EL BARÓN DE MALAPATAEMBURGO*


CUCÚ ANTIGUO

Un comentario me trae a la memoria al “Barón de Malapataemburgo” personaje de mi infancia barranquina.

Su recuerdo, lo confieso, es borroso a pesar de que si trato consigo verlo a través de la niebla de los años (han pasado más de sesenta): bajito, serio pero amable; con un bigotito a lo Adolfo Hitler y el pelo cortado “a cepillo“. Era profesor de inglés y se apellidaba Telaya. Su nombre no lo supe nunca, pero me enteré , por mi madre, que era arequipeño.

 

Era nuestro vecino porque vivía muy cerca de “Villa Teresa“; en realidad únicamente había que bajar las escaleras que daban a la puerta de al lado en la calle y en el primer descanso estaba su departamento, donde vivía solo. Otra puerta daba al departamento de la familia Rivarola (que tenían lo que creo era un automóvil “Standard Vanguard” negro y pequeño, que estacionaban afuera en la calle Ayacucho. Tal vez había otro departamento allí, pero bajando el último tramo de escaleras se pasaba frente al de Anita Williams, costurera eximia y amiga de mi madre; el departamento de Anita se abría a una gran terraza de la que se veía el acantilado y por supuesto el mar.

 

En la terraza había una sombrilla rígida, pintada a colores rojo y amarillo tal vez; sí muy descolorida por el sol de innumerables veranos…

La terraza era un territorio donde soñar con aventuras que tenían al mar como escenario y a los barcos piratas como protagonistas, mientras a mi madre le probaban un vestido que había llevado para que “lo arreglaran“.

 

¡Personajes y años barranquinos que pasaron!… La memoria es un reloj cucú al que hay que darle cuerda, esperar que su mecanismo no se haya estropeado con el tiempo y nos sorprenda con el pajarito que sale para anunciar las horas; esas que ya no volverán.

 

*(Publicado hoy, miércoles 3.1.2018 en el blog  elpoderdelasletras.com).

 

DOLOR.


tratamiento del dolor

Le dolía el brazo derecho y pensó que podría ser, como lo había oído o leído, el aviso que daba un infarto al corazón; dudó si era ese brazo el que dolía o el otro y mientras se preocupaba, el dolor que había comenzado de la nada fue desapareciendo; él se levantó, incorporándose en la cama, cuando volvió el dolor.

 

Asustado, despertó a su mujer y le dijo lo que creía, pero ella abrió los ojos y mirándolo, le dijo que seguramente era ese trabajo que le obligaba a acomodar, durante todo el día, frasquitos de mermelada en las cajas; que tomara un analgésico, durmiera tranquilo y la dejara dormir.

 

Él, mientras iba al baño a buscar una pastilla, pensó que por suerte estaba casado.

 

Publicado el 27.12.2017 en “El poder de las letras”.