en 1994, no dejó de enseñar en el convento hasta los 97 años. La hermana Mary Esther Boor, retratada también en Life, trabajaba todavía en la portería a los 99.

Snowdon, que ha examinado más de cien cerebros donados a su muerte por las monjas de Mankato y otras casas de las Hermanas de Notre Dame de Estados Unidos, mantiene que los axones y las dendritas que suelen contraerse con la edad se ramifican y hacen nuevas conexiones si hay suficiente estimulación intelectual y proporcionan un sistema de respaldo mayor en caso de que fallen algunas rutas.

Snowdon ha comprobado que las monjas que se licenciaron en la universidad, enseñaron en la escuela y enfrentaron permanentemente sus mentes a problemas en la vejez vivieron más y resistieron el mal de Alzheimer mejor que las monjas que tenían una educación formal menor y pasaban la mayor parte de su tiempo limpiando habitaciones y preparando comida. La conclusión de Snowdon y de otros científicos que han estudiado el envejecimiento del cerebro, es que cualquier actividad intelectual exigente estimula el crecimiento de las dendritas y se suma a las conexiones neuronales del cerebro. Las hermanas que se han exigido más tienen más conexiones neuronales, gracias a lo cual pueden redirigir mensajes cuando un ataque o una enfermedad afectan al cerebro, por lo que se contrarrestan los efectos perjudiciales en el cerebro y se mantienen más sanas y más activas durante más años.*

Larga la cita, pero esclarecedora. El entrenamiento de nuestro cerebro es básico: allí están los crucigramas, el leer, los juegos de palabras y todo aquello que signifique pensamiento, dirigido a aprender siempre cosas nuevas y establecer relaciones entre ellas y lo ya sabido. No hay enemigos mayores que la rutina y el mínimo esfuerzo.

Creo que nuestro cerebro es tan importante que no llegamos a comprender la importancia que tiene.

 

*“El cerebro: manual de funciones” por John J. Ratey (Random House-Mondadori) S.L. – 2002)

 

 

 

PEQUEÑO DESCANSO


 

Hasta el próximo jueves.

Una semana de descanso para que leer no sea aburrido.

¡Hasta entonces!descanso

LOS LIBROS DEBEN ESTAR LIBRES DE ERRORES


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Una noticia da cuenta que se han encontrado errores en libros escolares. Resulta sintomático de la pésima costumbre del “déjalo así nomás” o de la negligencia con que se toma prácticamente todo.

Alguien –en buena hora- hace ver los errores y quienes tienen el deber de revisar, quedan al descubierto. De lo que se les puede acusar es de negligencia culpable, por decir lo menor ¿Nos extraña esto en un país donde se falsifican papeles oficiales y se cree que “todo está bien así”? ¿Nos extraña, en un país como el nuestro, donde los alumnos no comprenden lo que leen y sus maestros no solo leen mal, sino que son incapaces de escribir correctamente veinte líneas y a veces no saben ni multiplicar bien? Los libros con erratas, lo dije alguna vez, son primero una estafa, porque no dan lo que ofrecen o lo hacen mal. En segundo lugar son un peligro, porque se supone que un libro, de texto por lo menos, es saber condensado y se está usando no para formar niños, sino deformarlos. No sé si el peligro es peor que la estafa, pero de todos modos estamos en presencia de las mediocridades que hacen a gran parte los peruanos ser como somos: indulgentes, apáticos, ignorantes. Incapaces de competir con un mundo que lee y no solo lo hace, sino que lo hace bien, con buenos libros: cuidados, exigidos, honestos. Somos emprendedores pero escribimos mal. Somos audaces pero no leemos. Crecemos jugando con el error, incorporándolo a nuestra vida diaria y considerándolo de lo más normal. Si alguien nos corrige: “¡Qué pesado!” Y seguimos así acumulando errores hasta que es nula nuestra competitividad. Parece no tener importancia o tenerla muy poca, pero la diferencia es notoria cuando se lucha por la vida. En el país tenemos por costumbre pasarlo todo “por el agua tibia” sin pensar un momento en que esa es una desventaja que impide que seamos críticos de verdad y le llamemos pan al pan y vino al vino.

