HOY


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Hay fechas que están marcadas no solo en calendarios que año tras año revisamos sino aquellas que están impresas en el corazón, a las que tenemos siempre presentes y el día señalado producen esa mezcla hermosa de alegría y cariño a las que se agrega la nostalgia cuando se trata de alguien que se fue.

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Hoy es uno de esos días especiales en los que estos tres sentimientos brincan en mi corazón porque el 3 de marzo era cumpleaños –“santo” le decimos en familia- de mi hermano Francisco, Ignacio de segundo nombre, “Panchín”, familiarmente y “Pancho” para los amigos, que cumpliría 83 años; y el recuerdo del hermano mayor a quien siempre admiré secretamente (y detesté las veces que quería hacerme comer verduras) sé que va a llenarme de imágenes, de momentos, de palabras y frases.

 

Mi celebración y homenaje será como fue siempre: muy mío y callado, porque sé que en el silencio escucho tu voz inconfundible (aunque en algún momento fueron tan parecidas que tu hija Marisa me escuchó llamarla desde la calle y abrir presurosa la puerta diciendo: “¡Papá….! ¡Imbécil!” al ver que era yo y no tú que estabas de viaje y ella te pensó de regreso sorpresa) y te veo enojarte, mover la cabeza y sonreír después al descubrir  el “robo” de cajetillas de “Chesterfield” que guardabas ordenaditas en el cartón original en tu ropero, con la “técnica” de sacar una o dos de la fila de abajo y poner transversales las otras para que las de encima taparan, sin “desbalancearse”, los huecos que quedaban en la fila producidos por la “palomillada”; esos “Chester” que fumábamos a escondidas en algún barranco la avenida Costanera, con Lucho, mi amigo-amigo, compañero de aventuras y cómplice, por supuesto, de esos “latrocinios”.

Sí, ya sé que esta anécdota la he contado muchas veces, pero siempre que lo hago pienso en que, a pesar de tu mal genio (que ahora yo comparto), no me decías nada y que en el fondo te alegraban esas pequeñas pillerías mías…

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Hoy, 3 de marzo, te pensaré como siempre, como todos los días, pero un poco más porque creo que nos faltó tiempo para conversar y tomarnos unos whiskies en tu casa, en ese plan de “arreglar el mundo” que tanto nos gustaba: chau hermano, feliz cumpleaños y te debo el abrazo, ése grande y demorado que te voy a dar cuando llegue y encuentre que estás esperándome en la entrada del barrio eterno.

Manolo.

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HAS RECORRIDO UN LARGO CAMINO MUCHACHA


AUNQUE SEA UN POCO TARDE, QUERÍA PUBLICAR ESTO Y ESPERÉ QUE PRIMERO LO PUBLICARA “CÓDIGO NEWS” PARA QUIENES ESCRIBO.

AQUÍ ESTÁ, COPIADO DE SU SITIO WEB.

¡FELIZ DÍA PARA TODAS LAS MUJERES, AUNQUE AQUÍ EN LIMA YA SON LAS 2.30 pm Y EL 8 DE MARZO ESTÉ AVANZADO…

MANOLO.

Has recorrido un largo camino muchacha…[COLUMNA]

Por: Manolo Echegaray 

La frase publicitaria para los cigarrillos Virginia Slims hace alusión a los logros obtenidos por la mujer en la historia y aunque ahora fumar se reconozca mundialmente como dañino para la salud y la publicidad para cigarrillos sea vista como cosa (nefasta tal vez) del pasado, la frase en sí no deja de tener verdadero sentido, porque si bien fumar no sea un “avance”, solamente desde que yo empecé a trabajar en publicidad hasta ahora, la mujer ha ido, cada vez más, tomando el lugar que le corresponde por derecho en todo el mundo y en particular en esta profesión.

Cuando yo empecé allá por el 69 en McCann, no había en la agencia ninguna directora ni ejecutiva de cuentas; Ismena “Menita” Zavala era una secretaria que luego, si no me equivoco, atendería a alguna cuenta; en medios estaban “Martota” Espinosa y “Marbtita” (porque era bajita) cuyo apellido, disculpen, se me escapa. No creo que hubiera más mujeres en puestos que ahora llamaríamos “ejecutivos”, porque Nikki Patsias “manejaba” la agencia, pero era la secretaria del gerente. Lili Salas era redactora creativa y creo que me estoy olvidando de Violeta, que me perdonarán pero casi 50 años de distancia hacen que los apellidos se me escapen y las funciones también…, aunque creo que ella trabajaba en contabilidad.

