TROMPO CARRETÓN


TROMPO

Nunca de chico supe bien lo que significaba.

Es cierto que “bailando trompo” era una desgracia, porque nunca tuve la habilidad de hacerlo, pero más o menos manejaba el lenguaje que se refería al juego. Digo más o menos, porque estoy seguro que hay cosas que siempre ignoré. Como “carretón”, que supongo que es conocido y popular (o por lo menos lo era en mi tiempo de niño). Entonces he recurrido a la web y encuentro que “la maca te pone como trompo carretón” con referencia a la vida sexual, y también un mensaje que algún día envió la vedette Susy Díaz, evidentemente en busca de una dirección y dice “Estoy dando vueltas como trompo carretón, buscando…”.

Al órgano sexual masculino se le llama a veces “el trompo” y si rebuscamos un poquito, “carreta” en argot criollo, es amigo, “pata”. ¿Un “trompo carretón” era entonces algo con connotaciones sexuales o tal vez un amigo grandazo?

Alguna vez pensé, entonces, que era una forma de bailar del trompo. Tal vez acerté y se refería a los acercamientos que hacía al bailar peligrosamente, acercándose y topando al otro trompo, con el fin de sacarlo del juego y vencer.

Son meditaciones un poco bobas que las palabras “trompo carretón” me sugieren ahora. De pronto debí averiguarlo antes, hace como sesenta años, y ahora no tiene mucho sentido saberlo, porque supongo que el juego del trompo debe ser una especie de reliquia. Algo que sirve como tema para escribir. Nadie habla ahora de un “game” de compu, que sea “carretón”, creo.

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BAJAR


 

Si pongo “bajar aplicaciones” en el título, se pensará que se trata de servicios útiles para el teléfono celular. No es así, el mío es antiguo, bastante sencillo y nunca lo he “cargado”; tiene todo con lo que que vino. Ni siquiera navego en Internet, porque pienso que hacerlo (al menos para mí), necesita de la tranquilidad y espacio visual que me da una pantalla donde puedo mirar y un lugar tranquilo (mi mesa de trabajo). Es cierto que antes entraba en Internet a veces para navegar novedades en momentos de ocio y lugares distintos con mi ahora viejo Communicator de Nokia. Era una bala entonces, antes de los smartphones y las pantallas táctiles. Ahora está donado a un museo que yo no sé si existe, en la Universidad Católica. El tiempo ha pasado y cobró su peaje. El celular ahora sirve para llamar y que me llamen. No “uso” aplicaciones y me veo como un cavernícola ante las maravillas de la rueda. Sin embargo, sí “bajo” muchas cosas usando Internet en mi computadora. Tengo facilidades que me ayudan; me traen las noticias, me cuentan de la temperatura ambiente y brindan esas cosas que a veces son inútiles pero que entretienen.

Internet es para mí un parque de atracciones y me subo a los juegos, los miro, experimento y si es que me gustaron, repito. Me fasciné con Facebook y hoy entro bien poco, más que nada, para saludar los cumpleaños de amigos y ver alguna novedad. Estoy en Linkedin, YouTube, Google+, Twitter y WordPress. Es bastante “trabajo” si además veo algunos periódicos y uso News Square. Es que también escribo para mi blog y dos sitios de la Web (son asuntos distintos cada uno) un artículo diario del lunes hasta el viernes. Sí, ocupo mi tiempo y leo un poco “en físico” (no como antes), pero lleno las horas. ¿Me canso? Sí, me canso, ¿pero descanso?: cuando duermo.download

No sé si es que hago bien, pero a estas alturas con un libro, el parque de atracciones electrónico y escribiendo un poco, los días van pasando.

Antes los días eran largos y las noches muy cortas, lo que ahora se invierte. Es que cuando se ha caminado un poco y te duelen los pies, el caminar agota y de pronto dan ganas de sentarse a la sombra y nada más pensar.

Bajo” aquello que me gusta o llama la atención. Son para mí como juguetes nuevos a los que de repente les pescaste los trucos y entonces busco o van llegando cosas que me atraen. Y “desarmo” el juguete hasta que puedo ver la raíz de su magia. ¿Qué quieren? ¡Soy feliz!

 

PEQUEÑO DESCANSO


 

Hasta el próximo jueves.

Una semana de descanso para que leer no sea aburrido.

¡Hasta entonces!descanso

CUANDO EL GATO LE GANÓ A LA PLANCHA


 

 

La noticia es breve pero debe concernir a cientos de miles de personas (y tal vez me quedo corto). Monopolio, el popular juego de Parker Brothers y ahora de Hasbro, ha reemplazado una pieza por otra. Esto no llamaría la atención si no fuera por la popularidad de un juego que  James Darrow un desempleado vendedor de calefactores eléctricos  patentó de la versión de Atlantic City del juego, basado en una creación de 1903, de Elizabeth Maggie.

