RUMBO A LOS LUCEROS


Hoy el e-mail me trajo la noticia que el Carlos había fallecido.

Un amigo y compañero de colegio más que va hacia los luceros, adelantándose a los que aquí quedamos haciéndole adiós con la mano y el corazón encogido de pena.

A pesar de que uno sabe que la vida es efímera y que tarde o temprano nos tocará partir, no nos resignamos a una ausencia física que tratamos de cubrir con el recuerdo de los mejores momentos.

El espíritu bromista de Carlos estará siempre presente entre nosotros, paseando su risa cachacienta entre las carpetas de un aula cualquiera del viejo colegio de la calle La Colmena. Estará en esas excursiones a donde la aventura nos llevaba y en las tardes  que esperaban el sonar de la última campana, para despedirnos del día de clases.

Ahora, con tantos años pasados  y con amigos que ya no podrán leer esto, recorro los instantes importantes de mi vida y me reafirmo en considerar al tiempo escolar como el que más me marcó e influyó en todo lo que vendría después.

Habernos conocido de chicos y caminar un buen trecho del sendero de la vida juntos, compartiendo los buenos y malos momentos, hace muy especiales a las personas como Carlos. Especiales, porque con el ejemplo me enseñaron que la amistad es mucho más que coincidir en un lugar. Es, como diría Ray Bradbury, citándolo fuera de contexto,  “una estación de buen tiempo”.

Ahora siento el dolor de haber perdido físicamente a un amigo, pero sé que el “Cabezón” está conmigo, me mira y pregunta que porqué tanto alboroto, si su viaje es normal.

El “vicio” que metías en clase, se está reproduciendo ahora, en tu honor, amigo.

 

PRIMERA COMUNIÓN


 

Un día como ayer hice la Primera Comunión.

Fue veintiuno de junio, del año 1954. Tenía siete años y aunque muy preparado por las Siervas de San José, las monjas que llevaban el colegio infantil de la Inmaculada, había en mí una especie de misterio y muchas, infantiles preguntas: ¿Cómo era eso de comerse a Dios? ¿Qué hacíamos con la sangre y donde estaba en esa hostia blanca que nos darían? ¿Estaba bien tragar la hostia sin masticarla? ¿Y si uno se atora? Preguntas inocentes, recontra explicadas, pero que afloraban a cada instante. ¿Sería pecado mascar?

 

Excitación normal en un niño de siete años, al que previamente el sastre de Barranco, el maestro Caycho, había hecho un terno blanco, le habían comprado zapatos del mismo color y llevaba un pequeño cirio blanco con un lazo de tela de seda en la mano. En la foto que me tomaron en el estudio del señor Acevedo, también en Barranco, en la avenida Grau, poco tiempo después, para recordar el hecho, estoy sin anteojos, muy serio y bien peinado. Recuerdo y conservo hasta ahora el misalito con tapas duras  forradas en una especie de plástico blanco nacarado, con una pequeña custodia dorada en relieve metalizado y una página pacientemente pintada a la acuarela por mi padre, en papel vegetal, con un poema y una maravillosa ilustración de fondo…

 

¡La Primera Comunión! Lo que sería un hito en mi vida, iba a tener lugar el día de San Luis Gonzaga (nombre de la promoción del colegio en el año que debí terminar, 1963) y se daría en el marco de una verdadera fiesta que el colegio dedicaba. Primero haríamos la Primera Comunión, como elemento central de la Misa solemne y luego seríamos confirmados. Una caricia del obispo en el rostro, que acompañaba a la fórmula religiosa, se había convertido por la imaginación desbocada en una cachetada: nueva inquietud se sumaba a “lo que vendría”

Después, en la tarde-noche, habría una representación en el paraninfo (así le decían al teatro) del colegio en honor de los primercomulgantes. ¡De nosotros!

 

La ceremonia se desarrolló muy bien y me recuerdo formal, haciendo todo lo ensayado previamente y sintiendo nervios especiales cuando la hostia se pegaba al paladar. Cabeza baja, manos juntas, en fila y a arrodillarse en la banca de la que habíamos salido y estaba reservada. ¡Habíamos hecho aquello para lo que nos preparamos tanto!

 

Después, en formados una fila, ya lo conté muchas veces, los nervios me traicionaron y todo el desayuno que había tomado después del magno acto, fue a dar contra el terno blanco de mi mejor amigo. Veloces, su made y la mía, consiguieron que la lavandería del colegio reparara el año y por la tarde, con la vergüenza consiguiente, asistí al paraninfo.

¿La confirmación? Casi no la recuerdo. Todo lo demás, el “después” quedó opacado para mí por la “gaffe” que había cometido, fruto de un estómago inestable y unos nervios sobreexcitados.