Han demostrado que no son “adornos” sino valiosas y capaces profesionales; que son lo mejor que nos ha podido suceder en este mundo publicitario.

En resumidas cuentas, hasta hace cerca de medio siglo, por lo menos en el entorno publicitario, el papel de la mujer era reducido; no conocí (por lo menos yo) a ninguna más en el área creativa, salvo a la ya mencionada Lili; después, en Kunacc, éramos hombres todos y las mujeres cumplían las funciones de secretariado.

Las cosas fueron cambiando y ya en JWT tuve como compañera de agencia a Fedora De Marzi que de secretaria pasó a ejecutiva, luego a directora de cuentas y después paso a trabajar para Industrias Pacocha si no recuerdo mal, en un puesto muy importante; Milena de Atala fue nombrada directora de medios y para de contar por el momento.

Cuando trabajé en Colombia, todos éramos hombres y las mujeres eran secretarias o asistían en producción audiovisual; a mi regreso al Perú, un par de años después, en JWT estaba ya como ejecutiva de cuentas Milagros Plaza (que sería luego directora de cuentas, gerente general y presidenta de la agencia); Norma Belgrano era la jefe de producción audiovisual y si la memoria no me falla, con ella trabajaba Caty Tudela…

Desde 1985 y durante treinta años enseñé publicidad y cada vez fueron más las alumnas que siguieron la carrera y fueron ocupando lugares prominentes (treinta años representa por lo menos una generación) y ahora tengo el placer de que mis alumnas de entonces sean reconocidas en un mundo en el que parecían destinadas a participar como “modelos” de comerciales (sin que esto sea nada malo por cierto) únicamente.

Hemos cambiado para mejor y la muchacha sí recorrió un largo camino, que dentro de mi experiencia en la publicidad, ha servido para enriquecer y dotar a esta profesión de ese encanto especial que las mujeres tienen: han demostrado que no son “adornos” sino valiosas y capaces profesionales; que son lo mejor que nos ha podido suceder en este mundo publicitario.

PEQUEÑO DESCANSO


 

Hasta el próximo jueves.

Una semana de descanso para que leer no sea aburrido.

¡Hasta entonces!descanso

PERICO


Perico era chino, hijo de chinos y tenía una bodega heredada de su padre, a quien no conocí y que había sido el Perico original. Su hijo era cariñosamente llamado Pericote (no por grandazo, sino por esa ternura que pone apodos a los que nos caen bien).

Sin embargo Pericote siempre fue Perico para mis amigos y para mí. El “chino Perico” era –a pesar de tener a Piselli a una cuadra de la casa- la bodega de confianza. Supongo que porque el trajinar diario de mi madre para ir a la parroquia, hacer sus compras de mercado y visitar a su amiga la señorita Lazo o a sus otras amigas las señoras Auza y Caravedo, la llevaban en esa dirección y no hacia Chorrillos. Entonces, cuando había que hacer  una compra urgente o simplemente haraganear tomando una gaseosa a la sombra, era Perico a donde acudíamos y no se nos ocurría algo diferente.

Perico decidió casarse y trajo a María desde la China. Sonriente, blanquísima, gordita y sin hablar palabra de castellano, María entró no solo en la vida de Perico, sino en las nuestras, atendiendo en la bodega y hablándonos en su incomprensible idioma. Tan incomprensible como los periódicos que su marido leía sobre el mostrador, con el cigarrillo sin filtro colgándole de la boca: “fumar como un chino” alcanzaba con Perico su verdadera dimensión. Recuerdo aún el olor del tabaco negro de sus “Inca” de cajetilla amarilla, azul y blanca (sí, los mismos colores que tiene Inca Kola).

María aprendió el castellano, manejando la bodega y le dio el toque femenino que hizo que Perico dejara de arrastrar sus sempiternas zapatillas de levantarse y ofreciera un surtido más amplio  de dulces, camotillos, maní confitado y esas delicias que hoy los padres suelen prohibir a los niños.

