POLVO PLATEADO


 

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De pronto Pierce salta y ataca, amagando a una polilla que se va fácilmente volando a refugiarse, lo más alto que puede, en la pared. Frustrada su intentona, se echa cuan larga es Pierce,  montando guardia por si desavisada la polilla, vuela de nuevo, baja y se convierte en presa.

Cierra los ojos y finge dormitar, aprovechando un rayito de sol. Ese sol otoñal que no calienta mucho, pero es mejor que nada.

Tan solo las orejas se orientan captando los ruidos amortiguados de la calle: sonidos familiares, nada inquietante que merezca salir de la comodidad de “su” rayo de sol. Tal vez ya se olvidó de la polilla y sueña con veranos; quizá se vea en el jardín, cazando mariposas y mirando como los colibríes vuelan cual helicópteros sobre las flores para escapar veloces y desaparecer.

Tal vez no sueña ni imagina nada y se hace la dormida esperando el momento de saltar.

De pronto la polilla deja su sitio en la pared y evoluciona hasta llegar al suelo: el salto se repite y entre las patas delanteras de Pierce hay un polvo plateado.

Foto: “Pierce” por Malú Carrillo.

¡Hasta la próxima polilla, porque no hay colibríes en la sala!

PIERCE AL SOL


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El sol sale tímido y su brillo no llega a deslumbrar, el verano va caminando a su final y sin embargo hay días y momentos en los que parece recobrar bríos y quiere mostrar algo de su viejo esplendor. Es cuando Pierce, la gata, aprovecha para tenderse en la parte superior del sillón de la sala que da a la ventana y mira al jardincito, para disfrutar del calor y hacer ver ese “no sé qué” con que los gatos demuestran su placer.

Es un placer tranquilo, contemplativo, casi devoto, pío; propio de quienes, como ellos, saben sacarle el jugo a los pequeños momentos y estirarlos hasta que se terminan en un bostezo.

Pierce está al sol y entiendo por qué estos animales eran sagrados en el antiguo Egipto: ¡Adoraban al Sol, que era el dios principal!: el que brilla en lo alto y fecunda la tierra.

Curiosos, estos gatos. Son los depositarios, es seguro,  de un saber muy antiguo y lo observan todo para transmitir su memoria a otras generaciones.

Pierce está al sol y disfruta. Tal vez no hay nada como eso.

 

Foto por Malú Carrillo.

 

 

GATOS CHINOS


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Su origen doméstico tiene miles de años de historia y viene desde China; los chinos, que parecen adelantarse a todo, domesticaron a la mascota que es tan popular en nuestros días. Si los egipcios los deificaron, los chinos, prácticos siempre, consiguieron que los gatos se pusieran a su servicio cazando animales pequeños que dañaban las cosechas en las zonas agrícolas y de seguro infestaban sus reservas de grano, principal alimento.

Dice la nota que…:

Los gatos fueron domesticados por primera vez hace unos 5,300 años  en la región de Shaanki, en China, según un estudio recién publicado. Los gatos se acercaron a las antiguas aldeas agrícolas de la región atraídos por animales pequeños.

La prueba más antigua, hasta ahora, de una relación estrecha entre gatos y humanos proviene de los restos de un gato salvaje enterrados cerca de un humano en Chipre, hace unos 9.500 años.
Pero las primeras pruebas de la presencia de datos domesticados son las que se encuentran en el arte de Egipto antiguo hace unos 4.000 años, de modo que se carecía de indicios sobre la relación entre humanos y gatos entre los 9.500 y los 4.000 años atrás.

Los resultados del estudio muestran que la aldea de Quanhucun era fuente de alimentos para los gatos hace unos 5.300 años y que la relación entre humanos y gatos era comensal, ventajosa para los gatos.

Estos gatos ya estaban afuera de los parámetros de los gatos salvajes del Oriente Medio y eran más pequeños, dentro de los parámetros de tamaño de los gatos domésticos, indicó el estudio.

Las pruebas para este estudio provienen de la investigación en China encabezada por Yaowu Hu y sus colegas en la Academia China de Ciencias, quienes analizaron ocho huesos de al menos dos gatos, excavados en el sitio.  El análisis de los valores de colágeno en los restos de huesos humanos y animales en el sitio mostró un consumo sustancial de alimentos basados en el mijo,  tanto por parte de humanos como de los roedores y los gatos.