 

Ayer, muchos años después, me puse a meditar sobre lo que significa lo que sucedió ese día. Curiosamente, afiancé una amistad que continúa hasta hoy, con el “vomitado; nació una anécdota un poco vergonzosa para mí, pero imborrable y claro, tuve, como decían las estampas que tenía para repartir, “El día más feliz de mi vida

 

15 DE ABRIL DE 1952.


Era el quince de abril de 1952. Yo cumplía cinco años y era mi primer día de colegio. No entendía nada.

No entendía, a pesar del uniforme y los zapatos nuevecitos con suela “Neolite” por qué de pronto, un día a mitad del cuarto mes del año, justo el día de mi santo, yo tenía que dejar todo lo que me rodeaba y vestido incómodamente, con una gorrita que me ponía por primera vez y que era parte del uniforme escolar, sumergirme en un mundo desconocido. Un mundo que tendría un overol verde claro para ponerme sobre la ropa y no ensuciarla, mientras estuviera en clase. Un mundo con lonchera negra y dos cierres plateados en la que mi madre ponía un sándwich, algo de beber y posiblemente un pequeño chocolate. Un mundo regido por un reloj, con monjas –Siervas de San José- de hábito marrón, una toca blanca que terminaba en una superficie  que estaba encima del pecho, una medalla redonda de la Orden y velo negro. ¿Por qué yo? ¿Por qué en ese momento? ¿Por qué tenía que dejar mis terrazas, la escalera, el juego a las escondidas o el ocio diario por un  colegio en la avenida Petit Thouars? Definitivamente, a pesar de las múltiples explicaciones, no entendía.

Todo fue novedoso el primer día. Conocer a otros niños, la mayoría tan desconcertados como yo, a los que no les quedaba más remedio que socializar. La clase, las mesitas celestes, las profesoras que no eran monjas, el alborotado regreso a casa.

El segundo día, cuando estaba en la góndola que me llevaría al colegio, protesté, Lo hice contra lo desconocido, de puro miedo. Lo hice de la manera que un niño que no entiende nada y que ha crecido entre grandes, hace: vomité.

Rápidamente la señorita que cuidaba el vehículo, a la que después en un arranque inglés llamaríamos miss, se preocupó y me atendió de inmediato. El bus debe haberse detenido y los demás niños veían a ese tal, que había vomitado, ser llevado a su casa, felizmente no lejos del suceso, no fuera a ser que tuviera alguna enfermedad o se mareara en el vehículo. Mi madre debe haberse sorprendido de mi súbito regreso y con las explicaciones dadas por la miss, me hizo entrar, me quitó el uniforme un poco manchado y con el paso del día comprobó que era una reacción al miedo, que no tenía ninguna enfermedad.

Al siguiente día, con el uniforme aún oliendo al quitamanchas usado, fui llevado al colegio –para que no vomitara-  en el carro que le daban a mi padre del Ministerio de Fomento. Un Ford, creo que celeste o azulino.

Todo normal en unos días de pasajero único, conociendo un mundo nuevo que las monjas y profesoras de medias cubanas y zapatos de dos tonos, trataban de hacer potable. Un mundo que se iría destapando poco a poco hasta descubrir insólitas facetas como los desconocidos castigos, la capilla oscura y silenciosa, acomodada en una habitación de la casa y todo aquello que acompañaba a lo que era una educación religiosa. Hasta que en casa consideraron que estaba listo para volver a ir en ómnibus, la góndola le llamaban, porque lo sucedido era fortuito.

Nuevo viaje tempranero, recepción alborozada por los compañeros de viaje y nueva protesta expresada por la expulsión violenta del desayuno.

Vuelta a casa, limpieza concienzuda y al colegio como pasajero del Ford azulino o celeste.

Así fue el comienzo de una nueva vida. Una vida que ahora camina por senderos nada fáciles, pero que guarda para siempre el recuerdo de las primeras impresiones.

DOS HISTORIAS Y UNA mÁS.


 

Estas son historias publicadas también en “Correo” el 14 de setiembre de 1972.

Así era como era Barranco.  Barranco visto por un niño y recordado por un joven.

 

El negro “Camote” tenía vocación marcial.

Cada veintiocho de julio organizaba su propio desfile, que partiendo del mercado recorría una a una las calles, hasta desbandarse en risas y caras sucias.

Los palomillas del barrio marcaban el paso como nunca y se reían de la seriedad de “Camote”.

Todas las tardes, la bajada de los baños conocía sus pasos y los pájaros se asomaban a los árboles para mirarlo.

“Camote” era de todo: cuidador de jardines, guardián del mercado, organizador de desfiles y devociones particulares, cargador perenne del anda del Señor de los Milagros, etc.

Su gorra de policía municipal y su casaca de color histórico, paseaban el parque, la parroquia, el puente de los suspiros, la bajada de los baños. Eran sus dominios. Su territorio.