María salió encinta y era hermoso verla, más gordita, sonriente siempre con sus ojos chinos y tejiendo la ropa del futuro Periquito. Porque su hijo fue Periquito para nosotros.

Si acelero la máquina del tiempo y llegamos a muchos años después, Periquito resultó ser todo un Pericazo, porque era muy alto y fornido. La familia creció y si no me equivoco nació algo después un hijo más. Ya María usaba anteojos para leer, diferentes a los redondos con los que Perico descifraba su periódico, el que era para un chico como yo contenía verdaderos jeroglíficos. Las canas aparecieron, pero la bondad de quienes siempre consideré mis amigos venidos de ultramar se mantuvo y creció con la familiaridad que solo el paso del tiempo permite. María y Perico me fiaban pequeñeces e incluso me prestaron de vez en cuando algunas monedas, cosa que siempre hizo que los sintiera mis cómplices.

María y Perico: no sé qué será de ellos. Nunca supe su apellido pero recuerdo que siempre en su puerta, un día al año, ondeaba la bandera de China Nacionalista. Ahora me da tristeza no haber conversado más con ellos, siento que cuando paso por la esquina donde estuvo la bodega de Perico me entra la nostalgia y quisiera que fuera verano, que “tocara playa” para al regreso pasar por allí y disfrutar de un camotillo casero y de una Pasteurina bien helada.

 

(Originalmente en mi libro “El pasado se avecina. Historias del Barranco”, publicado por la PUCP en diciembre del 2010).

“PUCHITO”


Ayer debía haber escrito esto, pero “descansé” porque el 8 de diciembre es feriado. Sin embargo la fecha de ayer la tengo marcada como el día en que falleció una persona a quien conocí, traté y tuvo gran influencia en mi vida. Se trata de “Puchito” o “Media Pilsen”, Fernando Vargas Ruiz de Somocurcio S.J., arzobispo de Arequipa, rector del colegio de la Inmaculada cuando yo era alumno, amigo y consejero, no sólo con palabras, sino con el ejemplo de su vida.

De pequeña estatura y arequipeño hasta la médula, tenía esa bonhomía que solo exhiben los que sin tener nada que ocultar, caminan por la vida haciendo todo lo que pueden para que esta sea mejor. Sí, Fernando fumaba y gustaba de tomar sus tragos. Y siempre recuerdo la anécdota que contaba mi padre del Papa León XIII, creo, que fumaba, e invitó a un cardenal un cigarrillo y este le respondió, negándose: “No, Santidad, yo no tengo ese vicio…” La respuesta del Papa fue: “Si fuera vicio, lo tendrías” Yo también fumaba y me tomaba mis tragos. No lo hago ahora porque lo primero sé que produce cáncer y me parece tonto hacer lo que no es correcto y ponerme en peligro y lo segundo, porque a raíz de los infartos cerebrales prefiero abstenerme, no vaya a ser que mi organismo se resienta con un poco de alcohol. Pero parte de mi recuerdo era el de un cura peruano, que fumaba discretamente y que cuando nos encargaba contar el dinero recaudado por el colegio durante la colecta para las Misiones, nos dejaba con las “alcancías” llenas de monedas y alguna botella de vino, en su oficina, en el colegio.

Guardo recuerdo de largas conversaciones con él, durante, lo que ahora sé, fue mi período formativo. Siempre tenía tiempo para nosotros, a pesar de lo que, supongo,  eran sus recargadas labores. Le gustaba mucho compartir con los alumnos historias y recuerdos. Mis antecedentes “arequipeños” pues mi madre era parte de una familia conocida, de “un apellido arequipeño” como se dice aún, eran un plus en la amistad, hasta que algunos compañeros directamente arequipeños, compartieron la “ventaja”, teniendo en cuenta que además venían  del colegio “San José” de esa ciudad. Pero Fernando siempre tuvo su puerta abierta para los que necesitábamos algo, desde una palabra, hasta una ayuda.