La presencia de cuencos y otros recipientes de cerámica muestra el esfuerzo de los humanos para excluir a los roedores de sus reservas de granos.

Otros datos recogidos de la cadena de alimentación de Quanhucun indican que la relación entre humanos y gatos se hacía cada vez más estrecha.

Los datos muestran que un gato comía menos carne y consumía más alimentos basados en el mijo que lo esperado, y eso indica que buscaba su comida entre los humanos o que estos lo alimentaban.

Otro de los gatos había envejecido, lo cual señala que sobrevivió bien cuidado y alimentado en la aldea.

Los estudios recientes de ácido desoxirribonucleico indican que los más de 600 millones de gatos que, se calcula, viven actualmente en el mundo descienden más directamente del gato salvaje del oriente Medio, una de las cinco subespecies del Felis silvestris lybica que todavía se encuentran en Eurasia.
Se  señaló que no hay pruebas de ADN que muestren si los gatos cuyos restos se hallaron en Quanhucun descienden del gato salvaje del Oriente Medio.

Fuente: EFE

 

 

 

PERROS DE LA CIUDAD


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Casi casi me acerco al gran título del no menos grande escritor Mario Vargas Llosa. Este texto es mucho más humilde y no tiene ninguna pretensión. Quiero contar aquí que los perros irrumpieron en mi vida de ciudadano incipiente a los tres años, cuando caminaba al principio de la calle Ayacucho, en Barranco, acompañando a mi madre y de pronto un perro pastor alemán (grande para mi tamaño bastante exiguo), salió de casa de Marina y dio una dentellada que cogió el hombro de mi chompa. Me quedé congelado del susto; de la casa salieron y el perro me soltó. Disculpas van y vienen: supe entonces que el perro era ciego; después mi madre me decía que de seguro el perro oyó mis pasos y quería jugar. Nunca creí en esa explicación, pero el hecho sí parece explicar por qué nunca, después, me gustaron mucho los canes.

En la misma cuadra, casi frente a la casa, vivía un veterinario y su familia, que tenía un perro de nombre modernista: “Atómico”. Era negro, grande (tamaño perro) y disfrutaba de la brisa marina, subiéndose y estando horas en un muro que cerraba el terreno baldío donde el primer pacay  que conocí en mi vida, daba sombra en verano y tiritaba solitario en invierno.

Al terreno lo conocíamos familiarmente como “el muladar” y era propiedad de los dueños de la casa que quedaba exactamente al frente y no querían construcciones que obstruyeran la vista que tenían del mar.

El muladar” no era un basurero, propiamente dicho, pero sí se acumulaban algunos desperdicios, que eran limpiados cada cierto tiempo y que yo ayudé a aumentar, con alguna caja de remedios vacía, tirada para espantar a los gatos que daban conciertos inesperados, bajo la ventana del cuarto de mis padres.

Otro perro fue “Nuts”, bóxer que solo entendía inglés y que vivió un tiempo en mi casa, mientras sus dueños, amigos de mi padre, eran huéspedes nuestros.

Luego recuerdo a “Brando” y “Mona”, los perros que tuvo Lucho en su casa de la calle Las Mimosas. Nunca llegué a saber si “Mona” era con una o doble “n” (como el Nombre de Monna Bell, una cantante famosa, chilena, de la época). “Mona” (así lo escribiré) era cocker spaniel, de color caramelo e inquieta, juguetona. Feliz cuando nos veía, era tan patente su alegría que se hacía la pila.

Brando” que era negro y cachorrito, debía su nombre de seguro a Marlon, el actor.

No recuerdo más perros en mi historia hasta que ya casado con Alicia, llegó “Tufi”, un collie, que con el tiempo demostró ser enano y fue la mascota que nuestra hija Alicita miraba con cariño y tocaba con verdadera aprensión.

En mi historia como perruno propietario, está “Altai”, un lindo siberiano de ojos azules y con pinta de lobo…

Manso y bueno, el chico que lo entrenaba, dijo que era para concurso. ¿Defendernos “Altai”? ¡Nunca!: hacía fiestas a quien se le acercara y cuando Alicia lo sacaba a pasear sujeto con una cadena, la gente (“por las puras”) cruzaba de vereda con temor.