Creo que ha llegado la hora de tomar al toro por las astas, como se dice y pensar que el futuro no lo regalan: que hay que trabajar para ganarlo. Porque el futuro que se vislumbra ahora tiene tantos errores que da miedo.

SOMOS MAL HABLADOS Y PEOR ESCRITOS


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Ayer, entre otras muchas cosas, escuché por TV a un personaje peruano hablar sobre “vuelos aéreos”, con la mayor naturalidad. También se dice que se “apertura” algo o que Juan Diego Flórez es “soprano”.

Así como se escribe mal, se habla mal y esto pasa a formar parte de un folklore nacional para nada edificante.

Miles de veces nos dicen que para hablar y escribir correctamente hay que leer, pero parece que la orfandad en ese tema es una especie de divisa, porque por una oreja nos entra y por otra parece salir. Los “salistes”, “vistes” en lugar de saliste o viste son lo que podríamos llamar “peccata minuta” del lenguaje hablado. La lumpenización de este llega peligrosamente a lugares donde no debería. Con esto no quiero decir que hay sitios donde se permite, pero seamos indulgentes y pensemos que la mala educación es la causante en esos casos. Lo que no es admisible es que quienes tienen algún cargo oficial y quienes están en los medios de comunicación no sepan manejar el idioma que es la herramienta para hacerse entender. En ambos casos la situación es crítica porque son ejemplo para el auditorio.

A veces uno se ríe de Marco Aurelio Denegri y sus palabras rebuscadas o de Martha Hildebrandt y su puntillismo idiomático, pero ambos son un ejemplo de absoluta corrección en el manejo de algo tan sencillo en apariencia y tan “corriente” para todos como es el lenguaje español.

Si en vez de burlarnos leyéramos, otro gallo nos cantaría y por lo menos no escucharíamos o leeríamos barbaridades para las cuales provoca ser como dos de los monitos de la figura clásica: sordos y ciegos.

Enseñar a leer: ¡Fíjense qué básico! Se acorta la brecha, dicen y el analfabetismo en el Perú baja. Sin embargo muchos de los neo alfabetos, no comprenden lo que leen. Los estudios están ahí y lo dicen.

Leer no es unir letras, sino comprender su significación cuando forman palabras y frases. Lo puramente mecánico no asegura nada y lo tremendo es que podemos comprobarlo.

Leer es comprender, no paporretear. Los loros también hablan (un poquito) pero no saben lo que dicen.

LOS “ZILLONES” DE UNA BIBLIOTECA MUNDIAL


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Leo entre diez “predicciones” elegidas por RPP de la revista americana “Popular Mechanics”, que en el futuro cercano se digitalizarán 130 millones de libros, para ocupar 124 discos de 3 terabytes: la biblioteca de la humanidad contenida en disquitos que caben en un espacio que los libros contenidos en ellos, ocuparían multiplicado y convertido en una cifra astronómica.

Utilidad de archivo, que le dicen. Facilidad de acceso a un preciado tesoro que no por multiplicarse dejará de serlo menos. En realidad, poseer esto, no hará otra cosa que poner a nuestro alcance la literatura universal, pero no nos proveerá del tiempo que necesitaríamos para disfrutarla.

De pronto contaremos con una maravilla así, pero habría de ser actualizada al segundo, lo cual es imposible, creo yo, porque se escribe en todo el mundo, cada instante que pasa. El sueño de la Biblioteca de Alejandría multiplicado por “ene” hasta alcanzar el rango de “Biblioteca de Babel”, por llamarla de alguna manera, es imposible, pues en el  momento de poseerla y revisarla algo, ya estará desactualizada con cientos de miles de libros nuevos haciendo una cola de “espera” interminable.

Prefiero los buenos, viejos libros de papel, donde la escala humana se respeta aún, que me permiten el placer de pasar las páginas, escribir en los márgenes de las hojas y subrayar lo interesante, lo valioso, con lo que coincido y con lo que discrepo.

Una biblioteca que se mide en terabytes o “zillones” es como tratar de contar las estrellas: lo siento como algo que no tiene sentido porque nunca el número nos dará la belleza. Tal vez nos asombre, pero será un asombro más de esos a los que la literatura nos tiene acostumbrados.