Este juego que tiene como tema la compra y venta de bienes raíces ha atravesado el siglo y las diversas lenguas, permitiendo que el mundo se entretenga.

La sustitución de la pieza ha sido consultada con los fanáticos de Monopolio a través de Internet y así la plancha (no eléctrica, por supuesto, sino de las de peso, que se calentaban) ha cedido su lugar al gato, que con pasos sigilosos, ha entrado en el juego mundial.

Una vez más el gato hace historia, trayendo, esperamos suerte, a los jugadores que lo elijan, o a los que les toque. En una época de juegos de apretar botones, mover, pensando, las fichas en un tablero parecerá anacrónico, pero es divertido. Pregúntenselo a los fanáticos de Monopolio.

MÁQUINAS


 

Siempre me pareció poco estimulante tener una máquina de contraria. Seguramente por eso no me atraen los casinos y me parece aburrido estar apretando botones para ganar o perder dinero. Alguien me dijo una vez que si jugaba y ganaba me iba a gustar, pero siento que puedo hacer cosas más entretenidas y productivas que mantenerme “en vilo” esperando que una máquina me de o quite monedas, unas cuantas o muchas. Sé que en todo el mundo las personas lo hacen y que hay negocios, inclusive ciudades que viven de ello. Los casinos no van conmigo, no me entretengo y prefiero leer, conversar o solo mirar a pararme o sentarme delante de una de esas máquinas tragamonedas (cuyo nombre lo dice todo).

Sé que pueden ser un tema de conversación entre aficionados que hablan de “máquinas duras o blandas” según sean estas dadivosas o no y de las aventuras vividas en las horas que les dedican. A mi me aburre el tema y no llego a entender bien la fascinación que a veces ejercen. En realidad todo aquello donde predomine el azar no me es muy afín, porque creo que la suerte no es tal, sino que se llama éxito y este no se aparece de la nada. El éxito se busca, se trabaja, se camina hacia él hasta que se llega, se lo obtiene. Un premio de sorteo no es despreciable ni tampoco el obtenido en una máquina de casino, sucede simplemente que los veo como un regalo y carentes de todo esfuerzo. Hay mucha gente que cambia su vida con los premios, pero me parece que lo que fácilmente llega suele irse de la misma manera.

Lo digo porque a veces escucho historias de personas que se suicidan porque jugaron hasta sus últimos centavos en una máquina y perdieron. ¿Tremendista? No.

¿Qué puede llevar a un hombre a gastar todo el dinero que posee en aras de la ilusión de tener más? De pronto la ambición, de pronto una falsa esperanza. Tal vez la desesperación de ver como se va acabando esa esperanza.

No lo sé. Estoy seguro que miles tendrán muy distintas respuestas, pero no siento que ninguna me convenza.

El jugador ha sido y es estudiado, sus pulsiones y motivos analizados. Su conducta observada. Sin embargo el azar ejerce su fascinación y nada de lo que se diga hace que de verdad se modifique una manera de actuar que puede llevar a la ruina total, una manera que muchas veces termina con la vida. No lo entiendo. Confieso que no entiendo el juego así, el derroche de adrenalina que implica y lo que generalmente acarrea. Y cuando digo que no entiendo, lo hago con los jugadores que definen su vida en un apretar de botones confiando en el azar.

Como dice el dicho: “Cada loco con su tema”.

EL INGENIERO NUGENT


 

Amigo de mi padre, Percy Nugent, aparece junto con él en una fotografía en el campo, ambos vestidos para el trabajo, con el inscrito “Don Quijote y Sancho Panza, Yonan I.53” el del casco es mi padre (Sancho Panza, por supuesto).

Percy y Lucha, su esposa, vivieron un tiempo en mi casa de Barranco. Tenían un perro que se llamaba “Nuts”, de raza Boxer, que solo entendía órdenes en inglés. Mi recuerdo se remonta a los cincuentas y en la memoria que tengo de ese tiempo, viven Percy y Lucha, que fumaban muchísimo (y mis padres no) y también el regalo de Navidad que recibí de ellos y que consistía en un juego de fútbol que hubiera vuelto loco a un aficionado (como lo era yo en ésa época) y para entonces debió ser algo notoriamente avanzado. Se jugaba entre dos personas y cada una manejaba un equipo. El marco, de madera color pino, albergaba una cancha de lata, pintada de verde, donde se ubicaban los jugadores de ambos equipos: figuritas articuladas y con los uniformes distintivos pintados, que movían un pie, merced a un gatillo colocado en fila frente a cada contendor y que conectaba por debajo, con un tenso cable de alambre a cada jugador. Los porteros, ubicados frente al arco y con una ranura semicircular que les permitía moverse accionándolos con una manivela, ubicada detrás de cada meta, tenían hasta unas gorras puestas, pintadas, claro. Cada jugador estaba ubicado en un rebajo piramidal invertido, lo que hacía necesario “patear” con fuerza controlada con el pie móvil para que la pelota, que era originalmente una billa, rodara convenientemente. Los rebajos piramidales invertidos permitían, si el cálculo era bueno y la “patada” controlada, hacer “pases” entre jugadores del mismo equipo, o de lo contrario, caer en zonas enemigas. La cancha estaba marcada, guardando las escalas y creo que por mucho tiempo fue el mejor regalo que tuve. Mis amigos venían a jugar  y recuerdo innumerables y ardorosos partidos en la terraza de abajo y cuando no hacía buen tiempo, en el hall de la casa. El “futbolín” como le llamaba, sobrevivió mucho tiempo hasta que se aflojaron los alambres que movían a los jugadores, alguno de ellos se desprendió y el juego de excitación deportiva, pasó a ser un trasto grande e inútil. Murió como suelen morir los juguetes: habiendo hecho felices a quienes los usaron.