La vida lo llevó por un camino que resultaba expectante y llegó a ser Arzobispo Emérito de Arequipa. Lo visité alguna vez y conversamos sobre la posibilidad de interconectar más a la Iglesia con sus fieles, llevando a cada parroquia alejada un televisor, un VHS, un grupo electrógeno si lo necesitaban y proveer de videos interesantes y un “noticiero” con actualidades.  La televisión Así tratada podía convertirse en un medio muy poderoso. No existía por supuesto, Internet. Conversamos muy largamente, lo planeamos y quedó en nada. No le dio tiempo la vida.

Podría escribir mucho más, pero solo quiero recordar a un hombre que puede ser muy discutido, traído y llevado, pero que me enseñó una cosa fundamental. Una vez no dijo a un grupo. “No importa lo que hagan en la vida: ¡háganlo bien!” Y esa sencilla frase fue un norte para nosotros, sin importar los caminos y los encargos. Caminar derechos y cumplir con lo propuesto y esperado. Gracias Fernando, sé que fuiste amigo nuestro y nosotros tuyos.

EL INGENIERO NUGENT


 

Amigo de mi padre, Percy Nugent, aparece junto con él en una fotografía en el campo, ambos vestidos para el trabajo, con el inscrito “Don Quijote y Sancho Panza, Yonan I.53” el del casco es mi padre (Sancho Panza, por supuesto).

Percy y Lucha, su esposa, vivieron un tiempo en mi casa de Barranco. Tenían un perro que se llamaba “Nuts”, de raza Boxer, que solo entendía órdenes en inglés. Mi recuerdo se remonta a los cincuentas y en la memoria que tengo de ese tiempo, viven Percy y Lucha, que fumaban muchísimo (y mis padres no) y también el regalo de Navidad que recibí de ellos y que consistía en un juego de fútbol que hubiera vuelto loco a un aficionado (como lo era yo en ésa época) y para entonces debió ser algo notoriamente avanzado. Se jugaba entre dos personas y cada una manejaba un equipo. El marco, de madera color pino, albergaba una cancha de lata, pintada de verde, donde se ubicaban los jugadores de ambos equipos: figuritas articuladas y con los uniformes distintivos pintados, que movían un pie, merced a un gatillo colocado en fila frente a cada contendor y que conectaba por debajo, con un tenso cable de alambre a cada jugador. Los porteros, ubicados frente al arco y con una ranura semicircular que les permitía moverse accionándolos con una manivela, ubicada detrás de cada meta, tenían hasta unas gorras puestas, pintadas, claro. Cada jugador estaba ubicado en un rebajo piramidal invertido, lo que hacía necesario “patear” con fuerza controlada con el pie móvil para que la pelota, que era originalmente una billa, rodara convenientemente. Los rebajos piramidales invertidos permitían, si el cálculo era bueno y la “patada” controlada, hacer “pases” entre jugadores del mismo equipo, o de lo contrario, caer en zonas enemigas. La cancha estaba marcada, guardando las escalas y creo que por mucho tiempo fue el mejor regalo que tuve. Mis amigos venían a jugar  y recuerdo innumerables y ardorosos partidos en la terraza de abajo y cuando no hacía buen tiempo, en el hall de la casa. El “futbolín” como le llamaba, sobrevivió mucho tiempo hasta que se aflojaron los alambres que movían a los jugadores, alguno de ellos se desprendió y el juego de excitación deportiva, pasó a ser un trasto grande e inútil. Murió como suelen morir los juguetes: habiendo hecho felices a quienes los usaron.

Es curioso, pero debe ser una combinación del partido de fútbol que se jugaba hoy con Ecuador (que no vi) y encontrar la fotografía a la que aludo al principio, lo que hizo revivir en mí un juguete encantador y entretenido y a quien me lo obsequió. Otra vez, la memoria toma sus caminos y necesita únicamente de un gatillo que la haga saltar.

No sé nada de Percy ni de Lucha, seguramente fallecidos ya (por simple cálculo de edades) pero dejaron en mí un recuerdo imborrable y con el “futbolín” llenaron mis horas de entretenimiento, así como con las historias que me contaban, cuando en las noches los iba a visitar a la habitación que ocupaban en la planta baja y  tenía puertas que daban al hall y a la “sala grande”.

LOS INCA.


