PUROS.


 

No soy un conocedor. Apenas los he fumado (y ya lo dije aquí) para reemplazar a fumar en pipa, que lo dejé después del primer infarto.

Los puros son mucho más que echar humo y para lo no-fumadores, apestar el ambiente. Es una verdadera experiencia que requiere, como todo aquello que se inicia, constancia y esfuerzo.

Fumar un puro difiere de la pipa y los cigarrillos. Yo diría que es menos nervioso y casual que estos últimos, pero no llega al gusto que un fumador de pipa siente.

Para empezar hay que saber reconocer un buen tabaco. Dicen, que la mejor hoja la da la planta hacia abajo, donde recibe la sombra necesaria de las hojas superiores.

El buen puro, hecho a mano (“rolado” en el lenguaje purístico) es caro, porque cada uno es distinto u ofrece al que gusta de fumar puros, una experiencia única. Repito que no fui nunca un buen fumador de puros, sin embargo como todo aquello que el hombre hace pacientemente, estoy seguro que en su individualidad guarda un sabor y aroma muy especiales.

Tengo varios libros sobre puros y en todos se habla de la importancia de la hoja de tabaco que se usa y cómo esta es cuidada hasta que se dan las condiciones necesarias para usarlas. Aquí vale el viejo dicho “Ni tanto que queme al santo, ni tan poco que no lo alumbre.

Alguna vez leí que los roladores de puros, por tener las manos ocupadas, eran sujetos de lectura. Y así, un lector, los entretenía y culturizaba a la vez, con libros que muchas veces estaban fuera del alcance de estas personas. Esto nos dice que rolar puros es un acto puramente mecánico, pero es bien cierto que un buen puro, hecho a mano, sabe mejor que uno –por más perfecto de apariencia que sea- hecho por una máquina. No sé, debe ser el factor humano el que prima.

Groucho Marx era un sempiterno fumador de puros, Winston Churchill igual y el escritor cubano Cabrera Infante también, al extremo de tener un delicioso libro titulado “Puro humo”.

El puro, vuelvo a decirlo, es mucho menos reposado que una pipa y aunque el general MacArthur fumase su famosa pipa de coronta de choclo (típicamente norteamericana), esto no lo hacía menos militar.

Los puros difieren en tamaño, forma final, diámetro y por supuesto en tabaco. Los más comunes y baratos están hechos con picadura de baja calidad y una envoltura fabricada con papel en el cual entran componentes de hoja. Algunos, pretenciosamente, tienen boquilla y es que volviendo a los refranes “aunque la mona se vista de seda…”

Nunca he podido diferenciar bien un puro de otro. No me sé los nombres y todo lo que digo es por “cultura libresca”. He leído sí, porque como muchas cosas los puros me interesan. Me interesaron al extremo de probar y confieso que el gusto siempre se quedó a la mitad, aunque fueran “Partagas” o “Romeo y Julieta”, he fumado también los afamados “Cohiba”  y nada especial sucedió, salvo un cierto peso menor en mi bolsillo.

Recuerdo que mi padre me contaba que mi abuelo, su padre, le quitó del saque las ganas de fumar. Haciendo, que pequeño, se terminara completo un puro que él había robado de la dotación paterna. Manuel Enrique no probó nunca más tabaco, ni fumó jamás, pues los vómitos que le dio el famoso puro, no se le olvidaron nunca. Sin embargo, salvo las reconvenciones iniciales, nunca me dijo nada sobre fumar. Supongo que predicaba con el ejemplo. No lo hacía y punto. Lo comprendí con el tiempo, la salud, los médicos y la repulsa general (por un tema que parece tener que ver directamente con un tipo de cáncer, que claro, mata). Mi padre tuvo una escuela instantánea: el vómito. Este, seguramente, lo curó de dos cosas: fumar y robar. Sabio, mi abuelo, por lo menos en educar a su hijo mayor.

Vuelvo a decir que no tengo nada contra el que fuma. Ahora sé que es una forma de morir lentamente si el asunto es consuetudinario, pero nadie experimenta en cabeza ajena.

Recuerdo un viaje de Bogotá a Lima, “amenizado” por las toses y ahogos de mi vecino, que requerían de una bombona de oxígeno y un respirador especial. Era un hombre mayor, norteamericano él. Viajaba con su esposa, quien lo atendió durante todo el vuelo y me explicó desesperanzada, que su marido tenía enfisema pulmonar debido al cigarrillo que fumaba. Era el tiempo en que los aviones tenían, en el brazo del asiento, ceniceros para los pasajeros y el consabido letrerito luminoso de “PROHIBIDO FUMAR” que se encendía durante el despegue y antes de aterrizar, no fuera a ser que una chispa provocara una desgracia colectiva.

Hoy no se puede fumar casi en ningún sitio y está prohibido hacerlo en lugares públicos. El tabaco dicen, mata al ser fumado. Lo anuncian en todas las formas, hay ligas anti-tabaco (¿pero todos los “anti” no son malos?) y en las cajetillas de cigarrillos se obliga a los fabricantes a poner fotos, advertencias escritas y más.  ¿Detiene eso a los fumadores? No. Mi hija y su esposo fuman, mi otra hija también. Parece que nadie, lo dije ya, experimenta en cabeza ajena.

Pero nos alejamos del tema principal, los puros. ¿Principal? Principal es la salud. Creo.

 

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