Él gobernaba allí y su covacha estaba llena de estampitas y santos, de cera derretida y borracheras diarias y memorables.

El negro “Camote” era un personaje emérito, a su manera, en el distrito de Barranco.

Hace unos días mi madre fue a una misa por él.

“Camote” había muerto como vivió. Mayordomo especial del Señor de los Milagros, con sus ceras derretidas y una botella de mal pisco.

Su pito ha dejado de oírse y los pájaros extrañan sus pasos vacilantes y sus voces.

Los palomillas del mercado, no tendrán quien les organice su desfile el próximo 28.

 

 

 

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Cuando era chico iba con mi triciclo azul de madera y una chompa amarilla, a pedalear en el parque.

Las grandes palmeras goteaban lluvias pasadas y la pérgola ofrecía pequeños charcos a los gorriones que se confundían con el gris del cielo.

El parque era escenario de bailes de carnaval, enamorados y estudiantes. Las retretas animaban ciertas noches y yo escuchaba entre sueños, desde la casa,  las rigurosas marineras ejecutadas por la banda de la Guardia Republicana.

Lo más impresionante del parque era la mujer de la fuente. El triciclo era mi pretexto.

Podía mirarla largo rato y asombrarme con su blancura y con el agua que siempre salía de sus manos.

En .as pequeñas tardes de invierno, me compadecía de su frío y esperaba verla estremecerse.

Soñaba con ella y la mujer del parque era casi mi enamorada.

El otro día me detuve a mirarla. Sigue allí. Las retretas y los bailes de carnaval han quedado atrás.

Los gorriones siguen saltando entre los charcos de lluvia y la ex municipalidad se ha convertido en biblioteca.

La mujer de mi niñez sigue dejando escurrir el agua entre sus manos y me pareció ver incluso barquito de papel, que echara yo al estanque veinte años atrás.

 

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Su bastón, sin contera de goma, golpeteaba las tardes de mi infancia.

“Platanazo” (nunca supimos su nombre)  vivía a la vuelta de la casa, en una especie de buhardilla alta, con reminiscencias de torreón encristalado.

Su traje negro paseaba calles sin oficio aparente. Anteojos oscuros, cara picada de viruela.

Cada tarde, al pasar, el impulso nos vencía y un “¡Platanazo!” gritado apresuradamente desde el balcón, nos producía sensación de aventura. Él amenazaba al aire con su bastón y seguía adelante.

“Platanazo” tenía un hermano al que le decían “Gasolina”. A “Gasolina” lo mató un tranvía. Uno de esos tranvías que gorreábamos pasándonos del carro de adelante al acoplado, sin que nos viera el cobrador. Uno de esos tranvías grises que hacían temblar las casas de la avenida Pedro de Osma.

“Platanazo” también murió No supe de qué ni cuando. Simplemente dejó de pasear su figura flaca y su bastón repiqueteante.

Con él se fue un poco de la infancia que inventaba juegos en los barrancos y en la quebrada de Armendáriz.

BARRANCO, TIEMPO DE AMAR.


Este es un pequeño interludio entre las historias de Jacuzzi.

Se trata de mi primer escrito publicado. Ya dije que lo hizo el diario “Correo”, por mediación del “Cumpa” Donayre. Está fechado el 15 de setiembre de 1972. Tiene una ilustración que tiene que ver con el título, pero que no se asocia al texto para nada. La ilustración fue hecha en el periódico, porque la original, dibujada por mi amigo Germán Gamarra, se les perdió.

“Un joven narrador inicia la que esperamos sea larga y fecunda colaboración con este diario, cordialmente abierto siempre a los nuevos valores”.


BARRANCO: TIEMPO DE AMAR.


Hay muchas historias en mi infancia.

Vivíamos en una casa grande, llena de rincones oscuros y con vidrios de colores. De muchos colores. A través de los rojos se veía, porque eran transparentes, pero los otros eran “catedral” y solo dejaban pasar la luz.

En la terraza de abajo poníamos una colchoneta y nos tirábamos a leer chistes. “El pájaro loco”, “El conejo Oswaldo”, “El capitán Marvel”. También leíamos “El chico de las dunas” que tenía una cita de San Agustín pegada en la parte de atrás.

Entonces nos sentíamos en la hacienda, durmiendo bajo los árboles y pescando en el río.

A la hora de almorzar dejábamos abierta la ventana del comedor para que entrara el aire de mar. Lindo el comedor. Con su mesa de mantel de hule. La mesa tenía diversos sonidos. Nosotros escondíamos las espinacas, tratando que no nos vieran, en el bordecito de debajo de la mesa.

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Quizá tu te acuerdes de esos días largos de vacaciones en los que bajábamos a la playa y nos poníamos las zapatillas (“las de basquetbol no más hermano, mi mamá no me compra de las otras”), para que las piedras no nos aplastaran los pies.