El domingo, al hablar por teléfono con mi hermana Teté a Arequipa, cosa que hago religiosamente todas las semanas, me dijo que estaba bien, pero muy triste, porque había muerto nuestro primo Manuel. En Arequipa, a pesar del crecimiento ciudadano, el sentido de familia es muy fuerte. Los Gómez de la Torre, la familia de mi madre es oriunda de allá y Teté vive permanentemente en esa tierra desde que se casó en mil novecientos cincuenta y dos, además de ser Arequipeña de nacimiento. La muerte de Manuel Gómez de la Torre Valdivia, la golpea mucho. Primero, por el cercano parentesco, segundo por la amistad forjada a lo largo de los años y tercero, porque Manuel vivió en casa, en Barranco, cuando estudiaba en la FAP. Hijo de mi tío Julio, hermano mayor de mi madre y de mi tía María, lo recuerdo con su bigote galante a fines de los cuarenta y principios de los cincuenta. Estaba alojado en casa y allí iba cuando los fines de semana salía de Las Palmas a descansar. Vivía en una habitación del segundo piso y lo que más recuerdo es el olor penetrante de sus cigarrillos, que después supe que eran Inca, los de cajetilla azul, blanca y amarillo. Olor a cigarrillo negro, en una casa donde nadie fumaba. ¡Como no iba a recordar su olor para siempre! No me acuerdo mucho más, salvo alguna encomienda que mis tíos le enviaban, las cartas que le escribían y los vales que alguna vez encontramos mucho tiempo después con mi madre y que decían de su paso por la cantina de cadetes de la FAP. Cantina, que a todas luces (por los consumos) era un restaurante. Manuel nunca fue aviador y se volvió a su Arequipa natal, para trabajar en el colegio militar de la ciudad, donde seguramente estudió la secundaria. Que yo recuerde, conservó el puesto por muchos años. ¿Por qué digo y cuento esto? Porque la llamada a mi hermana hoy y su triste noticia, se juntaron a otra similar, de la que fui avisado hace un par de días. Había muerto Gilda, casada con Pancho, el hermano menor de mi padre. Pancho, dentista asimilado a la policía, también vivió en la casa de Barranco. Allí, al frente, conoció a la que sería su esposa. Vivían en una casa de altos y me acuerdo de Ana y Ernesto, hermanos de Gilda. Recuerdo también a su mamá, a la que le diagnosticaron cáncer y creo que falleció de vejez. Gilda, mi tía Gilda, me decía “Lolo” y fumaba como una chimenea, en la época en que pocas mujeres lo hacían. Luego de un periplo por el Perú, en razón de la asimilación terminaron viendo en la calle Tumbes, en Barranco, donde Pancho tenía consultorio. Sus hijos, Juan, Javier y Julio César eran entonces bien cercanos a mí. Especialmente Juan, que se graduó de médico y celebrándolo, le estalló un aneurisma cuando salía de la piscina en que estaba bañándose y murió instantáneamente. A Javier, lo recuerdo en su coche, muy pequeño, recién operado de una malformación interna, que requirió que casi lo partieran en dos, para acomodarle los órganos y que mi madre, que fue a visitarlo al hospital, el regreso, contaba horrorizada que lo tenían en una especie de “mantequillera” transparente, refiriéndose sin duda a una carpa con oxígeno. El destino juega a los dados y mi primo Javier creció, se enamoró de una chica que vivía a pocas casas de la mía, se casó y enviudó. De Julio César o “Coco” no supe más nada porque como sucede casi siempre, la vida nos ha llevado por diferentes caminos. Ahora que Manuel y Gilda no están aquí para leer esto, me pongo a pensar que algunos recuerdos van por el lado de la familia materna, cosa curiosa, porque sin ser muy grande, de los Echegaray tengo innumerables cosas que traen mucho a la memoria. El tiempo pasa, las imágenes de las fotografías se desdibujan y los olores familiares se desvanecen para a veces, perderse en el espacio. Sin embargo quedan momentos que para uno resultan claves, porque así se recuerda. La muerte de Manuel y Gilda no hacen sino reafirmar en mí que el espíritu puede más que la materia y que almacenados en la memoria quedan los que quisimos y querremos siempre. Y el título de esta nota, “Los Inca” me retrotrae a una época, que aunque nebulosa para mí, sé que fue feliz. 14. 11. 2010.