Es curioso, pero debe ser una combinación del partido de fútbol que se jugaba hoy con Ecuador (que no vi) y encontrar la fotografía a la que aludo al principio, lo que hizo revivir en mí un juguete encantador y entretenido y a quien me lo obsequió. Otra vez, la memoria toma sus caminos y necesita únicamente de un gatillo que la haga saltar.

No sé nada de Percy ni de Lucha, seguramente fallecidos ya (por simple cálculo de edades) pero dejaron en mí un recuerdo imborrable y con el “futbolín” llenaron mis horas de entretenimiento, así como con las historias que me contaban, cuando en las noches los iba a visitar a la habitación que ocupaban en la planta baja y  tenía puertas que daban al hall y a la “sala grande”.

LA PELOTA.


Creo que no hay regalo más apreciado por un pequeño, que una pelota. Su alegría al descubrirla es grande y será su compañera intermitente de juegos por mucho tiempo. Digo intermitente, pues aunque otros juguetes capturen su atención con novedades, la forma simple de la pelota hará que la felicidad de rodarla regrese una y otra vez.

Antigua como el mundo la pelota es compañera ideal para tardes solitarias y mañanas soleadas. Viene bien dentro y fuera de casa y su esfericidad perfecta hace que los sueños del niño echen a rodar. Es algo que no se puede mejorar. En una época en la que cada objeto sufre mejoras, su simpleza es garantía de diversión. Se le podrá pintar, decorar, se le podrá poner cascabeles dentro. Podrá ser opaca o traslúcida, pero no dejará de ser una pelota y lo primero que se ocurrirá será patearla, cogerla con las manos y arrojarla. En dos palabras, hacerla rodar.

Desde que tengo memoria, una pelota ha sido para mí una compañera que no pedía nada, que hablaba de libertad y espacios abiertos. Todavía recuerdo una, muy antigua y despintada, que era azul y roja y tenía unos barquitos blancos. La recuerdo sucia de tanto ser pateada y caer en lugares inimaginables en una casa grande y solitaria para un chico. Era MI pelota y yo iba tras ella con un overol celeste y una chompa amarilla con un par de botones en el hombro por la terraza de abajo.

Esa pelota me trae a la memoria sueños de niño, sonidos, olores y la sensación de sudar para alcanzarla.

La pelota es el elemento central del juego más popular del planeta. Un juego que se ha convertido en verdadera pasión y que sin la humilde pelota no existiría. Meter gol es la idea fija de mucha gente. El fútbol congrega multitudes y todo se reduce a correr tras una pelota y meterla a través de dos postes de madera. Los millones de dinero vuelan pero no tanto como las esperanzas y la diversión. Es claro que la pelota es común y protagonista de muchos juegos como el básquet, el beisbol y tantos otros. Los Azteca jugaban a la pelota, con reglas que implicaban la muerte. Pero nada se compara a la inocencia de una pelota rodando y un niño detrás  de ella,

Podríamos contar miles de historias a su alrededor. Historias de mundiales de fútbol que tienen en vilo a más de una nación, Historias de gente que atropellada por un automóvil por ir detrás de una y no fijarse de lo concentrada que estaba en el rodar vertiginoso. Historias de pobreza trocada en riqueza gracias a una pelota sea esta pateada, bateada o llevada con las manos.

La pelota lleva tras de sí muchas historias. Lleva poesía, prosa, canciones y música. Lleva alegría y emoción. Lleva todo eso y mucho más con su forma milenaria y simple.

Se dice “Estás gordo como una pelota”, o “Te vas a echar a rodar en cualquier momento”. Dos expresiones nefastas sobre el aspecto de un individuo basadas en la redondez de la pelota. Pero ¿por qué? La pelota debería ser sinónimo de diversión, no de tragedia…

Hoy mi nieto cuyo padre argentino sueña en un Maradona, jugaba con su pelota. No sé si será futbolista o abogado. Pero ahora que está chiquito, y no camina aún, su pelota es lo máximo. Igual que al gato de casa, no le preocupa sino que la cosa ruede. Eso, estoy seguro, lo hace my feliz, de otra manera no lo escucharía reír tanto.