Obsequiamos, cada uno a su tiempo, a los dos perros, porque podían en su festiva locura, echar al suelo sin querer a mi suegra o a mi madre, que vivían en casa.

Después de tiempo vino “Jack”, que era gato.

Blanco con negro aprendió a “dar la pata” como un perro y luego a Paloma le regalaron a “Pierce”. De eso hace 11 o 12 años y desde entonces “Pierce”, la gata, nos acompaña. Llegó para quedarse cuando tenía 15 días de nacida y me hizo entender por qué a “Víctor” el gato que tuve de chico y sobre el que guardé silencio en este texto, porque murió atropellado por un auto, lo quise tanto. Es cierto: hubo un minino más y era amarillo, su nombre no me acuerdo, que vivió un tiempo con nosotros.

… … … … … … …

Empecé hablando de los perros, yo, que prefiero a los gatos; sin embargo no es que los deteste o ningunee, lo que pasa es que son muy particulares los gatos. He tenido tortuga, canarios, hámsteres, perros, gatos y hasta una lora: afirmo mi preferencia gatuna. Si el gato fue un dios en el Egipto antiguo, algo es lo que tiene de especial desde siempre.

MOO MOO ME HACE PENSAR…


 

GATO SOBREVIVE DESPUÉS DE QUE UN PROYECTIL DE BALLESTA LE ATRAVESARA LA CABEZA

Nos cuentan en una noticia que un pequeño gato, de nombre Moo Moo, sobrevivió luego que una flecha de ballesta le atravesara la cabeza, sin comprometer el cerebro.

Moo Moo fue sometido a cirugía de emergencia por un veterinario especialista en la universidad de Massey en nueva Zelanda. El gato se recupera satisfactoriamente.

 

En un mundo como en el que vivimos, el incidente, aparte de curiosidad, no llamaría más la atención ni merecería mayor comentario. La noticia dice así:

 

“Moo Moo es un gato con suerte. Así lo cree su dueña Donna Ferrari, y no le falta razón: su mascota ha sobrevivido a un flechazo en la cabeza, provocando el asombro de los veterinarios que le atendieron y de todos aquellos que escuchan su historia.

Como otro día cualquiera, Ferrari (neozelandesa) salió a pasear con Moo Moo. En un momento determinado, el gato se escabulló hacia unos arbustos. Y, para la sorpresa y el terror de la dueña, a los pocos segundos salió con una flecha clavada en la cabeza.

Tal y como informa Antena 3, la flecha atravesó la cabeza del animal por encima de su ojo izquierdo, esquivando milagrosamente su cerebro. “Moo Moo echó a correr hacía los arbustos para esconderse en el momento en que me acerqué. Siento nauseas, pero espero que la persona responsable sea cogida o sienta tanto odio de la comunidad que no vuelva a hacerlo nunca”, afirma Ferrari.

“Tiene heridas en el nariz y en la cavidad ocular pero es un gato extraordinariamente afortunado” aseguró el cirujano veterinario Dr. Jonathan Bray. Tras el susto, Moo Moo se recupera de sus heridas, que no le dejarán secuelas a largo plazo”.

(Fuentes: EFE – RPP).

 

Alguien dirá: “es solo un gato…” demostrando que poco a poco las noticias van acumulándose y creando una costra de indiferencia, para que prácticamente nada nos conmueva.

Esta vez fue un gato; suceden desgracias a cada minuto con animales, niños, y gente como usted o yo. Pasan aquí y en las antípodas y no acontece nada. Hemos desarrollado una capacidad de asombro, indignación y reacción digna del caparazón de una tortuga.

La noticia que comento parece de las buenas: Moo Moo sobrevivió y no tendrá secuelas; sin embargo, si no fue un desgraciado accidente, anda por ahí alguien que se divierte probando su puntería con indefensos gatos. Ojalá que lo atrapen y den un escarmiento. Nueva Zelanda suena a país lejano y como digo, la noticia, no pasa para muchos de ser una curiosidad. Sin embargo nos dice lo que ocurre en el mundo: si seguimos así, pienso que esto se va a acabar rápidamente… y nosotros también.

Gatito Moo Moo