¿Y los erizos? ¿Te acuerdas?

La señora gorda que se metía a poquitos bien agarrada de la soga y las olitas que hacía.

Las escaleras de madera y los rieles oxidados, llenos de musgo y pequeños choros…

¡Vacaciones! Tiempo de sol y playa. Tiempo de los amores nuevos que se iban cada tarde en el pico de una gaviota.

Tiempo de no ir al colegio y volver por la noche, pasadas las diez, a la casa

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Mi infancia tenía cerros azules y bosques Del color de La tarde en mis juegos y los piratas navegaban desde la baranda de la terraza. Éramos Sandokán y Mompracem quedaba al frente, casi pasando la quebrada.

Todas las tardes arribábamos con el botín preciado de los sueños. Todas las tardes los vidrios de colores eran la iglesia y el castillo. Filtraban la realidad en verde, rojo, amarillo y azul. Jugábamos solos y al caer la noche regresábamos cansados de vagar por entre las páginas del libro que estábamos leyendo. Yo era Phileas Fogg y daba la vuelta al mundo en un juego que tenía capítulos. “¿En donde nos quedamos ayer?”: era nuestro visitar a la fantasía diaria.

La casa de Lucho tenía una perezosa grande, de metal, con cojines floreados.

Allí, en las noches de los catorce años, cantábamos y Lucho empezaba a tocar la guitarra.

“Noches de Ipacaraí” era la mejor. Era verano, claro. Las mejores canciones se cantan en verano. Adaptábamos letras y nos asombraba ser tan poetas.

Cada noche descubríamos que era mejor sentarse conversando de las chicas, que darse una vuelta en bicicleta tirando papelitos a los enamorados de la Costanera.

Entonces yo me iba a la casa y Lucho me acompañaba. Yo lo volvía a acompañar y él me acompañaba al regreso. Así, conversando, pasaba nuestra pequeña adolescencia.

Nos asombrábamos de todo. Ver a las chicas en ropa de baño era como película para mayores de 18.

Así éramos los chicos entonces.

ME DUELEN LOS ZAPATOS…


Alejandrina decía que le dolían los zapatos. Mi amigo Lucho y nosotros, en general le decíamos que lo que le dolían eran los pies, a causa de unos zapatos incómodos, seguramente ajustados. Alejandrina asentía, pero en su fuero interno, estoy seguro ahora muchos años después, que a lle le le dolían los zapatos.

Alejandrina, empleada de la familia de quien ya hablé en otra parte, venía de Tembladera, en Cajamarca. Venía del campo donde seguramente en su infancia los zapatos eran una cosa incómoda y extraña. Ella consideraba que el dolor que sentía estaba localizado en los zapatos porque de seguro al quitárselos, luego de un rato dejaba de sentir dolores. Era eso: el dolor estaba localizado en unos malditos zapatos incómodos que de seguro compró por bonitos o por económicos sin fijarse bien que fueran adecuados. Total, los pies eran unos órganos de locomoción que le servían para ir de un lado a otro. Los zapatos eran simples fundas que hacían un poco más vistosa su presencia.

Alejandrina, una de las personas que con más cariño recuerdo, me contaba historias, me acompañaba a esperar el ómnibus del colegio, que me recogía temprano en la mañana y me regresaba por la tarde, cosa que yo hacía en una especie de parquecito descuidado, con un caminito de tierra y que hoy día ve levantarse en su terreno el edificio de la municipalidad. Si miramos al parque central de Barranco, veremos que el edificio original todavía existe y se ha convertido en biblioteca. Hace tiempo, mucho, que no voy a Barranco, pero el viejo edificio estaba pintado de un pueblerino color rosado suave, con acentos en blanco.

Pero volviendo a ella, de quien no tengo mayores noticias desde una llamada telefónica suya, cuando murió mi hermano (recuerdo aún su voz anegada de llanto al enterarse por mí de la muerte de Panchín), debe seguir viva, con muchísimos años a cuestas y según me contaron alguna vez confinada a una silla de ruedas. Su nombre me trae el recuerdo abrigado de una infancia en la que ella, silenciosa, fue co-protagonista. Como las veces en que bajábamos a “pescar”, premunido yo con sedal, anzuelos y cebo para los peces y sándwiches para nosotros. Bajábamos digo, hasta el mar, una verdadera excursión hasta las rompientes cercanas en realidad a la casa, pero dignas de una aventura para un chico como yo. Nunca pescamos nada. Mi impericia y lo que supongo era un apostadero equivocado, nos hacían volver con las manos vacías, pero con el corazón lleno.

¡Alejandrina! Que lejos veo los días de nuestras complicidades y qué cerca de mi corazón estás siempre